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EL VIEJO DEL PARAGUAS BLANCO

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



A mis sobrinos y nietos, simiente alborozada...

Hacia el nuevo Edén:

   La noche llegó. Y era muy bella.

   La noche vino con una brisa fresca que alivio la paciencia de muchos ante el calor húmedo del enero latino. Su paso acariciante invitó a grillos y vecinos a esperar la medianoche en los jardines noctámbulos o en los porches patriarcales de las casas del barrio suburbano vestido a media luz. Aquellos, con su agrietado timbre; éstos, dibujando lunas, contando estrellas, o hablando de modas, deporte, política o economía...

   Solo el viejo no estaba en las aceras.

   Con la ventana de su Altillo abierta de par en par, se había recostado arropado aún volcando su  memoria en recuerdos casi lejanos en el tiempo...


   Una tierra nueva, salvaje y turbulenta lo estrechaba en una lluvia de gases y moléculas de vida aún intoxicadas por el arrebato creacional. Recién había nacido y estaba solo. Y era muy pequeño. Tan insignificante... El ruido de los motores de Dios ganaba el espacio, y todavía parecía no haber lugar para él. De modo que corría y corría entre nubes de seda y esperanzas urdidas por el Señor de Todo y de Todos, hasta que se vio crecido por los años, y desnudo en aquel vergel que gustó en llamar El Paraíso.

   Después que Eva aterrizara a su lado, los demás hombres también acabaron por nacer.

   El Paraíso fue el sitio de luces y sombras que Dios mandó a construir para ellos, y su descendencia...

   Pero fue una felicidad pequeña. Tan pequeña e insignificante que, al paso de la Historia, sólo quedó como una metáfora de la forma evolutiva en que la especie había asomado su inteligencia, voluntad, sentimiento y libertad en el Universo.


   Fue así como, desde Atlantis a Sodoma, y de París a Las Vegas, pasando por cada gran ciudad que ellos levantaran, y por cada rústico pueblo de avanzada colona que alzaran, se lo había exiliado. No había lugar para él en ninguna posada. Centuria tras centuria. Milenio tras milenio...

   Costaba, pues, encontrar el punto indicado. Uno sólo, siquiera. La armonía y el razonamiento se doblegaban al orgullo: la soberbia, la avaricia, la envidia y la vanidad lo tejían sólido e inmutable. Con una enorme capacidad para obnubilar aquellos dones primigenios con que el hombre había nacido a la tierra, desde la tierra...

   Por eso lo había intentado: encontrar un punto desde el cual comenzar nuevamente, conforme a los principios del Plan Maestro o Director.

   Pero dos millones de años después, acabó por declararlos necios.

   A todos. O casi sin excepción. La santidad era un espejismo en el desierto de la concupiscencia. Y ya no había Juanes Bautistas que proclamaran el Reino en este mundo.

  
   El, con su paciencia infinita y misericordiosa, setenta veces siete crucificado y resucitado, pareció cansado de verse eternamente incomprendido y rechazado.

   Su Mapa Humanístico de Situación parecía un mudo cementerio de colores agitados.

   Pero los hombres no sabían de cementerios. Y el cupo de mártires de la bondad se había agotado. Con tristeza recordó el Diluvio y la destrucción de Gomorra y su vecina corrompida. Nuevamente, la autodestrucción esta ahí, y nadie parecía darse cuenta, ni aceptar los alertas naturales.

   Entonces, como en un milagro de muchas noches de oración en el Monte del Desamparo, el punto que buscaba brotó...

   Sin embargo, no pudo presentarse en seguida donde sintió latir otra vez su confianza en ellos. Primero, se hizo cargo de aquella reducida partida de apóstoles consecuentes, pero melancólicos e introvertidos que, por su desesperante moral, merecieron su especial atención...

   Entusiasmado, les renovó poderes y autoestima, y los lanzó de dos en dos en busca de almas perdidas. Después, firme su ánimo, El también partió...

   Estaba en Megalópolis. Preparó las valijas, pagó el hotel, subió al avión, luego al ómnibus y, al cabo, aunque hubiera podido proceder de otra forma conforme a sus extraordinarias facultades demiúrgicas, descendió como un mortal más a ese pueblo. Al nuevo Edén predestinado, por su irrefrenable afecto a la vida...


   Y el nuevo Adán esperaba, sin saberlo por supuesto.

   El viejo (por lo de eterno joven), suspiró profundamente desde el Altillo, y supo que la noche bella y fresca duraría novecientos noventa y nueve mil años.
   999 mil (por lo menos).

 


Don Carlos Bonafortuna:
 
  No fue sino desde que don Carlos Bonafortuna comenzara a sentir cosas extrañas en el alma y a desvelarse en sueños de atrevidos arlequines, que el tiempo volviera a tener importancia para él.

   Era indudable que, hasta ese instante, las horas habían latido -midiendo el pulso del Universo- tan lenta o velozmente como siempre aconteciera. Y era lógico suponer también que, ningún hombre -y menos don Carlos, cuya esperanza se había robustecido aquel día, como un milagro, misteriosa y totalmente-, habría puesto su cabeza a pensar que, en algún momento, el péndulo divino -oculto en la sangre de lo vital- podría agregar a su lista de servicios horarios una instancia más en el acomodado -insconciente- transcurrir de la existencia humana...

   Nacimiento era un pueblo donde nunca pasaba nada. ¿Y entonces, por qué...?

  
   Lo cierto es que desde aquella jornada, el número novecientos noventa y nueve comenzaría a tener desmedida consideración para el viejo Bonafortuna.

   No en vano, noche a noche, miedo a miedo, y fiebre a fiebre, había sumado a su primer muñeco fantasmal -a quien viera danzar sobre las agujas de un gigantesco reloj como a un dislocado minuto transformado en año-, esos novecientos noventa y ocho payasos de colores indefinidos que ensanchaban muecas, estiraban sus lenguas y aturdían los sentidos con estridentes carcajadas...

   Primero habían ido apareciendo, codo a codo, deslizándose a velocidades discontinuas sobre la circunferencia del gran marcador. En esas noches, mientras formaban su tropa de espantajos vibrátiles y deslizantes, habían mantenido seriedad en los rostros pintados y sombríos. Después, ya completos, parecieron desenfrenar su conducta en un agitar incesante de sus cuerpos etéreos. Las muecas del silencio se volvían como máscaras burlonas y parlanchinas que cuchicheaban y señalaban con dedos -de pronto- incisivos y alargados, que perforaban sus ojos, robaban sus imágenes para, luego de vaciarlos de recuerdos, volver a emplazarlos en el rostro definitivamente ciego del espantado reo...

   Y de no ser por la alegría de haber sabido conquistar al pueblo que el viejo tenía, y de saberse recompensado de algún modo por la calidez de su gente, se hubiera vuelto loco en seguida. Sí, aquel gozo atemperaba en algo una pesadilla de siglos que había saltado de la noche a la mañana para hacer oír a sus chillonas marionetas, sus lejanos tambores, risas, voces y gritos de amenaza...

   Y si bien nadie en Nacimiento despreciaba sus consejos ni la oportunidad de sentarlo a su mesa (¡Maestro!¡Quédate con nosotros porque ya viene la noche...!), varias razones coadyuvaban a ello. Una de ellas, por ejemplo, y aparte de su elocuente sabiduría, había sido su sencillez para convertirse nada menos que en el Jardinero del Pueblo.

   El mejor.

   Y aunque esto no pudiera entenderse demasiado -por cuanto la figura del viejo sería siempre la de un escritor en tren de vacaciones-, don Carlos Bonafortuna había resultado un Maestro además con la pala y la azada. Sus conocimientos de semillas y métodos de siembra habían dado frutos y Nacimiento era un excelente muestrario de las más variadas especies de plantas y flores. Tanto era así que alguien habían pensado convertir al pueblo de Emaús (para sus fundadores) o de Nacimiento (para sus actuales habitantes) en capital de la floricultura, y atraer turistas, cobrar un poco más de lo justo y engrandecer la villa y los bolsillos de sus astutos habitantes disfrazados de simpáticos anfitriones...

   Claro que... no pudo ser.

   Era aquella idea tan incongruente en la actitud como en sus maliciosos efectos deseados con su escala de valores (¡Vean! -dijo un día- ¡Que vengo a hacer nuevas todas las cosas en este pueblo! -y algunos se rieron), que el viejo se negó obstinadamente a invadir su vergel con el zumbido enloquecedor de abejas farfullando gomas de mascar, embadurnadas de chocolate y almíbar, o a contaminar la atmósfera de sus caminos parquizados con el humo de cerillas, cigarros y cigarrillos, que hasta amenazó con destruir de un soplo lo que en novecientos noventa y nueve años había construido (¡No hagan de la Casa del Bueno una cueva de ladrones!).

   --- “¡Retrógrado!” -sentenciaban los volantes (“Los enemigos me humillan...”).

   --- “¡Tonto frustrado! (“...mis vecinos se burlan...”).

   --- “¡Egoísta!” (..., y mis amigos me rechazan”).
   (Y eran como fantasmas encolumnados como postes en su Avenida de Acceso, o como nubes huracanadas azotándose en lo Alto).

   (Pero al viejo nada importaban los volantes y su torpe caligrafía de insultos...  Sí, en cambio, los fantasmas: en ellos había almas prisioneras de lo Oculto, y verlos ahí, tan cerca y, a la vez, tan lejos, tan dolorosamente caídos en un abismo sin retorno, le partía el corazón).


   Varias veces su pulcro paraguas blanco -mágico símbolo de una anciana eternidad que inmortalizaba de juventud a los hombres justos- hubo de suavizar en su piel las arrugas del insomnio contemplativo y orante. Aquel paraguas, una circunvalar y enorme hostia sacramentada que ocultaba la luminosa aureola de santidad que lo coronaba, varias veces le había transportado hacia el Edén mental con que soñaba convertir a Nacimiento. Allí, su cuerpo, sangre, alma y divinidad, descansaba. Y acallaba el tronar insoportable de aquellos pobres demonios, confundidos por su Presencia serena y alerta, con las que amurallaba a los habitantes del nuevo Emaús de sus embates siniestros. Entrando y saliendo del pueblo. Apareciendo y esfumándose en las brumas de la noche o en los brillos del atardecer. Sobre todo en esa última semana...

   Es que por alguna razón -que no tardaría en develar-, aquellas bestias oníricas que habían conseguido enmudecerlo como a Zacarías en las montañas de Judea, habían agudizado los ataques con tanta celeridad y continuidad que ni el blanco paraguas alcanzó ya a disimular el sudor de sangre que terminara derramando en el Huerto de Getsemaní. Un sudor frío, tembloroso y achacoso que derrumbaron por tres veces al viejo, y lo postraron como crucificado en tierra de herejes y paganos... Un extranjero en su propio pueblo.

 


Feliz Día:

   Pero en aquel día de verano, tan bruscamente como aparecieran delante de su mente, los fantasmales arlequines desaparecieron...

   Y el viejo no cesó de dar gracias al Creador porque todo parecía haber terminado. Las tareas del vergel esperaban. Y sus almas también.

   Sin embargo, sólo algunas horas duraría el respiro.

   Porque el extraño llegó. A las tres de la tarde, llegó...
   Y era tan extraño como el viejo cuando arribara a Nacimiento unos cuanrtos siglos atrás.


   Para este extraño no hubo un niño ágil, intuitivo y generoso que ofreciera albergue. Ni un baño refrescante para una piel reseca por la intemperie de los tiempos. O una fina colonia que abrevara en aquella barba sucia y maloliente, mezclada con aguijones de saliva amarga en los cercos mustios de una boca quebrada y sedienta. Ni nadie que se mostrara inquieto por él, o impactado por la magia de un paraguas -como el del viejo- pero brillantemente albo, capaz de abrir un cielo y mostrar una ciudad cristalina de copos tenues y acrisolados, con ángeles revoloteando otro vergel -como el del viejo-pero de ensueño, orilla de un lago de aguas perfumadas y azules y verdes, arrastradas lentamente por una tortuga de corales de otro mundo... Un paraguas blanco, blanco, capaz de convertir el nerviosismo de su extraña apariencia, en un carrusel de amigables espectros anaranjados o aturquesados, justo al transponer el portal de la invitante estancia de Nacimiento, entonando un dulce y añeja canción infantil (“Manbrú se fue a la guerra, chiribim, chiribim, chiribim...”). Un paraguas capaz de recuperarle -sin dejar por ello de sentirse ajado de combates- la juventud de sus trapos, trocando el andrajoso aspecto con que asustaba a sabios y prudentes, por la olvidada imagen de un hombre elegante, sensato y formal...

   Tampoco hubo para este extraño -como para don Carlos Buenafortuna-, alguien atento y jovial -como doña Elena, rostro vivaz, pelo rizado y, al igual que sus ojos, oscuro como lo desconocido-, que le sirviera licor y masitas; o deseara -como don Ernesto, hombre maduro y locuaz, rostro firme, pelo corto y, al igual que sus ojos, claro como lo conocido- jugar con él ajedrez, y fumar un buen tabaco, y estirar las piernas y descansar de tanto trecho maltrecho recorrido, y pensar para sí, que aún para alguien como él, era hermoso, de vez en cuando, volver a flotar...

   Porque don Carlos había uno solo. Y don Carlos había sido el primero en advertir desde su Altillo la llegada del Otro, tan joven y sonriente, saludador de todos pero conversador de nadie.


   El visitante se hospedó en uno de los hoteles más antiguos del pueblo. Traía una delgada maleta, como de médico o de doctor en leyes, que parecía bastante pesada.

   Firmó: “Feliz Día”, y eso es lo único que se pudo averiguar sobre su callada persona.

   A nadie importaba que fuera alto, robusto, de cabellera larga y negra, y de ojos rojos y profundos como las noches perfumadas de Nacimiento. Tampoco que llevara esa barba espesa y ocultara sus rasgos ahora lozanos, con lentes azules tornasolados.

   Pero sí hubiera importado (e importaba) o sido indispensable, saber a tiempo la oculta razón de su venida; sobre todo luego que, sin mediar explicación alguna, a las siete de la tarde, cuando don Carlos Buenafortuna y don Ernesto “Che” Guevara, después de sus famosas discusiones a cielo abierto sobre la cuestión social y su vinculación con el destino trascendente del hombre, emprendieran una impensada y sempiterna partida del Emaús de Otros Tiempos hacia un destino inescrutable, la gente del pueblo que cuidaba de sus flores o arreglaba sus casas -pero recelosa aún de lo que el vecino hacía y de cómo lo hacía-, viera azorada colocar al visitante, en medio de la arteria principal y a pocos metros del Altillo y lugar donde había vivido el viejo Buenafortuna, un llamativo cartel que decía:


   “Pueblo de Nacimiento, del Emaús de Otros Tiempos: prepárate para el gran cambio. Dentro de dos días, el próximo domingo, el Reino del Progreso y el Consumo llegará hasta ti. Todo está arreglado. Todo ha sido preparado. Sólo debes esperar y alegrarte, por tu Hora, finalmente, ha llegado...”.


   Y, así como llegara, el extraño pagó la cuenta del hotel que habitara un mes de diciembre del 999, tomó el ómnibus de aquel viernes a las tres de tarde, y dejó a aquella multitud perpleja sin don Carlos, ni don Ernesto, y con un letrero enigmático profetizando vaya a saber qué consecuencias para su historia de pueblo sin historias...
 

    

Testigos:

   Entonces fue cuando Nacimiento se agitó en un mar de hipótesis sin respuestas, y sus dudas crecieron hasta el miedo de saber que algo malo pasaría, y no habría de suceder sin ayuda de adentro.

   Pero sería difícil encontrar a los traidores.

   Todo era confusión y quedaba poco tiempo para detener lo que fuera que pensaba venir... De cualquier forma, y a pesar de los residuos de comentarios e interrogantes que quedaron colgando de las campanillas y fresias recientemente florecidas, la conclusión no pudo ser otra que la de acusar al extraño como loco de remate.

    Los sospechosos -siempre es posible encontrarlos cuando la desesperación cunde, ausente la esperanza y la racionalidad para esperar con fortaleza lo que no se puede adivinar-, habían negado tan firmemente su intervención en el asunto, que, con el cartel incendiado, las plantas y las flores volvieron a ser, al menos por cuarenta y ocho volátiles horas, la diaria preocupación de los habitantes del pueblo.


   (Excepto, eso sí, para don Carlos...

   En un lugar sin sitio, separado ya de don Ernesto, don Carlos Buenafortuna tuvo esa noche, la Noche del Día de Feliz Día, la alborozada visita de sus malvados arlequines. Aquellos fantasmas, atrevidos y bulliciosos, no sólo volvieron a danzar en su mente sino en las calles desiertas pero aromatizadas del pueblo por los últimos aromas de los vergeles del Vergel del viejo del paraguas blanco. Con tambores, colores, dedos alargados y punzantes, risas estridentes y gritos de espanto, acabaron por convencer a don Carlos que su Hora había llegado, y la Paz construida en armonía de intereses y complejas personalidades -pues cada hombre es único e irrepetible, y con cada nacimiento, la historia de Nacimiento volvía a recrearse-, pronto se convertiría en...

   Y don Carlos pegó un grito. El viejo gritó pero con un mudo gemido de horror, y comenzó a sollozar... Su lenta agonía de sudores de sangre, volvían a repetir por enésima vez el Getsemaní de su incursión hebrea.

   Entonces...

   --- ¿Entonces, se va?, preguntaron sus once testigos. Don Ernesto hacía poco que se había alejado para colgar su cuello del retoño de una higuera maldecida por la propia Historia del Pueblo, frustrado por lo que había concluido como el fracaso de una revolución incomprendida...
  
   --- ¿Se va?, repitieron sus acólitos desolados. También don Ernesto desapareció.

   --- ¿Y quién nos enseñará a cuidar de los vergeles de niños e inocencia, y de rosas (porque la vida es pétalo y espina), de fresias y marimoñas, conejitos y petunias, pensamientos, narcisos y alelíes, y conciliar los ánimos y amaestrar los pecados capitales de nuestra gente...?, insistieron más desolados aún.
  
   --- Me voy, afirmó el viejo. Pero no los dejaré solos. Heredarán mi paraguas blanco, y su hostia consagrada al Señor de Todo y de Todos, será alimento de sabiduría y fortaleza para los que se amparen en El. Hagan tabernáculo de su presencia y busquen su sombra en memoria mía...
 
   --- Pero... ¿Adónde irá, si pronto llegará la noche?, le preguntaron bajo súplica.

   --- Adónde yo voy, ustedes no pueden ir. Pero después me seguirán. Cuiden a los niños de los vergeles más que a sus propios vergeles. Si se hacen como ellos me encontrarán dónde yo esté...

   --- Tomen, agregó. Y que no lo confundan con el Otro. Porque no es oro todo lo que reduce.

   --- Pero, Maestro, ¡llueve! Mire usted. ¡Se ha puesto a llover! ¡Y el ómnibus del viernes a las tres de la tarde no pasará! Algunos árboles han bloqueado el camino y no podrá llegar a ninguna parte...

   --- Para ustedes no es posible; pero para el viejo del paraguas blanco, nada es imposible...

   --- ¡Quédese! Le prepararemos un té caliente y el sofocón pasará. ¿Quién nos dirá lo que hacer cuando el extraño regrese? ¡Debe quedarse con nosotros!

   --- ¡Apártense! ¡Sus pensamientos no vienen de lo Alto ni del Bueno!


   Pero el viejo ardía de fiebre y se había quedado inmóvil aferrado a su paraguas sacramental. Un Mar Rojo de sales brotó de su cuerpo caliente, y los arlequines vinieron a azuzarlo con sus burlas y bromas... Ni un ángel asomó en su auxilio.

   --- Padre..., rogó. Perdónalos porque no saben lo que hacen...


   Afuera llovía a cántaros, y la lluvia azotaba a los campos y arreciaba fuerte sobre el pueblo amenazando su estructura. Era una lluvia inusual aquella. Como engendrada por las fuerzas...¿oscuras?

   El día de sol y la noche de estrellas no eran más que un recuerdo arrasado en forma súbita y macabra por el agua derramada en torrentes sobre la tierra anegada con rapidez.

   --- “Sí, quizá tengan razón. Quizá sea mejor esperar. Mañana es domingo. Es el día en que ha prometido su llegada... Y, tal vez, precisamente, el agua y todo eso... Sí, será mejor esperar. Además, es cierto, los caminos... Yo podría pasar, pero ellos y el Otro, ¿cómo lo harían?... Sí, esperaré. Voy a esperar...”, decidió el viejo volcando su cuerpo desfallecido en el lecho del Altillo. Un altillo al que, curiosamente, doña Elena de Guevara vistiera de púrpura hace unos pocos días atrás...    
 

 

El Reino del Progreso:

   El albor de la mañana encontró a don Carlos hirviendo en su cama polvorienta y descuidada por la desidia de doña Elena y su corte hotelera. Las pesadillas, multiplicadas por la fiebre, habían agravado sus dolores de cabeza  y varias veces, durante aquella noche ahora cálida y húmeda de marzo, se había despertado en sobresaltos y angustia, luchando con denuedo contra aquellos dedos largos y Fredyanos que habían robado sus ojos; y contra aquellas cadenas firmes que maniataban su cuerpo exánime, ciñéndolo de tal manera que su contextura sólo era como una fina hebra de materia carnosa y deforme; y contra aquel candado que mantenía ahogada su libertad en el gigantesco armario de un reloj de péndulo que no cesaba de golpear y golpear, bajo amenaza de surcar el umbral de sus 999 años de luchas por el Reino de Dios y su Justicia, para arrebatarle en pocos segundos el inminente milenio de la Eternidad...

   Pero no fue el sol con sus reflejos sino los ruidos que, poco a poco, y minuto a minuto, estremecieron la paz de Nacimiento, los que terminaron despertándolo como sacudido en su posada de enfermo, y lo asomaron a la ventana del Altillo para encandilarle los últimos atisbos de razón que brillaban aún en sus pupilas descentradas...

   Ellos estaban ahí. A la Hora y al momento prometidos por el Otro. Todavía no se reconocían mutuamente, pero el viejo sabía que ellos y el Otro estaban ahí, muy cerca..., tan próximos como para hacer inevitable en enfrentamiento...


   Lo intentó sin embargo. Evitar el combate del Fin de los Tiempos... Porque sabía que el Otro había mentido. Y la Hora final todavía no había llegado. Sí, como lo presentía, la Hora de las Tinieblas y del Desafío para los hijos de Nacimiento. La Hora de la Opción. La Hora en que la División se haría palpable entre sus habitantes... Porque, provistos por los vergeles de inteligencia, sentimiento, voluntad y libertad, deberían elegir, sin excusas, entre la soberbia o la humildad, entre la vanidad o el desapego, entre lo concupiscente o lo trascendente, entre el poder del amor o el poder del dominio...

   --- ¡Doña Elena, abra la puerta por favor! Soy yo, don Carlos... ¡Ya estoy mejor! ¡Abra la puerta, mujer!, clamó el viejo aturdido por aquellos ruidos siniestros que se acercaban y que sólo él podía captar.

   La casa respondió con el eco de su propia voz. Y el pueblo parecía dormido todavía.

   --- ¡Abra, por favor! ¿Por qué ha cerrado el Altillo con llave? ¿Qué...?

   La voz del viejo, quebrada por el calor que emanaba incesantemente de sus poros y enrarecía el aire de la habitación, era cada vez más débil... Más débil...

   --- Abra..., por favor... Mi paraguas... ¿Dónde está mi...”, olvidando habérselos obsequiado a sus testigos.


   Los helicópteros rojos, azules y blancos retumbaron su estridencia con motores de última generación, y rudos marines obreros con poderosas gomas de mascar. G.W.B. (hijo del hijo de los hijos) los comandaba, seguido del Otro con su figura enhiesta y barbada, escondido tras unos suspicaces anteojos azules y tornasolados.

   El nuevo sol, resucitado a la vida después de aquella marea incontenible de viento y lluvia, fue muerto en un instante seccionado por el aleteo invisible de aquellas aletas metálicas y filosas que alzaban su ronca algarabía sobrevolando los techos húmedos del pueblo. Venían colgando de sus vientres grises, obesos y camouflados, un racimo de camiones brillantes, palas demoledoras y vehículos menores que desbordaban planos de obra y aparatos de medición...

   La imprevista, gigantesca y aérea comparsa norteamericana, irrumpió en la mañana pueblerina de Nacimiento, bajo la excusa de detectar en sus túneles y sótanos, armas de destrucción masiva. Aquellas que no habían podido encontrar en la arrasada Irak del último centenio. Y la mañana pueblerina fue sorprendida en el rostro desencajado y absorto de un millar de cabezas somnolientas y asustadas, asomadas a otro millar de ventanas entreabiertas al escándalo de explosiones, risas, cantos y gritos de guerra...

   --- Abran..., gemía una voz solitaria y desmayada.

   --- “¡Venimos a construir, a reparar, a cambiar...!”, gritaban otras voces al bajar de sus máquinas voladoras como arañas por un hilado de escaleras amarillas...

   --- “¡El Reino del Progreso ha llegado, y Nacimiento, Nacimiento, no puede ni debe quedar atrás!”, sentenciaban.

   --- “¡Abajo todo lo viejo, arriba todo lo nuevo!. ¡El Reino del Progreso ha llegado! ¡Venimos a construir, a reparar, a cambiar...!”, insistían mientras posaban en tierra santa sus patas de oruga y de falsas propuestas de libertad...

   --- ¡Sa-Tán! ¡Sa-Tán! ¡Hijo mío! ¡Has vuelto...! ¡Por fin!, gritaba desaforada doña Morticia Elena Guevara, mientras corría al encuentro de su primogénito ángel caído, envuelto en los pliegues de un negro desabillé...

   --- ¡Lo has conseguido! ¡Lograste demostrar que los extremos se unen! ¡Capitalismo y Comunismo de la mano! ¡Por fin! ¿Adónde están ahora tus enemigos? ¿Adónde la Iglesia de la Tercera Posición? ¡Cobardes! ¡Los has vencido! ¡Oh, mi adorable Sa-Tán. Tu padre se ha suicidado. El viejo lo confundió. Pero tú has conseguido matar a Dios, y a sus fábulas de felicidad sin sustento material! ¡Que no sólo de pan vive el hombre...!¡Ja,ja,ja! ¡Mentiras! ¡Abraza a tu madre, Sa-Tán! ¡Y juntos desataremos el péndulo del reloj del tiempo... Y morirán. Todos morirán.

   Y el joven arquitecto venido de Andrómeda estrechó irónico el pecho de su madre, mientras guiñaba un ojo al Supremo G.W.B.

   El grito materno de alegría conmovió aún más a la legión de abejas sepias y fornidas que avanzaban resoplantes por la calle principal... Y era cierto. Todo sería mejor aquel día, no sólo en Nacimiento, sino... ¡en el mundo entero!, pensó doña Elena.

   Y estaba claro que la Muerte sabía lo que le había costado convencer al viejo para que se desprendiese de su paraguas blanco, y se arrodillase ante Ella bebiendo vinagre y hiel.

   --- Tengo sed..., dijo una voz. Y luego agregó: Todo se ha cumplido.

   E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.


   ¡Ahora sí podría afirmarse que estaba verdaderamente viva! Los hombres, sin embargo, que al matar al Silencio Orante habían perdido su inmortalidad, ni siquiera se dieron cuenta de ello porque la primera tumba que habría de ser cavada, ya no tuvo sentido...

   El viejo y sus ruegos (pero no, ¿por suerte?- su paraguas blanco escondido bajo la especie de tabernáculo sagrado), se habían vuelto en ese instante, sólo un cúmulo de cenizas grises que una pícara escoba anglosajona -mercenaria-, se encargó como a los héroes de Las Malvinas Argentinas, de ocultar bajo una alfombra como a un polvillo cualquiera.-

P.-S.

ADRIAN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina), noviembre de 2005. Breviario curricular: Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Autor de los libros de cuentos éditos “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000), continuado en saga con los libros inéditos, “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (2003-2005) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Antología de Realismo Mágico (2005); y “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección del Horror (en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: anescudero@gigared.com y adrianesc@hotmail.com.-

Este artículo tiene © del autor.

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