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La muerte en Camus

Daniel Alejandro Gomez

Argentina



       En una vida carente de sentido, según el existencialismo, Albert Camus hace asesino a Meursault en la obra El Extranjero; Meursault, así, queda atrapado en el laberinto del sinsentido filosófico, descrito, con una concisión pasmosa, en esta novela. El protagonista del relato, entonces, es un existencialista de a pie, oficinista en Argelia; que se verá envuelto en un caso de vida y de muerte. 

        Su historia comienza cuando muere su madre. Va al funeral; pero, a la vista de los acontecimientos posteriores, deja un tendal de indicios, relatados por Camus con magistral inocencia; indicios aptos para la posterior ironía jurídica que realiza el autor. Meursault se envuelve, ya que todo le da lo mismo, en un sórdido mundo en el que culmina, entrometiéndose indiferentemente, casi por inercia, en un asunto de celos sexuales, asesinando a un árabe. Y en efecto, en el juicio por el asesinato de éste árabe, los hechos del velatorio son traídos a cuenta: Meursault se había comportado indoloro ante la muerte de su madre, relatan los testigos del velatorio realizado en el mismo asilo donde había fallecido la anciana; podríamos comprender esta apatía, siempre según los cánones de la filosofía del autor y del narrador, ya que Meursault no tiene valores; el bien y el mal, la vida, sobre todo la vida, y la muerte no cobran significación para el asesino. La sociedad de los valores, así, juzgaría con un valor hipócrita, la palabrera persuasión jurídica, a la sociedad sin valores de los existencialistas. Así, pues, en la ironización del acontecimiento judicial, Camus desliza que la ley de los hombres no sabe, o no quiere saber, si Meursault había matado a su madre o al árabe; tanto es el hincapié que la ley, fundante pilar del sistema social y vital, hace del hecho accesorio, desde un punto de vista acaso más veraz, respecto al comportamiento del hombre ante la muerte de su madre. 

        Así, en esta novela corta, en la pensativa peripecia del protagonista, que va de la muerte de su madre, hasta su asesinato, juicio y condena a muerte, Albert Camus muestra las angustias del hombre, apoyado por un conocido bagaje ideológico y filosófico, del cual él fue uno de los principales propulsores. Éste bagaje filosófico, aunque se mostrara un tanto distante del mismo, es el existencialismo, que compartió con su colega y rival Jean Paul Sartre. Meursault, entonces, el protagonista, además manifiesta, debido a estos pensamientos, un lenguaje que podríamos achacar de insensible. El oficinista criminal, por ejemplo, cuenta que ha matado sencillamente porque tenía calor... Sus contestaciones y diálogos son gélidos, resecos; el simple oficinista es el hombre de una filosofía-y tal vez una época- carente de valores, de sentido vital. El relato, se ha dicho, comienza con la muerte de la madre del protagonista; él no llora esta muerte, acaso porque no hay nada sobre lo que llorar; en efecto, Meursault piensa-o deja que el lector piense- que la reacción a la muerte de su anciana madre pertenece al mundo de las valoraciones; y asimismo el bien y el mal, con una significación o bien difusa o bien nula en su universo pensante, no obtienen cabida en el relato. La falta de sentidos, de bienes morales, éticos y prácticos, pues, subyacen en el reflexivo vértigo de esta novela. El que narra la historia los padece hasta tal punto que en cierta forma le da lo mismo morir y matar. Efectivamente, mata a un árabe, pero no sabe porqué. No reconoce, él mismo, porqué vive y porqué ha de morir; por fin, será ajusticiado en el final del relato. 

       La sequedad, rica de filosofías, de esta narración, su breve desenvolvimiento descriptivo y dialógico, sin ninguna palabra de añadidura, con las angustiadas implicancias, muestran el condensado magisterio del autor franco-argelino. El extranjero es un extranjero de la vida, es un exiliado de la verdad establecida. Acaso en su muerte, deja entrever que la única verdad en la que cree es que no hay verdades. No hay sentido, pues, ni para la vida...ni para la muerte. 

Este artículo tiene © del autor.

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