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VIAJE POR LAS FRÍAS TIERRAS DEL ESTE

(Fragmento)

Valentín Justel Tejedor

España



“...Los oteros, y alcores, se sucedían a medida que avanzábamos por aquel desconocido y vasto territorio, entre campos sembrados de cereal, y ondulados, y misteriosos páramos, en la lontananza se comenzaban a vislumbrar los primeros signos de civilización urbana; paulatinamente el ámbito rural desaparecía siendo ocupado su espacio por mastodónticas y clonadas edificaciones, destacando en todas ellas su característico color agrisado, sus equidistantes y simétricas ventanas, la ausencia de elementos cóncavos de recepción herciana, y la exacta separación existente entre los idénticos bloques de viviendas; pronto descubrimos que aquella ciudad en cuyo extrarradio nos encontrábamos era una urbe densamente poblada; las calles se sucedían por doquier, en progresión ascendente, ya fuera a destra o a sinistra, siempre surgía una nueva avenida, una nueva plaza, un nuevo bulevar... las manzanas describían una perfecta cuadrícula,  propia de una estructura urbana digna del mejor Plan de Desarrollo Quinquenal, las avenidas se encontraban jalonadas todas ellas de pequeñas iglesias, y templos ortodoxos, que deslumbraban nuestra atónita mirada al reflejar los rayos de sol, que impactaban sobre sus resplandecientes cúpulas doradas, aquella arquitectura tenía elementos impropios de cualquier estilo occidental, carecía de las flamas o agujas neogóticas, no disponía de columnas o capiteles neoclásicos, no poseía elementos art - decó, eran simplemente unas edificaciones singulares y sorprendentes. 
Con los primeros rayos de sol aquella gigantesca urbe comenzaba a despertar, los vehículos transitaban frenética y velozmente recorriendo sus saturadas arterias colapsando cruces, túneles y puentes; los pavimentos de adoquín resonaban con  infernal estruendo al paso de aquellos anticuados automóviles. Sin embargo, a medida que nos acercábamos al centro financiero de la ciudad, el panorama iba cambiando por completo, los escasos rascacielos, y hoteles lujosos se situaban en uno de los márgenes de aquel caudaloso río, que dividía la ciudad en dos sectores, desde la azotea de uno de estos hoteles las vistas eran impresionantes, cerca de allí se encontraba la gran torre circular, que servía como una de las bases del puente que atravesaba el imponente cauce fluvial, viaducto que al ser cruzado vibraba, y temblaba como si se estuviese produciendo un movimiento sísmico de escasa entidad.
En el centro histórico de la ciudad, todo era esplendoroso... comenzando por la inolvidable plaza donde aquella mañana el sol sorprendía a todos aquellos que recorrían su rectangular área, decenas de comerciantes y artesanos ofrecían artículos manufacturados, cerámicas, textiles, y una extensa gama de productos propios de aquella fría tierra; aquella ágora parecía sacada de un libro de cuentos, con sus macizas farolas de seis brazos todas ellas de hierro forjado, con sus transparentes fanales en octaedro, y sus estilizadas agujas culminando en el extremo superior como queriendo alcanzar el mismísimo cielo, lucernarios muy en sintonía con los entrelazados diseños de las balconadas corridas, que asomaban con elegancia sus tramas y calados imposibles hacia el exterior de sus fachadas, proporcionando un toque de refinamiento y distinción único y exquisito; las edificaciones adyacentes y contiguas mostraban también su esplendor, destacando sus bellas techumbres con buhardillas a tres, y cinco aguas, y junto a estas en lo más alto, graníticas chimeneas acariciando el límpido cielo con sus lactescentes fumaradas, todo allí tenía un exceso de pasado, aquel era un espacio abierto a la luminosidad, a las fragancias, a las tonalidades, a las sensaciones... un lugar pleno de contrastes donde predominaba el ocre de los careados y lienzos, y el cobrizo de los tejados y cubiertas, en antítesis con el primoroso nacarado del pavimento, y el verde herrumbre de las cúpulas de los palacios, que contaban con hasta siete basamentos superpuestos entre templetes, y molduras para desembocar en finas y estilizadas agujas. En las proximidades, pequeñas callejuelas albergaban recónditos y maravillosos lugares, dignos de ser contemplados derrochando todo el tiempo del mundo, suntuosos cafés ofrecían a los visitantes un privilegiado escaparate, donde admirar la beldad que impregnaba aquellas calles peatonales, cuyo denominador común era la paz y el sosiego. Así, callejeando entre correderas estrechas, y callejones angostos se apreciaba con suma facilidad el encanto, y la belleza de unas edificaciones inmanentes con sus característicos aleros, con sus gárgolas describiendo curvilíneas figuras, con sus grandes cristaleras y contraventanas rectangulares, y sus pulcros paramentos donde se ubicaban sinuosos decorados de mampostería pseudomodernista.
Espontáneamente, se escuchó el eco perdido de una música vibrante, que reverberaba zigzagueando por entre aquellas calles silenciosas, sumidas en la nostalgia y el imborrable recuerdo del esplendor y la magnificencia pasadas, sorprendiendo súbitamente y cautivando la percepción auditiva de los entusiastas viajeros, tras escoltar  aquel eufónico sonido durante unos escasos minutos, nuevamente desembocamos en la explanada central donde contemplamos un grupo de bailarinas ataviadas con sus trajes típicos, que ofrecían a los visitantes un inusitado espectáculo de colorido y arte, con un vistoso repertorio de bailes; en todas sus danzas eran acompañadas por unos violines con sonido melódico, y armónico cuya afinación al oído parecía tener ecos divinos; nadie parecía inquietarse por nada, era como si el tiempo se hubiese detenido permanentemente en una época anterior, en una época feudal, varios testigos daban fe de este hecho, como el soberbio castillo almenado con copas rojizas sobre sus torreones, que se elevaba sobre la colina que dominaba la ciudad, y el adoquinado pavimento de las calles colindantes, desgastado y deteriorado por el transcurso de los siglos. Las gentes mostraban su cara más amable a turistas y extranjeros, a pesar de que sólo una ínfima parte de la población tenía nociones o conocimientos de inglés, por lo que fuera de este ámbito la comunicación resultaba francamente difícil, las indicaciones de dirección, y hasta los planos resultaban inútiles, por ser poco o nada clarificadores, debido a que estaban redactados en un idioma ininteligible para cualquier occidental, no obstante, la hospitalidad que demostraban aquellas gentes, simplificaba, en ocasiones esa infranqueable barrera idiomática. La ciudad ofrecía al viajero su mejor cromática, así en las mañanas luminosas y transparentes sus cielos se teñían de un cande y azul satinados, que ciertamente evocaban el placer de estar en el mismo paraíso, opalescentes matices que reflejaban etéreas, y volátiles nubes sobre la superficie de un cauce fluvial iridiscente, y tornasolado, lleno de espirales, remolinos y corrientes, que las embarcaciones con sus afiliadas proas remontaban abriendo a su paso una lienta y nívea brecha, que tras la popa de la gabarra quedaba convertida en una mágica estela que prolongaba su claro haz de burbujas transparentes, dinámicas, y cristalinas hasta perderse en la lontananza del propio lecho; sus tardes teñidas de un inolvidable matiz coccíneo proporcionaban una agradable e indescriptible sensación de apacibilidad y serenidad, hasta que minutos más tarde cuando estaba propincuo el ocaso, comenzaba a resurgir una metrópoli que iluminaba con elegancia, y distinción sus monumentos, sus palacios, sus calles y avenidas para ofrecer su otra imagen, una verdadera metáfora de la realidad diurna.
Aquella ciudad era diferente, insinuante, mágica y evocadora, era como abrir una puerta al mismísimo pasado, sin abandonar el simultáneo presente, sin ausentarse de la sincrónica contemporaneidad...”. 

Este artículo tiene © del autor.

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