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LITERATURA COMERCIAL

A la caza del lector amable

César Rubio Aracil

España



Con la novela comercial sólo se aprende a rebuznar.

Da pena leer -por ejemplo en la novela “La sombra del viento”- que, aproximadamente en el año 1953, en la vasta biblioteca de una librería de lance se utilizase un candil para alumbrarse en los sótanos de la misma. ¿Un candil, cuando por aquellas fechas la luz eléctrica era una realidad incuestionable? Ni siquiera por imperativos de una avería puede ser verosímil lo que Ruiz Zafón nos quiere hacer tragar, máxime teniendo en cuenta el riesgo que supone su uso en un lugar invadido por el papel. ¿Acaso no existían por entonces las linternas? Sin embargo, teniendo en cuenta la cantidad de ejemplares publicados, el libro en cuestión debe de suponerles a muchísimos lectores un gran atractivo.

Al margen de este comentario, representativo de los fallos que se observan en la novela de hoy, cuando buscamos en las librerías el apartado de las novedades nos percatamos de inmediato de la cantidad de obras referidas más o menos a los mismos temas: la Sábana Santa, alfilerazos a la Iglesia, intrigas de todo tipo, tramas históricas, sucesos de nuestra Guerra Civil, templarios, sexo... y poco más. Yo no tendría nada que objetar contra esta clase de narraciones si a los escritores se les permitiese hacer literatura; pero no es así. Me viene a la memoria uno de los pasajes de no recuerdo qué novela de “A la búsqueda del tiempo perdido”, del celebérrimo Proust, en la que su autor nos describe el deslizamiento de una gota de rocío sobre la hoja de un árbol. Durante bastante tiempo, no me cansé de leer el mismo párrafo. Una maravilla de las letras. En un auténtico acopio de psicología experimental, Marcel no desaprovechaba la oportunidad de obsequiar a su público con las bellísimas estampas que hoy echamos en falta algunos lectores. ¿Por qué ese rechazo a la buena literatura? ¿Qué significa novelar? ¿Seducir con frases periodísticas plagadas de acción, sin ofrecer al lector la posibilidad de que piense por sí mismo en cuestiones de relieve? Al respecto, comentando estas cosas con un conocido que, a juzgar por la profesión enmarcada en sus tarjetas de visita, es escritor, y ante mi reflexión de que las novelas de hoy en día adolecen de mensaje, me respondió, convencido, que esa clase de comunicaciones les corresponde a los curas. Me indigné. Si durante milenios tanto el clero como el sacerdocio de cualquier religión nos han estado manejando con sermones, homilías, libros sagrados e inquisiciones; si dichos santos varones han quemado bibliotecas enteras y anatematizado a muchos escritores de relieve por decir verdades, amén de las infinitas tropelías cometidas que, por lo sabidas, no vamos a abundar en ellas, ¿cómo pudo atreverse el susodicho "literato" a estimar como propio de curas la transmisión a la humanidad de los sublimes mensajes que ésta necesita para enriquecer su espíritu y su saber? Esto demuestra hasta qué punto existe un profundo condicionamiento en los lectores actuales. Cualquier detenimiento, por breve que sea, en la descripción de un paisaje o de un hecho natural, es tildado de barroco, romántico y otros calificativos menos agradables. "Al pan ,pan y al vino, vino" es la síntesis a la que generalmente se llega cuando se trata de valorar una obra literaria. Concisión y uso de un lenguaje llano que no obligue a la utilización del diccionario. Es decir, comodidad para el lector, aunque nuestro bello idioma (y cualquier otro del mundo) quede limitado en la práctica al empleo de mil palabras a lo sumo, contando los determinantes. De ahí que Gabriel Miró, Azorín y otros maestros de la palabra hayan quedado a merced sólo de los eruditos y de las personas sensibles a la hermosura de la palabra. Lamentable.

No soy quién (por mi limitada formación literaria) para recomendar a los aficionados a las letras cómo escribir una novela. Pese a haber alumbrado un par de ellas y haber leído bastante, no me siento con autoridad para orientar a nadie en este sentido. Sin embargo, al menos como lector me creo con derecho a protestar por cómo se escribe y se atenta contra la literatura. Dijera lo que dijera el extinto Lázaro Carreter con relación a este asunto, lo cierto es que ni caso. Son las grandes editoriales, en connivencia con determinados ayuntamientos y algunas diputaciones provinciales e instituciones privadas quienes, a través de sustanciosos premios, marcan las conductas literarias a seguir. Lo importante es la rentabilidad del papel impreso y el recurso político para justificar ante sus votantes, y ante los futuros electores que puedan sumarse a su desvergonzado proyecto, su preocupación por la cultura. Es lógico que esta actitud motive a los escritores a escribir cada vez peor. Sexo descarnado, intrigas eclesiásticas, esoterismo desvirtuado, amores esperpénticos y otras heces sirven para alcanzar los fines crematísticos como objetivos principales. Se hará apología de la escritura cervantina, elevándola al rango de la mejor literatura universal, y políticos que no han leído el Quijote cantarán alabanzas sobre la obra cumbre de las letras. Mientras tanto, escritores con auténtico talento quedarán olvidados en los polvorientos anaqueles de las bibliotecas públicas, amén de los que en la actualidad luchan por abrirse paso, sin éxito, con obras relevantes que jamás serán publicadas.

Hace algún tiempo leí con voracidad, en sólo dos días, “La carta esférica” de Pérez Reverte. Tal vez por mi profesión -entre otras labores- de pescador, el académico cartagenero me deslumbró con su prosa. Profundo conocedor de la mar, este escritor supo camelarme, aunque no me arrepiento de mi ingenuidad. No me arrepiento, insisto, porque a partir de aquel punto, cuando emprendí la lectura de “Los pilares de la tierra”, me puse en guardia. “Nada de inocencias”, me dije, y comencé a leer sin dejarme seducir. Luego vino “El médico”, y después “El último catón”. Esta última obra, para mi gusto muy bien escrita, me ha enseñado un poco a cómo debe tratarse la novela de intriga. No todo lo que hoy se escribe es malo, pero abunda la taimada intención de seducir a base de mantener al lector en la ignorancia. Es subjetivo lo que voy a decir: nunca más volveré a leer a Zoé Valdés. Me han defraudado su lenguaje y su intencionalidad política. No me considero un estrecho, pero tampoco puedo admitir en la literatura, sin venir a cuento, palabras y frases soeces para "enganchar" al lector amable.

Supongo que a no mucho tardar quedarán en el olvido los manidos temas con que hoy tratan de atraernos las editoriales. Serán otros asuntos los que invadan la mente consumista, aunque enfocados desde el mismo discurso: hurgar en la imbecilidad humana para colectivizar el cerebro social de acuerdo con los inconfesables intereses minoritarios. Entre tanto, mientras el tiempo no madure la inteligencia, quien desee leer buenas novelas tendrá que desempolvar los antiguos tomos, hace lustros descatalogados, que aguardan de los lectores el favor de su elección.

Augustus.

Este artículo tiene © del autor.

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