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Violencia en Argentina (XXVII): El Estado inspira la violencia

Carlos O. Antognazzi

Argentina



No sólo fomenta la violencia el Gobierno, sino el Estado: los mismos contribuyentes, que callan complacientes o displicentes y no aportan su esfuerzo para controlar y, si cabe, corregir. El problema, decía Martín Luther King, no son los malos, sino el silencio de la gente buena. El silencio de esas personas grises que saben pero callan, que no quieren involucrarse, que no quieren «tener problemas», que «total para qué». Ese silencio (que aturde) es cómplice y sustento de la violencia. Los funcionarios del Gobierno surgen de ese mismo silencio, de la población, y repiten en sus puestos lo que han aprendido a lo largo de su vida. La mezquindad se enseñorea y encubre.

Violencia en Argentina (XXVII):

El Estado inspira la violencia

No sólo fomenta la violencia el Gobierno, sino el Estado: los mismos contribuyentes, que callan complacientes o displicentes y no aportan su esfuerzo para controlar y, si cabe, corregir. El problema, decía Martín Luther King, no son los malos, sino el silencio de la gente buena. El silencio de esas personas grises que saben pero callan, que no quieren involucrarse, que no quieren «tener problemas», que «total para qué». Ese silencio (que aturde) es cómplice y sustento de la violencia. Los funcionarios del Gobierno surgen de ese mismo silencio, de la población, y repiten en sus puestos lo que han aprendido a lo largo de su vida. La mezquindad se enseñorea y encubre.

La teoría del complot

El 25/08/05 Kirchner definió lo que su esposa había sugerido, y denunció «un pacto conformado por (Carlos) Menem, Duhalde y (Luis) Patti en la provincia de Buenos Aires para que vuelva el pasado». ¿Qué significa «volver al pasado»? La consigna, lo suficientemente brumosa como para que cada oyente entienda lo que desea, puede tener múltiples derivaciones. En boca de Kirchner se supone que ese pasado odiado es la década del menemato. ¿Pero porqué no seguir retrocediendo, ya que en Argentina el pasado, al menos desde mediados del Siglo XX hacia acá, ha sido nefasto? ¿Por qué no referirse al pasado de Cámpora trayendo a Perón desde España mientras en Ezeiza los “buenos muchachos” se destrozaban con aberraciones que luego sistematizaría la dictadura de Videla? Leonardo Favio cuenta que en el hotel internacional de Ezeiza «las paredes estaban llenas de sangre. Cómo sería, que las salpicaduras llegaban al techo» en los cuartos donde los unos saldaban cuentas ideológicas con los otros (cfr. Tomás Eloy Martínez, La novela de Perón. Planeta, 1993. p. 352-353). ¿Alguien puede dudar de la lealtad de Favio al partido y, por lo tanto, de sus palabras? Además, lo dijo en televisión.

En boca de Cristina Fernández, en cambio, ese pasado podría ser más ácido: ella aludió a él en Rosario, y el peronismo gobierna ininterrumpidamente la provincia desde hace 22 años. ¿La señora se refería a que no hay que volver a repetir las barrabasadas que su propio partido viene cometiendo en la provincia desde 1983? (léase, por ejemplo, la inundación de la ciudad, que nos equipara con el primer mundo de Bush y el desastre anunciado de Nueva Orleáns). ¿La señora reniega del partido o se considera la verdadera representante del peronismo en detrimento, ya que se lo menciona a menudo, de Duhalde? ¿La “nueva política” peronista se opone a la “vieja política” peronista? ¿Los apoyos de Kirchner a Menem durante el califato han prescripto ahora que es Presidente? ¿Sus coqueteos con Duhalde hasta hace dos meses también prescribieron de golpe, y lo que era bueno y permitía un eventual acuerdo de nombres para las listas de pronto debe ser escarnecido?

Kirchner apoyó a Menem durante los años de pizza con champán, votó a favor de la privatización de YPF y figuró como candidato en siete listas del menemismo. ¿Por qué se rasga las vestiduras ahora? La única explicación posible, atendiendo a la lógica perversa del peronismo, es que el cambio es camaleónico, y ahora conviene distanciarse de Menem porque es moda y antagonista político. Pero eso no implica, automáticamente, que antes no se lo haya apoyado. Kirchner y los demás peronistas se encolumnaron detrás suyo y corearon la marcha y el latiguillo «síganme que no los voy a defraudar». Nadie del partido protestó, nadie tomó distancia del remate del país, en el Congreso se votaron todas las leyes que mandó el ejecutivo, se allanó el camino de la vergüenza a límites insospechados y se afianzó y profundizó la deuda externa. Ahora soplan otros vientos, y es “políticamente correcto” denunciar las barbaridades de los 90. Pero los actores que hoy denuncian son los mismos que en los 90 aplaudían. ¿Cómo puede ser, entonces, que la ciudadanía los siga apoyando? ¿Cómo puede ser que los mismos peronistas no detecten la burla y se resistan a perpetuarla? Y, más importante aún, ¿cómo puede ser que la oposición no encarrile en un discurso claro y actúe con mayor responsabilidad?

Hace 50 años

El 31 de agosto de 1955 Perón dio uno de sus discursos más transparentes. Estaba “chinchudo”, como reconoció uno de sus allegados, y ese malestar se trasladaría al balcón. Ese día Perón establece un parámetro comparativo: «¡Cuando caiga uno de los nuestros, caerán cinco de los de ellos!». Además, sienta definitivamente las bases de la barbarie argentina cuando, poco antes, define que «aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley y la Constitución ¡puede ser muerto por cualquier argentino!», para remachar señalando que esa conducta «que ha de seguir todo peronista» incluye a los que conspirasen o incitaran (¡qué luminoso lapsus!), y que «veremos si con esta demostración nuestros adversarios y nuestros enemigos comprenden. Si no lo hacen... ¡pobres de ellos!» (cfr. Félix Luna. El día del famoso discurso del “5 por 1”. La Nación, 31/08/05. Tapa y p. 09).

Cincuenta años después estas palabras siguen azorando. Perón abría las últimas puertas para la libre interpretación de la ley. De allí en más se abolía el concepto de una ley preexistente, a la que todo ciudadano debe acatar (incluyendo, en primer lugar, al Presidente), para elastizar su alcance y, simultáneamente, borronearlo: cualquier vecino podía interpretar que alguien intentaba «alterar el orden (peronista)» y eso lo habilitaba para el asesinato. De hecho, los peronistas no tomaron las palabras del líder como una metáfora del momento, sino al pie de la letra. Años después vendría Ezeiza, el terrorismo de Estado durante el Gobierno democrático de Perón y María Estela Martínez, y finalmente el terrorismo de Estado de la dictadura de Videla, Massera, Agosti y sus secuaces.

Es cierto que Perón, a su vez, fue una resultante de la barbarie soterrada que ya venía ensañándose en el país desde la época de la colonia, y de la cual da cuenta El matadero, de Esteban Echeverría. Pero no es menos cierto que, más allá de la mazorca rosista y el imperio del terror, ningún Presidente se había animado a retorcer la ley y la Constitución para adecuarla a sus propios intereses facciosos. No al menos en forma tan descarada.

¿Puede sorprender que la ciudadanía delinca y no respete las leyes si desde el mismo líder se establecía la relatividad de la Constitución? Porque lo que Perón había determinado no era ni más ni menos que una Constitución dual, para los unos y contra los «ellos». Los peronistas, por haberlo dicho el líder, automáticamente estaban dentro del amparo constitucional, y «ellos», la amorfa masa antiperonista y de otros partidos, quedaban excluidos de la ley y eran pasibles de ser asesinados «por cualquier argentino». No deja de ser interesante que en la mejor historieta argentina, El Eternauta, Héctor Oesterheld (que terminaría siendo desaparecido) también hable de «los ellos», que son los innombrables extraterrestres que vienen a destruir Buenos Aires y, quizás, todo el planeta.

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Al recordar estas palabras de Perón el deseo del vicepresidente Scioli de una campaña sin agresiones, civilizada, adquiere otra perspectiva. Ya no se trata sólo del sentido común, sino de una cuestión de principios. También cabe interpretar el rechazo unánime que tuvo su propuesta. El cachetazo que recibió Scioli (y por extensión toda la ciudadanía, el Estado argentino) fue la respuesta más elocuente que pudo darle Kirchner y su séquito: ni siquiera se le explicó nada, ningún funcionario se “rebajó” a una aclaración. Lisa y llanamente lo dejaron solo con su discurso en la cena de Conciencia. El mecanismo recuerda las acciones del Gran Hermano o de las novelas de Kafka: no hace falta explicar el mecanismo del Poder, éste se explica sólo por su propio peso y acción.

Ahora Kirchner y su esposa tuercen el lenguaje creando una sensación ambigua, en donde pareciera que las palabras no expresan para todos lo mismo. Se habla de «complot», pero cuando la oposición pide pruebas y una denuncia, sale un Fernández a “explicar” que sólo fue una “metáfora de campaña”. Como en aquel discurso de Perón, las palabras tienen una entidad propia en boca del líder y otra, diferente, en los demás. Salvo, claro, para «todo peronista», que por definición y pertenencia debería interpretar lo mismo que su líder. ¿Pero qué significa «todo peronista»? Ni ayer ni hoy hay una idea clara. En la época de Perón se llamaban peronistas tanto los Montoneros como las huestes lopezreguistas de la Triple A. Perón hecha de mal modo a los Montoneros de la plaza, pero estos siguen sintiéndose los verdaderos peronistas. En los noventa Menem se proclamaba peronista, y remató el país. Ahora Cristina Fernández utiliza la misma bandera pero, para diferenciarse de Duhalde, que también se considera peronista, no apela a la liturgia clásica de bombos y la “marchita” sino a un discurso pretenciosamente “académico”. Claro que su esposo, Kirchner, insiste en el tono de barricada, confrontativo y demagógico, que tan bien han sabido esgrimir los populistas de diversos cuño a lo largo de la Historia. En cierta medida, cada candidato se autodefine primero como peronista y leal al líder extinto, y luego por sus ideas.

Lejos de la filosofía y sus categorías racionales, el peronismo, movimiento antes que partido, parece satisfacerse en un estado de ánimo, un sentimiento que como tal es inaprensible, y por ello muta constantemente y puede ser expresado por sus acólitos de maneras diferentes y contradictorias. Ni chicha ni limonada, es ambas cosas a la vez, simultáneamente. Perón instauró la ubicuidad en la tierra, hecho que ameritaría un estudio de la física cuántica. ¿Cuál es el verdadero peronismo, entonces? La pregunta sigue sin respuesta, no por falta de investigación, sino porque lisa y llanamente el peronismo es, como la voluminosa novela de Stephen King, “eso”.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.
Santo Tomé, agosto/ setiembre de 2005.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 09/09/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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