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El loro incoloro

Aventuras de Boquita-Piñón

Rafael Masedo Martinez

España



EL LORO INCOLORO

A mis nietos Daniel, Celia y Raquel

Bueno, después de leer el título de este cuento, seguro que os habréis dicho: pues ya está todo claro, se trata de un loro que, por algún problema que tuvo, se encontró de repente con que sus colores desaparecieron y aquí el abuelo nos va a contar como pudo apañárselas sin su colorido plumaje y, a lo mejor, también nos cuenta el abuelo como logró recuperar sus colores.
Pues bien, habéis acertado plenamente. Se trata de la historia de un loro al que llamaban Boquita-Piñón porque era de lo mas charlatán y que -en principio- tenía las plumas verdes como todos los loros verdes, de un color verde muy intenso, brillante y precioso.
Vivía muy a su gusto en la casa de una señora viuda que tenía su residencia en Madrid, en una calle muy cercana al parque del Retiro y cuyos árboles se podían divisar -en parte- desde el balcón de su comedor.
Allí precisamente en ese balcón era donde pasaba muchas horas nuestro loro Boquita-Piñón en el buen tiempo. Doña Manolita, que así se llamaba su dueña, le sacaba allí todos los días (eso sí, encerrado dentro de una preciosa jaula) en cuanto veía que ya el sol no podía hacer daño a nuestro precioso loro y éste se lo pasaba estupendamente viendo pasar a los autobuses por debajo de su balcón y a las señoras que -con sus carritos- venían de la compra del cercano mercado. También pasaban por allí muchas mamás camino del Retiro llevando de la mano a sus hijos o montados en el cochecito a los mas pequeños, para pasar un agradable rato entre sus árboles y jugar con otros niños.
Lo único que molestaba a Boquita-Piñón de sus salidas al balcón era el tener que hacerlo encerrado en la jaula, pues en el interior de la casa, doña Manolita le tenía casi siempre suelto y podía volar a su antojo por las distintas habitaciones. Como era un loro muy limpio, tenía muchísimo cuidado de hacer sus necesidades siempre dentro de una cajita llena de arena absorbente que tenía a su disposición en la cocina, así es que lo único que le desagradaba era eso de tener que introducirse en la jaula para poder salir al balcón.
Ya os he dicho que era un loro muy parlanchín, como suelen ser casi todos los loros y daba gusto oírle repetir las cosas que le había enseñado a decir su dueña. Por ejemplo, cuando doña Manolita regresaba de su misa de doce de los domingos le decía siempre “Ave María Purízima” (así hablaba ella porque era sevillana de origen) y el loro le contestaba siempre con un clarísimo “Zin pecado consebida”, también con el mismo gracioso acento andaluz de su ama.
También había aprendido a decir “Padrenueztro que eztaz en lo sielo” y muchas otras frases que hacían mucha gracia (por su peculiar acento andaluz) a quienes las escuchaban. A la que no hacía mucha gracia era a la asistenta que venía un par de veces por semana a ayudar a doña Manolita a limpiar y arreglar la casa, porque se la ocurrió una vez decir la frase de “Este jodío loro de mierda” y resulta que Boquita-Piñón lo repetía siempre en cuanto ella asomaba por allí en sus días de trabajo. Lo que no hacía precisamente muy feliz a doña Manolita quien, en consecuencia, había obligado a la asistenta a no abrir la boca por la casa y eso de estar callada todo el rato la tenía muy disgustada.
Fue precisamente esta asistenta la culpable de que en cierta ocasión se quedase la puerta de la jaula sin cerrar completamente (yo creo que lo debió de hacer aposta) y el loro, que no era muy partidario de estar encerrado en su balcón, vio la ocasión de salir pitando de allí y marcharse volando de un tirón hasta los cercanos árboles del parque del Retiro. Allí se lo pasó en grande volando de rama en rama y persiguiendo a los gorriones, a quienes tenía mucha manía desde que le veía volar libremente, mientras él había tenido que estar siempre encerrado en su jaula. También emprendió locas carreras volando entre los árboles, queriendo imitar a las palomas que tanto abundan por allí. Lo que menos gracia le hizo fue el tener que salir pitando de una rama en que estaba descansando, pues a una ardilla que tenía allí su domicilio no le hizo gracia la presencia tan cercana del loro y lo echó de allí con muy malos modales.
A todo esto, ya se había echado encima la noche y nuestro loro empezó a preocuparse de la inminente oscuridad. Ahora si que estaba echando de menos su querido hogar y no tenía la menor idea de como regresar a casa. En sus revoloteos por el parque se había alejado tanto, que no lograba reconocer el entorno y tuvo que quedarse quietecito en una rama de un pino muy alto para pasar allí la noche.
Con la llegada del sol se le volvieron otra vez a alegrar los ánimos y siguió otra vez dando vuelos de un lado a otro, con la maravillosa sensación que da el sentirse libre por completo. Fue avanzando el día y no se acordaba para nada de su confortable hogar, todas las sensaciones eran maravillosas y, quitando el desagradable encuentro con aquella antipática ardilla, cada vez le iba gustando mucho mas el haberse podido escapar de su casa.
Únicamente al caer la tarde empezó otra vez a echar de menos su hogar y sobre todo a la cajita de las semillas en que se alimentaba cotidianamente. Le estaba empezando a entrar un hambre espantosa y en aquellos maravillosos jardines no parecía que fuera fácil encontrar el alimento que tanto empezaba a necesitar. Había observado que otras aves del parque comían pan, palomitas de maíz y otras golosinas que les echaban los niños, pero una vez que hubo probado alguno de estos alimentos, siguió añorando -cada vez con mas ganas- las semillas de su querida caja.
Volvió a hacerse de noche y tuvo que volver a pasar la noche, esta vez en lo alto de un abeto grandísimo, al que se subió pensando si desde allí podría divisar el camino de vuelta al hogar.
Al día siguiente se despertó con un hambre tan atroz que le obligó a intentar comer lo primero que pudiese encontrar. El caso es que lo hizo con un trozo de bocadillo que encontró abandonado al pié de una papelera y nada mas empezar a comer aquello le entraron unos dolores de barriga bastante grandes. Tuvo en seguida que marchar a beber agua a un estanque grandísimo que hay en el centro del parque y gracias a que pudo vomitarlo rápidamente no se quedó muerto allí mismo. No se si estaría el bocadillo ya en malas condiciones o que contuviese algún condimento que resultase venenoso para los loros, el caso es que estuvo a punto de acabar allí con sus días y terminar en una tragedia su escapada.
Al agacharse a beber agua en el estanque se llevó una grande y desagradable sorpresa, sus preciosos colores verdes brillantes habían desaparecido y se habían convertido en unos claruchos y descoloridos colores que le hacían parecer un ser horrible. Estuvo a punto de desmayarse de la impresión y, muerto de vergüenza pensando en lo que le dirían los demás animales del parque, se retiró a lo mas alto del árbol mas alto que encontró.
Tuvo la suerte de que desde allí se divisaba una gran cantidad de terreno y allá al fondo le pareció reconocer un edificio situado precisamente frente a su balcón, así es que sin perder un instante se dirigió hacia allí y logró encontrar al fin su querido balcón. La jaula no estaba en su sitio, por lo que se posó en la barandilla esperando que en algún momento aparecería su dueña, pero dudando de que le fuera a reconocer a causa de su descolorido aspecto.
La pobre doña Manolita, que había pasado en vela dos noches seguidas pensando en que ya no volvería a ver con vida a su precioso Boquita-Piñón, se llevó una gran sorpresa al abrir el balcón y ver ante sí a aquella desteñida ave que estaba posada en su barandilla. Solo recobró la alegría cuando al expresar en voz alta su acostumbrado “Ave María Purízima”, su loro contestó al instante “Zin pecado consebida”. Las lágrimas caían a montones de los ojos de la buena señora y daba a Dios las gracias por haber recuperado su alegría perdida.
Esa misma tarde llevó a su loro a un veterinario cercano quien, al reconocerle, tranquilizó a la buena señora, diciéndole que aquello era una reacción pasajera y que en unas pocas semanas su loro recuperaría su espléndido plumaje y colorido.
Así ocurrió tal como dijo el veterinario y, en adelante, no le digáis a Boquita-Piñón que se vaya a recorrer mundo, ya que ha prometido y jurado que no volverá jamás a emprender aventuras; que como en casa no se está en ningún sitio y que las semillas de su cajita son las mejores del universo.

Escrito por RAMAMAЯ en La Vila, el 31 de marzo del 2005

P.-S.

Si algún lector amigo quiere hacer algún comentario, agradeceré su contacto en:
ramamar1939@yahoo.es

Este artículo tiene © del autor.

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