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LA ALDEA BLANCA

ngeles Charlyne

Argentina



La puerta que...


La aldea blanca


Renata era negra, la nica en la aldea blanca habitada por blancos.
La nica que nunca cerr la puerta de su casa.
Los haba visto deslizarse a lo largo de sus vidas, lentos como caracoles distrados. Nunca ms haban nacido nios, desde la tarde que el monje negro se march, despedido a pedradas por todas las mujeres, quienes lo acusaban de haber anunciado el nio muerto que perdi Roberta.
Renata, negra, pagana y soberbia, era la nica que no haba envejecido en ese lugar que pareca haber sido abandonado por Dios.
Mir una vez ms por la ventana que da al jardn donde las flores se haban marchitado, como toda la vegetacin del valle.
La esterilidad se haba establecido para quedarse. Su propsito estaba logrado. Los rboles secos parecan agitarse slo en das de tormenta, como pidiendo auxilio.
Resista por quienes no haban podido hacerlo. No saba muy bien que resista. Slo que, mirndose al espejo, comprobaba que su tiempo se haba detenido.
Cada da notaba que era una herida abierta en la vida de los otros, quienes sangraban y disecaban con el tiempo, arrastrando sus osamentas, como el maleficio nunca proferido.
Renata no sospechaba, ni por asomo, cual era la razn de su eterna juventud.
Ella era negra, la nica en esa aldea blanca habitada por blancos, casi transparentes despus de ser carcomidos por una eterna tristeza que empez por robarle los sueos y los deseos.
Los ex nios que envejecieron sin crecer, nunca haban podido jugar y Renata trataba de rescatarlos, pero sin xito. Haban desconocido el inters y por lo tanto las etapas se cumplieron todas en una. Nadie saba ya quien era adulto y quien no. Todos parecan iguales.
Renata iba al ro, lavaba su ropa y se quedaba, luego, adivinando los movimientos de la corriente, como intentando descifrar el devenir del futuro.
En realidad no pensaba desde la reflexin, sino que buceaba en su interior desorientada sobre las diferencias que nadie poda explicar.
Roberta despus del nacimiento perdido, se qued sentada a la puerta de su casa y nunca ms volvi a entrar en ella. El tiempo, asociado con la detencin, nunca ms le dio paso a las estaciones. Haba quedado oscilando en un otoo templado, desmaado, de cielo sucio, con un sol remiso a la hora de disolver nubes.
El resto de las mujeres que apedrearon al monje negro emigraron al bosque buscando una huella inexistente y dando vueltas en crculo, sin detenerse jams. No haba humo en las chimeneas de las casas y Renata no saba si los blancos se alimentaban. Nadie hablaba, por supuesto ella no sera una excepcin.
El polvo que slo el viento mova se depositaba para formar capas superpuestas que daban, como las eras glaciares, el espesor de las etapas que se acumulaban, como las esperanzas de la humanidad por un destino mejor.
Una maana, que para ella era de maana, decidi subir al monte. El paisaje, a sus pies era sobrecogedor. Una serpiente de tierra que zigzagueaba en el espacio rumbo a la nada. Se sent dispuesta a esperar algo que no saba muy bien que era. Mir al cielo y ni siquiera hubo un celeste cierto que le diera respuestas.
Finalmente, un punto oscuro en el lmite del horizonte, le advirti que algo, por fin, se mova. Calcul que dispona del tiempo del mundo hasta que llegara hasta ella. Decidi que no deba moverse y que era la nica oportunidad. De qu? No se lo pudo responder.
Las horas se deslizaron tenues aunque el cielo siempre estaba igual.
Renata saba que el reloj celeste nunca se haba detenido.
El jinete que desapareca en las depresiones del sendero, qued el ltimo segundo oculto a su mirada. Cuando emergi le pareci comprender que haba una cuenta que saldar. El monje negro se detuvo exactamente en el lugar donde ella, oculta por la piedra, quera saber.
El monje negro se quit el hbito sin prestarle atencin, ella supo que deba hacer lo mismo. El, todava de espaldas se volvi para poseerla. La cuenta astral de la vida detenida fue cobrada con la morosidad que la naturaleza exiga. Ninguno de los dos se dijo palabra, el tiempo de la soldadura espacial, se llev todas las brumas. El cielo se limpi, repentinamente y el sol se dej ver. Sus cuerpos relucientes, brillaban en las contorsiones.
Poco a poco la vegetacin reverdeci. Las primeras flores de los primeros jazmines del pas, aromaban el valle  y sus efluvios llegaban a la gente que empezaba a aspirar. Los colores reaparecan gradualmente, al ritmo de la ceremonia ritual de la carne.
Cuando los dos sintieron que se haba sellado una herida, reson en el valle, el primer berrido. Roberta haba dado a luz, la sombra del sueo extraviado.
Renata cerr la puerta de su casa, haba cumplido.

 
Angeles Charlyne

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