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ADULANDO, GERUNDIO ACTIVO

César Rubio Aracil

España



¿No los conocéis? Es fácil encontrarlos, sentados en tercera o cuarta fila, esperando que llegue al acto el ilustrísimo señor alcalde.

En la variedad de gerundios encuentro uno que siempre me ha llamado la atención. Se trata de la forma verbal motivo de este trabajo. Existen aduladores de todo tipo, desde quienes utilizan la palmada hasta los que usan la sonrisa. En cualquier caso, la falsedad queda activada con la ayuda imprescindible del gesto. Mas hoy vamos a referirnos a los alzafuelles de tercera clase, endomingados los lunes o bien, según circunstancias y conveniencias, puestos de chaqué "hippy" (vaqueros y camisa de leñador) los domingos. La mayor parte de ellos, profesionales liberales, necesitan como diario sustento la palabra amable del superior, y en contadas ocasiones (cuando el accidente social favorece sus pretensiones) la invitación al certamen poético, o el concierto de la sinfónica no sé cuál, de reciente creación. Porque, para las ya consagradas formaciones musicales, comprendámoslo, no pueden ser requeridos ni siquiera para formar parte de la claque.

Antes me enfadaba observarlos, sentados en tercera o cuarta fila junto al sargento municipal o, codo con codo, en animada charla con el jefe de cualquier negociado, esperando la llegada del edil correspondiente. Encorbatados y distantes, respondían a mi saludo con indiferente desgana. Luego, concluido el acto, buscaban con la mirada al concejal responsable del recital, o al señor alcalde, para ir a su encuentro a ofrecerle sus respetos, platicar con él unos segundos si la suerte se les presentaba de cara, y buscar el ángulo adecuado para salir en la foto. La foto es muy importante para ellos, de manera especial cuando, por vaya usted a saber qué razones, aparece su imagen en los papeles diarios. En base a esta clase de eventualidades y a la publicación de un pésimo libro editado por cualquier caja de ahorros que, entonces sí, te ofrecen después de un ampuloso saludo en la calle, fundamentan su extenso currículo.

Ya digo, antes me sentía mal nada más verlos en tal o cual espacio cultural. Ahora no. Sonrío, y miro el cielo raso como quien contempla el vuelo de una mosca. Pero en el fondo me causan pena. Están vacíos de auténtico conocimiento cultural y llenos de oscuros gerundios.Qué se le va a hacer. A veces, con ánimo de acorralarlos (uno no deja de tener sus demonios sueltos), les hago alguna que otra pregunta impertinente, cuando requieren mi opinión sobre su obra literaria. Como en cierta ocasión a uno de ellos, a bocajarro y sin perífrasis:

-En tu novela refieres un evento que no llego a entender, ocurrido en las islas Maldivas. ¿Qué significado tiene para ti la palabra antípodas?

-¡Hombre! -exclama el interpelado- Está claro, ¿no? La parte opuesta a donde nos encontramos. ¿Por qué me lo preguntas?

-Discúlpame. Yo no sabía que dichas islas estuvieran en el mar de Tasmania. Sé tan poco de geografía...

Sin embargo, esta clase de personas se matan por hacerte un favor. No si se trata de pedirles dinero prestado o una recomendación para encontrar trabajo, cosas que jamás se me ha ocurrido solicitarles. Me refiero a, por ejemplo, rogarles que te busquen un libro agotado, publicado hace años por la Diputación o cualquier otra entidad. Por lo regular te lo consiguen, no sin antes haberte advertido sobre la dificultad que entraña tu petición. “Hablaré con el alcalde. Si queda algún ejemplar, cuenta con él”. Y se quedan tan satisfechos de haberte hecho creer (quien lo crea) que su amistad con el primer edil, o con el presidente del chirimbolo provincial, es una evidencia incontestable. Pero, ¡ca! Con quien hablan es con el conserje encargado del depósito de libros, al que en alguna ocasión invitan en la heladería a un sorbete de naranja.

Entre estos chicharrones -que así se les denomina en Cuba a los adulones, y también en su segunda acepción a los delatores- se encuentran algunos periodistas de escaso relieve, ciertos letrados sin bufete; radicales próximos a la derecha urticante y, no menos, algunos meapilas con tonsura en los genitales. Amigos todos ellos de la pantomima, tildan de rojillos comunistas a quienes les miran con una sonrisa burlona. Claro, calificar de este modo a las personas honestas no implica ningún riesgo, sean de derechas o de izquierdas quienes manden. Con su pan se coman el gerundio.

Este artículo tiene © del autor.

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