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PROVIDENCIA Y SU SUSTO MACABRO

Ileana Corvisón Menéndez

Cuba



Su aspecto era el de una fruta sazón, la piel tenia el perfume feroz de  lo nuevo, al igual que sus dientes pequeños, afilados, dispuestos  siempre como en un anuncio de pasta dental.

Era una niña o lo que se entiende por niña al final del 2000, tenía 16  años. Debajo de aquella apariencia casi salvaje e inofensiva de las  flores de montaña, algo secreto tenía que sólo Doña Providencia  supo de mirarla día a día. Cuando abandonando la niñez se adentró  en la pubertad, ella que la había visto crecer como quien dice a su  lado, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo magro, pero diligente, Providencia era algo como un viejo shaman para aquel pueblo, su  figura era mas bien mediana y sus ojos grandes como lagos llenos de  misterio.

A partir de ese día, la buena mujer se la pasaba espantando el  fantasma del miedo de lo conocido, intentando resguardar así la paz  del pueblo, que inmerso   en su paz  propia ignoraba, o pretendía  ignorar. Tal vez mejor era desconocerlo. Hay cosas que el sólo  saberlas comprometen, atan, ahogan, ésa era una de ellas.

Un día al pasar el tiempo el miedo se instaló en su garganta,  cuajando el grito de alerta. El pueblo en que vivían era un pueblo  casi perfecto, las gentes se conocían tal se conocen los maniquíes de   una vidriera, atentos, corteses, epidérmicos, inclinaban la cabeza en  señal de saludo al encontrarse unos y otros, todos absolutamente  todos estaban muy ocupados de su piel hacia adentro.

Únicamente Providencia, en aquel lugar conocía a fondo a todos y  cada uno de ellos.

Los días fueron sucediéndose, formando la gran cadena del tiempo,  en aquel pueblo de acendrada cultura machista, los jóvenes  comenzaron a rondar la sonrisa atraídos por lúbrico  embrujo que de  la joven emanaba. Así fue como uno a uno acudió al oír su canto de sirena.

Pasó el tiempo, el pueblo era un alboroto, un rumor que se desbordaba, llenando de preguntas la hasta ahora quietud del viejo pueblo llegando a  ser oleadas rugientes, así esa oleada un día llegó hasta la abierta puerta de la joven lo que permitió el paso.

Allí estaba ella desnuda, sentada displicentemente en una butaca  limando sus largas uñas ajena a todo, con la misma aséptica sonrisa  de poster y dieciséis cadáveres amontonados al lado de la mullida  cama.

Este artículo tiene © del autor.

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