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De viñas y veletas

Ángeles Charlyne

Argentina



“Bebamos, pero antes brindemos” -decidió Cosme, insoportable a la hora de dar órdenes y decidir los movimientos y la vida de los demás. Azucena su mujer asintió, de mala gana, levantando la copa y haciéndola rechinar junto a las otras.
Como en toda familia de la humanidad hay siempre alguien que decide que, cuando y como.
La terraza blanca, era una incitación. Todo se hacía allí, desafiando al sol, también el gallo, hacía lo propio, apostado como un soldado guardián, custodiaba los frentes de batalla, desde y sobre la veleta de la vieja iglesia.
Nadie retrocedía y las emociones estaban siempre a flor de piel, porque nadie se lo confesaba pero todos convenían en que un acuerdo silencioso los reunía esa única vez en el año, para celebrar el pretérito acuerdo -si es que lo hubo- capaz de construir semejante constancia a través de los siglos.
Los invitados eran muchos. Los complotados algunos menos. Los completados ninguno porque “la ninguna” era parte de la negación automática a los sucesos que escapaban a la comprensión automática. Por ejemplo la que encarnaba Azucena, que nada tenía de flor. Ella era una luz perdida en ese paisaje mediterráneo, un jardín errático en la penumbra de la vida de los otros y que solía incomodar, como lumbre en la tormenta.
Azucena sabía que aquella figura de hierro, imponente, con la cresta saliente y empinada, determinaría inminentes y drásticos sucesos. Lo supo la noche en que su abuelo “el profeta”, así lo llamaban los lugareños, se quebrara, diciéndole “Escúchame bien Azucena, debo contarte un secreto, serás la única que podrá salvar al mundo, rompiendo las pautas, las reglas, las normas establecidas del universo. Llegará el día -prosiguió diciendo- en que el viento y la lluvia se querrán llevar los sueños de la gente. Pero debes impedirlo. El viaje será sin boleto de regreso.
¿Lo ves? -preguntó el viejo. El... -señalando al gallo y su veleta- es dueño y señor de estas tierras, hace y deshace, se respira la vida, la muda... la pone a sus pies. No hay Dios que se le asemeje, ni siquiera el que está dentro del templo. Lo podrás constatar en un futuro próximo -finalizó sentenciando-. No me preguntes más. La decisión será tuya y el amor también lo será...
Y con un beso el abuelo selló el pacto con su nieta, alejándose de la Viña para nunca más volver.
Azucena asomada a la terraza y recordando aquellas palabras, miró hacía la torre. La veleta permanecía inerte, como una nada perdida entre la inmensidad arquitectónica que la rodeaba, la comparó con su vida de continuas humillaciones, rondada por el desamor y el silencio y comprendió. Miró esos brazos de hierro extendidos como puentes hacia la gloria, y se imaginó abrazada al cielo, respirando la pausa del agobio. Giró la cabeza para comprobar el resto de la escena. Levantó nuevamente el telón imaginario y prosiguió con ese juego que tanto la seducía. La cúpula mayor, con su punta rozando estrellas, se le antojó un juguete fálico, donde los pájaros anidaban y palomas se daban cita.
Los ángeles, que antes, fueron dorados, subsistían entre colgajos de musgo, mansamente descascarados, esforzados por sostener los famélicos clarines.
Las campanas... fauces hambrientas, sonaron estrepitosas, presagiando lo inevitable. Azucena se persignó y se quedó a la espera. La hora del grito estaba comenzando.
La ceremonia marchaba con el ritmo propio de la morosidad que uno se desea para las fiestas, cuya perdurabilidad se procura detener, para que el pasado tenga su oportunidad de juntarse con el presente.
Los chicos, inocentes de estas preocupaciones que sobrevolaban regiones misteriosas, jugaban los juegos de un destierro propio de la fantasía que significa irse, por una vez, de la vida diaria, buena o mala que les tocaba, vivir.
Las mesas dispuestas bajo las sombrillas amables, casi maternales por el abrigo, cuidaban que todos se sintieran incluidos. Cosme dirigía desde su estratégico rincón familiar, los aprestos dispuestos a no perder de vista que ese día, ese único día, el destino lo había escrito para ellos. Lo que no sospechaba era... que.
En realidad muchos miembros de esa corte desarrapada y miserable, cultivaba la exclusividad de quien creía que era su Dios.
Cosme hizo, con la ampulosidad de siempre, la indicación para que la ronda de mozos llegara puntual y atenta a cada uno de los comensales, para que nadie se sintiera discriminado o al menos lo intentó.
Cada mesero portaba su botella, que a la vez portaba la exclusiva cosecha de la finca, antes que nadie pudiera acceder al tesoro que el viñedo guardaba para propios y extraños. Como una delicadeza superior, esa misma botella llevaba el número de la mesa, para que la reciprocidad no permitiera albergar sospechas.
El brindis, en realidad la ceremonia central, más que los platos típicos, la complacencia de adolescentes y niños capaces de consentir, las parejas que se animaban a construir el futuro, los adultos en retirada de proyectos vitales, sólo dispuestos a aguardar los tiempos del destiempo, se galvanizaban para ese segundo donde se refundaba la virilidad de la descendencia. Donde todos, sin exhortaciones, contraían el compromiso de prolongar en el tiempo, la ceremonia, por la cual esa familia, cuyas ramificaciones muy pocos podían seguir, para no errar el camino, elegía su elegía.
Conmovía la solemnidad de abyectos personajes que, por un instante, rescataban la dignidad después de pasos perdidos.
La vacilación del jefe del servicio, un somelier de irreprochable pasado y trayectoria, hizo palidecer a Cosme. Toda la ceremonia transcurrió dentro de lo que la mayor parte de invitados e invitantes esperaban.
El sol declinó homenajes. Cuando la tarde decidió marcharse, con el garbo y el donaire de quienes se sienten seguros que su regreso es cierto, saludó con tres nubes alargadas. Los visitantes, emocionados por la renovación de la fe y el compromiso remoloneaban demorando regresos. La tarde se prestaba. Tal vez y ellos lo ignoraban, era lo único que se prestaba ese día en ese lugar.
Cuando se licuó la urbanidad, Cosme, con residuos de curiosidad, amortiguados por cuatro generosas copas del vino elegido, buscó a Pierre el somelier, para interrogarlo.
El hombre dueño de todos los desencuentros imaginables, escuchó la consulta, se encogió de hombros, para explicar, sin mayor énfasis, que las piletas -donde se albergaba el vino -, fueron visitadas durante la noche por el viento del norte y la tormenta impiadosa pudrió la cepa ansiada, elegida y por supuesto ignorada por todos.
El hombre, miró a Cosme y se marchó. En su casa, se encontraría con Azucena, -su amor prohibido... hasta hace instantes-, para subir un barrilete peregrino antes que el lucero avisara la llegada de la luna. Las maletas descansaban sobre la cama, prontas para el viaje; pero faltaba el último aullido, la fatídica señal... el desajuste, entonces sí llegaría la culminación, el milagro.
Cosme, acongojado y solo, giró la vista hacia la iglesia en busca de sosiego... pero los ángeles ya no estaban, en su lugar un anciano de larga barba blanca pareció elevarse como una paloma ligera de equipaje.
La veleta se meció gradualmente y como un reloj marcando las horas señaló que el tiempo era ese.
El gallo respondió al mandato de la naturaleza. Sus plumas se abrieron como abanicos, deseosas de libertad. Su pico en alto ejerciendo poderío, apuntó al firmamento como un misil devastador.
Un relámpago fue respuesta, cayendo lineal e iluminando la cresta de hierro.
La tierra se bañó de un río rojo y acuoso. El adiós llegó oportunamente como la lágrima derramada sobre el rostro de Cosme.
A lejos se oyó el quejido rumoroso del mar y una embarcación que zarpaba.
Respiraron vientos nuevos sobre la Viña polvorienta, cuando un cuervo, impávido de malos augurios se despedazó en el aire...

*Texto concebido a partir de “Las veletas de Minutti”

Dedicado a su hacedor: Rafael Cortés Minutti

Las Veletas Minutti ®

Cerrada de Schubert Núm. 8
Fraccionamiento Indeco Ánimas.
CP. 91190
Xalapa, Ver. México

Este artículo tiene © del autor.

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