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El Tejado (desde la perspectiva de un gato)

Juan Carlos Vasquez

USA



A temprana edad me trajeron aquí, un hogar de clase media, unos esposos muy arraigados a las tradiciones. Sus traviesos dos niños me halaban la cola y me bañaban con agua fría.
Me pusieron el nombre de  Alfonso y me tiraron al patio con un perro que me odiaba. La comida nunca me faltó, aunque mi plato más apetecible eran las iguanas que caminaban por los árboles frutales. Todos estupefactos veían como operaba sobre su piel de la forma más sigilosa para retirar siempre los órganos que me resultaban repugnantes.
Como pude crecí, entre peleas callejeras y contratiempos, con un ojo infectado producto de un ataque de uñas que casi me deja ciego.
Desde el tejado veía la vida, escenas extrañas. El hijo del dueño incursionando con alguna mujer al cuarto. La fascinación de la señora de deambular desnuda por la casa, todo ello para posarse frente al espejo y actuar como si caminase, con pericia, sobre una pasarela. Sin importarle que la desproporción de su cuerpo por el embarazo la hiciera tambalear.
Del cuarto de Oda, su hija menor, brotaba un horrible olor que la dejaba postrada, mirando sus cuadros como perdida en el tiempo. Pero lo que de verdad era amenazante era el idiota vecino lanzándome piedras, aunque fue allí, en una huida y después de correr sobre una decena de casas que le vi. Sus pelos eran como algodones, sus ojos azules.  Y a la luz desaparecer dejaba sus impresiones con la mirada penetrante. El dolor que sentía en el parpado desaparecía entonces.
Después de unos maullidos nerviosos nos sentamos a ver la luna. En la mañana fuimos al parque a comer del pasto, un remedio alucinante. Aquella gata me había demostrado que el éxito tenía dos clases de apetitos, pero muy dentro de mí reconocía que su hambre era otra. Halagos, adulaciones, caricias.
No regresé a la casa en tres días, fecha en que en dulces rituales rememoramos otras épocas. Tiempo de nuestras descendencias más grandes, poderes que en el acercamiento revivía el candor de la seducción felina, pero Pablo, el hijo de mi dueña, fue por mí y arruino todo lo que habíamos levantado. Desde luego tenía que llevar una vida ejemplar, pero no podía ser la misma que él conocía. Encerrado comencé a quejarme con maullidos insoportables, oriné toda la casa, no tuvieron más remedio que volver a soltarme. Mi agresión era evidente y aunque reflexionaba no podía evitar lo que sentía, era como que aquel instinto animal salvaje, me hacia rudo, en ese entonces no podía ser domesticado.
No había ido conscientemente, pero el destino tampoco podía ir eligiendo. Ella salió alegre, pero detrás le siguió el dueño que bajándose rascó mi espalda y me ofreció comida, aunque intuí algo extraño demostré confianza, si no creía en su dueño no creería en ella, estaba al tanto de como eran las gatas. Fue cuando de repente y en un costado, vi un ratón, corrí y me desplegué en esprintada veloz para capturarle, al hacerlo no lo maté de inmediato, para presumir delante de ella. Pero realmente los roedores ya no me llamaban la atención, y cuando corrí tuve miedo de que mis facultades de cazador hubiesen terminado por mi vida inactiva y holgazana, de todas formas me desentendí. Luego ambos preferimos el bocado de su amo. Primero nos observamos a los ojos y comprobamos con el olfato que era salmón, lamentablemente perdimos el respeto tratando de arrebatarnos los pedazos mientras nos golpeábamos las patas. Allí me di cuenta de que nosotros los gatos no encajamos en ningún molde, al corto tiempo su dueño se la llevo, yo le pedí que se resistiera pero ella marchándose movía su cola como si nada.
No volví a verla, por más que trataba de hacerlos entender, pero nadie comprendía mi solicitud y me resigne entonces a considerarme un prisionero cuando mi familia al comprender mi actitud y desacato aplicaron las mismas medidas que el aplico con ella. Claro con mucha diplomacia y cordura como si nosotros no supliéramos de ello.
Afuera un gato negro de gran tamaño paseaba una media, rememoraba con una sonrisa algún apareamiento. Otra escondía sus crías en unos huecos improvisados que hacia con papel y me miraba nerviosa como si yo tuviese la intención de arrebatarle sus hijo maullándome agresivamente.
Me llevaron de vuelta a la casa, me dieron alimento para gatos y me destinaron una pelota de goma para que todo el día me divirtiera. Mi cuerpo era un juguete, una textura aterciopelada la cual acariciar. Sus idiotas rostros me hacían muecas e imitaban con sus voces mi ronronear, yo tenía que parecer dócil y pasar por sus piernas acariciándolos.
El humano nos había dado una condición de vida muy cómoda, por lo que siempre teníamos que adaptarnos a sus solicitudes.
De noche tenía que cazar algún roedor para que el jefe de la casa dejara la amenaza de matarme. Engordé en demasía de tanto dormir en un almohadón de plumas que me regalaron el día de mi cumpleaños. Al despertar solo recordaba el tejado, mi pasión nocturna prohibida, en donde podía ver tantas cosas. Desde una hermosa gata hasta una figura paranormal.
Animas desprendidas de los padres de mis amos. La muerte cuando venía por alguien de esta calle. En toda ocasión trataba de ahuyentarla por lo que hacíamos ruidos en conjunto. Los humanos solo pensaban en salir gritando para que nos calláramos.
Cuando la luna bañaba el cielo nuestras fuerzas para los humanos eran actos desvergonzados y nos correteaban para encerrarnos, entonces eran ellos los que quedaban desprotegidos en un peligro latente.
Al fin y al cabo tendría que esperar, algún descuido llegaría para escapar y no regresar, mientras tanto seguiría robando de la cocina algo mas sabroso que aquel alimento químico que repugnaba.
Seguiría durmiendo en sus camas durante sus ausencias, mordiendo al bebé en la distracción para crearme algo de respeto.
Volvería al tejado, a esas noches donde no tenía que subir la cabeza para ver al mundo. Desde el suelo nuestra perspectiva es más vulnerable. Arriba tenemos las armas de nuestros misterios y nos volvemos peligrosos.

Este artículo tiene © del autor.

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