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Disparo besos.

Ramón Fernández Palmeral

España



Cuando la obra de arte se mezcla con el whisky.

    Me eché el revólver al cinto ..., bueno, antes he de confesarme he de asegurarme la escapada. Yo que navegaba por el aceite de hígado de ballena sobre mares de güisky con cubitos de hielo insoportablente helados, pero ¡qué mierda es esto, qué escribo!, con tanta falta de ortografía líquida, yo odio el frío húmedo de las palabras, por eso me dejo la piel bajo el orinal cálido de Alicante.  

    Guardo tanto odio en la vesícula biliar que seré eterno, incorrupto, también odio a las amantes que se tiran cuescos silenciosos bajo la manta, aunque antes le dispararas besos por todo el cuerpo de rosa desnuda.

    Mi amiga Zeta Bolso, imitación clónica de Bety Davis en sus últimos años, me llamó al teléfono porque tenía un secreto que contarme, me citó en el Pub la Huerta, situada en el Cabo la Huerta donde un trozo de pene terrestre se refresca en el oleaje del mar, un oleaje curvo como la espalda de un violín tensado, un mar impropio para el alijo... Me lavé con jabón de olor y me volví a afeitar por si caso, mi espejo me exige siempre que me ponga guapo antes de salir del cuarto de aseo, me peiné el bigote mostacho grueso como una tercera ceja, por el que tengo pasión ya que son los únicos bellos que tengo por encima de la clavícula, me coloqué mi pañuelo al cuello a lo Antonio Gala porque a mis cincuenta años las arrugas donde se pone la cuerda del ahorcado está para no enseñarla, eché la última meada y como última faena me eché al cinto el revólver del 38 milímetros corto por si tengo que matar a alguien que me lleve la contraria, a lo mejor se me mete en las neuronas la idea de que tengo que cargarme a un camarero, a un chulo de putas o a un banquero, ¿quién sabe lo que puede dar de sí un par de whiskys doblesa con un par de ojos de hielo?.

     A las tres y media de la mañana, cuando los edificios se duermen unos contra otros, las calles se dejan inspeccionar por los ojos amarillos de las farolas, los vómitos son escurridizos, los cibernautas no paran de navegar en un mar de páginas web, y los coches se aprietan los tirantes o las correas de distribución, llegué a la calle, me subí el cuello laminado y sucio de la gabardina y sentí calorcito como si un gato se me hubiera subido al cuello a darme mordiscos bajo las orejas, caminé al teclado atento de los tacones hasta llegar al Pub la Huerta, de un puntapié abrí la puerta de caoba vieja, todos miran al Hamfry Bogar que acaba de entrar, la puerta se abanica y me miré por última vez en los espejitos de colores, el pub tiene en las paredes unos fotos enmarcadas de escritores famosos, huele a ozonopino y la poca luz me exige un esfuerzo binocular que no es lo mismo que "vino del cular". Zeta Bolso sentada cerca de la mesa que corresponde a la foto de un Heminwey con una botella de whisky en la mano, ella a sus ochenta años vestía muy juvenil con un chándal y unas zapatillas de huir por las pistas de entrenamiento, se había teñido de rubio paja, olía a rancias historias que me ha contado repetidas veces, la escasa luz de pub le había borrado piadosamente las arrugas de la cara, me acerqué y le di un beso con mi mostacho: el beso de la bestia.

    He de confesar que ella es mi mecenas porque me paga todas las cenas y, además, somos amigos y amantes desde hace veinte años, pero ella tiene un gran poder de atracción sobre mí: una fortuna en diamantes. Me quité la gabardina con elegancia y me senté frente a ella de una forma creativa, postmoderna, pasándome la silla por debajo de la arcada de mi piernas, me vio la culata del revólver y me preguntó si lo llevaba cargado, pues claro que lo llevo,le respondí con cierta cara de asco, si no le meto balas para qué coño voy a llevarlo con lo que pesa, además, sabes qué te digo, que esta noche tengo ganas de matar a alguien como una forma de crearme un pasado prestigioso y maldito, matar es políticamente correcto lo hacen los Estados con la pena de muerte y sus guerras particulares, la muerte es bella si se hace bien, te quita el aburrimiento, es cultural social, mira la televisión y verás cada noche películas de asesinatos, noticias de mujeres asesinadas por sus maridos impotentes,la muerte es clásica e intelectual sino lees las tragedias griegas y las obras maestras del Chespir ese inglés que escribía mejor que Hamlet. Matando encontraré inspiración para mi obra.

     Ella tenía la costumbre de sonreír siempre y no tomarse en serio mis consideraciones dialécticas, era cruel conmigo, se burlaba de mi poca inteligencia y de mis chulerías y bramadas, "eres un bocaza" me retó como siempre para humillarme, yo no le respondí por simple economía de explicaciones, ya no me tenía ningún respeto, no me creía capaz de asesinar a alguien, tenía motivos para considerarme un cobarde de taberna porque todavía no había hecho nada heróico en la vida, no era más que un escultor fracasado que jamás vendió una escultura. Le pregunté cual era ese secreto que me tenía que contar tan urgentemente a las cuatro de la mañana, y en cuanto empezó a hablar, bla, bla..., yo llamé al camarero, que se acercó pajarita muerta al cuello y una bandeja, parecida a la plata, en la mano, a la que tan sólo le faltaba la cabeza del Bautista, era un clon de Woody Alen, un ángel con gafas, le advertí que primero se abrochara la bragueta que la llevaba con el pájaro al aire, se sorbió la cremallera y me dio las gracias con complaciente sonrisa de ridícula expresión. La gente débil que cae mal.

   Mientras hablaba yo con el camarero seguía Zeta Bolso con su bla, bla, sin enterarme muy bien de lo que enunciaba, algo referente a su hija mayor que vive en Nueva York, iniciamos un diálogo de sordos, y al rato me trajo el camarero un whisky doble escocés sin miniaturas de iceberg, mientras seguía echando peste de su hija americana casada con un juez negro de Oregón, yo le aseguré que esa noche iba a matar a alguien, "sí voy a matar a alguien con este revolver maricón", lo saqué y lo puse de un golpe encima de la mesa, entonces, fue cuando ella dejó de rajar de su hija y me preguntó: ¿pero qué me dices..., jilipollas?

   -Que voy a marta a alguien esta noche como una obra de arte y le haré una excultura.

   -Tú estás loco.

     Para mí, que soy un artista del whisky, estar loco debería sonarme a genio. Pero no, puse cara de Roden, ella casi me hubiera vendido en una subasta de expresiones raras, alargó sus mano frías sobre las mías y fue cuando me di cuenta que, ¡la muy guarra!, era una vieja de verdad. Tras el primer trago eructé a centeno y metí un salivazo en la servilleta...

     -Cálmate y cuéntame, ¿si te falta dinero dímelo?

    -Si Dios se pusiera gafas vería que el mundo es un asco de mierda, no hay justicia... -mientras yo soltaba una retahíla moral y ética de barrio, ella llamó al camarero para pedir un vaso de leche y la maldita cuenta que simpre pagaba ella.

   -Repite que no te he oído bien, ¿qué dice, que vas a matar a alguien, pues te pudrirás en la cárcel?

     No me tomaba en serio, y cada vez me entraban más ganas de pegarle un tiro a alguien, al camarero mismo por llevar la bragueta abierta, a un cliente que me ofrecía unas buenas espaldas y una diana segura. Sin darme cuenta, tenía, allí delante, a mi víctima. ¿Quieres que te mate?, ya tienes ochenta años, a ti qué más te da, además tu hija se va a alegrar..., le dije esta vez muy serio. Sin dejarme acabar, se levantó de la silla y salió a la calle, yo la seguí por el callejón, le puse el 38 corto en la nuca con intención de soltarle tres gaviotas de plomo, pero, inexplicablemente, ella se revolvió con agilidad y me hizo una llave de defensa personal, más un hipon con un huchigari, y luego dos golpes de kárate y me desarmó, ella tomó el revólver con gran experiencia, como un pistolero a sueldo y me metió el cañón en la boca, en el momento de disparar, me dio dos cachetes en la cara y, en esos momentos desperté de una pesadilla del whisky.

     Alicante, 30 de Enero del 2000

Este artículo tiene © del autor.

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