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MAMÁ YGRIEGA

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



MAMÁ YGRIEGA

A Isaac Asimov, in memoriam...

Sólo los sueños son eternos...

El Señor Equis ahuyentó el frío de julio acondicionando su cuerpo con cuatro puntos más de calefacción central. Estaba solo en el cuarto. Su madre andaría aún por allí, en la cocina y sus quehaceres, después de la cena. Claro que, aunque mamá Ygriega era muy cuidadosa, de vez en cuando podía observarse algún recipiente de aceite lubricante mezclado con latas de arvejas...

Pero ya se había acostumbrado -o creyó hacerlo-a esa extraña convivencia. El trabajo esperaba por la mañana, mientras que, por la tarde o, al otro día, bien temprano, compraría flores y visitaría a sus recuerdos del pasado. Los guantes, el abrigo y la gruesa bufanda que ella le tejiera, habrían de protegerlo. Aunque esa noche hubiera deseado no estar solo. La vida de soltero llega a cansarlo a uno, sobre todo si no se tienen amigos en quién confiar.

Sentía un poco de angustia. Hacía mucho que las viejas remembranzas no llegaban hasta él como lazos invisibles y crueles para anudar su garganta. Por eso, si bien lo deseó, no pudo dejar de rendirse al cansancio y a la idea de que, ni siquiera podría optar por el próximo sueño o la siguiente pesadilla...

I - Había una vez una gran ciudad...

Una ciudad con enormes alfileres dirigidos al cielo como cohetes grises y brillantes prontos a desgarrarlo. Con autos voladores, rutas atmosféricas y telarañas metálicas de comunicación. Una ciudad en la que los hombres habían desaparecido tras los muros plastificados de las oficinas electrónicas y debían esperar largo tiempo en filas de paciencia para visitar sus reducidos y escasos parques, respirar el aroma de sus flores antiguas, aclimatar sus oídos al bullicio de los pájaros y admirar -con un brillo dulce en los ojos- el corralito de sueños que, los niños, fabricaban al jugar en ellos.

Una ciudad en la que sólo un barrio había logrado escapar de sus terribles arquitectos y conservarse como tal. Con sus casitas bajas y blancas, con sus balcones discretos y altillos misteriosos, sus tejas rojas, techos a dos y a cuatro aguas, puertas de cedro labrado y picaportes de bronce dorado. Casitas con buzones cuadrados y gordos, timbres musicales, jardines delanteros y un pino para la Navidad...

Y, en ese barrio extraño -para los demás hombres-, donde los niños jugaban todavía fabricando cometas, tiznando paredes y brincando rayuelas; contando películas, asustando vecinos y persiguiendo gatos por las azoteas, había uno llamado Equis que, en una Noche llamada de Reyes, estaba feliz, esperando...

El pequeño Equis bajó de prisa la estrecha escalinata del altillo donde trabajara con especial ahínco. Y, recordando a uno de sus cuentos favoritos -el del niño que odiaba a la noche-, pensó que ésta tampoco debía existir para él; por lo que, al igual que “su igual”, encendió una a una las lámparas del pórtico, de la escalinata, del guardarropa, de las habitaciones, de la escalera, y, más tarde, hasta las lámparas del garaje.

Pero el pequeño Equis no odiaba a la noche; la amaba. Había muchas cosas que hacer en ella. Ocurría, pues, que siendo ésta una Noche Grande, difícilmente apareciera para hablar con él y convencerlo de algo que ya sentía, la legendaria Niñita que Alumbraba la Noche... Entonces, emulando a algunos de sus héroes precoces, montó de un salto el pasamanos de la perpleja montaña de madera, y se precipitó zumbando y lleno de gozo hasta la planta baja donde esperaba abuela Tita...

Con una mano en la boca, la otra en gesto paralizado y el corazón sobrecogido por el susto, la espantada anciana sólo atinó a proferir un ahogado grito de disgusto. El jovencito, sonriente, restando importancia a su acto de arrojo, dio un brinco, alcanzó los cercos de la ceñuda frente y estampó con ternura, el más ruidoso beso que recibiera abuela alguna...

Estaba feliz.

La alegría gorgoreaba en sus talones, trepaba por los pliegues de su gastado vaquero, se perdía en los laberintos cuadriculados de su camisa escocesa y se volvía ¡hurras! y risas en la diminuta boca de una redonda y castaña cabecita con flecos de luz...

El sol de las siete de la tarde despedía aún la claridad de su acostumbrada agonía, y esa noche volverían papá Zeta y mamá... Ygriega.

Mamá Ygriega... Sana. Hermosa. Como antes... Así lo había asegurado abuela Tita. Y el pequeño crío, que la amaba tanto como a sus padres, confiaba en ella.

Pero la venerable vieja no cesaría tan pronto en sus reproches. Casi de inmediato, la queja sobre por qué había bajado de ese modo las escaleras y encendido todas, sin excepción, las luces de la casa, se hizo escuchar. Mas el niño, incentivado por la anhelada espera, respondería a viva voz que todo había significado la alegría enorme con que su alma festejaba el retorno a casa de mamá y papá. Así que, abuela Tita, como buena abuela, enternecida por la franca respuesta de su nieto de nueve años, le acarició la frente, agitó el perfume de sus cabellos finos y tiró, suavemente, de su sonrojada nariz... ¡Y hasta le pareció verlo más hermoso, inteligente y obediente que nunca!

Con certeza había mucho de verdad en esto, porque el pequeño Equis era un niño hermoso, inteligente y... casi obediente. Y había aprendido a amar mucho a los que rodeaban su vida; había aprendido a escucharlos y a comprenderlos. Porque, a veces, que uno saltara a las doce de la noche desde la ventana de su cuarto hasta el árbol más próximo, y, acunado en sus brazos, se fuera por el jardín plagado de luciérnagas, sapos y grillos a perseguir duendes negros y blancos (sobre todo blancos, porque eran los más tentadores y juguetones: los duendes blancos bajaban todas las noches por la alfombra brillante que cuelga de la luna y se prenden de las copas de los cipreses aledaños derramándose como leche por sus dedos frágiles, hasta alcanzar el suelo donde desaparecen confundidos con la cola de la alfombra; en cambio, los negros, sólo saben jugar a las escondidas, se ocultan en la oscuridad y es muy difícil poder hallarlos), eran cosas que sus parientes no entendían mucho...

Mas había aprendido también a tenerles paciencia. Y hasta les había perdonado el hecho de no poder contar con un hermano como el resto de sus amigos. Sí, era un buen chico. Y sonreía siempre; con su mueca de pícaro tan particular sonreía y asentía cuando papá Zeta ordenaba sus zapatos negros y los lustraba hasta convertirlos en cristales de charol; o cuando ensayaba nudos de corbatas frente a los espejos, o procedimientos de rasuración tras una oculta barba de crema de afeitar -por si él no estaba el día en que despertara y viera que sus pantalones, camisas, medias y mocasines, colgados en los roperos o guardados en los cofres, de golpe, habían crecido...

Un poco más serio atendía los ejemplos de mamá Ygriega: sus consejos sobre la calle, los juegos y los demás niños; el estudio, el aseo, el cabello recortado, la comida a punto, y la ropa bien planchada...

Pero cuando hablaba abuela Tita, la lógica desaparecía. Transformado en mágico arlequín de lo tragicómico, ensayaba toda clase de gestos frente a la mirada complaciente -resignada-, de la singular anciana.

El pequeño Equis puso un dedo sobre su frente, y su actitud pensativa se convirtió en un giro inesperado que, en forma de trompo, recorrió la cocina, el patio y el galpón de la casa, desenrollando metro a metro los hilos de su imaginación y arremetiendo contra todo lo que osara cruzarse en su camino.

Después, el jadeo jubiloso, los dedos sucios de tierra y los brazos cubiertos de palos y hierba silvestre, mostrarían al trompo detenido en su marcha, con su derroche de energías marcado en el piso, y la eterna sonrisa del que espera algo que vendrá seguro...

Así, de pie, en el centro de la sala, y dando las espaldas a su abuela, se preparó -atento los oídos- a escuchar, en ese día, una nueva reprimenda.

Sin embargo, la enigmática nona supo confundirlo al cuestionar sus actos con pronunciada ironía:

--- ¿Y ahora, qué harás con todo eso? ¿Acaso no habías “concluido” la tarea?

La voz susurraba el espacio, viboreaba la piel del acusado y fabricaba cosquillas en los cuencos de sus orejas encendidas...

El pequeño alzó los hombros, mordió sus labios, respiró hondo, y, al fin, contestó:

--- Vuelvo al cuarto. Había olvidado cuánto comen. No he colocado demasiado pasto en los potes. Y agua. Sí, pondré más agua. Puede que deseen quedarse por aquí una horas antes de seguir. Además, si han de traer a papá y mamá, estarán agotados. Es mucho peso para ellos.

--- Claro... -asintió la abuela sorprendida en contraataque-. Pero te olvidas de los Reyes. No sólo los camellos tendrán que comer y descansar. Los Reyes también querrán hacerlo. Así que si no apuras el paso, no podré terminar de preparar la mesa ni de hacer los bocaditos ni la tarta de manzanas. Tienes que ayudarme a colocar el mantel, los cubiertos y los vasos. Y, mientras borro las huellas de tus travesuras, irás hasta la esquina, golpearás la puerta de la señorita Hache y pedirás cubitos de hielo. Desde ayer que no funciona la bendita heladera y el vino caliente no resultará bueno para papá.

Más sereno ya, el pequeño Equis dio la razón a su abuela y subió las escaleras, silbando y meneando la cintura al compás de su canción predilecta. El Puente de Aviñón lo llevaría hasta el habitación. Y no tardaría mucho. Ya vería abuela. Estaría listo en un segundo y podría ayudarla. Todo saldría perfecto. Por eso, debía poner más atención en ellos...

Ellos vendrían hasta su ventana oscura y sedienta de ofrendas con trajes luminosos, bordados en oro y perfumados con miel; vendrían montados sobre las jorobas marrones de simpáticos bichos de arena. Bichos pomposos y mansos, con lenguas largas y pastosas, ojos gigantescos y melancólicos, piel sedosa y con estelas rubias de sol...

Abuela le había preguntado en esa tibia tarde, cuál era su mayor deseo, qué les había pedido. Y éste, con los párpados vibrantes, las manos entrelazadas y la sonrisa engomada por los resabios de un dulce de chocolate, le había respondido, con sencillez, “... que mis papis vuelvan pronto a casa”...

Entonces, sin poder evitarlo, un suspiro profundo avejentó aún más el silencioso andar de abuela Tita. El temor a lo inevitable ensombrecía los colores de su doloroso secreto. Difícil era la tarea encomendada, pero era preciso celarla hasta que el bronce del tiempo revistiera de temple a aquella dulce inocencia...

Mientras tanto, el pequeño Equis esperaría. Papá Zeta y mamá Ygriega debían estar con él esa noche. Una noche Grande y Buena. Como la de días atrás. La Noche de Navidad...

Aunque doliera recordarla.

Ese día, mamá Ygriega había estado de nuevo enferma, por lo que, abandonando juguetes y premios, se había recostado sobre su pecho para acariciarla invocando sosiego. Pero su alegría, mutilada por la angustia, no fue más que una lluvia azul corriendo lastimera las vertientes de la impotencia. No había logrado, de tal modo, aunque fuera Navidad, sentirse feliz. Como el Niño Feliz. Claro, de haber sabido que ella podía enfermarse así, seguro le habría pedido al Niño Bueno y a Los Reyes Magos por mamá Ygriega, por su delicada salud... Nada de juguetes plásticos, de madera o latón para armar o romper. Ni de autos a pila, guitarras enanas, teléfonos blancos o trenes eléctricos para viajar y soñar; ni de botas de cuero, pistolas ruidosas o estrellas de cobre para vestir de Comisario... Sólo que mamá volviera con él. A prepararle postres, a regentear la casa, a salir a pasear...

No obstante, algo extraño ocurrió. Porque aquella húmeda mañana de fin de año, la señorita Hache vino a buscarlo, y, al otro día, sólo abuela Tita estuvo en casa para jugar. Papá Zeta y mamá Ygriega se habían ido. Un auto negro y brillante, seguido de otros similares, se los había llevado quién sabe dónde...

II - El Señor Equis dio un par de vueltas sobre la cama y una mueca de contrariedad se plasmó primero en su boca, cuando aquellos secretos recuerdos parecieron devolverlo a la infancia...

Su respiración era suave y, poco después, una manifiesta sensación de bienestar se advirtió en su semblante. El hombre joven soñaba mientras el silencio de la madrugada se prendía en cada mota de fría oscuridad...

Allí estaba de nuevo él, asomado al balcón de su niñez.

Cuando el pequeño Equis dirigió la vista a través de la ventana desnuda de su cuarto, el Gran Pintor supo que debía cambiar de telas, tomar los pinceles, y echar una mirada inteligente a su paleta de colores. Después, dibujar un sol inmenso en el horizonte, podar sus gajos, y tiznar el cielo de sombras. Todavía no pondría a las estrellas, pero sí pintaría a la luna. La blanca hamaca celestial puliría sus vestidos y las chispas de su brillo quedarían, luego, como abrojos refulgentes en un negro mar de lentejuelas...

Y sería de noche.

El llamado sonó a la puerta. Los tubos de música cantaron sus sones, y, la casa, plena de luces, pareció pronta a descorrer el telón de la espera.

El pequeño Equis pegó un salto y dio un grito...

--- ¡Son ellos! -dijo-.

Y se abalanzó tras el bronce dorado del picaporte.

--- ¡Sí! -confirmó abuela Tita-.

Y abandonando con premura su descanso en el viejo sillón, siguió los saltos del crío.

La puerta se abrió y el viento cálido de las diez de la noche envolvió a unas figuras impávidas que se volvieron como de piedra delante del pórtico. El croar de las ranas, el chirriar de los grillos vagabundos, y el aroma verde de jardín, se mezclaron con el perfume dulce de la esbelta mujer que, desde él, miraba, y con el duro resuello del tabaco ahumado crecido en los bordes gruesos de una boca tensa y coronada de bigotes que, a su lado, carraspeaba...

--- ¡Mamá! -exclamó el pequeño.

Y se perdió entre las faldas ceñidas de la bella mujer que intentaba sincerar una sonrisa.

--- ¡Papá! -volvió a exclamar el niño.

--- ¡Hijos...! -exclamó por su parte abuela Tita-. Estábamos esperándolos. No saben qué alegría nos dan... ¡Oh, gracias!, ¡gracias por haber llegado a tiempo!...

Papá Zeta levantó a su hijo y el pequeño Equis imaginó haber sido lanzado hacia un cielo ocre por la boca de un bruñido cañón. Los ojos azules y acuosos de su progenitor se avivaron, y el ansia del reencuentro se ató a la hirsuta cabellera que acabó aún más por desgreñarse. Las manos fuertes atenazaron con enérgica ternura los flancos frágiles y nerviosos de niño. Una lágrima espesa escapó de la caricia franca que devolvía la unidad en aquellos seres...

Y entonces fue como aquel largo abrazo hizo de papá Zeta, mamá Ygriega, abuela Tita y el pequeño Equis, una gigantesca flor apretujada por el rocío misterioso que sabe poner el invierno en la torridez de una añoranza...

--- ¡Mamá...! ¡Papá...! Sí; fueron... Los Reyes... Oh, tengo que verlos... Pero, ¿adónde habrán ido?, abuela. ¿Dónde están?

Mamá Ygriega y papá Zeta guardaron silencio. Aún no habían pronunciado palabras. Aquella bolita de nervios daba vueltas, tironeaba sus brazos, les obligaba a sentarse, les mostraba la mesa tendida, las luces encendidas y las guirnaldas de colores que pendían como graciosos puentes de papel sobre sus cabezas...

---Sí; estarán en el cuarto. Allí deben estar. Claro, los camellos, junto al árbol... Sí... Oh, abuela, vengo enseguida. Tienen que bajar. Miren, les he puesto estos cubiertos. Y para sus camellos, estos caramelos. Les he guardado dulces para sus camellos. Seguro que les gustarán... ¡Estoy seguro!

Y, por enésima vez en aquel día, un rayo de carne y huesos marcó los plumones de la ascendente alfombra y ahuecó las paredes del altillo buscando entrar en él...

El día siguiente amanecería radiante. Y sería domingo.

En domingo las gentes grises de los edificios grises se volcaban al viejo barrio para admirarlo y otear, desde sus veredas, el enigmático emerger de un febo redondo y majestuoso que, los alfiles de cemento, borraban siempre tras sus redes geométricas...

Sin embargo, hubiera sido imposible para tan reducido espacio absorber el frenético peregrinar de los que machacaban baldosas, respiraban flores, fotografiaban esquinas y robaban, de sus entrañas misteriosas, un augusto terrón de libertad...

Por ende, en ordenado circuito, aquellos seres amarillos y ojerosos, se deslizaban cansina y placenteramente por el barrio, intentando incluso conversar con sus afortunados -celosos- habitantes; pero siempre dentro de ciertos márgenes de prudencia y contención.

Una y otra vez la historia de la defensa de aquel cuadrado urbano preñado de verde en sus jardines, de olores campesinos en sus huertas y criaderos de aves, y de fábrica de postres caseros brotando humosos en aromáticas ventanas, recorrería las conciencias inquietas o despistadas de ese hormigueante caminar de turistas citadinos que esbozaba, en el pecho y en los puños de sus agrias personas, la marca que el infortunio, la ambición o la apatía, acabó por sellarle en la mirada; mirada torva de hombres que habían vuelto al Progreso imagen de la soberbia con que manipularan y vulneraran, un día y sin posibilidad de retorno, las leyes de la naturaleza...

Por lo demás, el domingo era un buen día para jugar. Al igual que el sábado. Sobre todo si uno, además del amigo o del juguete preferido, puede sentir a sus espaldas la manguera de riego empuñada por mamá, o el croar de la hamaca donde lee papá.

Pero cuando el pequeño Equis trazaba con tiza las andanzas urdidas por su imaginación - preparándose, como Tarzán, a dar el grito de reunión a sus bohemios compañeros-, la señorita Hache lanzó hasta sus oídos -como un murmullo de alguaciles veraniegos-, aquella misteriosa exclamación de asombro que tardaría un poco en comprender...

Es que la señorita Hache hablaba con abuela Tita y sus gestos airados escandalizaban los rasgos de la anciana quien, al parecer, intentaba una infructuosa explicación a lo que acababa de suceder...

--- Pero... -balbuceaba-. ¡No puede ser! -insistía-. ¿Cómo el señor Zeta se ha permitido tal engaño? -concluía-. ¡Oh, no...! ¡Es horrible...!-, y las lágrimas acabaron por vencerla...

Por supuesto, se trataba de un problema entre grandes. Y como los niños tienen sus propios problemas, era mejor encogerse de hombros, concentrarse de nuevo y lanzar aquel grito que, como mágico augurio, poblaría la casa de críos tan simpáticamente feroces y atrevidos como él, y a los cuales habría luego que echar con tanta energía como audaces fueran sus travesuras.

Aunque los “turistas” llevaran la peor parte.

III- Lo cierto es que aquella circunstancia se borró luego como tantas otras que suelen merodear la paciencia de uno. Y, por eso, es lícito afirmar que, desde aquella Noche Grande, la vida comenzó a transcurrir normalmente en casa del pequeño.

Era cierto también que, desde hacía unos días, papá Zeta parecía cansado y nervioso; pero un exceso de trabajo podía llegar a ser la razonable explicación de su estado. Papá Zeta no era hombre de dejarse abatir por los problemas, y quizás esas grandes cajas amontonadas en su oficina privada con intrincados aparatitos, tuvieran algo que ver. Sin duda había anexado a su tradicional empleo alguna otra actividad. Como de vendedor, por ejemplo... Y claro, habría una razonable clientela que formar, y eso lleva tiempo.

No obstante, al cabo de un mes, ya no fue posible asegurar que la vida transcurriera con normalidad en casa del pequeño Equis.

Papá Zeta había logrado entristecerlo realmente, y, aunque se empeñara en simular, algo malo estaba ocurriendo con él. La señorita Hache, pues, se lo había advertido hace una semana...

--- Tú me quieres, ¿verdad? -preguntó la joven.

El niño incrustó los ecos de su mirada ansiosa en la sagacidad de una mirada que sabía cómo hacerlo sentir bien...

--- Oh, sí... Es usted muy amable conmigo, señorita Hache. Y con papá. Y con todos nosotros. ¿Cómo no habría de quererla? -respondió cabizbajo, incapaz de adivinar los furiosos celos que, sobre la conducta de su padre con mamá Ygriega, animaban a la señorita Hache.

Las esquirlas del pino formaron una flor de madera en torno a los pies desnudos del niño. La navaja se movía con destreza y los nombres de papá y mamá iban descubriéndose poco a poco...

El atardecer del otoño era frío y gris. Aunque, a veces, el sol se animara a despertar primaveras en los jardines arrasados por el viento implacable y la muerte de las hojas...

--- Gracias, pequeño Equis. Es muy lindo sentirse correspondida. ¿Sabes una cosa...? -insinuó.

El niño detuvo el cincel, giró la cabeza y se mostró interesado.

--- ... Eres un jovencito grande, ya; ¿verdad? -expresó-. ¡Qué diré!: ¡eres todo un hombre! -exclamó.

El chico no entendía muy bien, pero la tristeza pareció alejarse de él. La mujer prosiguió...

--- Entonces, lo que sucede en casa tienes derecho a saberlo, ¿no es así? -recalcó.

Sentada en el suelo, con los faldones cubriendo sus bonitas piernas y coqueteando con suaves movimientos de cabeza, esperó una respuesta...

La misma tardó en llegar; pero, cuando lo hizo, no fue más que un tácito asentimiento apenas adivinable.

--- Quiero ayudarte -confesó la joven.

--- ¿Ayudarme? ¿Por qué? -dijo el niño, preguntó aunque sin ingenuidad.

La señorita Hache no perdió más tiempo. Se echó sobre él, lo tomó de las manos y le habló con extrema dulzura...

--- Porque lo necesitas -aclaró-. Tu padre no anda bien -cuidó en subrayar-. No deseo interferir en lo que me es ajeno, pero aprecio mucho a tu familia, ¿sabes? Y al señor Zeta particularmente. Y el señor Zeta está muy triste...

El niño tenía los ojos húmedos.

--- ¿Triste? ¿Papá triste? Oh, no. ¿Por qué triste? Sólo cansado; si, sólo un poco cansado, nada más...

El niño estaba llorando.

--- Claro, eso es. Tienes razón... -la joven trató de consolarlo-. Vamos, no llores. ¡Vamos!, un hombre no debe llorar. Además, aquí estoy yo, y dije que para ayudarte...

El pequeño secó sus lágrimas. El silencio ganó todas las respuestas, y la muchacha sintió cómo el niño se refugiaba en sus brazos, asiéndola fuertemente. Una sonrisa, como de triunfo, pareció abrirse en su boca ardiente y veleidosa.

--- Allí está tu casa -susurró la voz-. Si existe algún problema, averígualo... -aclaró con sutileza-. Yo estaré cerca para compartirlo contigo. Pero no digas a nadie que tratas de hacerlo. Eso quitaría mérito a la acción -ahora la voz sonaba más firme-. Sí; tal vez sea un problema de trabajo. ¡Eso es! -concluyó-. Nada grave, por supuesto. Sólo algunos problemas de trabajo y por eso tu padre está tan abrumado...

--- ¿De... trabajo? -preguntó el niño, y su vista quedó fija en la blanca casita.

--- Claro. Y es fácil saber de qué se trata. Simplemente tienes que... hurgar su ¡portafolio! -reveló la joven; el final llegaba...

--- ¿Su... portafolio?

--- Sí. Su negro y venerable portafolio. Los señores cuando van al trabajo llevan un elegante portafolio. Dentro del portafolio llevan papeles. Y dentro de ellos, escritos, sus problemas... Algunos sin importancia. Otros..., otros muy importantes. ¿Entiendes? -preguntó la señorita; había mucho de malicia en el brillo de sus pupilas...

--- ¿Cómo? -reaccionó el niño-. ¡Oh, no...! ¡Eso estaría muy mal...!

El pequeño se desprendió de la indiscreta vecina.

--- ¿Lo crees? -insistió ésta-. Eres su hijo. Y estás preocupado por él. ¡Y quieres ayudarlo!

--- ¡Buenas tardes! -dijo el crío. Y salió corriendo hasta su casa.

Nunca más volvería a ver a la señorita Hache.

Por la mañana, las sábanas se agitaron. Las mantas tibias se desplegaron y un cuerpo hirviente y sudoroso despertó sofocado...

No recordaba bien la pesadilla, pero el portafolio grande, negro y siniestro de papá parecía haber estado en sus manos. Era un alivio saberse despierto y rodeado de los objetos comunes que decoraban el mobiliario de su cuarto. Éste, aún penumbroso, lo enmarcó en sus tinieblas dándole tiempo a pensar, pues, que otra Noche de Reyes había pasado...

La brisa que acendraba la somnolencia de sus ojos, no era, sino, el esquivo adiós de los camellos.

Pero el lustroso folletín y el gráfico de colores salpicado de líneas y complicados símbolos que descubriera en su interior, no serían vana ilusión. Por algo al abrir la puerta del ropero había notado que sus pantalones crecían y crecían; que las mangas de sus camisas se estiraban largamente, y que un cinto delgado y marrón, capaz de abrazar la humanidad de tres niños, colgaba como culebra en su lugar esperando ser calzado. Como sus zapatos. Grandes y marrones también. Pero sin cordones...

El espanto tiñó de rojo su asombro, y el impulso violento que azotó la puerta del viejo armario caoba, sólo confirmó lo que sus ojos no dejaban de comprobar...

El pequeño Equis había muerto. Un señor enorme, lloroso y cano ocupaba su lugar. El pequeño Equis había abonado de pisadas la existencia de aquella habitación, y su minúscula sombra se había erguido de manera inexorable.

Papá Zeta no existía. Tampoco abuela Tita.

Miró el reloj. Otra vez un sol blanco y redondo refulgía tras los cristales del altillo astillando su luz. Las agujas le marcaron en clave que el sueño alcanzaba su fin. El tic-tac del minutero acompasaba un discurso sobre el tiempo vivido, mientras repetía -sin cesar- cosas absurdas como esas de que los Reyes Magos no existen, que los camellos menos... Que hace largos caminos se había muerto también la inocencia de su credo y el romanticismo de su fe. Ni siquiera su barrio, aquella tajada solitaria y envidiada por el vientre de la gran ciudad, se había salvado.

Sin embargo, no deseaba arrepentirse. Si alguna vez, a escondidas, había descubierto por fin el secreto de los fantasmas de su padre, estaba justificado. Pero aunque la señorita Hache hubiera tenido razón, el odio que, desde aquel día, manifestara por ella, no podía obnubilarlo para siempre. Debía un día comprender que sólo rumiaba y amargaba su vida, a pesar de los años, en torno a una suceso que, también a otros les había alcanzado oportunamente y de jóvenes en el pasado.

Claro, que una cosa era que a Willy se la hubieran reemplazado, o a Glenda se lo hubieran reemplazado... Sí, incluso, ¡hasta le había parecido fantástico! Una cosa era eso... Pero a él...

A él le resultaba imposible todavía aceptarlo. Y tenía ya cuarenta años.

Fue en vano entonces que el Señor Equis frotara su rostro con frenesí, lo ahogara en agua helada o sacudiera su cabeza como loco para espantar aquellos fantasmas que habían venido a instalarse en el centro de su alma desde hacía mucho tiempo...

Abría los ojos con desmesura, sacaba la lengua, estiraba las cejas, y atornillaba sus dedos frente al implacable espejo del baño, y no había dudas. Estaban demasiado quemados sus cabellos y crecida su barba para pensar en extirpar del rostro los poros de la adultez... Y el miedo que le punzó el corazón, lo encerró en su cuarto, y, apoyándolo en la cama, le dobló la cabeza entre unas largas falanges que parecían gemir...

Mamá Ygriega, joven y esbelta, desde la puerta de su cuarto de soltero, lo estaba mirando. Entonces, volvió a la cocina, preparó el desayuno, entornó sus ojos eléctricos y azules, y se puso a llorar...

Cuando el sol de la mañana fundió la escarcha deshilando sus níveos tejidos, los pensamientos del ayer se diluyeron en el fondo de la tierra junto a las tumbas.

El Señor Equis las miraba, y, desde ellas, papá Zeta y mamá Ygriega le observaban con amor. Veinte cruces a la derecha y diez mausoleos al fondo, abuela Tita rumoreaba chismes al abuelo Epsilon, a quien no alcanzara a conocer... A su lado, una segunda mamá Ygriega, acompañaba en gesto serio y retraído la angustia de un hijo que, a muchos años de ese ayer, persistía en ella todavía...

Mamá Ygriega tomó del brazo al Señor Equis, y lo reconfortó. Costaba convencerse sobre lo ocurrido por aquellos tiempos. Tiempos durante los que había ido creciendo en cada uno de sus músculos y en cada neurona de su cerebro. Tiempos en los que su padre se secaba por la impotencia del desconsuelo y su adoración por él... Por no dejarlo sufrir... ¡Es que era tan niño! Tiempos en que la nueva mamá Ygriega comenzara a insinuar una eterna juventud. Con los mismos gestos, la misma sonrisa y los mismos gustos que su frustrada y mortal mamá Ygriega... Una frágil mamá Ygriega que se mantuvo viva durante el corto lapso de una víspera y un día de Reyes, como un regalo celestial... Pero que la señorita Hache se había encargado de segar: casi al instante y para siempre. Sí, en un instante había estrujado el envoltorio de sueños azules y brillantes con que los Magos llenaran sus manos. Había dicho, con ácido despecho, “los muñecos no tienen alma...”. ¡Pobre señorita Hache! ¡Cómo se había equivocado...! Si hasta hubiera deseado encontrarla para demostrárselo. Pero bien sabía él que, tal cosa, ya no sería posible: había perdido demasiada vida tratando de convencerse a sí mismo...

El sol gateó las torres, acarició las cruces, y avivó los movimientos de la pareja. El Señor Equis rodeó con delicadeza la cintura de su joven madrastra, y los niños del parque contiguo al Cementerio sonrojaron sus rostros cuando, como un novio, la besara dulcemente en la mejilla.

--- ¿Vamos? -dijo el Señor Equis.

--- Vamos... -dijo mamá Ygriega.

La Casa del Autómata esperaba. Había cables, bujías y aceites que comprar.-

Texto ajustado al 31-07-04. Su versión original (19-09-76) integró el Libro “Los Últimos Días” (Ediciones Colmegna S.A. - Santa Fe, mayo de 1977), págs. 53/68. Actualmente, forma parte de la antología inédita “Nostalgias del Futuro” (Ediciones La Botica del Autor, Santa Fe-Argentina, 2004/2005), elaborada por el narrador para celebrar sus 33º años (crísticos) en el oficio de la Palabra.

ADRIAN N. ESCUDERO - Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Breviario curricular: Autor de los libros de cuentos éditos “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000), continuado en saga con los libros inéditos, “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (2003-2005) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (en desarrollo); así como de los libros de cuentos inéditos “NOSTALGIAS DEL FUTURO - Antología Fantástica” (2004-2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Antología de Realismo Mágico (2005) y “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección del Horror (en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: anescudero@gigared.com y adrianesc@hotmail.com.-

Este artículo tiene © del autor.

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