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Medio siglo de PEDRO PÁRAMO

Jorge Dávila Vázquez

Ecuador



Sin duda, una de las novelas pioneras en aquello que se llamó el “realismo mágico” en la literatura latinoamericana, es Pedro Páramo, de Juan Rulfo, que en este año cumple su cincuentenario. Pero no hay que pensar que Rulfo o Alejo Carpentier o Miguel Ángel Asturias o García Márquez -que un poco cosechó lo que habían sembrado los otros-, inventaron esta corriente literaria, que fusiona lo realista con creencias, leyendas y mitos universales, en una magnífica unidad, que deslumbró al mundo de las letras. No. Toda esa maravilla subyacía en la tradición oral y se filtraba a la literatura; piénsese si no en obras de la generación del 30 como Los Sangurimas de José de la Cuadra -que algunos críticos creen antecedente directo de Cien años de soledad-, o en Don Goyo de Aguilera Malta, relatos realistas saturados de insólito.

Además tampoco Pedro Páramo inauguró, digamos “oficialmente”, el realismo mágico, porque dos libros de una magia intensa y poderosa: El Señor Presidente de Asturias  y El Reino de este mundo de Carpentier, habían aparecido en 1946 y 1949, respectivamente. Por tanto, el extraordinario autor mexicano no estuvo solo en su empresa de cambiar para siempre el panorama literario americano, sino que su obra creció al calor de algo que ya latía en todas partes y encontró en su trabajo, silencioso fruto de una capacidad creadora sensible y genial, una incomparable expresión.

Fascina en Pedro Páramo esa familiaridad con los muertos, ese diálogo incesante que es como un subterráneo rumor perenne en la novela y que va más allá de ella, engarzándose en los viejos relatos que nutrieron de miedos o escalofríos nuestra niñez; en los que los muertos volvían a recoger los pasos, eran un habitante más en ciertas casas, el miembro de familia que seguía teniendo su sitio en la mesa, muchos años después de su partida, la presencia amada o temida, la sombra, la compañía, el ahuyentador de ladrones, el que viene en sueños a pedir un responso, a revelar en dónde se hallaban objetos largo tiempo perdidos, a visitar dolientes inconsolables.

Ese es el verdadero milagro de un libro no tan extenso cuanto intenso; de una narración en que poco a poco el lector va entrando en el mundo alucinante de Comala, viviendo los amores frustrados de Pedro y Susana San Juan, y recorriendo la trayectoria de quienes lo amaron, lo temieron, lo sufrieron o fueron en su búsqueda aun después de su muerte. Total, en un mundo en que los muertos entran y salen por las puertas del relato, de la imaginación y del soñar despiertos o dormidos, ¿qué más da buscar a alguien en su vida o en su muerte?

Rulfo decía que debía ser muy interesante platicar con los muertos, que cuando están solos hablan incesantemente entre ellos. “Los que interrumpen son los que van a visitarlos... con música y mariachis y a llevarles flores...”, añadía, con su usual tono irónico-lírico, que sobrevive en su obra y su recuerdo, más allá de su propia muerte.

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