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   El despertar de Pancho Vegas era siempre armonioso.  Comenzaba con la dulce palabra, la caricia de mujer, y la primera tacita humeante de café recién colado que agradecía entre bostezos. Mujer de carnes firmes y rostro sugerente. Café de las montañas orientales, de primera calidad.
   -Pipo,-le daba los buenos días con palabras y caricias-qué quieres desayunar, invitación  que podía tener más de un sentido.
   De acuerdo con la decisión que tomara el dichoso, su mujer iba a la cocina a preparar el menú, o al baño a mejorar su higiene y aspecto. Luego de cumplir con lo que se precisara, ella abría la ventana y la habitación se bañaban de sol y de paisaje. Ni la mano más talentosa movida por la inspiración más aguda y armada con los más vivos colores habría podido tan siquiera imitar aquel derroche de la naturaleza.
   Era un paño de cielo azul y nubes blancas, un lomerío verdísimo en el horizonte y la imprescindible palma real, solitaria y altiva, meciendo suavemente sus pencas con ritmo de bote al pairo.
   Pancho Vegas no recordaba el origen de aquella palma. Siempre estuvo allí, y ya nadie recordaba si había sido plantada por la mano de algún labrador,  caída del pico de un pájaro andariego o arrastrada por un casual simple golpe de viento de todos los días.
   Mirada de cerca, lo mismo que algunas mujeres impactantes a primera vista, la palma no era tan perfecta. A pesar de su majestad, ese árbol que adornaba su ventana  cada mañana,  estaba saturado de cicatrices horribles, heridas que los soldados le dejaron después de terminar sus ejercicios de tiro y abandonar el caserío, huellas que le quedaron de la temporada de elecciones cuando le cubrieron el tronco de alegres pasquines de todos los colores y la hicieron parecer un tótem de sonrisas y promesas, un monumento a las aspiraciones de los políticos durante su última milla rumbo al poder.
   También deslucían su tronco las mordidas del tiempo, los picotazos de los pájaros, el tránsito hiriente de las cercas de púas, el horadar de los insectos y varios juramentos de amor tallados a punta de cuchillo junto a otras fechas nada románticas señalando la hora en que naciera algún ternero o le tocara parir a la vaca.
   Sin embargo, a pesar de todos esos menoscabos, la palma   lucía y se regalaba a la vista y era un gala en los amaneceres de Pancho Vegas y su mujer.
   Pero un día se rompió ese encanto. Ya no fue solo cielo y palma lo que vio el desperezado al otro lado de su ventana, sino algo más, inusitado y enojoso, que le corto el primer bostezo y lo hizo saltar de la cama.
   -¡Eh, qué coño es eso!
   -¿Qué va a ser, Pancho Vegas? ¡Que no se diga, hombre! ¡Que tu patio amaneció engalanado!!Mira pa'llá!
   Se frotó los ojos y no llegaba a creerlo, pero mientras más despertaba más la veía. No era alucinación, ni cansancio de la vista, ni confusión. La bandera estaba allí, rojinegra, prohibida, estridente, retadora y subversiva, estallando en lo más alto de la palma, recordándole que no todos sus semejantes estaban de acuerdo con su bienestar..
   -¡Alcánzame las botas, carajo!
   Comenzó a vestirse con prisa y torpeza. Ya estaba echándose al cinto el revólver calibre cuarenta y cinco cargado con sus seis balas cuando tocó a la puerta el fiel subordinado cabo Cañete quien ya se había enterado de la novedad y venía a informar y prestar sus servicios.
   -¡Sargento! ¿vio la bandera?
   -Ojos para ver tengo igual que tú.
   -¿Salgo a averiguar quién fue?
   -¡Primero hay que bajar ese trapo, cabo!
   Corrieron al patio, que era el lugar de los hechos consumados. La mujer se quedó sin entender por qué le habían dejado en la mano la bandeja con las tazas de café. A prudencial distancia se asomaban los primeros curiosos. La presencia de los militares los ahuyentó, pero solo en apariencia, porque se replegaron tras los visillos y las rendijas.
   -¡Baja ese trapo, Cañete, bájalo ya!
   Cañete se quitó las botas, el cinturón, la funda del revólver, el sombrero y  frotó sus manos antes de abrazar el tronco blanquecino y áspero. De nada más ver como lo hizo, Pancho se dio cuenta de que había pasado por alto un sabio consejo: nunca des una orden imposible de cumplir. Eso desmoralizaba, colocaba al soldado en una situación sin salida decorosa. Peor sería una contraorden, así que cruzó los dedos aspirando a un milagro.
   Cañete puso el alma en su empeño, se impulsó olímpicamente, braceó desesperado y pujante y vino de regreso más rápido de lo que había subido. En eso les llegó desde la distancia el murmullo burlón que se escapaba detrás de alguna ventana.
   Pancho Vegas levantó el puño y gruñó una maldición. El cabo recogió los hombros y subió las cejas, había hecho lo humanamente posible, quizás un poco más.
   -¡Ese trapo tenemos que bajarlo de cualquier manera! ¿Tú me entiendes?
   El cabo no entendía, no creía en milagros ni era mago, aunque habría querido serlo para complacer a su jefe. Se exprimió la memoria buscando alguna alternativa. En un instante de claridad recordó a cierto personaje del pueblo que se pintaba solo para el caso.
   -¡Palmiche, sargento, Palmiche!
   -¿Qué?
   -¡Facundo el palmichero!  !Palmiche!
    Los ojos de Pancho Vegas se avivaron. Sí que había utilizado el cerebro su fiel cabo Cañete. Le dio un manotazo en la espalda y sonrió, por primera vez, ese día.
   -¡Ese es el hombre!
   Cañete había nombrado a la persona  más competente, alguien que era bien conocido por todos. Desde pequeño había admirado y hasta envidiado la singular destreza de Facundo Palmiche. Los troncos de casi todas las palmas de la comarca se habían doblegado ante su habilidad de trepador. Durante años, día tras día, consagrado a ese arte riesgoso, Facundo le había sacado a las alturas el sustento de su extensa familia.
   -Y en el 48 -recordó Cañete, -cuando las elecciones, ¡como se lució ese hombre!
   Las elecciones eran el carnaval de la política nacional. De punta a cabo toda la islita se revolvía en el jolgorio de la celebración. El ingrediente de júbilo y festejo lo ponían las conguitas y los voladores, las competencias, las rifas, las fritadas, las carreras en sacos, las ruletas y la atracción máxima, que era gatear sobre las palmas. Para eso fueron convocados todos los palmicheros experimentados de los alrededores. El premio era de diez pesos, lo ganó Facundo, al que más tarde y en honor a su pericia, le engancharon el apellido de Palmiche. Ese 1948 fue el año de su gloria. Luego el show de la política perdió sus luces, cada cual fue a lo suyo  y Facundo fue olvidado.
   En esta ocasión, aunque no había elecciones, Pancho Vegas precisó de las mañas de aquel hombre.
   -¡Tráemelo ya!
   Cañete corrió a la casa donde vivía el diestro, se lo encontró quieto y gordo como un gato castrado. Cuando   lo enteró del asunto, Facundo no dio muestras de entusiasmo. Estaba viejo, varicoso y algo ciego, de aquella destreza solo le quedaba, a mitad del camino hacia el olvido,  la fama y la leyenda. Cañete tuvo que aclararle que no había venido a convencerlo, sino a ordenarle. Sin él no podría regresar. Casi a rastras lo trajo, de muy mala gana, sin afeitar, con las greñas despeinadas, rezongando.
   Traía la sucia cuerda colgada de su hombro derecho y sus espolones tintineaban marcándole el paso. Pancho ni siquiera lo saludó, solo le señaló la bandera y le dijo en tono imperativo:
   -¡Bájala.
   -Tan alto nunca he subido, sargento,-dijo el trepador con lo que le quedaba de voz- eso es mucho para mí.
   -Eso que te  lo crea otro, Facundo.-El sargento le dedicó una mirada colérica.
   -Se lo juro que no he visto palma tan alta.
   -Déjate de refunfuñar y sube, palmichero; mira que ya se me está acabando la paciencia.
   Facundo no vio otra salida, tendría que intentarlo. Ya no contaba el buen estilo de antes, pero clavó sus pasos con furia sobre el viejo tronco y trepó mientras rezaba. Al principio parecía muy dueño de la situación. Pancho no le quitaba los ojos de encima, calculaba emocionado los minutos y las pulgadas de su avance. Pero a mitad de camino Palmiche perdió el resuello, entonces fue más lenta la trepada.
   Cañete murmuraba maldiciones, sabía que lo que más necesitaba aquel hombre era un golpe de suerte, un impulso divino, pero nada de eso sucedió. Facundo Palmiche logró llegar al tope. La bandera, vista desde el suelo, parecía flotar entre sus manos. Pero él sabía que faltaba lo peor.
   “Un manotazo y es suya”,pensaba Pancho Vegas, pero Facundo no lograba agarrarla. Sus manos temblorosas no pasaban del aspaviento inútil.
   -¡Córtala!- le gritó el sargento, pero eso tampoco sirvió, en vano el cuchillo zigzagueó entre la brisa. Finalmente el trepatroncos se deslizó derrotado. Abajo habló de años y achaques, mala vista y artrosis.
   -Ponerse viejo es lo último- le dijo al sargento.
   Pancho sintió que todo el pueblo lo observaba y se burlaba de su fracaso. Hurgó en el polvo con la punta de su bota como si buscara la idea que le faltaba para terminar este cuento. Cañete también se exprimía las neuronas. Detrás de las ventanas la gente hacía apuestas. De repente el cabo dio con otra referencia estimable:
   -¡Basilio, sargento, Basilio el liniero!
   La proposición era lógica. El candidato era otro príncipe de las alturas difícil de igualar. Las manos de aquel hombre habían traído la luz a todo el vecindario, enlazando cientos de varas de cables en cuestión de días. Aquello le venía desde niño, hijo de lindero, estaba bien educado en el oficio y le sobraba el coraje.
   Lo habían visto hacía poco en el pueblo, tomando cervezas un domingo. Basilio se encontraba en forma, fuerte y sano, en pleno ejercicio del oficio.
   -¡Echamelo pa'cá.
   Era ya media mañana cuando llegaron al pie del árbol los ilustrísimos y almidonados representantes de las “clases vivas”. Rodearon la palma y compartieron el enojo y la indignación del sargento. Aplaudieron a la llegada de Basilio.
   -Eso ya está resuelto, sargento.
   El liniero ajustó sus correas, hizo firmes los arreos,  secó el sudor de su frente, reverenció al árbol como pidiéndole perdón y comenzó a subir, al principio derrochando destreza, luego algo lento, cauteloso. El también llegó al tope y pudo tocar con sus manos la bandera que restallaba como un látigo.
   -¡Córtela, Basilio!- ordenó impaciente el sargento -¡Córtela ya!
   Basilio inclinó su cuerpo, extendió sus manos, mientras abajo la gente aguantaba la respiración. Basilio arrancaba puñados de aire pero siempre se le escapaba la bandera.
   -¡Córtela ya, carajo!
   Vieron espejear el cuchillo entre la tela, pero nada más. Basilio comprendió que estaba haciendo el ridículo. Bajó sin que lo mandaran, y se fue por donde vino. Cañete fue a decir algo, pero el sargento lo calló con la mirada. Estaba harto de sugerencias. Solo dijo, casi gritó:
   -¡Tráiganme un hacha!
   El jefe de bomberos se prestó al pedido de inmediato, con él estaban resueltos el hacha y el hachero, pero el doctor Fernández, la máxima figura del partido en el poder,  lo detuvo con un gesto de alarma.
   -¿Qué piensa hacer con esa hacha?
   -¡Palma y bandera, las dos van abajo! -dijo decidido el militar.
   -¿Ha dicho usted palma? No puedo creerlo. ¿Con qué derecho?
   -¡Soy la ley y el orden, doctor, con todo respeto! ¡Y aquí se hace lo que yo quiero!
   -Y la palma, sargento, ¿sabe lo que es la palma, no se  lo enseñaron en la escuela, nunca recibió clases de Educación Moral y Cívica? ¡Que  herejía, darle de hachazos a una palma real!
   Pancho no supo qué decir. Algo le llegaba de lejos referente a esa planta. Fernández le refrescó la memoria, la palma era sagrada, imagen de cubanía, no por gusto estaba allí adornando nuestro escudo, y era tan mencionada en nuestros cantos, y tan repetida en nuestras galerías de cuadros.
   -Mire, sargento Vegas, mejor  piénselo  dos veces, tiene que haber otra solución.
   Con su mano sobre el lomo del revólver, como si buscara un bastón de apoyo para sus ideas cortas, Pancho Vegas malició la conveniencia de hacer caso al político. Desechó la idea del hacha y escondió su ofuscamiento tras una sonrisa forzada. Pretextando el calor de aquella mañana se fue al mostrador del Bar Miami a refrescar. El cabo le siguió la sombra, iba revolviendo su recuerdo, tratando de encontrar otro nombre de buen trepador.
   -Todo el pueblo está detrás de las persianas-dijo el sargento angustiado, mirando su vaso de cerveza helada.
   -Es la curiosidad -apuntó el cabo Cañete- ya sabe usted que en pueblo chico infierno grande.
   -Es más que curiosidad, -protestó Vegas- es vergonzoso, se están riendo de nosotros, cabo, nos están poniendo rabo.
   Se le terminaba la cerveza y no encontraba sosiego.
   -Una sola persona de este pueblo de mierda es capaz  de bajarnos ese trapo.
   Cañete se sorprendió al oírse. Pancho lo observó asombrado.
   -¿Y quién es esa persona?
   -El que la subió.
   -¿Te metiste a chistoso, o te hizo daño la cerveza?
   -No es chiste, mi sargento, que yo a usted lo respeto más que a mi padre. Y la cerveza lo que me hizo fue abrirme el entendimiento. Es más. Se me ocurre que podemos montar una trampa.
   -Te estoy escuchando.
   Tenía sentido la nueva propuesta del cabo. Lo primero que debían hacer era ofrecer una buena recompensa para aquel que fuera capaz de subir a la palma y descolgar la tela. Dinero constante y sonante. No una limosna, no diez pesos, no veinte, no cincuenta. Cuando menos quinientos, o mil, lo suficiente como para atraer al hazañoso.
   -No, Cañete, -dijo Pancho escéptico-, el que subió la tela no la bajará ni por todo el dinero del mundo. Son unos fanáticos que no tienen los pies sobre la tierra. Y si se juegan la vida en eso no se van a vender por ninguna cantidad.
   -Partiendo de que es un  fanático, sargento, ¿cuánta tela podría comprar con mil pesos? La suficiente como para llenar de banderas el pueblo.
   -¡Mil pesos! ¿Y de dónde carajo vamos a sacar tanto dinero?
   -¡Sargento! ¿Qué dinero? Esto es una trampa, no una competencia deportiva. Cuando tengamos al culpable, ¿para qué va a hacer falta el dinero?
   Pancho Vegas recogió los párpados y sonrió con picardía.
   -Me gusta eso, cabo, está muy bueno.
   Salió a anunciar la recompensa, dos mil por la bandera, sonsacadora oferta,  fueron muchos los que lo intentaron, algunos desesperadamente. Hasta Facundo el palmichero. aguijoneado por la miseria repitió el conato de la escalada.
   Pancho veía acabarse el día sin que nadie alcanzara a bajar la bandera. Vinieron todos menos el que más falta hacía. 
   -Cabo Cañete, esto va a tener que resolverlo el hacha y que sea lo que Dios quiera.
   Ya estaba cercana la puesta de sol cuando lo vieron aparecer.
   -¿Y eso qué coño es?
   Aquel hombre semejaba un desmedrado Supermán, un payaso, alguien que usaba un disfraz salido del carnaval. Venía con un andar ostentoso y lo que más  llamó la atención de los militares fue la combinación de colores de sus ropas: el traje rojo, la capa negra. Se presentó como Salomón, el piruetero del circo que había levantado carpa en las afueras del pueblo.
   -¿Cómo no se me ocurrió antes?- dijo Pancho Vegas mientras el piruetero comenzó a preparar sus cuerdas y garfios en tanto canturreaba un paso doble que levantaba el ánimo. Después de ajustarse la faja, entalcarse los pies y las manos y ocuparse de otros preparativos del oficio, Salomón pasó a concentrarse. Solo le faltó el redoble de tambores que siempre lo acompañaba en la pista. Con los ojos cerrados pensaba en ese dinero que ganaría de una sola encaramada. Ni el gran Ringling Bros  pagaba esa cantidad tan fácilmente. Saludó al escaso público, se persignó y dijo jactancioso:
   -Vayan contando ese dinero.
   Salomón si tenía estilo. Pancho Vegas se quedó maravillado contemplando tanta audacia y destreza. El titiritero llegó a la altura óptima, pero eso también lo habían conseguido los otros. El trepador miró abajo satisfecho. No había música ni alboroto de niños, ni globos ni pitos, pero sí dos mil pesos esperando por él.
   -¡Hombre de Dios, acabe con eso!-le gritó Pancho. El hombre trepó un poco más, se persignó y entonces, de un solo tirón,  sus manos de mago soltaron las amarras de la bandera que se desprendió caprichosamente, y movida quien sabe por qué caprichosas corrientes, le dio por sobrevolar el pueblo.
   Pancho y Cañete le corrieron detrás. Parecían muchachos tras un papalote ido a volina. Por fin, después de pasearse cuanto quiso,  la bandera fue a parar a las manos del cabo Cañete.
   -¡La tengo!- gritó triunfal, y corrió a entregársela a su jefe. Salomón esperaba por lo suyo. ¡dos mil pesos en diez minutos!
   -Es mucho dinero- dijo Pancho Vegas, no será bueno que te pague aquí en medio de la calle.
   El contento Salomón aceptó esa regla del juego no advertida, y acompañó a Pancho Vegas a cualquier lugar, al que creyera el  más seguro para entregarle el premio, y jamás lo vieron regresar.
El circo siguió su ruta sin el volatinero. Cuando su mujer la tragafuego preguntó por él, Pancho Vegas no supo dar razones de su paradero. Le dijo que seguramente estaría en el lugar que consideró apropiado para gastar sus dineros. Al otro día el sargento despertó con la satisfacción del deber cumplido. Después de frotar sus ojos se asomó a su paisaje y lo que vio ¡Santo Dios! Fue una bandera rojinegra danzando en el alto penacho y ya no habría un Salomón para bajarla.

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