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VIRUS IDIOMÁTICOS

A la búsqueda del "hispaninglis"

César Rubio Aracil

España



Escritores en ciernes y lectores, ¿a qué esperamos para forjar desde ya la rebelión cultural que necesita nuestra lengua?

No sólo existen en la naturaleza los gérmenes biológicos y en informática los virus destructores. También la Gramática, en pugna con escritores, editores, periodistas, locutores, publicistas, poetastros, esnobistas, políticos y otras marcas inscritas en el registro de los despropósitos, se siente obligada (permítasenos el símil médico) a crear nuevas formas inmunológicas para combatir (por cierto, con escasa fortuna) los numerosos antígenos que la invaden día a día y minuto a minuto. ¿Por qué? Las razones son varias en mi criterio, y entre sí forman un complejo entramado. Por un lado contamos con las grandes multinacionales y empresas financieras, cuyos altos ejecutivos infectan nuestro idioma con innecesarios anglicismos. Añadido a este fenómeno, tenemos a la gran mayoría de nuestros universitarios, lanza en ristre, arremetiendo contra académicos, filólogos y catedráticos de la lengua con el endeble argumento de que la evolución idiomática le corresponde a la calle. Siendo así, ¿para qué nos puede servir la Real Academia Española? De este modo se comprende por qué el DRAE ha admitido la horrible palabra “tropecientos”. Aunque, eso sí, la acepta como adjetivo coloquial. Si en España estamos cansados de escuchar y leer siempre las mismas palabras, ¿por qué no hacemos uso de expresiones hispanoamericanas que sólo se emplean allende los mares, sin olvidar los vocablos o locuciones restringidos a pueblos, comarcas y regiones? ¡Será que no existen diccionarios de regionalismos, por Dios! Para nosotros, los españoles, supondría un grato hallazgo conocer infinidad de palabras sonoras, significativas y hermosas que se usan en La Mancha, en Andalucía, en Galicia, en Cataluña, en Colombia, Venezuela, Argentina, Bolivia, Honduras y demás pueblos hispanos, desperdiciando un inmenso caudal léxico a cambio de introducir en nuestra lengua palabras y giros malsonantes, amén de otras sandeces que prefiero silenciar.

En absoluto estoy en contra de la transculturación. Existen rasgos lingüísticos ajenos al español dignos de ser incorporados en nuestro lenguaje; pero no todos los que las modas y esnobismos nos cuelan, engañándonos como a tontos del ojete. Los periodistas de modo principal, que deberían ser sacerdotes de las letras, se nos han convertido (muchos de ellos) en gurús de las revistas del corazón y del noticiero deportivo, inundando de barbarismos el habla por la que tanto bien hizo Cervantes. ¡Y no te metas con ellos! Salidos de la facultad de Ciencias de la Información con un brillante título bajo el brazo, por lo regular con un sueldo menor que el de un fontanero (ya quisieran muchos de ellos ganar un salario equivalente al de un lampista), tienen más poder que, en algunos casos, un ordenanza de la Administración. Pero no sólo estos mediáticos son los impulsores de los desaguisados gramaticales que a diario leemos en los periódicos y escuchamos en algunas emisoras radiofónicas. También podemos contar con ciertos académicos que convierten alguna que otra de sus novelas en lamentable bet-seller para forrase, mientras escritores como Paco Umbral (que tanto ha trabajado y labora en beneficio de nuestra lengua) permanecen a la sombra de la Real Academia Española, no sé si cabreados por tanta ignominia, aunque supongo que frustrados ante el bochornoso panorama literario que hoy se respira.

Añadido a lo anteriormente manifestado, tenemos el serio problema de Internet. La comunicación informática posibilita una continua afrenta a nuestro idioma, sin que apenas podamos hacer nada por evitar el desmadre. Sólo a modo de introito (porque pienso escribir más adelante sobre el fenómeno “hispaninglis”), citaré unas pocas voces -de las miles que nos infectan- para que nos percatemos de su inutilidad en el español hablado y escrito. Veamos, pues, a vista de pájaro, el ojo del huracán.

¿A santo de qué llamar “pinc” (DRAE) a una insignia? ¿Para distinguir entre estandarte, bandera y medalla un distintivo que se lleva en la ropa? ¿Es necesaria tal diferenciación, cuando en nuestros diccionarios existen miles de palabras con significado diferente, explicitado en cada una de sus acepciones?

¿Es imprescindible tratar de “gay” (DRAE) a un maricón, tan sólo para evitar el sentido peyorativo que conlleva ese vocablo? ¿No basta con marica, mariposa, o simplemente homosexual? ¿Acaso el citado término inglés resta virulencia a la intención machista de maltratar a los hombres afeminados?

¿Ganamos mucho, en términos lingüísticos, con denominar “lunch” (DRAE) a una comida fría, por ejemplo el fiambre? ¿No sería mejor (más español) recurrir al caló o, incluso, para no pecar de estrecho, a la germanía (jerga de rufianes y de trileros)? ¿Mola más (“mola” es un verbo rescatado del caló) referirse al filete de ternera con el nombre de “roast-beef” (María Moliner) o de “rosbif” (DRAE) que rustido de ternera, como se dice del emparrillado de idem en Aragón, Asturias y León? ¿Resulta más culto dirigirse al jefe de la oficina con el tratamiento de “boss”? ¿Acaso no es suficiente con haber admitido la palabra “jefe” del idioma francés? ¿Quedamos más guapos usando el plural “feelings” para mencionar los sentimientos? ¿Es más práctico -en términos de economía del lenguaje- referirnos al autoservicio con el nombre de “self-service (DRAE)? ¿Tiene más entidad la palabra “ranking” (DRAE) que el vocablo escalafón?

Podríamos extendernos hasta el cansancio echando mano del “Diccionario de Expresiones extranjeras” (Gregorio Doval, Ediciones del Prado 1996), pero no lo considero prudente; podría resultar morboso castigar nuestra sensibilidad con los rebencazos de la rabia contenida. Cualquier lector goza de la suficiente inteligencia para comprender hasta qué punto están adulterando el castellano, el catalán, el gallego y el euskera tanto los mafiosos financieros como ciertos periodistas, escritores, locutores, informáticos, universitarios y otros gochos, sin tener en cuenta el esfuerzo de organizaciones culturales como Metáfora y Mundo Cultural Hispano, en Internet, que, sin más posibilidades que las de su vocación literaria, hacen lo que pueden por ayudar a quienes amamos el español. Aunque no toda la responsabilidad es de los citados malandrines. También nosotros, los que escribimos y leemos, somos culpables de tanta afrenta idiomática. Nos hemos dejado infectar a cambio de más indolencia, y ya somos mecanizados virus “pensantes”.

No quiero concluir este trabajo sin aceptar antes la realidad que nos asola. El castellano, origen del español actual (dejemos al margen el latín y el griego), es lógico que haya cambiado sus ribetes cervantinos. Las lenguas, como todo en esta vida, evolucionan, siendo imposible evitar (en cierto modo puede ser buena) la transculturación anteriormente referida. También debemos contar con la evidencia de una tecnología en continuo desarrollo, que por lo regular, abanderada por los norteamericanos (ingleses al fin y al cabo), nos imponen nuevas expresiones para definir los avances originados por la ciencia. Considero el español un idioma basado más en las humanidades que en el materialismo salvaje. Naturalmente, como lo que hoy domina el mundo es el pragmatismo a ultranza, ¿qué podemos esperar, a corto o medio plazo, sino el “hispaninglis” o “tocomocho” contra las letras hispanas? Pero ¿cuántos de los responsables que rigen nuestro destino cultural: políticos, escritores, poetas, técnicos, universitarios, periodistas..., intentan evitar el descalabro de nuestro hermoso idioma? Y encima -¡toma ya!- se atreven a gastar muchos millones de euros en homenaje a Cervantes por el IV Centenario de la Cosa”. ¡Carotas!

Augustus.

Este artículo tiene © del autor.

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