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Cuentos de Héctor Álvarez Castillo

de METAMORFOSIS, Buenos Aires, 2005

Héctor Álvarez Castillo

Argentina



En los relatos que componen este libro, Héctor Alvarez Castillo ha sabido recorrer la difícil comarca, erizada de dificultades y de trampas, donde nacen y se desarrollan los cuentos. Lo ha hecho, como corresponde, con el ojo tan vigilante como el oído, de manera que las tramas -a veces, situaciones; a veces, vueltas de tuerca; a veces, sorpresas bien graduadas- desembocan, naturalmente y sin tropiezos laterales, en el final que el autor ha previsto y, afortunadamente, el lector no.
Fernando Sorrentino

Topología celeste
   
 
  Los Teólogos equivocaron la ubicación del cielo, del purgatorio y del infierno. Error difundido por superstición, prejuicio o costumbre que la Fe jamás se atrevió a corregir. Esta histórica y humana tergiversación del Credo expresa que el purgatorio se halla entre el cielo y el infierno, y que es el sitio al cual se retiran las almas para sanarse, no por castigo, acción que sí acaece en el lugar que en nuestra lengua lleva nombre similar al de enfermo y que Dios, con delicadeza, creó para ese fin. No siendo la ubicación del purgatorio la que hasta hoy se consideraba como auténtica, se percibe que en realidad a las puertas del cielo está el infierno y que, entonces, sólo y tan sólo debajo de él -por designar alguna determinación física accesible al entendimiento humano-, se encuentra el purgatorio. Los que no logran permanecer en el cielo caen abruptamente al infierno, arrastrando con ellos piedras y otras molestias que no son más que obstáculos, memoria y tormento para esos desgraciados. Ellos saben que desde cualquier punto de las galerías del infierno se contempla el infinito cielo, y esto los abisma hasta el horror, horror que ni la Santa Inquisición fue capaz de atisbar. Del purgatorio, algunos místicos han divulgado -tal vez presos de conducta herética- que por él no se va hacia ninguna parte; pero, merced a la ciencia y con una mano puesta sobre el corazón, debo confesar que es casi seguro que esto no sea motivo que interese ni a los del cielo ni a los ímprobos del infierno.

 

Palermo, septiembre de 1994

 

Paco
 
 
Dormir con una mujer es vivir el peligro de que se alce en el silencio y que nos encuentre indefensos y aletargados ante esas frágiles manos. Peor es abandonarse al sueño sin que ella haya llegado al lecho, algo común para los hombres que se adueñan de muchas y raramente duermen solos. Pocos deben darse cuenta de lo inermes que están semidesnudos y rendidos ante aquella que tantas injurias y malos recuerdos atesora. En un instante puede decidir lo más avieso y el cuchillo de la última cena penetrar el cuerpo caliente e inmóvil, o un golpe fuerte y sordo estrellarse contra la cabeza desvanecida a un lado de la almohada. Una cuerda que se cierra, la garganta de un ahorcado, la entrega a un adversario anónimo, nacen de un simple arrebato. También es concebible atravesar con una flecha el rojo corazón tantas veces amado y dicho con sensual delicia. Pero una flecha lanzada desde cerca es una señal demasiado fugaz, se necesita mayor distancia para apreciar la belleza en su curso raudo y homicida. Formas distintas, tan eficaces y breves, algunas gracias a un solo pero intenso dolor, y luego la mirada fija e impotente, y el golpeteo acelerado y final antes del largo viaje. Sin pensar siquiera en un disparo, vestigio horrendo y vulgar.

Paco, sin duda existen muchas imágenes de venganza femenina, de discreta revancha contra el tirano dominio de tus fuertes brazos. Llenar tu boca con las hojas de un árbol que te fue consagrado, dejar que entre en el sueño un salvaje jabalí y que la bestia destroce tu cuerpo. Pero no, Paco, tú sabes que eso no se puede hacer y que tus manos no son tan diestras como las de Atis, que dejó la vida con un gesto casi viril. No, Paco, no... Emascular tu sangre tal vez sea un poco más doloroso, pero no vas a morir y el resto sólo te será más difícil.

Almagro, diciembre de 1991
 


Espuma del mar
 
 
-¿Cuánto hace que no le dice te quiero a su mujer?

-¡Y a usted, qué le importa!

-Me interesa que responda.

-¡Cállese, lo que es importante yo lo sé mejor que usted!

-Usted sabe menos de lo que cree.

-¡Cállese! ¡Le he dicho que se calle!

-Va a responder o va a responder. (Le aprieta la boca con violencia, se la abre.) ¿Cuánto hace que no le dice te quiero a su mujer? (Larga pausa.) ¿Cuánto hace?

-Desde que la deje de amar. (Cambia el tono.) Desde ese día.

-¿Fue un día? ¿Qué día?

-Fueron muchos días, pero es un solo día, un largo y único día. (Habla con lentitud.)

-¿Está vivo, usted está vivo?

-¡Qué dice!

-Digo si está vivo, ¿está vivo o está muerto?

-¡No me ve! ¿Cree que soy un fantasma, que soy un aparecido?

-Sabe a qué me refiero. Me refiero a sensaciones profundas, no a meros gestos, actos que el arte podría imitar.

-El arte no imita, es la vida la que...

-¡Olvídese de esas tonteras! Le estoy hablando en serio.

-Estoy vivo...

-Sin pasión es un muerto, un cadáver que anda por la vida confundiéndose con el deseo de los otros. No hay un punto más alto de la vida que el de la pasión y usted ahora está lejos de eso.

-Supe estar al lado de la vida más de lo que usted supone. Usted recién sabe de mí.

-Pero averigüé muchas cosas. Sé lo que usted ha olvidado, sé de sucesos que nadie presenció.

-¡Acaso es Dios!

-No hay Dios, hay hombres.

-¿Entonces, por qué me interroga acerca de una mujer?

-Tengo libertad de hablar sobre lo que deseo.

-Usted es un payaso.


(Silencio.)


-Desde ahora limítese a responder. No hable de más.

-¡Payaso!

-¿Cómo la conoció? ¿Cuándo supo de ella?

-¡Cerdo!

-Le molesta acordarse. ¿Por qué le molesta tanto? ¿Nunca va a hablar ante los otros de eso, sólo va a hablar con usted mismo, con su soledad, con su dolor por compañía? Lo va a vencer, no va a poder con él, se hace poderoso, fuerte, es un animal que avanza y arrolla con todo lo que se cruza a su paso.

-¡Cállese, dije que se callara!

-No tengo por qué obedecerlo. Va a escucharme y a purgar eso que lleva dentro y que no es capaz de expulsar.

-¡Cállese! ¡Cállese de una vez!

-¿Dónde la conoció?


(Pausa.)


-En la calle que va por detrás del edificio. Iba caminando, iba sola...

-Y por eso la odia.

-¿Quién dijo que la odio? ¿Quién dijo que por eso?

-¿Por qué entonces? ¿Por haberla conocido?

-No la odio, nunca he odiado a nadie.

-Mentira, todos hemos odiado alguna vez, todos hemos sido capaces de matar. Si no lo hemos hecho es porque algo fortuito lo impidió. Algo desvió nuestro camino.

-¡Exagera, está loco!

-Exagero, estoy loco, sí, y eso es lo que nos interesa, lo único que nos estimula a seguir. Hábleme, hábleme de usted. Hábleme de ella, hábleme de ese día.

-Ya le dije, es un largo día.

-¿Un día que no ha acabado?

-Un día que no ha acabado. Un día que no acabará nunca.

-Hable de ese día, eso es lo que deseo saber, eso es lo que importa, el resto son ficciones, disfraces.

-¡Disfraces, tal vez ese día también sea un disfraz! ¡Qué ocultan las máscaras, qué monstruosidad las habita! El mar es la verdad, en él no hay falsedad, es absoluto, es uno, en el silencio y en el mayor ruido, en el ruido ensordecedor de la rompiente, en el amanecer y en la noche, el mar es uno.

-Deje al mar de lado, hábleme de usted.

-Yo, ¡qué hable de mí! (Pausa.) Bueno, acepto, voy a hablar de mí. Tengo virtudes, algunas. Sin duda que también tengo errores, errores míos, bien míos. Usted, justo usted, no va a dudar de eso. En pocas palabras, para equivocarme me equivoco por mí mismo, no voy a andar imitando las zonas negras de los demás, me basta con lo propio. Que cada uno se equivoque por sí mismo, eso siempre fue mi lema. La felicidad...

-(Interrumpe.) ¡Usted habla de la felicidad de vivir!

-¿De qué otra cosa vamos a hablar?

-Pero de eso no se habla, de eso se calla siempre...

-(Interrumpe.) Hasta que el agua llega al cuello y no sabemos de qué otra cosa hablar y ya no queda tiempo...

-(Interrumpe.) ¿La eligió?

-¿A quién?

-A ella.

-No, no sé... Tal vez sí. Iba caminando, la vi reír, vi los pájaros...

-Habla como un poeta: el mar, los pájaros, la espuma de los días...

-¡No, la espuma de los días no, la espuma del mar! Nacemos de ella, de la espuma del mar. Un dios infunde su aliento y nos da vida.

-¿Cree en Dios? ¡Déjese de esas tonterías ahora!

-En Dios no, en dioses, un Dios es poco...

-¿Y ella?

-Ella, ella es la espuma del mar.


Villa Urquiza, marzo de 2002 / Saenz Peña, febrero de 2005

Este artículo tiene © del autor.

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