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Sutilezas las justas

Nepomuk



Estoy salido. No un poco salido, o algo más testosterónico de lo habitual... no. Salido como el pomo de una puerta. Total y absolutamente salido. Pensando en sexo de primero, sexo de segundo, sexo de postre y sexo de servilleta.

No sé por qué estoy así, pero llevo tres días. Tres días acumulativos, porque Karlos ha tenido guardias y no ha podido dormir en casa durante dos noches seguidas. Y claro... eso nos ha hecho cruzar horarios, y que los momentos en que coincidíamos, también coincidieran con Simón, lo cual ha hecho complicado lo de darnos uno de esos revolcones improvisados a los que jugábamos antes. Enseguida aprendes que no hay revolcones improvisados cuando a tu alrededor pulula un niño de cinco años tirándote de la camiseta preguntando que si le enseñas a tirar "calastas al malonmesto".

Hoy ha sido el peor día de todos. El día en el que, si hubiera podido restregarme contra algo sin levantar sospechas, en plan caniche desatado, lo habría hecho sin dudar. Karlos se acostó a eso de las nueve y algo de la mañana, justo cuando yo empezaba mi jornada laboral. Y me he pasado cada una de las ocho malditas horas de trabajo empalmándome y desempalmándome, mientras me regodeaba mentalmente en todo lo que podría hacerle debajo del edredón que en esos momentos se le trenzaba al cuerpo. He vuelto talmente a aquellas épocas idiotas de cuando nos conocimos, cuando yo iba a correr a las pistas del canal a las 7:00 de la madrugada, sólo para poder oler unos segundos de su cuello en transpiración. Aquellas en las que cada vez que me rozaba en el supermercado, aunque fuera una décima de segundo en un milímetro de piel, se me erizaban hasta las orejas. Que ya ni recuerdo la cantidad de cereales absurdos de animalitos varios que llegué a comerme en aquella época sólo por no mirar ni lo que compraba. A eso exactamente he vuelto. Sólo que esta vez lo sabe, claro. Porque otras cosas se me darán bien, pero lo que es la estrategia amorosa... Yo solito me cocino y me sirvo al enemigo en bandeja de plata, en medio minuto de ansiedad. Todo guarrobaboso, le he llamado y se lo he dicho. Sobre todo pensando en que cuando llegara a casa, haríamos la cena, bañaríamos al niño, cenaríamos, haríamos un adormirsimón, le leeríamos el cuento de la granja de Pito Pato (que ya los tenemos estudiados y ese son 10 páginas que se leen en un pispás) y luego nos quedaríamos solos para poder convertir las patas de la cama en serrín (y quien dice de la cama, dice de la mesa, de la cómoda, del sofá y hasta de la puta lavadora que me hubieran puesto por delante), pero no. NO. Porque pase lo que pase, SIEMPRE podemos caer en la ley Murphy. Y mi ley Murphy de hoy, son dos cuñados que han venido a ayudar a arreglar el tejado y que, alegría, alegría y Pan de Madagascar, se quedan a cenar y a ver The Walking Dead.

Y que dicen mis huevos que qué bien. Que qué chupi todo. Que por qué no se quedan también a dormir y así completamos un día estupendo, hombrepordios...

Ver en línea : http://nepomundos.blogspot.com/2013...

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