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EL AMOR CUANDO EL DINERO NO ALCANZA

Daniel Adrián Madeiro

Argentina



Al excelente poeta: ALI AL HADED 

Ven sobre el verde césped, dulce Amor,

reposa en mí tu frente pensativa;

sólo nos resta una hora fugitiva

de descansar sobre esta hierba en flor.

 

Renovación - Omar Khayyam

 

Dos posibles respuestas a la pregunta: ¿Se resiente el “amor” cuando el dinero no alcanza?, pudieran ser: ¡! o ¡No!.

A primera vista se presentan simples y monosílabas.

Definido el “Amor” como un sentimiento que encierra el deseo de bienestar de la cosa amada, ambas respuestas resultarían ajustadas a este propósito.

El “Sí” afirmaría que se afecta el “amor” dado que el bienestar deseado se frustra ante la imposibilidad de darle el objetivo, en este caso, económico.

El “No” sostendría que la mutua correspondencia necesaria entre los vinculados a ese “amor” es sustento suficiente para su manutención.

Ampliadas de este modo, las dos muestran un punto de vista contrario entre sí.

Extraña paradoja resulta de este cuadro de opiniones disímiles, pues estamos obligados a reconocer que el “Sí” tendría razón desde su óptica, tanto como el “No” desde la suya: Si no se consigue el bien deseado para el objeto del “Amor”, éste se ve afectado ante el fracaso. Pero, a la vez, ese deseo de bienestar, visto con los ojos del otro miembro de la relación, implicaría no afectar al que no alcanzó el objeto, relegando a un segundo plano el propio bienestar para otorgarlo a favor del otro.

 

Si cambiamos la forma a la pregunta original y decimos: ¿Qué pasa con el “amor” cuando el dinero no alcanza?, más allá de que en este caso no estamos sugiriendo una posibilidad -se resiente o no-, me parece que seguimos moviéndonos dentro de los mismos términos, que nos encontramos con el mismo horizonte.

¿Qué puede pasarle al “Amor” cuando el dinero no alcanza?, es una pregunta que no presentaría demasiadas opciones. Se me ocurren tres: sigue igual, se fortalece, se debilita.

Desde luego, como se ve, continúo presentando respuestas simples que, para este caso, me parecen suficientemente explicativas.

Pienso que las dos primeras respuestas (sigue igual, se fortalece) hablan de lo mismo.

En cuanto el “Amor” sería un sentimiento que procura el bien de la cosa amada, apoyado en ese fin, puede permanecer igual, sin variaciones, disfrutando el viaje a su meta (esa motivación actuaría como primer y suficiente bien alcanzado por el amor); también pudiera acontecer un gozar de mayor bienestar ante la presencia de un bien adicional: la adversidad, que cambiaría su rol negativo actuando como un motor que permite medir la fuerza de ese “Amor”. Pero siempre sería, en definitiva, el “Amor” disfrutando del bien, atado a su destino: la procura de un bien para lo amado o la valoración de este “ir hacia el bien” frente a la adversidad. No hay en realidad fortalecimiento. Hay más de lo mismo.

Por otro lado, podemos sospechar que, si esto no se produce no hay debilitamiento, hay ausencia de “Amor”.

Se trata de respuestas del mismo estilo que las precedentes “” y “No”, con un sustento similar, que se apoyan en la definición formal de la palabra “Amor”.

 

Ahora bien, me parece un buen momento para presentar un nuevo interrogante: ¿Es el “Amor”, como define el diccionario un “sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra persona, un grupo humano o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido”?.

Me atrevo a decir que esa definición sirve al fin de establecer un criterio general para entender, sin pretender mayor profundidad sobre el asunto, de que hablamos cuando hablamos de “Amor”. 

¿Será eso el “Amor”?. ¿Será así para todos?. ¿Qué hay en cuanto a lo que es para mí?. ¿Qué elementos externos dan origen a ese sentimiento que llamamos “Amor”?. ¿Pudiera ser que llamemos “Amor” al resultado final de cierto tipo de “ecuaciones relacionales” cuando ocurren dentro de la esfera humana, del mundo del hombre?.

Para iniciar la búsqueda de estas “particularidades del Amor” y ver que más hay aparte de su definición formal, hablaré de vivencias que me son suficientemente conocidas para desarrollar este análisis.

Hablaré del amor a mi esposa.

Sólo procuraré definir lo que es el “Amor” para mí. Hablaré de “mi amor”.

 

Como casi todo hombre, vi a muchas mujeres antes de ver a mi esposa. Desde mi “primer amor” hasta “mi esposa”, pasó suficiente agua bajo el puente.

Dos primeras cuestiones a responder serían: ¿Amé antes de amarla a ella? y ¿Por qué la amo a ella por sobre todas las demás?.

Para la primera pregunta se me antojan otras: ¿Se puede llamar “Amor” al galanteo?; ¿Sigue de flor en flor la abeja satisfecha?.

Un acto de apariencia amorosa no tiene porque ser necesariamente “amor”. Podemos besar o tener relaciones sexuales y “no amar”. Aún más: es la participación en estos procesos el elemento que nos permite, las más de las veces, diagnosticar que no estamos enamorados sino encandilados, que no amamos sino que gustamos de alguien ocasionalmente.

Hay otra pregunta por hacerse: Si fueron “amor” mis relaciones anteriores, ¿Por qué ya no me importan y hoy cuido exclusivamente a mi actual “amor”?.

Lejos de todo romanticismo, siento con convicción la siguiente respuesta: el “Amor” se da una sola vez y de manera contundente; con una fuerza arrolladora que lo impregna de un fanatismo por el ser amado y de una intolerancia a cualquier cambio que proponga el destino.

Pero, para abordar un análisis medianamente desapasionado, diré que en el proceso de racionalización del “amor”, en el pensar como llegué a “amar a alguna persona o cosa”, colocamos una serie de elementos ajenos a la realidad de su naturaleza; provocamos la idealización del “amor”, adentrándonos en el terreno de lo idílico.

No hacemos lo mismo con nuestras mascotas cercanas, cuyas conductas vinculadas a lo que llamamos “relaciones amorosas” sabemos observar libres de subjetividad.

Decimos, con fingida inocencia, que nuestros canes se han enamorado, en alusión a su mutuo mirarse y olfatearse. Desde luego, sabemos bien que solo se trata de la respuesta que brindan los machos al período de celo de las hembras, que los llevará -si no lo impedimos- a copular para propagar la especie.

Nuestra conducta amorosa está basada, en primera instancia, en parámetros similares. El hombre busca a la mujer, y viceversa, para disfrutar de una cierta continuidad en los hijos que nacerán de esa futura relación.

Desde luego, en nuestro caso, no es el único propósito. Así como hemos sabido desarrollar el arte y encontrar en él un elemento de deleite para nuestro espíritu, del mismo modo supimos ver en el compartir nuestro cuerpo con el de nuestra pareja una fuente de gozo que no nos obliga a un fin ulterior vinculado a la procreación.

Pero obsérvese en esto que, muy especialmente, la mujer acostumbra condicionar su entrega a la actividad sexual a un hombre que considere “apropiado”. No es frecuente que corra a entregarse a todos los hombres sin restricción, excepto en casos patológicos o en ejercicio de la prostitución femenina.

Para la mujer, el varón deberá reunir ciertos requisitos que justifiquen para ella su participación en un acto sexual. Hay una elección del sujeto y veremos luego cual pudiera ser la razón.

Esto no es igual en el hombre que, en líneas generales, y aquí se presenta muy similar a los otros machos del reino animal, está dispuesto a copular con diferentes mujeres, en un espectro de edad y de formas que no requieren más que contar con la aprobación de la dama.

Si centramos nuestra atención en el innegable instinto maternal de las mujeres, hecho que se presenta en la gran mayoría de ellas desde la más temprana edad y se hace visible en su incontenible encantamiento frente a un bebé, encontramos una repuesta a su selección de un varón apropiado. Se trataría de un acto instintivo, con base en su intrínseca función maternal, por la cual se procura el mejor espécimen para la “eventual” procreación. Téngase presente que solo desde el siglo XX, en particular su segunda mitad, hay métodos efectivos de anticoncepción, razón por la cual la actividad sexual femenina creció. Recién ahora la mujer puede permitirse tener sexo con algún hombre que no considere del todo apropiado para padre pero que si presente un momentáneo atractivo. Esto ya no compromete su “instintiva responsabilidad maternal”. Pero desde la más remota antigüedad, en tanto le fuera posible, procuró ejercer una maternidad responsable, esto es: elegir el mejor padre para sus hijos.

El varón tiene el comportamiento de todos sus pares de otras especies. En tal sentido sólo procura el mayor número de cópulas con el objeto, “genéticamente instalado”, de asegurar la continuidad de su género.

De este modo la Señora Naturaleza nos entrega dos individuos que reúnen, cada uno por su lado, las características apropiadas para el objetivo central de la evolución de las especies: asegurar la continuidad. El macho copulará todo lo necesario para fertilizar la mayor cantidad de hembras posible, asegurando el resultado buscado: más humanos; la hembra cuidará no incluir entre los machos que la fecundarán a aquellos que presenten apariencia “débil” o “defectuosa”, para asegurar la “calidad de producción”. Luego, este sistema desarrollará, en distintos períodos de la larga historia de la evolución de la humanidad, cierto tipo de “control de calidad” que calificará de “normal” o “anormal” a los recién nacidos. Los “anormales” o “defectuosos” serán declarados “malditos” o “endemoniados” y purificados con la muerte o la exclusión total. Recuérdese el tratamiento sufrido por: negros, locos, enanos, enfermos Down y tantas otras víctimas.

 

Ahora hay más elementos para dar respuesta a: ¿Por qué amo a mi mujer por sobre todas las demás? y si fueron “amor” mis relaciones anteriores, ¿Por qué ya no me importan y hoy cuido exclusivamente a mi actual “amor”?.

Si, como expongo, todos los machos humanos están dispuestos a copular con distintas hembras, ¿Qué me lleva a preferir a mi mujer por sobre otras?.

Una cosa es nuestro instinto y otra muy diferente nuestra razón y el proceso civilizador al cual ella ha sido sometida.

La humanidad gestó una serie de normas de comportamiento conducentes a manejar eficientemente el crecimiento de las comunidades, apuntalando especialmente las conductas sociales, sus interrelaciones.

En este campo se observa, por ejemplo, como se pasó de la práctica poligámica más o menos generalizada en la antigüedad -lo que aseguraba el crecimiento demográfico frente a la ausencia de otra defensa ante guerras y pestes- a la monogámica, reteniendo solo los reyes la posibilidad de más de una mujer -quizá para asegurar la continuidad de la nobleza-.

Este proceso es de muchos siglos, varios milenios, suficientes para regular nuestra conciencia y llevar a los hombres a sentir el impulso instintivo de la copulación a la vez que el freno establecido por nuestra educación.

La monogamia es una respuesta represiva “civilizada” al instinto animal que, además, permite mostrar que el hombre, finalmente, también elige -bajo otros términos- una mujer por sobre las otras y que diferencia bien entre “sexo” (instinto) y “amor” (elección definitiva de una sola hembra).

Esos son los elementos que me llevan a amar y valorar, por encima de cualquier otra, a mi mujer. Es lo que me demuestra que no amé nunca antes, sino sólo ahora.

La práctica de la monogamia me lleva a determinar, a razonar libre del influjo del instinto, cual es la mejor de todas las hembras, la preferida, el adorno de mi corazón, mi reposo, mi manantial exclusivo.

El instinto me inclina a la hembra, la razón (educada para la civilización) me enseña y aconseja que elija a la mejor.

Esta situación por la cual selecciono como la sobresaliente a mi mujer, desatendiendo la calidad o superioridad de cualquier otra, servirá también para beneficiar con igual criterio a mis hijos.

Siendo como son el fruto nacido de la tierra (mujer) que yo elegí para mi siembra, resultan doblemente valiosos porque son parte de mí y de aquella que es la extensión de mi vida, mi esposa. Son el resultando de dos que se eligieron mutuamente; gozarán, por tanto, del mismo carácter especial que tiene mi esposa para mí y viceversa; ellos no pueden ser menos que “especiales”.

Por estos mecanismos, queda asegurada en cada familia la continuidad y protección de sus integrantes, por sí misma, afirmándose el propósito “natural” de la vida: el crecimiento de la especie.

 

Entonces, luego de toda esta larga exposición ¿Qué es el “amor” para mí?.

Se trata del camino edificado sobre el instinto y la razón por el cual se determina la persona o cosa a la que brindaremos todo nuestro esfuerzo en pos de brindarle todo bien que nos sea posible, porque encontramos en ello nuestra saciedad de entrega. 

Siendo como es un proceso que mezcla lo irracional con lo pensado, es entendible que no pueda ser visto apelando a la lógica.

Es esa compleja mezcla la que lo lleva a ser “por que sí”, a darse sin mayores explicaciones, a producirse y asemejar como un hecho mágico.

Algo dice al cuerpo y al cerebro, simultáneamente: ES ELLA o ES ÉL. Luego, si la situación es mutua nace un vínculo indisoluble, profundo, una fuerza arrolladora que nos impregna de un fanatismo por el ser amado y de una intolerancia a cualquier cambio que proponga el destino.

Cuando esto se da, la respuesta a las preguntas: ¿Qué pasa con el “amor” cuando el dinero no alcanza? o ¿Se resiente el “amor” cuando el dinero no alcanza?, siempre es NO.

El “Amor” no entiende otra razón ni otra ocupación que su propia existencia.

Este artículo tiene © del autor.

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