LA MÚSICA DE LOS INSECTOS
Los días se ponían cada vez más cálidos y luminosos a medida que el planeta se aproximaba al perihelio, pero en rigor el breve verano no había comenzado. De todos modos, la habitación no necesitaba del verano para estar agradable pues la vivienda entera, lo mismo que todas las casas que se erigían sobre la superficie del mundo, se mantenía a temperatura constante durante los 688 días del año, gracias a la energía geotérmica que procedía inagotable desde las entrañas del globo.
Bus Rpigoll penetró una vez más en aquella habitación que todavía detestaba, si bien ya no con la intensidad con que la había odiado alguna vez. Sofocado por la profusión de objetos que parecían agredirlo con mudos reproches, se escabulló hasta el amplio ventanal. Curvada en un arco perfecto, la ventana daba hacia las distantes Montañas Sulfúreas, antiguas formaciones de roca de azufre que brillaban perfectamente recortadas contra el verdiclaro firmamento diurno. Los mayores picos de la cordillera rasguñaban la luxesfera superior, sobrepasando fácilmente los 15.000 metros de altura sobre el nivel medio del planeta Paladio, llamado así por la facilidad con que se encontraba en su corteza el 46avo elemento. Rpigoll miró por encima de las últimas vecindades que se extendían bajo su casa y luego barrió la vista sobre los campos que se alejaban hacia el Sur del Clan Capital, hasta rematar en las fulgurantes faldas de aquellas remotas sierras amarillo-verdosas. Luego giró otra vez hacia el interior de la habitación, mientras apretaba los dientes concentrando el hastío de años.
Al centro de la estancia descansaba la vitrina maestra, un mueble de tres toneladas totalmente transparente, hecho de puro y grueso cristal plomado. En su interior, el disco de cromo rielaba con la luz de la Dorada. En ese momento del año, la estrella enviaba sus blancos rayos desde apenas 329 millones de kilómetros, menos de la mitad de lo que llegaba a distar en el afelio. La Dorada ya estaba vieja. Había iniciado su proceso inflacionario y Paladio ya tenía fecha de vaporización. Los astrónomos calculaban que dentro de un par de milenios la estrella entraría a plena fase de gigante roja, en la cual se hincharía hasta cubrir el perihelio del planeta.
Con aquel exclusivo trofeo de cromo, el Gobierno había premiado hacía mucho tiempo las mayores ventas de discos jamás registradas en Paladio: 900 millones de copias vendidas por un grupo musical. El anciano Rpigoll miró con un desgano culpable los anaqueles y bibliotecas repletos de premios, recortes y recuerdos. Pero su atención se fijó en un mueble en particular, el más viejo de todos, la sencilla vitrina hecha de madera de borlitza con pequeños rombos de vidrio azul. Abrió una de sus puertas, metió la mano derecha y corrió el falso techo hacia la izquierda. A nadie jamás se le hubiera pasado por la cabeza buscar allí ninguna cosa. Sacó un antiguo disco óptico que ningún otro ser viviente conocía. Se sentó en el sillón tapizado en suave fcklongo rojo, hecho especialmente a la medida de su cuerpo. Usando una manga de su camisón, procedió a limpiar maquinalmente la reliquia. Los regulares círculos que describía su mano empuñada comenzaron a remover infinitesimales recuerdos. Aunque trató de resistirse, la mente de Bus Rpigoll retrocedió una vez más hacia aquella remota mañana dorada.
&________
Hacía 30 años, el grupo de cuatro jóvenes músicos, todos nacidos y criados en el Clan 428, había tomado contacto por fin con el Ministerio Artístico y los había recibido el propio Subministro Lbutoll, músico de profesión y Director de la Gran Orquesta Melódica de Paladio.
‘Adelante queridos niños, pasen e instálense a vuestro placer’ - invitó el gentil Lbutoll - ¿les complace una bebida, algo de alcohol, algo de comer? ¡Señorita, atienda por favor los caprichos de estos buenos jóvenes! ¿Todos claros? El Señor Ogftoll me ha informado que ustedes han creado un material realmente interesante. Espero ansiosamente que sea verdad’.
Encontrar un talento creativo musical en Paladio no era ninguna broma. Desde hacía cinco años ninguna novedad había impactado al mercado. Los mismos artistas seguían repitiendo, poco más o menos, las mismas viejas y buenas canciones, con modestas variantes. La sociedad de Paladio era exigente. Allí no aceptaban de buenas a primeras cualquier ritmo insulso o repetido. La gente prefería seguir escuchando poco pero bueno. ¡Ay del que se atreviera a aparecer con una cancioncilla que tuviera el más mínimo olor a tono conocido, pues era ridiculizado por todas partes! La crítica o la mofa eran insoportables y se manifestaban por todos los medios, radio, prensa y televisión. Eran pocos los dotados o los idiotas que se atrevían a sacar algo nuevo, legítimamente convencidos de que su obra pudiera significar una contribución interesante. Los genios musicales, pictóricos, matemáticos y literarios eran rarísimos, altamente reconocidos y muy bien premiados. En aquella sociedad donde los apellidos sólo podían terminar con algún sufijo de parentesco terminado en dos letras iguales, la creación era definitivamente escasa. Pero cuando un auténtico creador aparecía en el firmamento, era glorificado hasta el paroxismo.
Dzormoll, primer guitarrista del conjunto, el mayor de los cuatro con apenas 10 años de edad, también el de mayor estatura con 2,05 metros y por si fuera poco el principal responsable de las composiciones musicales, tomó la palabra. Rpigoll tragó saliva y escuchó nerviosamente lo que su compañero iba a decir.
‘¡No será usted defraudado mi estimado señor Lbutoll!’ -, respondió sonriendo con trazas de soberbia el más alto de los jóvenes. - ‘Hemos traído una compilación de ocho potentes temas en los que hemos estado trabajando desde hace un buen tiempo’ -.
‘Por favor’ -, dijo el Subministro, mientras miraba con evidente aire escéptico a Ogftoll, el funcionario del Ministerio encargado de detectar talentos creativos musicales. - ‘Procedamos a revisar el material’ -.
La información digital fue cargada en el sistema de audio e imagen. Las persianas fueron entornadas para no dejar pasar a la cegadora luz de la Dorada. La demostración comenzó. El Subministro no lo podía creer. Poco después de comenzada la tercera canción, cayó en un estado de franca excitación. - ‘¡De nuevo por favor! - pidió casi a gritos - ¡Déjenme oír de nuevo esta canción desde el principio! Bien. ¡Silencio!’
Esa música era algo que Pier Lbutoll jamás había escuchado. Los acordes formaban alegres melodías que a nadie podían molestar. Los novedosos ritmos transmitían una agradable energía, que golpeaba directo al centro del corazón. Los pies oscilaban y taconeaban al compás del tamboreo, como queriendo dar más volumen a la metódica e inteligente percusión. Los arreglos eran lógicos, el cerebro podía anticipar los próximos movimientos aunque fuese la absoluta primera vez que uno escuchaba esas canciones. Eso sí, a Lbutoll le pareció que las letras eran algo ingenuas, pero los muchachos coreaban los estribillos con tonalidades novedosas, siguiendo patrones vocales nunca antes ensayados.
‘Muchachos’ -, dijo Lbutoll visiblemente alterado -, ‘lo que están haciendo es lo más raro que yo haya conocido en mi vida, pero es insólitamente bueno. Para mi gusto, supera cualquier cosa que yo haya escuchado antes’.
‘Gracias, gracias, nosotros estamos totalmente de acuerdo con usted’ -, respondió Dzormoll haciendo una cómica reverencia y otros gestos cargados de fina ironía.
Rpigoll, el baterista, respiró aliviado. Y los corazones de los otros dos jóvenes, Azzu TcFragg el pianista/bajista y Leso Hkaronn el segundo guitarrista, saltaron de alegría por el excelente recibimiento del Ministerio. TcFragg, que tenía la mejor voz de todos, propuso un brindis: - ‘Brindo por Adar Dzormoll, quien siempre ha sido un músico dotado de exquisito talento. Y últimamente su genio ha crecido hasta la alta luxesfera, pues es el autor del 90% de lo que hemos escuchado aquí’.
‘Por favor Azzu, no exageres’ - dijo Dzormoll con cierta brusquedad, interceptando el discurso de su compañero -. ‘Señores, Tcfragg también es un gran compositor: la canción que le gustó tanto a usted señor Lbutoll, es obra de él’.
‘¡Bravo! ¡Los talentosos, los verdaderos autores, deben ser identificados y reconocidos!’ - sentenció Lbutoll. - Muchos han perecido y han sido cremados en el olvido, víctimas del plagio y de la indiferencia de los mediocres. Podemos ver que eso aquí no ocurre ni ocurrirá. Permítanme felicitar calurosamente a los cuatro y desde este solemne edificio, les auguro el más brillante de los futuros’.
Rpigoll comenzó a salivar profusamente. Sintió que debía decir algo, pero una rápida y punzante mirada de Dzormoll le paralizó el cerebro y le congeló el corazón. Mientras tanto Tcfragg, completamente ajeno a la invisible comunicación, se quedó pensando en “Bailaré Contigo al Atardecer” su única obra propia en la compilación presentada. El título era simple, pero el ritmo era sensacional. Componer la música no le había costado demasiado, aunque no podía negar que le había servido escuchar las creaciones de Dzormoll. De no haber sido por las ideas que le habían inspirado aquellas pegajosas melodías, estaba seguro de que jamás hubiera sacado la suya. Pero le intrigaba la explosión de creatividad que había iluminado a su amigo. De un día para otro, Dzormoll se había largado a componer una canción tras otra, cada una de indiscutible calidad y nada parecía detenerlo. El único que no se sorprendía con la abundancia de Dzormoll ni con absolutamente nada de lo que sucediera en el mundo, era el hermético guitarrista Hkaronn, quien siempre se limitaba a tocar con su parsimonia acostumbrada.
Merced a esta sencilla reunión matinal, la historia de Paladio había sido alterada profundamente. En apenas 28 días el Ministerio Artístico lanzó al mercado la primera docena de canciones. Los atractivos jóvenes fueron presentados en el Show de la Rosada, el programa de variedades oficial que se transmitía todas las noches desde los estudios gubernamentales situados en el Clan Capital. (En aquel mundo no podía hablarse estrictamente de noches, pues cuando la Dorada se ponía tras el horizonte oriental, iniciaba su ascensión occidental la Rosada, la estrella enana roja que casi siempre mantenía los cielos bañados en una suave tonalidad rosácea, fenómeno que afortunadamente no impedía contemplar estrellas hasta de la 4ª magnitud). Casi todo Paladio vio el Show, dado que no había alternativa para ver televisión. A la mañana siguiente, todas las tiendas musicales, en todos los clanes de Paladio, tenían suficientes copias disponibles para la inexorable demanda. Los 519 millones de habitantes de aquel mundo sin mares ni fronteras enloquecieron con las canciones de los cuatro fantásticos jóvenes, quienes a pesar de la tenaz oposición ejercida por Lbutoll, se hicieron llamar Los Insectos.
Los Insectos se convirtieron en los niños mimados del planeta. De aquella primera compilación saltaron inmediatamente 9 hits que seguirían en los topes durante décadas. Cada una de las 1.096 ciudades o Clanes de Paladio exigía una visita garantizada del conjunto. Durante los siguientes 9 años, cada clan recibió por lo menos dos visitas de Los Insectos. Durante el mismo período, otras tantas compilaciones fueron lanzadas al mercado, cada una logrando igual o mayor éxito que la anterior.
Admiradoras no faltaban a los jóvenes músicos. A ellos tampoco les escaseaba el deseo sexual, pero en aquella sociedad monógama hasta la muerte, nadie quería ni aceptaba relaciones sexuales antes de un matrimonio formalmente perfeccionado de acuerdo a los mandamientos de Paladio. Así, después de los esperados encuentros con los clubes de fanáticas, plagados de perfumes, besos y abrazos, los jóvenes no tenían más remedio que recurrir a la antiquísima práctica manual, cuyos saludables efectos corporales habían sido ensalzados por el mítico príncipe Volpir, mucho antes de la clanización del planeta. Pero a su debido tiempo, cada uno de los cuatro Insectos conoció a su respectiva pareja. El alegre Dzormoll se casó con la doctora Anda Oxoll, su antigua condiscípula y atractiva geóloga especializada en recursos naturales, quien no pudo concebir hijos. TcFragg conoció y desposó a la célebre cineasta Obe Urball, con la cual tuvo tres hijos. Por su parte, Hkaronn se enamoró de Viza TcZurr, una espigada bailarina a quien tomó en matrimonio y con la cual tuvo dos hijos. Rpigoll, que fue el último en casarse, lo hizo con la rubia Fro Magott, destacada biólogo dedicada a la investigación y perfeccionamiento de prótesis orgánicas de todo tipo. La pareja engendró cuatro hermosos retoños, dos mujeres e igual número de varones.
Un día, Rodo Pogfall, el crítico de arte del Clan 428 (de donde eran nativos Los Insectos), se atrevió a escribir en el mismísimo periódico local que (Sic) “no se ve una perfecta correspondencia entre la calidad de la música compuesta por estos simpáticos Insectos (la cual para muchos alcanza dimensiones divinas), con el contenido y significado de sus letras, que resulta simplón hasta la altura de las más sosas poesías”. Después de eso, el artículo fue publicado (sin moverle ni una sola coma) por el periódico general de Paladio. Así, toda la comunidad planetaria pudo enterarse de la inquietante opinión de Pogfall.
Con todo, la fama de Los Insectos no dejó de crecer, día tras día y año tras año. Cualquier adjetivo se quedaba corto para poder describir el éxito de los juveniles músicos. Desde el primer minuto fueron considerados como un fenómeno portentoso, unos genios irrepetibles, unos iluminados por los Divinos. Nadie podía explicarse una producción tan extraordinaria, a años-luz de lo que cualquier biólogo evolutivo se atreviera a soñar siquiera dentro del potencial creativo que podía considerarse plausible para aquella especie. Para tener una noción exacta de la magnitud que revestía la obra de Los Insectos, hay que tomar en cuenta que Los Noctilucentes, el segundo conjunto más prolífico en toda la historia musical de Paladio, grabaron apenas once canciones durante su larga carrera de siete años.
Anunciada por la más extravagante propaganda jamás montada por el Ministerio, la novena compilación de Los Insectos había sido lanzada hacía sólo 15 días, cuando su esplendente carrera artística terminó abruptamente con la trágica muerte de Adar Dzormoll. El indiscutible genio creador del conjunto pereció junto a su mujer mientras volaban sobre sus adoradas Montañas Cerúleas, la tercera cordillera más elevada de Paladio, situada 70 kilómetros al norte del Clan 428. La nave tuvo que ser abordada en vuelo por personal de la Autoridad de la Luxesfera, después de navegar a la deriva durante 2 días completos. Los cadáveres fueron rescatados intactos. Aunque nunca se supo cómo había ocurrido exactamente la más penosa tragedia de la historia, por todo el mundo circularon cuentos que hablaban de un extraño gas venenoso en la hermética cabina.
Los funerales de Adar Dzormoll y de su esposa Anda recibieron el respeto de todo el mundo. Los cuerpos, cuidadosamente preservados en urnas transparentes al vacío, fueron puestos en exhibición fúnebre en el Museo Musical del Clan Capital. Luego de 36 días con sus noches, se procedió a la cremación, única forma de disposición mortuoria que utilizaban en Paladio. Conforme a los deseos que en vida había manifestado la pareja, las cenizas fueron esparcidas sobre las azules estribaciones centrales de las Montañas Cerúleas.
&________
Una mezcla de zancadas y risas que subían corriendo por la escalera, obligó al viejo a regresar desde su mental recorrido por el pasado. Axel Rpigoll, su nieto de 7 años, entró corriendo a la sagrada habitación de los trofeos seguido de su hermana Shaula de 6 y también por Finia Tsfall. El muchacho estaba empezando a interesarse ahora en la guitarra eléctrica, pero no había abandonado del todo a su querido piano, instrumento para el cual había demostrado un talento tan extraordinario como precoz. Golpeando las teclas había hecho composiciones completas, de cuya auténtica calidad su abuelo no abrigaba ninguna duda.
‘¡Hola abuelo!, - saludó el niño -. Mira, Finia trajo esta vieja revista donde aparecen ustedes entrevistados poco tiempo después de la primera compilación’. ¿Es cierto que de las doce canciones salieron nueve hits?
‘Sí, sí’ - respondió el viejo, tosiendo un poco mientras se recuperaba de la sorpresa que le había provocado la súbita irrupción de los muchachos -. ‘Y en cada uno de los ocho años siguientes pasó casi lo mismo’.
Shaula correteó por la sala y luego saltó sobre las rodillas del viejo, para abrazarlo y pellizcarle las mejillas con enérgico cariño. El abuelo Bus, todavía sentado en su cómodo sillón, buscó a tientas un lugar donde depositar el irisado disco que tenía en la mano. Encontró una mesa cercana y luego correspondió el abrazo a su nieta. Finia, de apenas 5 años, miró y tragó saliva. Gracias a su amiga Shaula, era ya la tercera vez que podía ver en persona al viejo sagrado, pero todavía su fama le producía un comprensible pavor infantil. La abuela de Finia, desde siempre una fervorosa admiradora de Los Insectos, le había pedido que apenas pudiera tratara de llevarle secretamente algún objeto, a lo mejor los anteojos, quizá algún botón que cayera de los ropajes del viejo, cualquier recuerdo por modesto que fuera. Dominando el miedo que paralizaba su garganta, la niña tuvo el atrevimiento de hablarle.
‘Señor Rpigoll, eh... ¿no podría contarme algo más de Azzu Tcfragg? ‘Yo estaba enamorada de él... eh..., bueno, de sus fotos de joven, y casi no pude sobrevivir a su muerte el año pasado’.
El viejo no pudo evitar una sonrisa, a pesar de la tristeza y de la culpa que llevaba incrustadas en el fondo de sus ancianas entrañas.
‘Bueno preciosa... como ya lo sabes, Tcfragg era el más guapo de los cuatro. Las chiquillas de todo el mundo enloquecían por él y todas querían atraparlo’. ¿Qué más podría contarte que no sepas ya?
‘Ay,... no sé... cualquier cosita que la gente no sepa... ¿Azzu soñaba? ¿Se levantaba temprano o era un dormilón? ¿Era buen jugador de shafety-lok? Eeeh... ¿tenía hermanos? Porque nadie sabe casi nada de los hermanos, o de los padres, o de los hijos de los artistas’
‘¡Já, Já!... TcFragg era un chico encantador. ¿Hermanos?... sí, tenía dos lindas hermanas a las que Azzu quería muchísimo y que cuando éramos jóvenes nos hacían suspirar. Una de ellas todavía vive en el Clan 428. ¡Oye, tienes razón! En las entrevistas nadie nos preguntaba acerca de nuestros parientes. Sólo les importaban los artistas, las luces, la fama, pero no las personas. Ni la prensa ni la historia quieren saber nada de las cosas verdaderamente importantes, como por ejemplo quienes pueden haber sido los padres de los genios.’
Rpigoll suspiró profundamente y luego se quedó callado, hasta que fue obligado por la pequeña a reanudar su relato.
‘Oh!, Sí, perdón ¿que otra cosa preguntabas? ¡Ah, claro que soñaba!... y era el único que contaba las idioteces que soñaba. Los demás éramos más callados, excepto claro por Dzormoll que vivía bromeando. De soltero, a Azzu le gustaba quedarse en cama leyendo historietas. Pero cuando se casó se fue a vivir a una casa grande en las afueras del clan y ahí se levantaba muy temprano, pues le gustaba arreglar el mismo todos los asuntos de la propiedad y le encantaba alimentar a sus animales’... ¿en shafety-lok?...pues... no era muy bueno. Le faltaba velocidad. Era algo lerdo y con tendencia a la gordura.
La chica quería preguntar más, pero el joven Axel demandó la atención del padre de su progenitor.
‘Abuelo, quiero enseñarte una canción que estoy componiendo con la guitarra’. - El joven Axel tomó una de las guitarras de la colección que había en la sala. - ‘¡Escucha viejo Bus!’ - exclamó, provocando la risa de las niñas. Pero Bus Rpigoll no prestó demasiada atención a los notables acordes que su nieto extraía del instrumento. Tampoco notó que Finia agarró y se guardó el pequeño objeto plano, redondo y brillante que reposaba en uno de los mesones. Los chicos se fueron y el viejo se quedó otra vez sólo. El trofeo de cromo ya no brillaba como antes, pues la Dorada se había ocultado bajo el horizonte del Este. De pronto sintió otra vez aquella molestia en el estómago que lo estaba importunando desde hacía una docena de días. Era un dolor frío que le subía lento, invadiendo su cavidad toráxica a través de cientos de ramales. No podía compararse con las familiares puntadas al pecho, esas que le envenenaban la sangre con oleadas de cortisol cuando recordaba la oculta historia. No. Esto era distinto y podía adivinar que era grave. Se acordó de la Dorada y de la Rosada. Una fugaz visión le anunció que pronto dejaría de verlas para siempre. Pero no sintió pena ni miedo, pues ya hacía mucho tiempo que quería desaparecer del mundo. El dolor frío se transformó en un espasmo siniestro que lo obligó a contraer las piernas. No terminaba de aliviarse completamente, cuando se acordó del disco. Ya iba a incorporarse para comenzar su búsqueda, cuando Fro penetró en la habitación y lo miró con atención.
‘Bus, estás muy pálido. ¿Te sientes mal?’
‘Fro, siento que me queda poco tiempo. Voy a confesarte algo que no me ha dejado vivir en paz y tampoco me dejaría morir en paz si no te lo cuento. Tú sabes que antes de conocerte, aún antes de Los Insectos, Adar, Anda y yo estudiábamos para Geólogos. Fuimos grandes amigos. Nos gustaba la ciencia tanto como la música y juntos hacíamos de guitarristas, bateristas y cantantes aficionados. Adorábamos la montaña. Armados con nuestros martillos de geólogos, examinábamos o despedazábamos cuanta roca o cristal cayera en nuestras manos. ¡Ah, querida Fro, pasar la noche en medio de los cerros y mirando las estrellas, era nuestra mayor satisfacción!’.
La mujer comenzaba a ponerse nerviosa, en vista de la palidez que mostraba el semblante de su esposo. - ‘¡Voy a llamar al doctor Dvorsall!’ -.
‘¡No, déjame continuar mujer, te digo que me queda poco tiempo y esto es muy importante!’ - Rpigoll respiró hondo - ‘¡Aah, qué alivio, ahora me voy sintiendo un poco mejor!... ¿ya tengo mejor cara querida?’ - Fro asintió - ‘Bien, escúchame con atención. En el verano del 585, Adar y yo partimos a las Montañas Cerúleas para disfrutar otra de nuestras excursiones en las que mezclábamos el agrado del ambiente natural con la exploración geológica. Durante la tercera madrugada, que se presentaba extraordinariamente oscura pues la Rosada estaba en conjunción y se había ocultado tras el horizonte antes de la salida de la Dorada, vimos una débil luz que bajaba del cielo, aproximándose hacia nuestro campamento.
Los ojos del anciano brillaron con los recuerdos. Un aire juvenil regresó por breves instantes a su rostro. Con su legendaria voz ronca prosiguió su relato:
‘Nos dio miedo. Luego pudimos escuchar un golpe fuerte, seguido por un siseo de gases que se escapaban. Nos acercamos con linternas y vimos un montón de fierros doblados por el impacto, que de todas maneras había sido amortiguado por paracaídas y cojines. Una caja de metal pulido colgaba apenas unida a la nave por unos cuantos cables. Tenía una tapa sujeta con remaches. Unas imágenes grabadas a fuego daban cuenta del contenido: antiguos discos de lectura láser’. - Fro comenzó a prestar más atención a lo que relataba su esposo -.
‘Sin pensarlo dos veces, nos llevamos la caja al campamento. Minutos antes de las primeras claridades del alba, vimos en el negro cielo las luces de dos volantes que se acercaban al sitio del impacto. Levantamos las cosas y escapamos a toda prisa del lugar. Al día siguiente, toda la prensa de Paladio daba cuenta del hallazgo de los restos de una sonda no tripulada, no fabricada por nuestra inteligencia, de origen desconocido. ¿Recuerdas las noticias, hace ya 31 años? Los radiotelescopios detectaron el objeto sólo unos cuantos miles de kilómetros antes de que penetrara la luxesfera. A duras penas pudieron determinar el lugar donde caería. No bien llegaron, se encontraron con el naufragio y se admiraron con la sencilla tecnología del ingenio. Nada de combustible, nada de sistemas de propulsión. Sólo un impulso inicial hace tal vez millones de años, quizá antes de que nuestra especie comenzara siquiera a desarrollarse. Una vieja máquina de otro mundo había caído en el nuestro y sus creadores... quien sabe... podían haber desaparecido del Universo hacía mucho tiempo. A primera vista no tenían nada que enseñarnos. Pero... ¡Ay mi amor, cuán equivocados estábamos!’.
Fro ya comenzaba a imaginar que algo grave venía. ‘¿Por qué dices eso? ¿Acaso había algo más?’
- ‘¡Uf, déjame seguir! No fue difícil abrir la caja perforando los remaches. Ahí descansaban los viejos discos. Usando los laboratorios de la Universidad adaptamos un antiguo lector óptico. Durante interminables noches observamos fascinados la preciosa información. Imágenes de seres en todo iguales a nosotros, la misma biología, los mismos movimientos, excepto por un esqueleto un poco más corto, que revelaba un mundo con mayor gravedad que la de nuestro Paladio. Los que habían enviado aquellos discos eran muy inteligentes, porque no intentaron usar ningún tipo de código. Sólo imagen y sonido, información sensorial bruta que cualquier receptor entendería sin interpretar ni descifrar nada. - Fro preguntó casi gritando - ¿Pero por qué no le avisaron a nadie?
‘¡Ay, ni yo mismo me lo puedo explicar! ¿Me perdonarías si te digo que el carácter fuerte de Adar me dominó? ¿Me creerás si te digo que me he arrepentido muchas veces, hasta que la culpa me ha corroído las entrañas?’ - Rpigoll apretó sus dientes otra vez - ‘¡Déjame seguir!... hasta que pusimos el disco de música... ¡Por la Gran Mierda!... ¿dónde se ha metido ese maldito disco?... ¡hace poco rato lo tenía conmigo y ahora no lo puedo encontrar! Lo he tenido oculto todo este tiempo en ese mueble... si lo ves por ahí, dime. Ese disco tiene imágenes y sonidos de cuatro personas, cuatro encantadores muchachos que cantaban y tocaban instrumentos de cuerdas y tambores. En el tambor mayor había unas formas que varias veces dibujé. Dame un lápiz. Era algo así’ - El viejo garrapateó unas líneas: THE BEATLES - ‘Pero la música: ¡Qué maravilla Fro! Eran cientos de canciones con voces que decían cosas ininteligibles para siempre, pero con sonidos y melodías que nos parecieron celestiales. No tardamos en darnos cuenta de la enormidad del tesoro que habíamos encontrado. Una carrera musical completa descansaba en nuestras manos y nadie jamás podría reclamar tales riquezas. El resto, tú ya lo conoces. Jamás se lo dijimos a nadie. ¡Ni siquiera a Azzu ni a Leso!... ¡Ay, los pobres murieron sin haber sabido nunca la verdad! Comprenderás ahora lo de Adar... no pudo soportar la monstruosa mentira’. ¡Pero estaba totalmente equivocado! No era necesario que se inmolara, menos todavía con la pobre Anda’.
Con espanto, Fro comprendió de golpe los cambiantes estados de ánimo que desde hace años habían aquejado a su viejo Bus. El anciano comenzaba a desfallecer, pero se dio fuerzas para continuar.
‘¿Sabes qué Fro?... yo sufrí muchísimo, durante años completos por culpa del maldito engaño. Pero ahora estoy tranquilo, de verdad... Mira, una noche, hace poco tiempo, no recuerdo bien... no estoy seguro de si fue en sueños o si fue una clarividencia en medio de la vigilia... el espíritu del guitarrista principal, el más loco de los cuatro músicos, al que cientos de veces habíamos visto en aquellas imágenes bromeando y riendo con el resto de sus socios, se me apareció. Y no estaba sólo... ¿podrás creerlo?... estaba acompañado por los fantasmas de Azzu, Adar y de Leso, quienes sólo me contemplaban con una serenidad... El espíritu me dijo que no me mortificara por nada, que todo estaba bien, que lo que habíamos hecho nosotros había sido lo mejor. El, o su alma, no recuerdo exactamente el sentido de sus palabras, había logrado evolucionar hacia dimensiones superiores. Supe que él, junto a otras personas de su mundo que habían muerto... ¿podrás creer algo tan absurdo querida Fro?... ¡atacadas por otras personas!, estaban tratando de diseminar la obra de su planeta por todo el Universo.
La grave voz de Rpigoll se tornó llorosa. Tomó la mano de su compañera y se la apretó con todas las fuerzas que le quedaban.
‘¿Sabes qué Fro?... el espíritu dijo que nadie es dueño de la creación o del talento, pues la energía creativa circula por todo el Universo y cualquiera puede recibirla.
La mujer estaba ahora en absoluta calma, luego de la fantástica revelación que su marido le acababa de hacer. La voz de Rpigoll se hizo ahora más ronca y cansada:
‘Fro, hay otro disco... jamás lo entendimos... Axel debería estudiarlo... quizá en unos años más, cuando él sea también... un músico profesional. Lo encontrarás ahí... un techo falso, la vitrina antigua. - El viejo tomó una vez más el mismo lápiz y escribió con trazos temblorosos otro código tan raro como el de antes - PINK FLOYD. Luego, Bus Rpigoll calló y descansó en brazos de su mujer, mientras respiraba cada vez más lentamente. Un rato después dejó escapar unos cuantos balbuceos cavernosos y murió en paz. Sobre su pálida cara resbalaron las lágrimas de Fro. La valiente mujer se incorporó. ¡No!, pensó. Su nieto debería usar únicamente su propio talento. Ella destruiría inmediatamente aquellos malditos discos del otro mundo. A propósito... - se preguntó -¿donde podría estar aquel disco perdido?
@________