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LA SALIDA

(En la Primavera de las Tumbas)

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



A Joanne K.. Rowling

I - Tambores:

     Algo así como el retumbar de cien gigantescos tambores golpeó las sienes del extraño hombre. Pero, lejos de tomar su cabeza para contener la andanada de sonidos que, desde la eternidad, agrietaba sus tímpanos, desplegó una ansiosa e inquietante sonrisa entre las sombras de la negra y siniestra concavidad de sus ojos vacuos. Era ese el modo con que Nicola Gianforte expresaba su anhelante felicidad...

     Podría volver a sentirse vivo.


     Nicola Gianforte sacudió su espíritu. Una carrada de polvo y nicotina se acumuló en torno de su alma amarilla. Claro que, a Nicola, poco importaba la sequedad y dureza de aquella sustancia que acostumbraba reposar en el lecho húmedo y frío al que había sido destinado un siglo atrás.

     Mas, Nicola, no sufría en esta singular postura donde el ocio reinaba como la eternidad; donde su oficio y amigos eran sólo parte del polvo que, el retumbar de tambores, le había obligado despegar. Y esto era, quizás, porque Nicola tenía en su muñeca -atada fuertemente- una bolsa blanca, muy blanca, casi brillante... Y bien sabía él que, dentro de ella, estaban sus mejores joyas y aciertos: esos pequeños y elevados sentimientos -obras- que había llegado a construir a pesar del barro y de la nicotina.

     La bolsa blanca y brillante no era muy grande, pero tampoco insignificante. De ningún modo. La bolsa blanca era lo suficientemente adecuada como para asegurar que, allí, sobrarían elementos para enderezar a un alma simple y amarilla.

     Sin embargo, el toque de tambores no había sido para Nicola Gianforte extrajera su carga y se pusiera, con paciencia y entusiasmo, a refaccionar cada centímetro cuadrado de su ego. El toque advertía, sí, que el momento de la salida estaba cerca...

     Cuando a su creciente murmullo se agregaran los tañidos invisibles de un millar de campanillas ocultas a la ilusión, entonces, podría levantarse de su cama, vestirse, abrir la puerta de su inevitable encierro, y lanzarse -como lo deseara en aquel día- al mundo, a sus calles, a sus máquinas y hombres, a sus cielos y árboles, estrellas y relámpagos... 

     Nicola lo sabía. Por eso, lejos de alivianar su figura, la tensión de la espera lo aplanó de un golpe sobre la piedra lisa, húmeda y fría, detalles éstos en los que nunca hubiera reparado.


II - El Cuarto de los Vestidos:

     Todavía persistían los ecos del milagroso resonar. Las campanillas mecidas tenue, acompasada y alegremente, contagiaron de estupor la estrujada estantería sobre la que, Nicola Gianforte, levantara su otrora humanidad.

     La sonrisa pareció volver, nerviosa, a enquistarse en la borrosa tez; luces y sombras cavaron indefinidos sesgos en el ondulante caminar de un espectro que, con lentitud, se aproximaba al Cuarto de los Vestidos.

     No obstante, a pesar de la lógica emoción que nublara su conciencia, el extraño hombre efectuó un despeje total de los residuos acumulados en su lúgubre estancia. Y aunque para alguien como don Nicola, los colores y las formas, los olores y sabores sólo ahora podrían volver a tener sentido, y poco importara que la antedicha habitación hubiera sido pintada de gris y su cama fabricada en el más ruin cofre de tinte caoba con pulido especial, el viejo fantasma había sido siempre un amante del orden y de la pulcritud. Su vida austera relucía ahora como la del mejor acomodado merced a una constante preocupación sobre la idea de que, no sólo era cuestión el comprar algo, sino mantenerlo bien después. Así que hasta aquel apretado cubículo sombrío comprobaría la delicadeza con que, el viejo italiano, tratara a las cosas...

     Después que la caja estuvo reluciente, el puntilloso fantoche escrutó -con mirada inquisidora- todos sus rincones, dio una autoaprobación a lo hecho -meneando las brumas de su inteligencia-, giró en redondo, y comprobó que la blanca bolsa estuviera firme en su lugar... Agitó las tinieblas de su muñeca derecha para estar seguro, también, de que una caída voluntaria o accidental no le acarrearía disgustos; y, luego, sopló con precaución hacia delante, y la puerta del cuarto se abrió chirriante dándole paso.
     


     Nicola Gianforte avanzó sobrevolando el umbrío corredor rumbo al punto de luz que brillaba al final del angosto pasillo. La humedad colgaba de éste como llovizna y el frío se apelotonaba en los racimos musgosos de su negra corteza. Pero esto tampoco interesaba. Sólo el punto de luz tenía razón de ser. Era un círculo giratorio que crecía con cada paso del viejo. Al cabo de cien metros, el punto se había transformado en un enorme agujero de cerradura que alentaba la posibilidad de develar los misterios ocultos por tamaña puerta.

     Excitado, el anhelante espíritu sopló sin dudar sobre el pozo de luz, y un sonido conocido se dejó oír al descorrer su secreto la Puerta del Cuarto de los Vestidos.

     Los tambores sonaron y el incendio tornó rojos sus movimientos. La luz, derramada en cascada sobre su impresionable ánimo, lo inventó una y otra vez al avivarlo en fuerza y energía.

     Nunca había visto nada igual.

     Los vestidos y los cuerpos del Cuarto castigaron sus despojados ojos con un millón de matices y diseños. Aquello era... ¡fantástico! El gran cubículo parecía no tener fin. Allí estaban, ordenados, los modelos de hombres y de trajes que, alguna vez, caminaran fuera. Y si aquella impactante visión lo había conmovido profundamente, una razón como la suya, amante de la disciplina y de la pulcritud, no pudo dejar de admirar también la fina atención puesta en conservar a aquel trillón de maniquíes...

     El espectro aleteaba las sombras de sus manos y señalaba algún cuerpo célebre -no era cosa de todos los días ver a don Ray Bradbury esbozar su obesa e invitante sonrisa, o a don Federico Chopin cavilar notas en derredor de su desgarbada estructura, o a don Eduardo Manet discutir su nueva técnica de mostrar al mundo-;  las confundía con las sombras de su boca en gesto admirativo, o con las sombras de su cabeza en gesto dubitante... El cuello le giraba de izquierda a derecha, mientras sus pies intentaban la marcha por la amplia vereda que dividía, centralmente, a tan inesperada colección, de la cual, más tarde, formaría parte.

     Calculó que ambas filas debían extenderse hasta los confines de la eternidad, y que, su pensamiento de intentar conocerlo todo, era tan descabellado como increíble el gesto del dios de permitirle una salida antes de marchar, con él, definitivamente a Palacio.

     “¡Volver a vivir...!”, cantaron las bocas de los cuerpos inanimados. “... a vivir!”, y el coro perfecto hizo temblar la luminosa galería para luego, de golpe, acallar su sentencia sin que resonancia alguna perdurara en el recinto...

     Nicola Gianforte detuvo su andar. De pronto, sus pies quedaron fijos en el suelo marmolado de blanco. Una angustia imprecisa turbó su conciencia y el cúmulo de sombras se aquietó, tenso, esperando...

     “¿Cómo sería?”, se preguntó. “Creo haber sido claro por entonces”, masculló. “Tenía que ser alto, robusto, cabellos negros y ondulados. Los ojos, azules. Azules. Eso sí: sin cambio. Mamá decía que papá los había traído del fondo del Mar Mediterráneo...”, recordó.

     Claro, pues; podía renunciar a sus cabellos rubios -luego canos-, a su figura escuálida -luego obesa-, pero no a sus ojos azules -por siempre azules-. Así que había sido claro: alto, robusto, cabellos negros y ondulados. Pero ojos... azules!

     También había pedido un rostro magnánimo; y que profusos bigotes suavizaran las palabras nuevas de su boca nueva. ¡Y dientes! Quería dientes blancos. Los suyos habían quedado como hojas de otoño.

     Debía aparentar unos treinta y seis años.

     Las cejas, medianas. El cutis, lozano (nunca había fumado). Casi sin arrugas... ¡Y las manos! Las manos finas; manos con dedos largos y mágicos que supieran tocar el piano o escribir un cuento, o pintar un cuadro... En cuanto a la ropa.... Buenos, eso sería cosa del dios. La moda habría variado bastante y no podía caer al mundo despistado, ya que, en vez de observador, resultaría analizado, comentado, burlado y perseguido por monigote. Sí, el dios vería. Después...

     Después estaría listo para saber cómo había evolucionado aquello.

 

III - La Noche del Día de la Salida:

     Nicola Gianforte cerró los ojos de su inteligencia y esperó. Un par de segundos...

     Su alma amarilla palpó la tersura de la seda que comenzaría a rodearle hasta que, al abrir los párpados, lo mostrara completamente nuevo y joven. Alto, robusto, cabello ondulado y negro. No había espejos que reflejaran la armonía de aquel cuerpo. Pero Nicola la sentía. Y hasta podía adivinar que sus ojos eran azules...

     Estos se movieron con la misma velocidad con que sus manos recorrieron la nueva piel, fresca y vellosa, forrada en un ajustado enterizo azul acero. Un cinto plateado rodeaba su cintura y un metálico reloj marcaba los microinstantes del tiempo de los hombres prendido a su muñeca izquierda. Estaba listo. Preparado para el gran salto. Por supuesto, todo había resultado extraño, mágico y casi inexplicable. La promesa del dios, luego de aquella discusión sobre el futuro, se cumplía al pie de la letra. Y ahora sí, Nicola Gianforte pudo advertir todo lo húmedo y frío que, ungido de raíz, teñía de negro la subterránea morada.

     La bolsa blanca desapareció, súbitamente, de su vista. No hubo tiempo para preguntas tontas. Era lógico que ello sucediera.

     Sus pasos resonaron dentro de la bóveda. Ya no sobrevolaba la tierra sino que la apretaba entre los dedos envueltos en aquellas lustrosas botas de cuero negro. La Puerta del Cuarto de los Vestidos selló nuevamente el misterio, y, el pozo de luz, volvió a ser un punto decreciente a sus espaldas. Pocos metros faltaban para salir de allí, aunque no había resplandores que anunciaran al mundo.

     Sería de noche.

     Y habría estrellas...

      Esas incontables guedejas de calor que pespunteaban la soledad del universo estarían esperándole a él. Le darían el sentido y la dirección necesarios para sortear las cruces, trasponer el rejado y caminar las calles de la antigua ciudad de inmigrantes. El dios había tenido cuidado en ensombrecerla. Cualquiera que hubiera advertido su presencia inesperada, lo habría denunciado como a un monstruo onírico escapado como un zombie de aquellas tumbas de la Ciudad del Descanso. Y Nicola Gianforte era, en este momento, un hombre más respirando aquel aire abrasador que le anudaba la nariz ahogando sus pulmones...

     Siguió avanzando. Allí estaba la pequeña loza gris. Ahora la levantaría, despacio, como si en realidad nada ocurriera.

     Excepto la noche.

     La Noche del Día de la Salida.

 

     Tal como pensara, una estrella guió sus pasos. La Ciudad del Descanso había cambiado. Mucho. Cien años era bastante tiempo. Se había vuelto más intrincada. La aglomeración de criptas era pasmosa; tan pasmosa como la quietud del lugar.

     Cuando recapacitó sobre lo que estaba sucediendo, se sintió -en cierto modo- otro dios. ¿Cuántos hombres habrían soñado con esta oportunidad? Al cabo del fin, volver en la distancia a comprobar si el amor y la razón habían triunfado sobre el egoísmo y la necedad...

     A pesar del aire tórrido que circulaba en las aceras desiertas de los alrededores, la piel nueva y fresca de Nicola Gianforte se erizó de escalofríos. Es que su mente traía del pasado el recuerdo de la Gran Crisis. Sus años de empleado sanitario, el hambre de su familia extranjera, las horas de sueño amontonadas en escaleras abarrotadas de vagabundos sin destino; las luchas en fábricas y estaciones de trenes, las manifestaciones, los disparos de armas que cargaba el Diablo y descargaban los infelices...

     Su asesinato.

     Se vio allí, frente a la Compañía Química. Con Angelo caído en la refriega. Angelo, su amigo. Había que ayudarlo... Pero, de un soplo, la vida se les había escapado por el hueco sangriento que perforaba sus costados...

     Nadie supo bien lo que ocurría. Todos opinaban... Claro que, en la nueva habitación, uno olvida el pasado, cuelga los recuerdos, y sólo sirve para descansar...

     ¿Dónde estaría María? ¿Y Lucio, el mayor...? ¿Y Susana? ¡Cuánto tiempo había pasado ya! Tal vez..., de haber seguido recorriendo un poco más el Cuarto los hubiera encontrado: quietos, alineados, sin vida, pero limpios y ordenados. Y si el dios lo deseaba, hasta podría haber conversado con ellos...

     Sin embargo, Nicola, a pesar de su apocalipsis personal, jamás había dejado de insistir. Confiaba en el hombre.

     Cuando aquella tarde nubosa un látigo de fuego le nubló los ojos, y los carteles de colores se apagaron, y las flores de Parque Chico se marchitaron, y los árboles de su casa se conmovieron, alcanzó a perdonarlos. Estaba seguro que, algún día, aprenderían...

     Y le dijo al dios. Le dijo que estaba seguro de ello. Que, como buen siciliano, podía ganar a un vasco en porfía. Que estaba dispuesto a hacer una apuesta con él si era tan desconfiado.

     Y el dios había aceptado. Si ganaba, estaría a su lado como príncipe. Si era derrotado -por segunda vez-, tendría que ponerse a sus órdenes y darle ayuda en los quehaceres del Palacio.

     No era que el dios odiara a los hombres. Por el contrario, los amaba infinitamente. Les había dado vida, inteligencia y oportunidad de hacer las cosas bien, pero sabía algo que, Nicola Gianforte, nunca comprendería: la libertad era un don demasiado grande e importante como para manejarlo sin compromiso con el Bien Común...

     Pronto los muros de la necrópolis quedaron atrás. Se asustó un poco ante el silencio que habitaba la ciudad. No dejaba de mirar hacia arriba, agudizar sus vírgenes sentidos y contemplar los monumentos que la Humanidad erigiera como agudos alfiles emulando a Babel...

     Al final de la primera calle que tomara, rumbo al oeste, dio con una gran avenida. Le sorprendió su ancho aproximado a los doscientos metros, y su aire arrollado por el invisible paso de algunas pocas ruedas susurrantes lanzadas sobre la plana superficie gris a fantástica velocidad.

     Mucho de los carteles, de exagerado largo, estaban apagados.

     Miró su reloj: marcaba las doce de la noche. También le sorprendió el hecho de que, ninguna ventana de aquel centenar de rascacielos, emitiera destello alguno. La ciudad parecía tan muerta como el lugar de dónde provenía. Algo pasaba.

     La sirena aturdió su cerebro inexperto y sobresaltó su joven corazón.

     Estaba cruzando la Avenida Mayor -así denominada- cuando, de pronto, la estridencia se interpuso entre su temple y su miedo obligándolo a correr. La sirena parecía decir: ¡Alto! ¡Deténgase!, pero Nicola Gianforte había puesto alas a sus pies, y la serie de persianas ocultando escaparates de bazares se volvió un centellear de líneas que, a jadeantes trancos, lo encerró en aquel callejón cerca de un tanque recolector de residuos.

     La sirena siguió su rumbo y se perdió a lo lejos. Algo pasaba. Estaba muy confundido.

     La carrera despertó en su vientre nuevo un ancestral deseo: tenía hambre. Miró a su alrededor, y las sombras del callejón le negaron toda esperanza de probar bocado.

     Las horas transcurrieron pesadamente. Una luz amada lo sorprendió dormido, recostado sobre el tanque. El alba lo despertó. Ahora sí sus oídos percibieron mayor movimiento en la ciudad, aunque no tanto como podría haberse esperado.

     Tal vez, en algún lugar, un vaso de leche fría con dulce y tostadas estuviera esperándole. Su aroma refrescante tocó de modo imaginario las entradas de su atosigada nariz, pero la Patria del antiguo ayer,  estaba lejos. Muy lejos de ahí...

     Unas gotas de sudor le llagaron el rostro y entumecieron su boca. Tenía hambre y sed. Y sentía calor. La atmósfera explotaba en persistentes iones de energía, mientras el cielo, libre de nubes, era inmensamente azul. Como sus ojos...

 

     Se levantó. Acomodó su enteriza vestimenta, y marchó por las veredas de la Gran Avenida, bien pegado a los muros de los gigantes que atomizaban su humanidad.

     Por otra parte, la gente no se mostró atrevida como lo hubiera deseado. Eran sendas fugaces y nerviosas las que surcaban su entorno. Los vehículos iban y venían con rapidez por el amplio circuito, o podía vérselos elevar y aterrizar en las terrazas lejanas de aquellas soberbias torres de vidrio y acero. La ciudad ahora latía.

     --- ¡Eh! -la voz sonó ronca y dura-. ¿Qué hace ahí? -demandó.

     Nicola salió de su clima meditabundo, y, abandonando el paso lento y cabizbajo, giró la cabeza hasta encontrar la mirada de su interlocutor.

     --- ¡Venga! Puedo llevarlo. ¿Se ha descompuesto su vehículo? -preguntó la voz.

     Nicola dudó.

     --- Claro. Sí... Iba hacia Parque Chico.

     --- Ah, bueno. Puedo acercarlo. Pero..., ¿a Parque Chico dijo usted? Ese lugar no existe por aquí. Tal vez se refiera a Parque Dickson... -la voz cambió de tono y se trocó en manifiesta amabilidad.

     --- Eh... Sí. Eso es. Parque Dickson... -asintió Nicola: no en vano había pasado un siglo por allí arriba.

     El vehículo partió zumbando rumbo al norte, y quien lo manejaba no osó preguntar nada más. Era un hombre maduro, de unos cincuenta años; su cabello había sido teñido de azul y el rostro mantenía una sorprendente lozanía. Casi como la suya. Esto hizo que, Nicola, dudara al fin sobre su probable edad.

     El Parque se mostró inmenso y solitario. Inhabitado.

     --- Fue un milagro... -dijo el conductor al par que apretaba una serie de botones coloridos.

     El coche se desplazó sobre el césped del parque sin dañarlo, pues las ruedas se habían replegado dando lugar a una fortísima presión de aire comprimido.

     --- ¿Un milagro? -dijo Nicola a modo de singular turista.

     --- Sí. Voy a casa -agregó su guía-. Me esperan. Tengo a mi esposa a uno de mis hijos allá. El otro se ha escapado. No he podido hallarlo, pero estoy seguro de que estará a tiempo en el sitio... Tenemos que apurarnos -expresó luego con preocupación-. La radio aseguró que faltan sólo dos horas para que comience. Nuestra familia tuvo suerte. Tenemos los boletos rojos, así que... mientras haya vida habrá esperanza.

     --- Claro... -contestó Nicola sin entender nada.

     El hombre podría haber preguntado por él. Si a él también le había tocado el boleto rojo. Pero algo difícil e injusto podría haberse ocultado en tal pregunta. Así que guardó silencio. Y Nicola prefirió callar también. Ya vendrían las respuestas a lo que sucedía. Tenía dos horas para encontrarlas...

 


IV - Brigada de Niños Exploradores:

     El hambre, implacable, lastimaba las entrañas del resucitado. Una canilla de riego salvó su sed, pero el líquido cayó tan pesado en su estómago vacío que, al cabo de un rato, estaba vomitándolo sobre la encinta gramilla. En ese momento pensó que hubiera sido mejor haberle pedido al dios un cuerpo de caballo y no de hombre; aunque, por supuesto, seguro lo habrían perseguido, capturado y encerrado en un zoológico como ejemplar insólito, pues dudaba que, en esta época, alguien recordara las bondades de un equino.

     Miró el reloj. Las nueve de la mañana. Faltaba una hora y cincuenta para que sucediera lo que hubiera de suceder, según el hombre de vehículo errante que lo acercara al Parque...

     --- ¡Eh, niño!

     El niño corría entre las flores, se revolcaba, volvía a ponerse de pie, y apretaba un minúsculo botón del aparato que sostenía entre sus manos.

     --- ¡Eh, niño! ¡Espérame...! -gritó Nicola emprendiendo veloz carrera.

     El muchacho, asustado, se ocultó bajo un arbusto, manteniendo la respiración.

     --- Oh, no tengas miedo. Por favor...

     El niño tendría unos doce años. Era inefablemente rubio y pecoso. Vestía un enterizo verde con un cinto amarillo aferrado a la cintura. Era bastante delgado y, de súbito, como un payasito de caja-sorpresa estuvo de pie.

     --- ¿Qué quiere? -preguntó molesto.

     --- ¡Discúlpame! Es que por aquí no hay nadie a quien preguntar cosas.

     --- ¿Qué cosas? -dijo el chico permaneciendo inmóvil y ocultando su delicado aparato.

     --- Bueno, por ejemplo, qué hace un niño como tú por aquí. No veo a los mayores, ni a otros chicos siquiera...

     --- Soy de la Brigada -respondió el pecoso secamente.

     --- ¿De la Brigada?

     --- Sí. De la Brigada de Niños Exploradores.

     --- Ah, entiendo... -dijo Nicola sin entender nada-. ¿Y qué se supone hace una Brigada de Niños Exploradores...? -consultó.

     El pecoso hizo un gesto dubitativo con la boca, se frotó la barbilla brotada de sol, y, señalando con el dedo su pecho, afirmó:

     --- Soy su Jefe.

     --- Oh, claro... Muy bien. Eres el Jefe. Bueno, ¿puedes decirme entonces qué hace una Brigada de Niños Exploradores?

     --- Pero... Se supone que cualquier persona sabe lo que hace una Brigada de Niños Exploradores. No parece usted de este mundo.

     --- Es que... Lo que ocurre es que he estado muy enfermo y... he olvidado algunas cosas. ¿Me crees? -mintió Nicola, muy nervioso...

     El niño, en cambio, estoico en su puesto, rodeado de hojas y de flores y con la mano derecha pegada a sus espaldas, respondió serenamente:

     --- Bueno... Verá usted: una Brigada de Niños Exploradores es un pelotón de chicos que buscan objetos valiosos para los Archivos.

     --- ¿Los Archivos?

     --- Sí. Papá ha dicho que, dentro de una hora y media, los otros comenzarán a romper todo lo nuestro. Y nosotros trataremos de responderles. ¿Entiende?

     --- No. Creo que no.

     --- Papá dijo una palabra. Era corta. Sin embargo, no la recuerdo. Dijo que era una palabra muy empleada en otros tiempos por el hombre, y que ahora...

     --- Claro... Dime, ¿tus padres tiene boleto rojo?

     --- Sí, por supuesto. Y los papás de los chicos de todas las Brigadas también. Este es un trabajo importante.

     --- ¿Qué buscan?

     --- De todo. Mariposas, flores, hojas, pájaros, trozos de corteza, frutos, y además, sacamos... fotografías. Y filmamos también.

     --- ¿Fotografías? ¿Filmar?

     --- Sí. Yo soy el Jefe. Debo filmar y fotografiar. Las fotografías son lo más importante de un Archivo. Las fotografías perduran... De hecho, ni quéhablar de los videos...

     --- Y dime: ¿qué es o para qué sirve ese... boleto rojo?

     --- ¿Tampoco eso recuerda? Entonces... ¡usted no tiene boleto rojo!

     --- Creo que no. Y tampoco sé por qué no lo tengo.
     Nicola supo que había tomado la punta del ovillo. Sólo había que intentar desenrollarlo bien.

     --- Pero...

     El niño salió de su escondite, desvió la mirada hacia su izquierda y advirtió la llegada de varios niños más. Todos portaban unas bolsas pequeñas que parecían completas de carga.

     --- Allí vienen. Traen lo que les pedí.

     El niño pecoso pegó un grito y los demás comenzaron a acercarse hasta su posición.

     --- Son Lemour, Katia y Morsk. Lemour trae hormigas; Katia, mariposas; y Morsk, escarabajos...

     Nicola enmudeció.

     --- ¿Encontraron todo? -gritó el pecoso.

     --- Sí... -dijo el trío que avanzaba a grandes trancadas.

     --- ¡Bravo! -exclamó el pecoso, y marchó a su encuentro.

     Nicola sólo atinó a girar su cabeza y a cerrar los ojos cegados por el sol que coloreaba la floresta del Parque. Los juegos metálicos brillaban y, de pronto, oculto tras una arracimada cortina de árboles, el Cohete erigido en el centro del área apareció aprontando sus motores, listo para partir...

     Los niños corrieron y corrieron hasta quedar a unos cien metros de él, y, de cuclillas, revisaron el tesoro de bichos y objetos que habían conseguido recolectar.

     Entonces, el pecoso hizo un gesto y los otros tres dieron un brinco, tomaron sus bolsas y se perdieron en gran carrera hacia la zona de monobloques que circundaba el espacioso terreno verde.

     --- ¡Nos vamos! -dijo el pecoso.

     Levantó su mano y Nicola sintió el alma del niño dentro suyo.

     --- ¿Se van? ¿Adónde? ¿Por qué? -preguntaba Nicola en forma atropellada, y viendo que la oportunidad de aclarar la situación se escapaba...

     --- A casa. Después al Refugio. Allí estaremos hasta que pase todo. Créame que lo siento. Siento mucho que usted no tenga un boleto rojo. Nos esperan. No podemos ... Nuestros padres se volverán locos. Nos hemos demorado en el trabajo...

     ---  ( ...).

     --- ... y creo que ya deben estar bastante preocupado con nuestra fuga. Pero es Primavera. La última quizás, y no podíamos fallar... ¡Adiós!

     El niño rotó sobre los pies y cruzó a tranco con sus amigos el ancho del Parque, espesando aún más su vacío humano.

     Nicola había quedado solo. Y hasta había comprendido todo.

     Guerra...

 

 

V - Primavera de tumbas:

     La guerra vendría con esta arredrada primavera.

     El canto de la tierra acongojó su corazón y lo tornó húmedo y frío. Nicola sintió que las lágrimas dolían.

     Miró de nuevo su reloj. Faltaba media hora para que comenzara. Y el aire tórrido -otrora fresco, hace un siglo apenas de las nueve y media de la mañana-  que enrojecía su piel, era simplemente el calor adelantado por el sudor del miedo que bañaba las vidas de una Gran Ciudad...

     Inerte sobre la gramilla reverdecida, pareció escuchar los pasos de su niñez imaginando filmes, golpeando chaparelas en las paredes despintadas del barrio o surcando aerolitos de caña y papel con los colores de su equipo de fútbol favorito.

     Estaba derrotado.

     El dios no se había equivocado. A pesar del tiempo nada habían aprendido. Y eso dolía. Dolía como un pedazo duro de pan en una mesa desierta o un chocolate negro escondido tras una vidriera indiferente...

     --- ¡Canten! -gritó.

     Y el eco de su voz despertó a los jilgueros.

     --- ¡Arrullen! -gritó.

     Y al cucú de las palomas del Parque coreó la última existencia.

     --- ¡Reciten! -gritó.

     Y los Poetas clamaron su elegíaca añoranza.

     Después, arrodilló su cuerpo, besó la tierra con devota unción, y se puso de pie.

     La tumba esperaba.

     Y afuera, un torbellino de gentes sin pasaje al mañana empezaría a correr, a sacudirse, a tropezar y a suplicar en medio de un espanto sin fin que alzaría sus cuerpos muertos hacia los dioses, como el polvo de un billón de tumbas errantes...

 

     Nicola Gianforte atravesó, abatido, el pasadizo oscuro, húmedo y frío de su hogar. El pozo de luz volvió a surgir frente a él, y la Puerta del Cuarto de los Vestidos se abrió a su hálito fantasmal.

     Se quitó el cinto plateado y el traje azul acero. El reloj se desintegró súbitamente. Pronto la materia fue una enorme sombra. Una sombra con alma amarilla y una bolsa blanca atada a su muñeca.

     Los cuerpos seguían allí, limpios, quietos y ordenados. Nicola alcanzó a preguntarse algo antes de volver sobre sus pasos para quedar encerrado en el viejo cofre caoba: “¿Dónde pondría el dios a los que llegaran? ¿Habría lugar aún para tantos?

     Y hasta pudo adivinar quién sería el encargado de que ello fuera posible.-


 

P.-S.

Del libro “Los Últimos Días” (Ed. Colmegna SA, 1977). Versión 2005 corregida para el libro (inédito) “Nostalgias del Futuro - Antología Fantástica”(La Botica del Autor - Santa Fe, Argentina - 8 al 27-07-2005).-

Este artículo tiene © del autor.

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