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LOS ALPES SUIZOS, LA BELLEZA DEL JUNGFRAU

Valentín Justel Tejedor

España



Poco antes de llegar a la misma base de los Alpes Suizos, decenas de pequeños lagos reciben al viajero invitándole a zambullirse y sumergirse en sus calmadas y tranquilas aguas, pigmentadas siempre por el color verde intenso, reflejo de la exuberante vegetación circundante, y de unos fondos recubiertos por numerosas algas, y otras especies de flora autóctona. Aquel entorno se muestra como un paisaje verdaderamente idílico, pues las inclinadas laderas de las montañas limítrofes se encuentran plenamente rebosantes de espléndidas coníferas, dispuestas caprichosamente, especialmente abetos, tan característicos de estas latitudes, los cuales forman un bosque tan tupido, que la luz solar penetra tan tímidamente en su interior que cuando lo hace siempre se presenta tornasolada o iridiscente.  

Así, dejando atrás estas delicuescentes y lientas lagunas, avanzando todavía en plano horizontal hacia la misma base de estas elevadas cumbres nevadas, la visión de aquellos sobrecogedores macizos montañosos a ambos lados del prolongado y extenso valle resulta verdaderamente cautivadora, la simple observación de las míticas cimas del Jungfrau, Schilthorn, o Gletscherhorn desde posiciones tan cercanas nos permite comprobar la grandiosidad, la inmensidad, y la excelsitud de la naturaleza, en su estado más virgen y puro.

Así, tras una prolongada ascensión situados a unos dos mil metros de altitud, decenas de senderos, pequeños caminos, y angostas trochas, se abren al paso de los viajeros y excursionistas, entre torrenteras y escorrentías glaciales y gélidas que discurren prácticamente en plano vertical, llevando en su seno las albugíneas aguas de nieve fundida de las altas cotas, las cuales discurren vertiginosamente por esos pequeños lechos o álveos desbocados.

En el interior de aquel intrincado laberinto de sendas y veredas, todos los caminos parecen idénticos, todos tienen los mismos recovecos, semejantes recodos, y similares sinuosidades, la extrema crudeza de la orografía convierte en inaccesible cualquier paraje aparentemente alcanzable en estas latitudes.

Tras recorrer varios kilómetros con una pronunciada pendiente se puede divisar en la lontananza la hermosa cascada de Trümmelbachfälle, varias decenas de metros de agua en caída libre, provocan el delirio de quien tiene la fortuna de observar este fenómeno natural in situ, el acceso a las proximidades del salto de agua cada vez se presenta más dificil y complicado, así escarpadas pseudoescaleras esculpidas en la roca viva, terraplenes y taludes verticales con un fondo estremecedor, y senderos que se estrechan tanto hasta difuminarse y desaparecer, son los impedimentos que marca la madre naturaleza para evitar que un lugar tan recóndito e inescrutable como este pueda ser alcanzado y contemplado por los ojos de cualquier mortal.

Así cuando apenas faltan escasos quinientos metros, después de casi tres mil metros de ascensión, algunos exhaustos excursionistas abandonan su gesta vencidos por aquellas majestuosas cumbres, y dificultades extremas, pero el empeño y la tenacidad son las mejores armas para combatir los riesgos, dificultades, y peligros.

La recompensa es sumamente gratificante: un paisaje extraordinariamente bello, dedicado solamente a unos pocos privilegiados, que pueden contemplar un inmenso y espectacular conjunto de valles, coronados por estos majestuosos, enaltecidos, y afilados picos nevados, embanderados por la albura del cande a perpetuidad; cotas donde la bruma, la niebla y el celaje habitan con cotidianeidad, junto al hielo, la escarcha, y el frío más crudo y gélido consecuencia de una permanente espontaneidad glacial; el espectro cromático comienza a variar a medida que desciende la altitud, el albo níveo, se transforma en albazano, y éste en agrisado, para alcanzar una tonalidad atezada, que paulatinamente se entremezcla con el verde más intenso. Las percepciones sonoras predominantes son el eufónico silencio,  la sensitiva insonoridad, y la inaudible hosquedad, tan sólo quebradas en ocasiones por el sibilante y cadencioso susurro de unas álgidas ráfagas de viento alpino, y por el bravo murmullo de las agitadas escorrentías que se precipitan con inusitada fuerza, formando elegantes e imponentes saltos de agua de gran belleza y espectacularidad, que con su descomunal estruendo hacen temblar y vibrar el sosiego y la calma más absoluta.

En este maravilloso entorno, a escasos cuatrocientos metros, en línea ascendente esas nieves perpetuas del Jungfrau, del Eiger, y del Mönch se derriten lentamente bajo los cálidos rayos de un sol, ígneo y lactescente que las convierte en espléndidas torrenteras, escorrentías y cascadas de vida.

Cuenta la leyenda que la doncella (Jungfrau), fue rescatada de las garras del abominable ogro (Eiger), por un astuto monje (Mönch), de ahí la nomenclatura de estas tres cumbres alpinas.

El regreso es verdaderamente impresionante tomando el trenecillo rojo de cremallera que con pendientes de más del veinticinco por ciento desciende desde el Top of Europe, hasta los escarpados valles, cercanos a Interlaken, sin embargo, estos parajes no son los mismos si no son observados desde una perspectiva aérea dinámica, en el interior de uno de esos funiculares, que avanzan suspendidos literalmente en el aire, proporcionando una cierta sensación de flotabilidad, convirtiéndose este final en una verdadera guinda, para un viaje realmente apasionante y aventurero en el mismísimo corazón de la Mitteland Helvética.

Este artículo tiene © del autor.

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