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EL MEJOR AMIGO (DEL PERRO)

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



EL MEJOR AMIGO (DEL PERRO) (1)

A José Luis Pagés, con gratitud...

Ahora le vuelvo a escuchar, y tiemblo.

Dado que, otra vez, aquella noche, la ventana insomne del dormitorio que da a la calle, trajo a mis oídos -entredormidos- “ese” sonido particular cuyo origen no me animaba a confirmar.

De pronto, se me ocurrió filosofar, y me dije: "Cuando un amigo es tal, comparte todo con el otro. Incluso, la locura...".

Si es un buen vecino, mucho más.

Es decir, lo que antaño supe leer en un viejo texto escolar, se acababa de comprobar una vez más. Porque alegrías y penas, triunfos y fracasos, hallazgos y desvaríos, siguen humanizándonos al compartir el milagro siempre renovado de la amistad...

De hecho, con la "ella", digo, con la "amistad" (porque se lo le he remarcado a la otra Ella que no me atiende nunca porque duerme y yo no...), puede afirmarse que el fluir del Universo se derrama como leche tibia desde el uno al otro en la inefable naturalidad de lo auténtico.

Por lo demás, y soslayando la catarsis poética propia de la hora, lo que quiero decir es que no pasó mucho tiempo para darme cuenta, insisto, una vez más, de lo que, todos los días a esa hora, sucedía...

Hablo del perro. Negro y gutural.

Eco de ladridos. (O, primero de un par de hallazgos inauditos: el físico).

Le he insistido a Ella que no miento. Pero no me cree.

Le he jurado a Ella que, así como de tanto escuchar aquel sonido hambriento sacudiendo la noche del barrio; de tanto comprobar, penumbra tras penumbra, la salida del dogo hacia la hilera de árboles y veredas somnolientas de la medianoche, con ese rigorismo propio y exasperante de su germana puntualidad, tuve una duda... (O, segundo del mencionado par de hallazgos inauditos: el psicológico).

Le he dicho a Ella que pensaba en él, y lo que pensaba de él. Que todas las noches lo venía haciendo. No digo en o de Adolfo. Mi pobre vecino. Digo en y de Perro (un perro al que llamaba Perro). Pues, ¿no sería Perro quien sacaba a retozar a Adolfo? Digo. Me lo he preguntado en pantuflas. Lo he meditado molesto y murmurador, asomado tras la puerta de calle entreabierta con disimulo al silbo helado del viento citadino y otoñal. Piel de gallina oculta bajo ese hiriente eco de ladridos; que, de súbito, cesó.

(Lo confieso: allí fue cuando sentí a aquel terror metafísico momificándome la boca. Acechado por aquellos ojos rojos y brillantes que, tras la fina Hendija, se cruzaron con los míos. Y fue el miedo lo que me impidió computar, como tercer hallazgo, las consecuencias letales de una experiencia macabra. Lo hago ahora).

“¿Sí?”, preguntó Perro al asomado Yo de la Rendija abierta como a la Cuarta Dimensión Desconocida (y no hubo dudas, pues de él se trataba tras el vozarrón áspero, negro y gutural que lo precedía).

"¡Ahhh...!".

"¿Qué pasa don Antonio? ¿Pasa algo con usted? ¿Qué mira? Grurrr...”, dijo con la expresión de un psicópata mientras devoraba la mano de su amo para liberarse de la correa carcelera; en tanto éste, silenciado por el espanto, caía en sangre desmayado de estupor...

Después, colérico y sin inmutarse, Perro rugió: “Es que hoy se ha portado verdaderamente mal, el Adolfo. Mal. Mal. Como un chico malcriado, me ha desobedecido torpemente en la medida de ración. Y no le sacaré más a pasear por las noches, ni a liberarse de su tonta esposa por un rato. Grurrr... Se acabó. Tipo desagradecido; con todos los favores que le hice. Que se busque a otro, el pesado... Habráse visto hombre cabeza dura. Que le gasto mucho. ¡Yooo! Grurrr... ¡Y cuídese, don Antonio -amenazó-, pues mi amiga Perra no anda muy conforme con usted tampoco...!”.

Luego, escapó con rumbo desconocido.

Y comprendí al cabo, cuán amigos habíamos sido, con Adolfo, el uno para el otro, compartiendo todo hasta el último momento. Todo: incluso la locura de habernos vuelto mascota de las nuestras...

Entonces, el Yo de la Rendija, jubilado y viudo, cerró la puerta, y, arrebatado entre las sábanas junto a Ella (una perra llamada Perra, que podía y seguía durmiendo), rezó y sudó largamente con el corazón infartado por el espanto de una pesadilla que no tardaría en concluir.

Lo fue cuando una sirena policial despertó con estridencia a todos los vecinos de la cuadra, y los reunió en torno a "el Adolfo", y su espeso charco de fresca hemoglobina roja...

DEL LIBRO “Visiones Extrañas “ (DOCTOR DE MUNDOS II). Inédito. La Botica del Autor (Santa Fe, Argentina - 2003-2005).
DEL LIBRO “Desde el Umbral... (Terrores Cotidianos y de los otros). Inédito. En desarrollo. La Botica del Autor (Santa Fe, Argentina - 2005).

ADRIAN N. ESCUDERO - SANTA FE (ARGENTINA). Breviario curricular: Escritor santafesino (1951). Autor de los libros de cuentos éditos “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000), continuado en saga con los libros inéditos, “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (2003-2005) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (en desarrollo); así como de los libros de cuentos inéditos “NOSTALGIAS DEL FUTURO - Antología Fantástica” (2004-2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Antología de Realismo Mágico (2005) y “DESDE EL UMBRAL... (Terrores Cotidianos y de los otros)” en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Autor además del Cuento de Cuentos inédito LA TORRE DE LOS SUEÑOS (O Los Sueños de la Torre), ejercicio escritural en desarrollo (Primavera 2005). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: anescudero@gigared.com y adrianesc@hotmail.com.-

P.-S.

(1) - Santa Fe (Argentina), 15-09-95; t.a. 01-10-2005 - Publicado en la Antología “Mesa de Cuentistas”, editada por la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE) y la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe (Argentina) - Enero 1996 y dedicado a Miguel A. Zanelli. Págs. 70/72. Publicado en Diario “LA PROVINCIA” (Santa Fe, 05-10-99).

Este artículo tiene © del autor.

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