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EL TAJO, DE LA MESETA AL ATLANTICO

Valentín Justel Tejedor

España



En las proximidades de Fuente García, en las estribaciones de la Sierra de Albarracín, al dar tus primeros pasos reflejas tu carácter infantil y pueril, serpenteando y jugueteando, entre hileros, y venajes, que confirman tu temprano carácter aniñado y cándido, pero pronto comenzarás a adquirir tu verdadero temperamento y personalidad, discurriendo entre rabiones, y reciales que te acompañarán hasta tu desembocadura, en unas tierras alejadas de estos maravillosos parajes, en un espléndido y apasionante viaje de más de mil kilómetros de distancia.

Así discurres entre los peñascales de los Montes Universales y la Serranía de Cuenca, en espacios naturales jalonados de frondosos pinares, que exhiben sus afiladas agujas, como símbolo inequívoco de su lealtad; fluyes entre espesos sabinares con sus verdascas permanentemente verdes; rumoreas entre adustos encinares retorcidos, encarrujados, y alabeados; y susurras entre densos melojares.

Muchos son los pueblos con casas de piedra, y de adobe, que salen a tu encuentro, en tus márgenes, y en tus riberas: Peralejos de las Truchas, Poveda de la Sierra, Peñalen, Huertapelayo, y una interminable enumeración de núcleos rurales algunos con tu homónimo o topónimo, todos ellos ubicados en el Alto Tajo, todos ellos recibiendo tu delicuescente y vital influjo, que proporciona feracidad a estas tierras, y por ende, a sus gentes.

Por esos mismos parajes, lientos y teñidos por el color verdino de las coníferas, desfilan, entre calizas, dolomías y margas tus otros hermanos menores, El Cabrillas, El Gallo, El Bullones, El Ablanquejo, que se curvan en sinuosas hoces, labrando y esculpiendo bellos cañones y desfiladeros; excavando y horadando profundas gargantas, y vaguadas; hendiendo y atravesando las pétreas arcadas y puertas de los puentes que se cruzan en tu impetuoso discurrir; recorriendo y vagando por las escorrentías y torrenteras sedientas de su acuosidad.

Varios kilómetros más abajo, comienzas a embalsarte en represas y pantanos como los de Entrepeñas, Bolarque, Zorita, Almoguera, y Estremera, y ya en la Comunidad de Madrid, discurres sobre la base de la Cuesta de las Encomiendas, hasta llegar a Fuentidueña de Tajo, desde allí tu trazado se dirige irremisiblemente hacia uno de los lugares más emblemáticos de la Comunidad, el Real Sitio y Villa de Aranjuez, por el que fluyes acariciando la ciudad por su arista Norte, allí tus aguas discurren bajo el puente de la Reina, una danza de arcos soberbiamente sostenidos por unos sólidos pilares, que dan paso a una villa cargada de historia y de leyendas, ya en el límite entre la Comunidad Madrileña y la Castellano Manchega, dos afluentes perpendiculares a tu curso vienen a marcar este linde con extremada precisión, se trata del Algodor y el Valdecabras. 

Aguas abajo, a tu paso por Toledo describes sinuosas y bellas hoces, que reflejan el inusitado brillo de un sol refulgente, y el color grisáceo y metálico de las pizarras que conforman tus lomas y colinas, frente a la roca Tarpeya; el puente de Alcántara abre sus vanos y arcadas para permitir, que discurran entre sus pilares tus corrientes, que se impregnan de la milenaria piedra de la Toledo, visigoda, musulmana, mozárabe, mudéjar y cristiana; al alejarte de los bastiones, de los adarves, de la judería, y de la alcazaba, no olvidas su pasado rebosante de historia, de conquistas, y reconquistas, de mañanas resplandecientes y límpidas iluminadas por un sol cegador y deslumbrante, y de tardes teñidas de un amaranto y pigmentado color sanguíneo, que evoca el fluido, cinabrio y bermellón que derramaron con valentía y arrojo las huestes, y ejércitos que defendieron con honor, tus calles, tus muros, y hasta tu ser.

Fiel testigo de aquellas gestas, fue el Castillo de Guadamur, construido sobre una zona de tierra plana y amplias colinas por D. Pedro López de Ayala, situado al Oeste de Toledo, con planta cuadrangular, cuatro torres periféricas, una torre del homenaje central, y doble recinto amurallado, desde esta fortaleza se pueden observar tres de tus afluentes que se unen a ti entre Toledo y Talavera, el Tocón, el Cedena y el Sangrera. 

Varios decenas de kilómetros transcurren desde que tus aguas formando meandros, recodos y horquetas abandonan, con cierta pesadumbre, nostalgia y melancolía,  la ciudad imperial hasta que te aproximas, junto al Alberche, uno de tus fraternales afluentes, a otra representativa población: Talavera de la Reina, donde se puede admirar tu caudaloso flujo desde las albarradas torres que jalonan sus murallas, inexpugnables bastiones situados al borde de verticales barrancadas, que tras lo abrupto de sus paredes esconden verdaderos tesoros, como la Colegiata de Santa Ana, construida sobre una mezquita árabe, y que el transcurrir del tiempo ha dotado de innumerables elementos y motivos visigodos, romanos, mudéjares, y tantos y tantos otros; pero quizá la mejor perspectiva de tu cauce se puede contemplar desde sus tres puentes, el viejo, el nuevo y el metálico, que evocan el pasado, el presente y el futuro de una villa moderna, pero con sus raíces hundidas en la sima de la tradición. 

Así, nuevamente siguiendo el curso de tu lecho fluvial, entre campos de girasoles que tiñen de gualdo y ambarino la hondonada; entre labrantíos de cereal que impregnan la planicie de un característico color áureo, y albazano; y entre tierras solariegas que pigmentan la llanura con el brillo incandescente, que desprende un sol ígneo y nítido, guardián de un cielo despejado y cerúleo, observamos en la lontananza las equiláteras siluetas de la Sierra de Gredos.

Así, con el ocaso todavía enardecido, abandonas las heredades, y campos de la meseta castellana para adentrarte en una tierra cuyo nombre habla de si misma: Extremadura.

Allí nos reciben vastos, dilatados, y extensos territorios dominados por el latifundio, y la agricultura extensiva, que se emparejan y ayuntan sobre la superficie de tu trabajada dermis, delimitados por líneas, trazos y ángulos rectos, como lo son los de tu frontera de vecindad con Portugal, la cual, antes de ser sobrepasada, muestra uno de los puentes más bellos de España, el puente de Alcántara, con seis arcos de doble dovelaje, y un sencillo arco de triunfo de un solo vano central.

Este viaducto representa parte de la memorable historia de la Península Ibérica, tras atravesarlo el Tajo, se bautiza Tejo, siendo el nombre que recibe en el fronterizo estado Luso.

La leyenda cuenta que para evitar su destrucción en la contienda entre Castilla y Portugal, los lusitanos manifestaron a los españoles que no demolieran este paso fronterizo, que si era necesario darían un rodeo para evitar su destrucción, pues no querían que una vez conquistada Castilla, su nuevo Reino careciera de una joya arquitectónica de esta magnitud.

Tras hacer de frontera natural durante varios kilómetros llegas a Abrantes, para después de un sinuoso trazado, alcanzar la ciudad de Santarém, con sus calles estrechas, adoquinadas y empedradas, y sus casas enjalbegadas con la albura del cande, con sus balconadas y ventanas enrejadas, y sus aleros de teja de arcilla roja. Abandonas esta plaza fuerte, estratégicamente situada sobre siete colinas dominando la planicie de Ribatejo, y te encaminas raudo hacia Lisboa, una bellísima ciudad Atlántica abierta al mundo a través de tus aguas.

A tu llegada a la capital Lisboeta te recibe el mayor puente de Europa, el Vasco de Gama, una conexión rodoviária entre las dos márgenes de tu cauce, un nexo entre tus orillas, que parece trazado por la misma mano de Dios, así esos diecisiete kilómetros de longitud desde la Torre del mismo nombre, parecen una interminable ringlera de níveas velas, que señalan el lugar donde se unen el Tajo y el Atlántico; el río y el océano, la vía fluvial y la marítima.

Pero éste puente tendido sobre el caudaloso Tejo, no es el único que atraviesa tu cauce, el Veinticinco de Abril, es otra de esas obras de ingeniería, que enamoran a quien la ve, y a quien tiene la fortuna de recorrerla, desde allí contemplar la ciudad de Lisboa, se convierte en un espectáculo maravilloso, como también lo es admirarla, desde uno de esos barcos que zarpan de Cais Do Sodré.

Así, en el onírico y oscuro silencio de la noche, iluminado únicamente por las destelleantes y relumbrantes luces de la capital, que se reflejan sobre el fuliginoso espejo de tu cauce, abandonas sigilosamente la metrópoli para evitar que las lágrimas de los que te aman, desborden tu lecho e inunden tus riberas. 

"¡Oh suave Tajo, ancestral y mudo, pequeña verdad donde el cielo se refleja!" (1)

P.-S.

1 Fragmento de un poema del escritor luso Pessoa, en clara referencia al río Tajo.

Este artículo tiene © del autor.

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