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Cultura en Argentina (XXXVI): Controversias de la era posmoderna

Carlos O. Antognazzi

Argentina



¿Deben contraer matrimonio personas de un mismo sexo? ¿Son iguales ante la ley? ¿Quién es más terrorista, occidente u oriente? ¿Católicos, musulmanes o judíos? ¿Qué es “familia”? ¿La ley ampara a las mayorías o a las minorías?

Cultura en Argentina (XXXVI):

Controversias de la era posmoderna

¿Deben contraer matrimonio personas de un mismo sexo? ¿Son iguales ante la ley? ¿Quién es más terrorista, occidente u oriente? ¿Católicos, musulmanes o judíos? ¿Qué es “familia”? ¿La ley ampara a las mayorías o a las minorías?

El matrimonio gay

Jorge L. C. Roggero, profesor de Derecho de Familia, cuestiona un artículo de Mario Vargas Llosa sobre la recién promulgada ley española que permite el matrimonio entre personas de un mismo sexo. Roggero establece que «la atracción de los sexos que origina la procreación y, por ende, la continuidad de la vida humana, no puede ser reformulada alegremente por los legisladores de turno de un gobierno», y que esta atracción responde a «la naturaleza misma, que ni el señor Rodríguez Zapatero, ni sus legisladores, ni el señor Vargas Llosa, pueden cambiar» (carta en La Nación, 29/07/05).

Roggero da por sentado que la procreación es la finalidad de la atracción sexual, hecho plausible en el mundo natural (si bien no todas las especies lo acatan), pero que en el ámbito estrictamente humano no es cierto. El ser humano es el animal que practica el sexo por placer, al margen de un eventual anhelo de perpetuar la especie. Por ello en un enclave dictatorial el placer es denunciado como algo contrario al régimen. Milan Kundera lo hizo notar con la risa en La insoportable levedad del ser, al enseñar que el totalitarismo carece de sentido del humor, y George Orwell con el sexo en 1984: «La única finalidad admitida en el matrimonio era engendrar hijos en beneficio del Partido. La relación sexual se consideraba como una pequeña operación algo molesta, algo así como soportar un enema» (Destino, 2005. p. 73).

En ese disfrutar caben también actitudes como la atracción entre personas de un mismo sexo. Puede discutirse si esta atracción es o no de índole natural (algunos estudios recientes señalan que sí lo es), pero no puede ignorarse que la atracción existe, y que la ley está contemplando algo que es previo.

Roggero sugiere que los legisladores españoles han «reformulado alegremente» lo que para él es el fin último de la relación sexual (la procreación), ignorando que los legisladores se han limitado a darle un marco jurídico a una realidad que viene provocando problemas desde hace décadas. La ley no inventa el homosexualismo, sino que se adecua a él. El homosexualismo no se incrementará con esta legislación, así como no se incrementó la pornografía con el destape español ni el (mucho más restringido) destape argentino en 1983. Las leyes nacen cuando deben enmendar un problema. No puede uno adelantarse a las leyes sin un problema que lo vuelva necesario, salvo alguna honrosa excepción en que los legisladores pueden intuir algún problema futuro. El ejemplo más claro es el de los virus informáticos: primero surge el virus, y luego el antivirus. Lo contrario es imposible.

La nueva normativa blanquea una situación que, justamente por no estar contemplada, provocaba problemas en parejas homosexuales estables cuando uno de los dos fallecía y el superviviente, por ejemplo, no poseía las herramientas legales para cobrar una pensión por “viudez”.

El profesor critica también que Vargas Llosa no respete a la familia «restándole su papel fundamental de primera transmisora de valores y formadora de personas, e intentando reducirla a un simple ejercicio de suministro de afecto». Aquí el yerro es más grueso, ya que la familia no es dejada de lado, sino que es construida de otra forma. En un fallo reciente la Corte Suprema de Justicia de la Nación determinó que una niña de ocho años debe continuar al cuidado de la familia que la adoptó, pese al pedido en contrario de su madre biológica (cfr. La Nación, 04/08/05, p. 15). Este hecho sin precedentes, que ha sido juzgado como «muy prudente» por el titular de la cátedra de Derecho Civil de la UBA y de la Plata, Luis Leiva Fernández, establece el principio de que «familia» no supone necesariamente un vínculo de sangre, sino un vínculo de afecto y contención. Adriana Abelles, psicóloga especialista en adopciones, dijo que el fallo es «extraordinario» y que «no es el lazo biológico el que hace que una familia sea familia, sino que es el lazo de amor el que estructura la personalidad del chico».

Esta definición debe considerarse a la hora de que parejas gay decidan adoptar y/o procrear un hijo, como se ha dado recientemente con una pareja de lesbianas que han decidido inseminarse artificialmente y ser madres.

Paradojas eclesiales

La ley se adapta a una actitud que algunos suponen errada porque la ley no es perfecta sino perfectible, y porque en ese constante acercamiento a la perfección procura contemplar también el deseo de las minorías, no sólo de las mayorías. Lo contrario sería injusto, pues la ley procura el equilibrio. Por eso a la justicia se la representa con una balanza.

La misma Iglesia ha tenido que adaptarse al devenir de los tiempos al establecer como método anticonceptivo “oficial” el descubierto por Billings, que funciona según la regulación hormonal del cuerpo femenino. Es evidente que este método, considerado “natural” por la curia, se sugiere para que las parejas humanas puedan disfrutar del sexo salvaguardando la preñez. Es decir, la Iglesia reconoce que en la pareja humana el deseo no es vinculante con la perpetuación de la especie, y establece una forma (de escasa eficacia, en realidad) para evitar embarazos no deseados. No es este el espacio para aventurar si connotados hombres de Iglesia han respetado con sus amantes este método (más de un hijo bastardo lo desmentiría), pero es evidente que hasta una institución rígida como el Vaticano ha tenido que enmarcar una conducta que la precede: el sexo como fuente de placer.

No deja de ser curioso que una institución que predica el respeto por el otro se afane en atacarlo cuando ese otro (homosexual o lesbiana) actúa a su leal saber y entender. La oposición orquestada desde la Iglesia Católica a este tema ha sido de inusual virulencia, algo que contradice el pregonado espíritu pacífico y que enseña la cara más real de la curia. Si bien las marchas orquestadas en España contra el matrimonio gay fueron gestionadas por partidos políticos y acólitos de Aznar, la Iglesia estaba detrás. La opinión de algunos purpurados se dejó oír con estrépito días antes de la votación, y hasta se llegó a sugerir el boicot de los eventuales matrimonios apelando a razones de conciencia.

El tiempo y la necesidad irán borrando las discrepancias. La Iglesia Católica sabe que para sobrevivir no sólo necesita del favor divino, sino especialmente del apoyo humano, y éste se haya en franco retroceso ante otras Iglesias más liberales. Si no se adapta e insiste en su actitud pronto se encontrará con que no hay fieles a los que inculcar el más allá, sino un vasto páramo en el más acá que, además, no le permitirá subsistir.

Terrorismo en nombre de Alá

Las notas de Oriana Fallaci sobre los musulmanes tuvieron una respuesta el 01º/08/05 (carta en La Nación), con la firma del Imán Mahmud Husain. Plena de ironía y con argumentos incontestables, la carta adolece, no obstante, de un yerro medular: la cúpula eclesiástica musulmana nunca ha criticado los ataques terroristas que miembros de su feligresía, como son los de Al Qaeda, ejercen habitualmente. Y cuando algún que otro líder eclesiástico se manifestó lo hizo ambiguamente y casi como una concesión por la presión internacional. Por lo demás, mientras religión y Estado estén unidos se hará difícil dilucidar los alcances de cada una. Para los musulmanes es natural que el líder religioso condene a muerte a un escritor por haber escrito una novela. Nadie en el mundo árabe osó oponerse al dictamen del Ayatolá Khomeini, y Salman Rushdie tuvo que ser protegido durante años por “blasfemar” en Los versos satánicos. Algo no funciona, entonces.

En su argumentación Husain dice que Fallaci «no representa a la mayoría, sino a la pequeña minoría fascista que subsiste en Europa, así como los extremistas que se dicen “musulmanes” sin serlo de verdad no representan al Islam, sino a su propia ignorancia y fanatismo ciego». Vuelvo entonces al párrafo anterior: ¿por qué la cúpula del Islam no se expresa contra el terrorismo? ¿Lo ha hecho el Imán Husain luego de los atentados a las torres gemelas, España o Londres? En determinados contextos quien calla termina otorgando. Y no se trata de que la comunidad musulmana exprese sus condolencias, como hicieron en Londres, sino que la cúpula religiosa se defina con claridad. Ya es preocupante que la red informativa Al Jazeera transmita todo video que le envíe Al Qaeda, porque estas transmisiones no hacen más que expandir la propaganda terrorista, y sabemos que uno de los puntales de toda acción armada es la difusión. Por algo los regímenes totalitarios primero toman las radios y cadenas de televisión: sin publicidad y una versión única de los hechos no hay golpe que se sustente.

Si la jerarquía del Islam no condena al terrorismo el mundo seguirá vinculándola con los atentados. La firma de buena voluntad entre católicos, musulmanes y judíos que se realizó en Buenos Aires no alcanza, porque el espectro es muy superior. La solución no está en occidente, sino en ese oriente complejo y de exquisita cultura que está sucumbiendo ante un grupo de inadaptados. Es sabido que, pese a sus yerros y barbaridades, Estados Unidos es sólo un pretexto para el terrorismo. Sin Bush en el poder cambiaría el pretexto, pero no los atentados. La lógica del terrorismo es el terror, no una reivindicación social, religiosa o moral.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 12/08/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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