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ENCUENTRO VESPERTINO

Harel Farfan Mejia

MEXICO



Encuentro Vespertino
El Don
Cerraba la iglesia su puerta cuando vio desde la ventana de su cuarto el transitar de su fatigada sombra entre los arcos del “Salón Casablanca”. Encima de la mesa del comedor. 20:00 hrs. Marcaba el reloj.
Subió lentamente los escalones, el susurro de unos tacones desgastados en el piso de madera hizo más notoria su llegada. Escuchó sonar el timbre del cuarto contiguo dos veces antes de saber que había entrado. La puerta se cerró.
Avanzó hacía la mesa del comedor en donde tomó la taza, hojeo brevemente la “Revista Insólito” y dudó. La recurrente luz que penetraba por su balcón, proveniente del letrero del cabaret, le proporcionaba cierta palidez a la habitación; se sirvió lo que había sobrado de café por la madrugada y miró una vez más aquella pared tapizada con fotos dé actrices de los 50’s y 60’s.

Su nombre en la calle era Santa y él lo aprendió una mañana que sentado cerca de la tradicional Alameda Central, pintaba sobre un lienzo “La cafetería del Palacio de Bellas Artes”.
— Qué bien te quedó manito- escuchó la voz de Santa en su oído derecho, mientras el suave roce de los dedos en su espalda lo hizo estremecer.
Colocó su pincel en la banca. Escudriñó los labios morados de aquella mujer y el ligero retoque de sombras que sus ojos le mostraban... la deseó.

Desde aquel día de Verano se acostumbró a seguirla por los espacios, olores, colores y paisajes que la llegaban a rozar. Pintó en obligadas noches de insomnio acompañado de Elena y huérfano, su rostro alegre mezclado entre Iglesias, hoteles, fachadas, bailes y jardines. Así pasaron las siguientes cuatro semanas: plasmando con tela y óleo los íntimos deseos de un hombre de 50 años.

Una tarde la invitó al cine Venus, pasarían un programa doble: La cucaracha con Dolores del Río y Enamorada con María Félix. Ella era fanática de aquellas actrices, basta ver su colección de fotos en las paredes de su casa para no equivocar el comentario.
La fugaz mirada de la mujer en la pantalla lo animó y tomándole la cara la besó entre agónicas butacas desgastadas; acarició sus muslos de porcelana que le brindaban aquélla falda corta y ciertas voces de un pasado que no les pertenece, pero los confundió y jugaron a vivir juntos.

Él se hizo gran fanático de los bailes de salón y ella de su pintura. Los domingos mientras Santa fichaba en la Alameda, él plasmaba los diversos escenarios folklóricos de un México que muere en cada uno de sus lienzos... un poco más.
Asistían a misa de “Doce” en la Iglesia de San Francisco de Asís. Él la esperaba afuera junto a huérfano y su cuaderno de bocetos; mientras con la cabeza cubierta y el rostro escondido, ella asistía a su cita con Dios.
Elena a veces lo encontraba mientras dibujaba e invitándole una corona, se sentaba a su lado en la banqueta y platicaban de los sucesos acontecidos en el barrio.
— ¿Supiste lo del Chema? ¿no? Se lo quebraron ayer de tres
navajazos al salir de la peluquería de Don Manolo.
— Y lo de la Bibiana ¿te chismearon? ¿tampoco? A esa la mató el Muñeco, su padrote, aunque no se atrevan a decirlo- él se limitaba a escuchar a Elena entre trazos de carbón y tragos de cerveza.
Al salir Santa de la Iglesia, Elena se despedía y se alejaba antes de que ella llegara. “El hacer notar que Santa nunca le perdonó haberla desamparado a su llegada a la capital era su secreto”.
Comían en el restaurante de ”Doña Cele”, paseaban por la Alameda y cenaban tacos en el “Puestecito” antes que ella se fuera a fichar al Salón.

Un viernes decidió ir a las luchas a la Arena México, el cartel era inmejorable: “Atlantis, La Parca y Doctor Wagner vs El hijo del Santo, Octagón y Mr Revee”. Nunca esperó encontrarla sentada en la tercera fila del lado de los rudos, iba del brazo del “Muñeco”.
Las tres caídas le resultaron eternas, al final, la gente gritaba que había sido un robo por parte del “Tirantes”. Levantó la vista y no la encontró. Salió corriendo de la Arena y alcanzó a ver a través de los puestos de comida, su silueta abordando el carro.
Calló lo sucedido. Pero a los pocos días aquella mirada y sus manos frías le hicieron intuir aquella noche al verla salir que... Despertó a la mañana siguiente sin su cuerpo al lado.

Dos meses después de su encuentro in fortuito con el Muñeco; buscó a Elena en el patio trasero de la Catedral Metropolitana, donde guardan los taxis piratas.
— ¿Y, a qué se debe el milagro?- le preguntó al ver su cuerpo recargado en el portón de la entrada y el perro a su lado.
— Se casa Santa- Elena ya lo sabía pero intentó disimular
— ¿Y con quién?- Los dos jugaban a ser cómplices
— ... Con el Muñeco- Elena entendió a qué había venido.
Caminaron dentro de la Iglesia y lo planearon al fin —Santa moriría arrodillada ante Dios- como... una Virgen bendita.

2 de febrero. La fecha esperada. Llegó a la Iglesia antes de que el sol saliera y se colocó en el rincón acordado con el puñal abandonado en su bolsillo: el pulso no le temblaba, la muerte rondaba en sus ojos y huérfano lo miraba.
El reloj de la catedral. 12:40 hrs. Marcó. Comprendió que él Muñeco no vendría, Santa también lo percibió. Parada en la entrada de la Iglesia con su vestido blanco, evocó su ausencia y musitó un nombre... Sólo su nombre de pila alcancé a escuchar al verla caer al suelo.
Regresó a la vecindad cerca de las 18:00 hrs. En su ventana el ocaso pintaba las paredes con retratos de ella: María Victoria, Lilia Prado, Rosita Quintana, Rita Macedo, Elsa Aguirre, Miroslava. Cada uno diferente y a la vez el mismo rostro.
Se detuvo ante el lienzo que lo aguardaba y pintó las diversas imágenes en la entrada de la iglesia. Ella con su vestido blanco anhelando su llegada.

Tiró el café por la ventana y tomó el puñal que permanecía aguardando en su saco. La escuchó cantar aquella melodía de Agustín Lara “Ahora que te vas, te quiero desear, que te vaya bien que te quieran más que allá donde estés, tengas buena suerte, para no fallar, yo voy a rezar y a pedir por ti, yo voy a implorar para que seas feliz, para que progreses(...)”.
Tocaron insistentemente la puerta de su casa, no podía ser ella, su canto aún penetraba por la ventana del balcón y debajo de la puerta se advertía la presencia de unos zapatos de hombre.
El silencio irrumpió en el escenario: su canto paró, la puerta se calló y su corazón dejó de latir. Ahogó el puñal entre su mano que temblaba y caminó por el corredor hasta topar con la puerta en donde vive Santa. Tocó un par de veces antes de oír su nombre —¿eres tú James?- escuchó su voz pero sabía que no era, ella había muerto al mediodía en la iglesia —apretó el arma contra su pecho-¿acaso todo fue un sueño y su amada vivía?.
Entró a la habitación y sintió una mano acariciando su rostro, unos labios besaban su boca y aquella voz jamás olvidada recordaba su nombre. Dejó el puñal encima de la cama y profesó nuevamente las caricias de su venerada Santa. En aquel devenir de deseos aquel descuido bastó y una sombra emanó del baño. Su camisa blanca se tornó de cierto color carmín y la tibieza de su rostro desapareció entre la ambigua sonrisa del amor.

A la mañana siguiente en la edición vespertina del “Alarma”. Escondido en la página doce: la foto de un puñal ensangrentado y la pintura de una mujer abandonada en la puerta de cierta Iglesia, encabezaba la nota.
“Pintor famoso es asesinado por padrote”
“Lea la entrevista con los dos únicos testigos de los hechos. Un perro y un enano (conocido con el sobrenombre de “Elena”) quién afirma ser amigo del pintor y comenta que él vio entrar al Muñeco segundos antes de cometer el artero asesinato contra el afamado artista James Revee, quien preparaba una exposición para el Antiguo Colegio de San Ildefonso en su habitación”.

P.-S.

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