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¿Escribir? ¿Para qué?

Las grandes ventajas de la escritura

César Rubio Aracil

España



Ésta es la pregunta que se hacen bastantes personas -en especial aquellas que tienen vocación literaria- con escasas posibilidades de publicar sus creaciones: ¿Para qué molestarse en escribir? Cuando algunas veces, visiblemente frustrados, algunos amigos y conocidos requieren de mí una respuesta a su interrogante, siempre respondo lo mismo: “Para gozar en los momentos de la redacción, y, con anterioridad a la experiencia creativa, documentarnos y reflexionar sobre lo que vamos a decir”. La réplica no se hace esperar. “¿Para qué, cuando sólo te van a leer cuatro amigos, si es que no te engañan tragándose dos o tres capítulos para salir del paso y quedar bien con uno?”

Es normal que el escritor aspire a transmitir a los demás sus ideas e impresiones, y lógico que se sienta estimulado con los comentarios favorables a su obra. Sin embargo, comprendámoslo, la literatura es un arte de no fácil ejecución cuando lo que se pretende es impresionar a los lectores. ¿Cómo voy a perder mi tiempo leyendo una novela de 200 folios, cuando nada más abrir el libro, o el manuscrito, me topo con numerosas faltas de ortografía, errores sintácticos, palabras de equivocada interpretación semántica y, por añadidura, con un tema manido y mal expresado? Podré, si la persona que me ha entregado su texto con ilusión es muy amiga, hacerle las múltiples correcciones que me sean posibles, tal como se comportan conmigo ciertos escritores con los que me une una gran amistad; pero no a cuantos conocidos demanden mi colaboración en tal sentido. Si así fuese, estaría ocupado día y noche pergeñando y arreglando escritos.

Yo escribo a diario a lo largo de cinco o seis horas, cuando no más tiempo. En mi ordenador tengo memorizados miles de folios inéditos y centenares de poemas que no ha leído nadie. Raramente concurso, ni asisto a reuniones literarias. Desde hace cinco años he dejado de relacionarme -salvo contadas excepciones- con escritores y poetas. Únicamente en este foro y en Metáfora (más para aprender que para ser leído) publico algunas de mis desventuradas producciones. No obstante, vibro. ¿Qué más puedo necesitar, teniendo llena la barriga y rebosante de fantasías la mente? ¿Qué muchas personas se interesen por mis letras? ¡Claro que sí!; pero no como medio para seguir escribiendo. Porque sólo cuando mis páginas las creo exentas de ringorrangos y me convencen en cierta medida (por completo nunca he quedado satisfecho de ellas), las hago públicas. Y aun así, temo hacer perder a los demás su precioso tiempo.

¿Escribir? Sí. ¿Para qué? En primer lugar -quien tenga vocación- para aprender el oficio, que, como todo trabajo serio, requiere un largo aprendizaje. A partir de entonces, ya superadas las sucesivas etapas del adiestramiento, para continuar la formación literaria y, en paralelo, saber aceptar las críticas. Alcanzados estos objetivos, y sin aspirar a grandes logros por aquello de evitar innecesarias frustraciones, quedará la profunda satisfacción que proporcionan el estudio, el enriquecimiento del lenguaje, el crecimiento personal y, por último -entre otras complacencias-, los deseos de querer saber más y de escribir mejor. Sólo así, ahuyentando de la mente a los diablos del triunfo, se puede vencer la ambición por la victoria. Pero quedan aún algunas cuestiones que tratar sobre el asunto.

Dependiendo de la edad de cada escritor -o aprendiz de literato-, y en correspondencia con su talante, carácter, ideario y conocimientos, podrá sutilizar su escritura para ensalzar obras certeramente, o rechazarlas con críticas adversas; estará en condiciones -si ha aprendido lo suficiente- de utilizar su natural sarcasmo o ironía con elegancia; entre líneas podrá llamar hijos de puta a los hideputas y perros sarnosos a los aduladores, sin emborronar los renglones ni salirse de madre. Siempre con exquisitez aristocrática, tendrá a tiro a folicularios y plumistas; ya sabéis: gente de letras que, en vez de haber estudiado periodismo en la escuela correspondiente, parecen haberlo hecho en un cuartel de artillería; tal es el modelo sintáctico con que nos ofrecen sus trabajos en los papeles, en la radio y en la TV.

Ya digo, escribir es positivo. A mí me sirve para sentirme yo sin freno. Como no dependo de nadie para expresar mis opiniones, ni me condiciona la ambición de publicar a fuerza de lisonjas, me siento cada día más libre ante el folio virginal. No les sucede lo mismo a los numerosos escritores locales que necesitan el amparo de los organismos oficiales -o del de ciertas entidades de ahorros-para que los catapulten a la insidiosa esfera de las letras chungas. Quien de verdad tiene talento literario comercial, las editoriales se lo rifan; y el que no, a mendigar. A mendigar, digo, quien anhele abrirse paso con servilismos. Porque la literatura actual transita por detrás de las tapas del diccionario.

¿Escribir? ¿Para qué? Os lo digo. Para, al margen de las infinitas razones nobles que subyacen en las letras, joder al prójimo sin sacar la picha.

Augustus.

Este artículo tiene © del autor.

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