Portada del sitio > LITERATURA > Cuentos > Flores para la tía Sabina
Grabar en formato PDF Imprimir este artículo Enviar este artículo a un amigo

Flores para la tía Sabina

Cuento

Manuel Guillermo Ortega (Guillermo Tedio)

Colombia



Manuel Guillermo Ortega (Guillermo Tedio) es ensayista y narrador. Ha publicado los libros de relatos La noche con ojos y También la oscuridad tiene su sombra.

FLORES PARA LA TÍA SABINA

Manuel Guillermo Ortega

(Guillermo Tedio)

mortega@metrotel.net.co

Ensayista y cuentista colombiano. Autor de los libros de relatos

La noche con ojos y También la oscuridad tiene su sombra.

          


Lo que nadie se explicaba en la familia y en el barrio, era por qué la tía Sabina no se decidía a dar el sí a uno de los dos pretendientes que le enviaban todas las semanas, los martes y los viernes respectivamente, un ramo de crisantemos rojos y un manojo de pompones amarillos. Se trataba de un ritual al que nos habíamos acostumbrado aunque nos disgustara la demente terquedad de la tía en mantener aquella soledad inoficiosa. El tío Licinio, con su habitual franqueza, decía que ya ella no podía darse el lujo de aspirar a un príncipe porque estaba quemando sus últimos cartuchos, y agregaba enfatizando la grosera rima: “Es mejor que se la coman los humanos en lugar de los gusanos”. Dos años más y se hundiría para siempre en lo que había estado haciendo toda la vida, en medio de imágenes votivas, misas cantadas en coro y rosarios sin fin, porque después de recibir el ramillete del sonriente recadero, salía con su vestido blanco y su chalina de ánima en pena, y se entregaba en la iglesia a la estéril tarea de vestir santos que desde los nichos la miraban indolentes con sus ojos de madera y yeso.

        Los tres hermanos -dos hombres y mi madre- fueron formando aparte sus hogares, en la misma calle sombreada de robles de la casa paterna, multiplicándose en hijos hasta que la tía se quedó sola en esa quinta amplia y antigua, de patio reverdecido por las macetas de helechos, siempre envuelto en el olor ardiente de la albahaca y la ruda. Entonces aumentó su fruición religiosa y anduvo sin cansarse, con su vestido de seda impoluta, dedicada a novenarios y campañas devotas. Ya cuando vivía con sus hermanos, era objeto de críticas por su apego al cotidiano rito de las bendiciones y señales de la cruz a la hora de las comidas, oraciones con rostro compungido, y el amor cotidiano con abono y tijeras por las begonias y los cactus. El tío Licinio atacaba de nuevo: “Hasta para orinar se persigna”. Por eso, cuando supimos que recibía un manojo floral dos veces por semana, nos hicimos a la festiva ilusión de que por fin la solterona cambiaría su rutinaria existencia de anhelos amarrados al cuerpo sin caricias, por las confidencias, el placer del amor y las disputas de la vida en común. Los hermanos y sobrinos nos presentamos en bloque y armamos un convite de vino, felicitaciones y abrazos excesivos que ella soportó con un rostro de mirada escéptica. “Esperamos que te decidas pronto”, le dijo el tío Manuel Salvador, “tienes que aprovechar esta oportunidad”. Ella sonrió apenas y respondió con un “ya los veremos” que nos enfrió de golpe la alegría del brindis.

        Tres meses después seguían sucediéndose las remesas de crisantemos y pompones traídos por el mismo sonriente pero hermético mensajero, y la familia comenzó a perder la esperanza de la boda y el vals porque la tía no se determinaba a la escogencia. Lo único efectivo que hacía, y ahí estaba la latencia de nuestra expectativa, era abrir la puerta y recoger las flores que colocaba delicadamente en un jarrón de murano con agua, sin pronunciar la frase afirmativa que meterializaría de cuerpo entero a uno de los pretendientes. De modo que nadie conocía a los fieles enamorados de la tía Sabina, por lo que el barrio tomó el inveterado camino de las conjeturas. Por ejemplo, se decía que quien ordenaba los crisantemos, debía ser uno de esos jóvenes ardorosos que se enamoran de las mujeres cuarentonas, nada más cierto cuando el rojo era el color del fuego apasionado. Y en el caso de los pompones, suponían los imaginativos convecinos, que se trataba de un hombre ya experimentado en la vida, solterón quizás. Solo así se explicaba el color amarillo, símbolo de la madurez.

        Sin embargo, era necesario esperar. De cualquier forma, ella no había dicho que sí pero tampoco que no, y el hecho de que tan amorosamente instalara los manojos florales en el jarrón de la sala, dejaba una ventana abierta por donde podía colarse la dulce lluvia de la felicidad conyugal. Y resultaba que tanto a los amigos del barrio como a nosotros, nos dolía ver que aquella mujer se enfrentara tan peligrosamente a la soledad, nos irritaba esa espera inútil que solo ella se empecinaba en prolongar hasta un dolor que percibíamos en el rictus de sus labios silenciosos. Nos preguntábamos, sin encontrar respuesta, por qué la tía Sabina no se decidía de una vez por todas a dar el sí a uno cualquiera de los interesados. A muchos los exasperaba su figura aún rítmica a pesar del desgarbo, metida en el vestido blanco de cuello cerrado y mangas hasta el puño, con el rostro tocado de cierto encanto ya próximo a la decadencia.

        Un día se acabaron los crisantemos y los pompones, no llegaron más, y meses después la tía murió o se dejó morir. Recuerdo que buscando el sabor a hiel de las aguas prohibidas, le pregunté un día a mi madre qué había sido de los novios de la tía. Estábamos solos y ella empezó a llorar. “Mi pobre hermana”, dijo, y entre sollozos que sacudían su pecho, alcancé a comprender, como si un rayo de luz barriera dolorosamente las tinieblas de mis preguntas, que la tía Sabina, queriendo matar su soledad con la ilusión de que alguien la cortejaba, se enviaba ella misma los manojos de flores.

Ver en línea : Revista LA CASA DE ASTERIÓN

Este artículo tiene © del autor.

1657

Comentar este artículo

   © 2003- 2015 MUNDO CULTURAL HISPANO

 


Mundo Cultural Hispano es un medio plural, democrático y abierto. No comparte, forzosamente, las opiniones vertidas en los artículos publicados y/o reproducidos en este portal y no se hace responsable de las mismas ni de sus consecuencias.

Visitantes conectados: 23

Por motivos técnicos, reiniciamos el contador en 2011: 3333127 visitas desde el 16/01/2011, lo que representa una media de 609 / día | El día que registró el mayor número de visitas fue el 25/10/2011 con 5342 visitas.


SPIP | esqueleto | | Mapa del sitio | Seguir la vida del sitio RSS 2.0