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Instrucciones para mirarse en un espejo

Carlos Cedril



Aquél que está mirando, aquél de enfrente, no es usted. Podrá decir que la cara está rotulada siguiendo las mismas pautas, las mismas cuencas, los mismos llanos. Pero no. En la otra margen, en el otro extremo de aquella realidad mímica, usted no habita. Usted se encuentra aquí. Allá sólo hay un retrato suyo, móvil, grabado en la superficie del cristal, y, más allá, un usted ajeno, un usted que ha imaginado, pero que no siente, ni ve, ni habla, aunque finge hacerlo. Un usted que se ruboriza cuando piensa que tiene vida; un usted cristalino al que le halaga su ingenuidad. Porque ese usted suyo se esconderá cuando usted se marche y se vanagloriará de la calidez de aquel mundo seguro que le proporciona el hecho de encontrarse al otro lado. Pero usted está ahora confundido y no sabe en qué margen está. Usted cree que su mundo, aquél que lo rodea y cuyas líneas de tensión convergen hacia el espejo, es el mundo único, esencial, primigenio, aunque no por ello "su mundo" (una cursiva que sólo usted comprende).

Pero dónde anda usted? ¿Acaso no cejará cuando la imagen parta? ¿Acaso el usted que ve no sería capaz de definirle a usted, al usted que está sentado frente al espejo, al otro lado? La insolencia de los espejos consiste en que se niegan a demarcar los lados: ni usted ni el usted de cristal sabrán a qué margen pertenecen, quién de ustedes será el que tomará la decisión de alejarse o de llegar. Y sucede que quizá contemple, con la seguridad humana y fiel, lo que cree que es su producto, cuando es posible que sus palabras, su voz, sus gestos mismos, se hayan decidido mucho antes por aquel usted que lo observa con fruición.

Velázquez ya descifró este misterio insobornable. La Venus del Espejo, la diosa de una lascivia abandonada que se contempla absorta entre los tafetanes y mirando más allá del margen de pliegues sedosos que la separan del espejo. La mujer que descubrió su esclavitud: una belleza perenne reducida al vano instante. La diosa que, por primera vez, se percata de su eterna desgracia: su voz, inmóvil; su voluptuosidad, condicionada; y su rostro, sus ojos, que se disuelven en una mancha de atontada gesticulación. ¿Y si el espejo de Venus miente?, usted nunca sabrá tal.

Concluirá, entonces -volviendo a nuestro caso-, que aquél de enfrente no es usted, para usted; que usted trasciende el laberinto de las reverberaciones. Para mirarse en un espejo comience por apartar el espejo y, después, mire.

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