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TRES NOTAS PERDIDAS

César Rubio Aracil

España



La música no es propiedad exclusiva del ser humano. También la sienten los animales.

A ORILLAS del río Gabón, en África Ecuatorial, vivía una familia de gorilas amantes de la música. Como ningún animal es capaz de construir instrumentos musicales, ellos se recreaban escuchando los sones de la Naturaleza. Todos los días, a la salida y a la puesta del sol, subían hasta el periquito de un monte frondoso, junto al río, o se internaban en el bosque, para escuchar, acompañados por el gorjeo de los pájaros, las canciones de la brisa y el rumor del agua resbalando por las peñas. Al mismo tiempo que se divertían con estas cosas, contemplaban las maravillas que ofrece la Tierra a todos sus hijos. ¡Qué bien se lo pasaban esos monos grandotes y fuertes como las rocas! El sol y el viento, el mar y el río, el cielo y las estrellas, eran sus amigos.

Cierto día que estaba la manada de peludos animalotes bañándose en una charca grande que la lluvia había formado, vieron una caravana de carros tirados por mulas que se alejaba de aquellos parajes. Iba bordeando el río por una amplia senda que, a modo de carretera, llevaba a los caminantes hasta el pueblo. Cuando la familia de simios se dirigía al bosque, donde viven encaramados en los árboles, vieron al pie de unos matojos un objeto raro que les llamó la atención. Fue el más pequeño de aquella manada quien observó la cosa rara. "¿Qué será esto?", pensaron. Y el mayor de todos, que era el jefe de la familia, tomó la iniciativa y sacó de la funda de fina madera en que estaba protegida, una pieza que resultó ser un violín. Como no sabían qué era aquello porque nunca lo habían visto, se extrañaron y, no fiándose, dijo el más viejo de todos, después de manosear el violín: "Como no sabemos qué es esto, y además no nos sirve para nada, mejor será que lo dejemos donde estaba". Pero el más chico de todos -que fue, como hemos dicho, quien lo encontró- quedó un poquito rezagado y volvió a desenfundar el instrumento. Sin saber cómo ni por qué, al frotar el arco sobre las cuerdas, sonó aquella cosa. Cuando los demás compañeros escucharon esos compases tan maravillosos, volvieron la cabeza y se percataron de que el gorilita chico era quien hacía sonar el extraño objeto. Entonces el jefe, muy prudente, dijo al músico chico: "Toca despacio ese chisme". Así lo hizo el pequeño mono, y cada vez que sacaba de las cuerdas del violín una nota nueva, el más viejo de todos la guardaba en una cajita pequeña que llevaba para conservar flores. Así, hasta que se percató de que el violín sólo daba siete notas y ninguna más. (Hay que decir que esa familia de gorilas veía esos sonidos tal como se pueden ver las flores, quizá porque su alma fuera musical).

Tan sorprendidos estaban, que el benjamín de la manada quiso también guardar esas notas en su cajita de flores para no tener que estar pidiéndolas prestadas al jefe de la familia cada vez que quisiera hacer sonar el instrumento. Pero a pesar de que lo intentó una y diez veces, ya no volvieron a verse nunca más. Dijo entonces el cabecilla: "Esta cosa la haremos sonar una vez por día cada uno de nosotros, turnándonos, a la salida o a la puesta del sol, para agradecer a la madre Naturaleza sus dones y favores". Y como se dieran cuenta de que también la música está en todas las cosas de este mundo, construyeron flautas con las cañas que crecían por el río, tambores y panderos con las pieles de los animales que iban muriendo, y acompañados de los sonidos del agua, de la brisa y del canto de los pájaros, organizaban maravillosos conciertos a los que acudían los animalitos del bosque y los espíritus de la naturaleza. Pero, cierta mañana, las sílfides (os diré que las sílfides son seres fantásticos, o si lo preferís, espíritus elementales del aire), celosas de que los gorilas no las hubiesen invitado a sus conciertos del alba y del ocaso, invocaron al aire para que se enojase. Y así fue que, de pronto, se levantó un fuerte ventarrón cuando la música mejor sonaba al amanecer de un día esplendoroso, llevándose tres notas de la siete que conservaba el jefe de los monos en su cajita para guardar flores. ¡Qué disgusto tan grade para todos! Lloraban los grandes peludos y los pájaros y las ardillas; aullaban lastimeramente los lobos, balaban con tristeza las ovejas... Nadie sabía qué hacer, cómo encontrar las notas perdidas. Entonces, cuando más amargo era el llanto de aquellos buenos animalitos, pudo oírse en el cielo una femenina carcajada. El gorila sabio pensó en esos momentos: "Ya sé qué ha sucedido. Son las sílfides que están justamente enfadadas porque no las hemos invitado a ningún concierto. Ellas son las únicas criaturas que nos pueden ayudar a recuperar las notas que el viento se ha llevado". Y armándose de humildad, les dijo a los animalillos que seguían llorando:

"Escuchadme todos: soy yo el responsable de que las tres notas se hayan perdido. Se me olvidó invitar a los espíritus del aire y, sin embargo, no olvidé invitar a las hadas, a los gnomos, náyades y ondinas que estáis viendo emerger del mar, de los ríos y de las fuentes. Perdonad mi torpeza. Os suplico que entre todos nosotros invoquemos a las sílfides y les pidamos disculpas por mi lamentable olvido". Entonces, los animalillos del bosque y de las praderas, las almas elementales que habitan ríos, lagos, mares y montañas..., gnomos y hadas, comenzaron a cantar en honor de las sílfides, pidiéndoles que buscasen las notas que el viento se había llevado. Para calmarlas, les dijo el gran mono jefe: "Ya veis, queridas amigas, que reconozco mi error. Fue solamente un olvido, porque bien sabéis vosotras que todos los animalitos del mundo os queremos. Si traéis las notas que faltan, os prometemos que seréis vosotras las guardianas de nuestra música de albas y ocasos. Siempre llevaréis en vuestro corazón las siete notas musicales, en vez de guardarlas yo en mi cajita de flores. Porque es justo que seáis los ángeles custodios de los más bellos sonidos, ya que es el aire el que los difunde, y vosotras, el espíritu de los cielos". Dicho esto se aplacó el viento, quedando una suave brisa que susurraba entre el follaje. Aparecieron siete sílfides. Tres de ellas..., bellísimas, portaban, fijadas en sus azulados cabellos, las tres notas que se habían perdido. El gorila jefe las saludó muy ceremonioso, y prendió en las melenas de las cuatro entidades restantes las notas que faltaban para completar la escala musical.
Aquella mañana se pudo escuchar el más extraordinario concierto que jamás se haya dado sobre la Tierra, y a partir de ese día, al alba y al ocaso, el benjamín de los peludos monos invocaba a las sílfides, que se colaban en la caja del violín que él hacía sonar como si fuese un ángel. Desde entonces todas las mañanas, y al atardecer, se podía oír a orillas del río Gabón el concierto de las almas puras.

Este artículo tiene © del autor.

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