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ARA LUNA

Capitulo 21 de la novela "Crónica de los infiernos", en busca de editor.

Bernardo Jiménez de Aristizábal

Colombia - España



       Ara Luna había vivido su infancia contemplando con asombro, casi mítico, el milagro de la rana Tintórea. Bajo la penumbra de los árboles del Putumayo, veía el revoloteo de los pájaros alrededor de la rana en eclosión. En tiempos de la luna llena, la tribu de Los Lunas contó siempre para su fiesta anual con las plumas de los pájaros que la rana Tintórea había coloreado para la ocasión. En vísperas de la fiesta grande juntaban todos los de su Nación las plumas de la cosecha multicolor. Era costumbre para una fiesta así lucir plumas de adorno en las orejas, colmillos de puma en los collares, walcas de alas de cucarrón azul en las muñecas, walcas de cascabel en los tobillos, kiriwacka en sus caras pintadas y vestir cusma blanca adornada con hilo de colores. Bajo la choza principal, inclinada para detener el viento y desviar la lluvia, sentados sobre pieles de puma en el suelo de tierra, los caciques humedecían los sentidos con chicha de chontaduro espesa y amarilla. Las mujeres de pelo negro sobre la espalda desnuda, descolgaban el pescado seco al sol y los niños correteaban por el patio alfombrado de hojas amarillas. Al amparo de su padre, el cacique de los Luna, Ara Luna ilusionó el mañana de los jóvenes que la habían pretendido. Hasta verla entregando en su boda la disciplina feliz de desposada con el joven cacique Chorechema. En vísperas de la luna llena, Ara Luna estaba triste. Su marido Chorechema no llegaba con los que regresaban cargados con leña para los fogones, de especias para la comida de la fiesta grande y los de los tambores para la danza de la noche. Sorprendía al que llegaba preguntándole por Chorechema. Deslumbrados por el resplandor de su belleza, ellos negaban, con la cabeza baja, haberlo visto. Ni sus primos, Jitimuy, Cadaycatay y Nacaycumuy, a los que vio aparecer sin Chorechema, calmaron su angustia. Al contrario, con su silencio, ellos, que habían ayudado a  techar  con hoja de palma la choza donde los  recién casados fueron felices, aumentaron en ella la  confusión.
      Bajo la choza principal, adornada con lana de chonduro, las mujeres sirvieron el cazabe de yuca brava, el pescado seco, el potaje de pajarito y concedieron los honores de la caza mayor a los ancianos y a los guerreros. Ara no comió. 
      Los caciques y curacas se pasaron las horas en aspirar el humo de la pipa grande subiendo al cielo de la imaginación, y  Ara Luna en esperar mirando para el camino con la esperanza de ver  llegar a su marido. Al atardecer, y por entre la breve media luz del ocaso, ella vio cómo se iba apagando la esperanza de verlo aparecer. Entra la noche. Con la llegada de la luna llena, por primera vez desde que se unieron para la vida, Ara siente la muerte.
      Diestras en el manejo de las penas, las mujeres más viejas se la llevan y la sientan en el trono del consuelo. Su desazón eran los síntomas del miedo. Un miedo que comenzó en La  Chorrera, a orillas del Igaraparaná, donde fueron quemados vivos treinta indios de la tribu de los Ocaina. Desde entonces, unos se iban a cultivar las chacras y otros se quedaban con el temor de no verlos regresar. Desde donde aspiraba el humo de la pipa rodeando el fuego, el cacique de los Luna vio llorar a su hija y se levantó y la llevó a su choza de recién casada. Ara Luna no había llorado desde la muerte de su madre, y su padre le dijo que llorara cuanto quisiera, que nada alivia tanto como el llanto.
      Vestidas con cusmas adornadas de plumas coloreadas por la rana Tintórea, las mujeres se preparaban para la danza alrededor del fuego. En su mejor salud espiritual, los caciques y curacas de la comuna esperaban para entrar en la danza milenaria.  Sonaron los tambores del tiempo alborotando a los paujiles domesticados, a los trompeteros y a los loros, y las aves se echaron a volar por entre los primeros rayos de la luna llena.  
    Llegada la hora de iniciar la danza, un proyectil incrustado en la boca del eco los redujo al silencio. Desviaron el pensamiento los caciques y con salto de animal treparon al árbol alto los vigías.
     Era Fonseca con su caballería. El miedo a verlo aparecer los mantenía alerta. Pero era tarde. La carrera hacía ellos del demonio blanco no se detuvo y los rodeó con sus hombres atemorizándolos con el estampido de sus escopetas de asalto, y atropellando al indio con el pecho de su caballo. Los guerreros alcanzaron a  sonar el tam tam llamando a la guerra, y la fuerza de la reacción sólo les sirvió para intentar correr sin encontrar por dónde.  La tribu había sido rodeada por las patas de los caballos, que poco a poco fueron apagando los últimos tizones encendidos de la fiesta con sus cascos  errados.
     Con el cañón de la Tamuz pegado al corazón de los sitiados, Fonseca seleccionó y dictó sentencia. Elegidos para morir los ancianos que para nada sirven. Los niños porque hacen perder el tiempo a sus mamás dándoles de mamar. Las niñas quedaron para el apetito de los asaltantes y los demás fueron destinados para la explotación del árbol del caucho.
      Fonseca escuchó el nombre de Ara por boca de una india que tenía una niña entre sus brazos y que llorando le gritó:
      - ¿Por qué yo y no Ara, que no tiene hijo? 
 - ¡Tú tampoco tienes! -le respondió el malvado derribando a su criatura de un disparo. Pero a  Fonseca le gustó el nombre de Ara y siguió su rastro hasta encontrarla. Asaltada en su choza, de donde no se había movido, Ara estaba escondida bajo el silencio del miedo cuando apareció Fonseca. Al verla pidió a sus hombres que lo dejaran sólo, y  del primer manotazo le arrancó a la muchacha las plumas de las orejas y del segundo la cusma blanca adornada con hilos de colores. Su cuerpo de virgen asustada le gustó tanto, que decidió quedársela para él. La vistió para subirla en ancas de su caballo y llevársela a la sección Último Retiro. Allí era el jefe, nombrado en La Chorrera, a orillas del Igaraparaná.
      Al amanecer los indios fueron  arreados como bestias para la esclavitud. Sólo la quena de un tal jubal sonaba a través del viento de la desolación, pues la funeraria luz de un fogón que entre los muertos se quedó encendido, iluminaba la pipa de la paz rota en el suelo por la pata de un caballo. Ara Luna había sido secuestrada después que a su marido lo quemaran vivo en el camino al río Caquetá.
      La tribu de Los Luna había sido libre a través de los siglos bajo los árboles del Putumayo. Ahora se encontraban encerrados en dos plantas de la casa de la sección cauchera Último Retiro. Las mujeres elegidas para los deseos del jefe de sección y sus empleados fueron llevadas la planta alta, donde los muchachos de confianza vigilaban a los sobrecogidos por el miedo.
      Ara Luna había crecido durmiendo al aire libre de un chinchorro y la metieron en un cuarto sin ventana. El catre donde cayó rendida tenía el olor a sudor de los hombres que habían dormido con otras mujeres. Los ojos de Ara Luna se fueron cerrando, se abrieron una vez, y se volvieron a cerrar. Hasta quedarse dormida con la cabeza entre los brazos. El sueño no evitó las primeras arrugas en su frente ni calmó su corazón dolido por la muerte de su hermana. Fonseca la había asesinado de un disparo en la cabeza porque la muchachita no podía caminar tan rápido como los arreaban a todos desde los caballos.
     “Llegaron a la choza y mataron a toda mi familia: a mi padre Monollegue, a mis hermanos Quimulle, Equiroy, Cifoy y Tuñije, y a la niña que mamaba en los brazos de mi madre Tagualli la cogieron de los pies y la estrellaron contra un árbol. El único que quedó con vida fui yo. Don Aurelio me entregó como regalo al médico de La Chorrera, contaba el niño de diez años Miguel Boras en la cocina cuando entró Fonseca vanagloriándose de tener arriba a la mujer más hermosa del Putumayo. Con el pervertido enarbolado,  sólo deseaba subir para volver a estrujar su cuerpo entero.
     Ara Luna le tenía pavor a Fonseca. Para que se fuera acostumbrando a su modo de ser, en días sucesivos el malvado la sacó del cuarto y la puso a caminar sobre los charcos de sangre de sus primos Cadaycatay, Jitimuy y Nacaycumuy. Desgracia sobre desgracia tuvo que afrontar Ara Luna después de ver morir su hermanita la noche del secuestro. Entre la inocencia y la desdicha apelaba a una última ilusión: que Chorechema viniera a rescatarla. Como su padre no podía, por encontrarse condenado a responder por los indios de su tribu recolectando caucho, la mantenía la esperanza de que Chorechema anduviera libre, pues se encontraba fuera del poblado la noche del asalto. Lo imaginaba en la choza  preparando la cerbatana, las flechas y el veneno. Lo veía por entre la nebulosa del bosque seguido de los que empuñaban las lanzas. El susurro de la vegetación de siempre estaba allí, el canto de las seis de los paujiles estaba allí, el chirrido de las ranas estaba allí. Él podía estar también. Así lo soñaba despierta, y a todas horas pensaba en él. Pero la verdad sobre la desaparición de Chorechema tenía que llegarle tarde o temprano sin remedio. Un muchacho de confianza se lo soltó a Ara en plena cara:  “Ve, que estuvimos asando a tu marido”.
     Fue como una sentencia de muerte para su corazón, que no palpitó durante mucho rato. Como si hubiera perdido la voz, Ara no volvió a hablar. Para entonces ya se escuchaba decir en otras secciones caucheras: “Cuando llevaron a esa india a Último Retiro, Fonseca ya había matado a ese cacique”. “Yo vi a Fonseca matar a ese cacique por quitarle a su mujer, que es muy hermosa”. Guiado por la fama de su belleza, Martinengui hizo una visita a Último Retiro. Al saberse que venía, los muchachos de confianza recordaron que cuando se construyó la casa, Martinengui hacía trabajar día y noche a los indios amontonados en el purón, de donde los sacaban sin comer. El hambre puso a desvariar a tres indios Shepeya, que decían que eran brujos y que se transformarían en tigres. Martinengui los degolló y por mucho tiempo sus cabezas clavadas en estacas se exhibieron en el patio como alimento para la mente de los hambrientos. Era una historia olvidada, pero con la llegada de Martinengui los muchachos de confianza volvieron a ver las cabezas secándose al sol, consumidas y negras. Por eso nadie salió a recibirlo la noche en que llegó anunciándose con tres disparos de revólver. La mañana siguiente amanecieron tres cadáveres en el patio mojados por el sereno. Eran tres muchachos de confianza que se habían negado a dar de beber a sus caballos.
    Cuando Martinengui la conoció, Ara Luna había perdido hasta las ganas de comer. Desde que vio a Fonseca cortar los órganos genitales al cacique Masacatui y después de mandarlos cocinar, obligar a su mujer a que los comiera, no podía ver la comida. Triste y débil la encontró Martinengui entre diez o doce concubinas, despeinadas como ella, que miraban no con desdén, sino con miedo. Fonseca había tratado en vano de hacerla reír y escuchó el consejo de Martinengui. Entonces ordenó a sus muchachos de confianza dos decapitaciones. Las cabezas de los Shepeya venían con un rictus amargo en sus bocas abiertas. Con el beneplácito del visitante y una cabeza de indio en cada mano agarrada del pelo, Fonseca  correteó a sus concubinas riendo la gracia. Pero como tenía la voz amarga y dura como la desgracia, sólo consiguió de Ara Luna una mueca más de odio y dolor. Desde aquella aparición de terror en que entró en su choza y le arrancó las plumas como a un pajarito,  las demás emociones la habían abandonado.
     La vida en la planta alta comenzaba cuando venían visitantes de otras secciones. Entonces llamaban a las indias más veteranas por su nombre cristiano, como el de Teresa, que había perdido su nombre original: Paccicañete, cuando fue arrebatada a su marido Doñecoy. Zoy, Socsoy, Paaj y Dicadayca, cuatro indias de la tribu de los Andoques eran las encargadas de cuidar de que las demás mujeres estuvieran presentables para el examen de los recién llegados y cuidando de que no les amargaran la fiesta con sus llantos de niñas.  Fue así cuando llegó Martinengui y se encontró con un lote de muchachas sin más ropa que unas bragas de hilo y con las huellas del reciente estupro en su mirada de miedo y en su forma de andar. Los recién llegados de otras secciones caucheras se hacían subir comida y bebida para la orgía, y la fiesta duraba lo que los brutos despiertos. El muchacho de confianza que, haciendo guardia de protección a los dormidos, se sobrepasara con una  mujer era condenado a muerte.
    Si Fonseca decidía repudiar a una de sus concubinas, para no verla más en la vida la mataba. Sólo se salvaba la que era regalada para ser llevada, por lo que todas albergaban la esperanza de seguir viviendo cuando venía algún jefe de sección. En esa danza de la muerte, que daba vueltas como moneda de canto que no acaba de caer por cara o cruz, Ara Luna sintió el deseo amargo de ser pedida por Martinengui. No perdía  la ilusión de salir de esa casa sin ventanas. Vivía en un mundo en el que sólo el canto de las seis de los paujiles le era familiar, y donde nadie podía negarse al menor o al mayor sacrificio. Como cuando los visitó el jefe de la sección Entre Ríos, Alfredo Montt, quien después de estar con las muchachas en la segunda planta, bajó y se instaló en una hamaca en el patio. Comió sin importarle el mal olor del caucho recién goteado del árbol, bebió trago con los que amontonaban el caucho recolectado,  seleccionó a un indio, lo amarró a un poste y disparó sobre él  más de cien tiros. Montando la carabina había dicho: “Voy a ver si le doy en  el ojo”.  “Voy a ver si le doy en el corazón”. Como un buitre harto de carroña, se echó a tomar el sol sobre una bola de caucho que había en el suelo. En medio de un silencio temeroso, dos Shepeya descolgaron y enterraron aquel montón de carne apelmazada de plomo.
    El único consuelo que albergaba Ara Luna era que Fonseca se cansara del gesto amargo que encontraba en ella cada vez que venía al cuarto anunciándose en la puerta con esas risotadas que ya no asustaban a nadie más que a las recién llegadas. Siempre fue así. En un día  llegó a violarla hasta tres veces. Fonseca se apaciguó de pronto. Su asedio de todos los días pasó, y las visitas fueron dejando de existir. Ahora era ella la que quería verlo aparecer para pedirle que la dejara marchar. Los únicos momentos de libertad alcanzada habían sido las visitas al cementerio de los Shepeya, a pocos metros de la casa, donde fueron enterrados sus primos Jitimuy, Cadaycatay y Nacaycumuy, y  donde las aves carroñeras vivían alborotadas por los malos entierros. Fue también la única vez que habló con su padre. Ara se sorprendió de cuánto había envejecido, y lloró por la niña que no habían llorado juntos. Por entonces, el cacique de los Luna seguía siendo el capitán de su Nación, pero amenazado bajo pena de muerte si uno de sus hombres se escapaba, y de dos latigazos por cada kilo de caucho que le faltara al que bajo su mando no cumpliera con la tarea obligada.
    Aunque parecía que no iba a ocurrir nunca, Fonseca dejó por fin marchar a Ara Luna de Último Retiro a la sección Entre Ríos, donde el jefe era Alfredo Montt. Sin nada que llevarse, se despidió de Paccicañate o Teresa y salió de la casa. Nada más entrar en la selva, una apacible calma la hizo creer que era otra vez ella misma recuperando la posesión de todo cuanto había tenido que ceder en un año de continuas vejaciones. Como una hojita en la inmensidad de la selva virgen, anduvo ocho días acompañada de un porteador de indios de carga, tiempo en el que parecía desaparecer ese pavor secreto que mantuvo en Último Retiro, donde quedaba su padre condenado a obligar a su tribu al trabajo.
     Al poco tiempo de su llegada a la sección Entre Ríos, Alfredo Montt recibió una carta denunciando a una fugitiva de Último Retiro  enferma de venérea, y que éste debía matar como había hecho el firmante de la carta con todas las gonorrientas de su sección. Fue el modo elegido por Fonseca para no verla más. Pero Ara Luna siguió viviendo en la angustia  solitaria de las indias atacadas por la enfermedad importada por los blancos. Repudiada por Fonseca, la vida que le perdonó Montt no fue mejor. Durante el tiempo que llevaba en la desgracia, había vivido la aniquilación de su entorno familiar y el llanto eterno de su montaña por el desaparecido Chorechema. Al contrario de lo que esperaba, Ara Luna vivió en un arreglo de paz aparente, aclimatándose a las condiciones y propósitos de cada jefe al que fue regalada. Pasando de mano en mano y de sección en sección, aliviada por la victoria de seguir viva, Ara Luna se abandonó sometiéndose a quien le daba de comer. Tan pronto como la amaban por todas partes menos por la vía natural,  olvidaban sus dieciocho años y la dejaban.
     Ara Luna no tenía diecinueve cuando cayó en las garras de La Hiena del Putumayo, un hombre que la amó hasta el día en que la sangre caliente brotada de la herida en su cuerpo formara un charco en el patio, que los perros lamieron. Fue sentenciada de muerte a las dos de la tarde de un viernes y por la misma causa que sus compañeras de cama. Había que erradicar la enfermedad y a su amante de turno le tocaba cumplir con la orden. La Hiena del Putumayo fue a buscar a la condenada al dormitorio veinticinco minutos antes de la puñalada mortal. Desde la puerta de su habitación, La Hiena le dijo: “Vamos,  Ara”. No le dio ninguna explicación. Ara, por su parte, no la pidió. Le daba igual ir regalada a otra sección que al matadero. No había vuelto a hablar desde la tarde en que vinieron a decirle que habían estado asando a su marido. Cuando se le ordenó salir del dormitorio, no se peinó. Abandonó la habitación con la bata sucia que había de llevar hasta la muerte y, llorando, caminó sobre la humedad grisácea del patio. Se detuvo bajo el halo neblinoso donde se encontraba una mesa de carnicero rodeada por la legión de demonios de la sección, compuesta por Agüero, Argaluza, Alcorta, Aliaga, Velarde, Jiménez, y los negros de Barbados King, Stanley, Siebers y Mapp, que la recibieron con un inmenso bordoneo de rumor preparándose para asistir al espectáculo de su cuerpo desnudo. Ara Luna no lloraba de miedo, sino de dicha, porque al fin llegaba al refugio del paria tantas veces evocado en la vida: la muerte. No había en su hermoso rostro ningún indicio de terror. Sus ojos negros habían recuperado la luz de una alegría que ya no se ocultaba detrás de la tristeza, aunque por encima de su piel blanca, su pelo negro, sus dientes completos y su herencia biológica hubiera pasado el rigor de tres años de desastres. Sin ninguna resistencia de su parte, Ara Luna fue desnudada entre gritos de algazara. Su cuerpo perfecto colocado boca abajo sobre una mesa de carnicero en el patio de la sección China. Miguel Flores, conocido como La Hiena del Putumayo, empuñó la afilada hoja de acero y se la clavó por la espalda en el centro mismo de la vida, curvándose su vientre con un lamento débil que estremeció la trompa de los perros y aceleró el murmullo de la brisa entre los árboles. Al cuerpo sin vida se le escapó la sangre y, paralizados los músculos, rostro perdió la expresión de dolor. Era lo que esperaba el diestro en el manejo de arma blanca. Cambió de cuchillo y con habilidad de carnicero empezó un corte limpio desde la coronilla y siguió recto espalda abajo hasta los talones. Después, ayudado por el negro James Mapp, entre una nube de moscas, La Hiena del Putumayo despellejó su cuerpo palmo a palmo, como a un animal. La víspera de la ejecución había elegido el sitio en la pared donde templó con clavos la piel de Ara Luna. La sección China tenía las paredes tapizadas con  pieles de otras víctimas.
      Ara Luna, que había vivido en la amargura del asedio a sus senos espléndidos, cayó en la montonera de los muertos con su nombre propio. Lo único que no perdió en la vida.    
       

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