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EL AMOR EN LA GUERRA

Selección de poemas de María José Arques

María José Arques Cano

España



AMOR PARA LUEGO

Sentiremos tal vez frío
si no existe poesía.
Y el tiempo nos pasa casi inadvertido
golpea con fuerza lo tuyo y lo mío. 
Qué pena ignorarlo
y dejarlo perdido, amor.

Miguel Bosé.

Nuestro amor es un antepasado
que falleció dormido en la memoria.
Queremos despertarlo cada noche
para escribirle versos y canciones.
Y lo hacemos, y, a veces, nos sonríe,
para satisfacción de nuestro ego.

 

Primaveras y otoños han marcado
una senda de luz bañada en gloria.
El gesto de un dolor le pone el broche
al escote de nuestros corazones.
Pedimos a una musa que nos guíe
en nuestra confusión del beso ciego.

 

Nuestro amor es un cuadro borrado,
una mera ilusión propiciatoria
que no encuentra razón para el reproche,
ni adquiere la pasión de los ciclones.
No hagamos que la rutina lo extravíe.
Será tarde dejarlo para luego.

 

 


LA SOMBRA DEL ESPUTO

     “Yo quisiera hacer poesía que resucite a los muertos
      que se quedan en los campos sin llegar al cementerio”
     (Filiu, de su canción Carta a un refugiado).

Atenta a la mirada de los dioses,
pupila entumecida,
me enredo en los mensajes de las voces
que pactan menoscabos y dolores, 
que arrastran la mentira.
Los momentos feroces
acuden a su cita.


   
No puedo reprimir los pensamientos
de terror y de muerte.
No me dejan los sórdidos conciertos
firmados por los líderes abyectos
de sensatez ausente.
Porvenires inciertos,
misiles con la peste.

 

Tal vez si convocase a los gigantes
a un pleno perentorio,
podría conseguir por ambas partes
elogiando sus puestos relevantes
su firma sobre un folio.
Mas no ofrece descartes
su baraja del odio.

 


PIRA  

Perder la calma en una noche lenta
de las que empujan al escalofrío
es arañar la piel del desvarío.
Es derrotar por fin a la tormenta.

 

Adentrarme en la luz amarillenta
que recorre a zancadas mi albedrío
es incendiar las velas del navío,
para teñir lo negro de magenta.

 

Tras redimir mis gestos en la hoguera
y echar por el balcón la gris ceniza,
un volcán interior se desvanece,


y cruza serpeando la barrera.
Todo lo arcano ya se paraliza.
El rayo luminoso, libre crece.

 

LAS TARDES 
                                                                 
En tardes entumecidas por la nostalgia,
cuando escribía tu nombre en las paredes
sin saber si vendrías a buscarme, 
escribía poemas como éste.

No importaba la carne con su instinto,
ni quemaban los fuegos en la piel.
Sólo el aura de luz que me envolvía,
transportaba la fuerza de mi sexo
al lugar pisado en otro tiempo.


Bastaba con seguir a la libélula
que aparecía teñida de ternura
ante el azul eterno de mi mente,
para abrir esa senda casi onírica
que conducía mi ser a tu existencia.


Algunas veces, con fe de sacrificio
pude leer la historia de lo nuestro
en la señal palpable de la herida.
El martirio de ser mitad y entera
me llevaba a caminos insondables.


Ya no siento la magia del encuentro,
pero en tardes pintadas de nostalgia,
escribía poemas como éste.

 


Sólo se me ocurrió lanzarte un beso.

Momento irrepetible
en corto espacio
de tiempo y de lugar
me regalaste.

     
El silencio de todos envolvía,
nuestro mudo diálogo,
y, de repente,
bajó el divo a la tierra
y se hizo hombre.
Bajó el hombre al amor
y se hizo niño.

Tú y yo,
a un metro de amarga distancia.
Un metro de incomprensión,
desatino, enemigos y peligros,
donde nuestras luces milenarias
se cruzaron
abriendo un camino.

Y a través de esa senda rosácea,
entre ojos que nos miraban confundidos,
sólo se me ocurrió lanzarte un beso...

 

Sydney, 1945

Emergí de las aguas cristalinas
donde acabó mi historia de aquel tiempo.
Las algas se enredaban en mi pelo,
en mágico alboroto.
Mi vestido, sudario ensangrentado,
se adhería a mi cuerpo.
Hollé la blanca arena de la playa,
testigo de la fuerza de tu sexo.
Me encaminé al umbral de aquella casa
que nos vivió desnudos.
Miré por la ventana.
Recostado en la cama, tú llorabas.
Te alzaste de repente, mudo y solo,
y buscaste en el fondo del armario.
El libro con mi vida te aguardaba.
Te sentaste. Leías sobre el lecho,
mientras yo me alejaba sin diatribas.
Dejé una estela nívea que, a mi paso,
escribía un adagio.
Ya en el mar, unas olas agitadas,
abatían los muros. 
Tras ellos la valquiria me esperaba
para entrar en el reino de Vahala.

Este artículo tiene © del autor.

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