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Una huella perdida

Ángeles Charlyne

Argentina



“Se equivocó la paloma... se equivocaba”... sobrevoló el acertijo por la playa.
Las dunas solitarias, rebotaban palabras convencionales y útiles, para algunos, porque en definitiva las palabras suelen sobrar, pensaba Border, desde el parasol de la playa abandonada en Cariló.
Cuando la temporada fallece, hasta las aves marinas se descuidan y descuidan.
Border disfrutaba de esa instancia de soledad donde es posible la comunión con los sentidos. Nunca lo propuso como discurso central de su vida. Pero sentía que sin contacto consigo, estaba perdido y en esa ambigua frontera improbable, por otra parte, ni siquiera como argumento, podía justificar su presencia en el parador.
“La gente es mala y comenta” se dijo cadencioso, casi con olor a tango. “Me puede la tristeza”. “Me demuele la nostalgia”. “Me abruma el gris, sobre el verde del mar y la lluvia sobre la arena, que parece sembrar viruela sobre la playa”.
Border, a su manera era melancólico. Solía dar sobras a las gaviotas, para verlas disputar esa ofrenda de comida. La rompiente, reiteraba conciertos invisibles y mucho menos audibles para los pasajeros.
Border pidió a Manuel que le repitiera la copa a esa primera hora que se desliza morosa luego del mediodía, para poder prolongar la contemplación.
“La cueva”, sobrevivía a las modas sin que nadie pudiera explicar muy bien, por qué.
Una caravana de motos -todo terreno- seguida por otra de vehículos -todo terreno- le obligó a medir la presencia de los últimos pasajeros indeseables, o tal vez los hijos del destierro
-interno- que decidían asesinar el tedio, de la mejor manera posible.
Gonzalo, el chico que barría la arena, para eliminar impurezas dejadas por quienes reclamaban -en los diarios- una mejor calidad de vida, parecía absorto en su absurda tarea. ”Escupir contra el viento”, se dijo, un millón de veces.
Border, agregó hielo granizado a su bebida, sin perderlo de vista. Era casi innecesario explicarlo. Único signo de vida y movimiento, razón superior para tener en foco.
Border apuntó la legendaria Mamiya 1000 para obtener una imagen próxima al 6x7, capáz de ampliarse a la medida de póster, una antigüedad que supo desvelar a generaciones no demasiado lejanas en el tiempo. La batalla entre los alemanes (Voigtlander) y los japoneses en su caso Mamiya, había sido decidida luego de abandonar sin rubores, la Yashica 6x6 de cuadro.
Había instalado un culatín para gatillar con la velocidad necesaria y fabricar la secuencia donde lo invisible dejara de serlo. Siempre sospechó que esa posibilidad se concreta, alguna vez.
Luego de barrer imágenes en algo más de un rollo de película, convino en que lo suyo era más que una negociación entre tiempo y espacio. Masticó, lentamente, un bocado de panceta perezosa, que otorgaba sabor distinto a esa hora, lugar y trago. Lo único que le sobraba en la vida era tiempo y decidió hacerlo suyo. Las dunas se movían sigilosas, jugando una partida de ajedrez con el mar. La vegetación, rala, en ese sitio, daba más desierto del debido, por lo menos para el gusto de Border. La marea era un silencio que se bamboleaba entre él y su vida, detenida allí, para comprobar que los retornos no suelen ser posibles, por muchos deseos que se tengan.
Gonzalo dejó la escoba metálica a un costado y tomó asiento frente a Border, a riesgo que Francis, el dueño del lugar se lo reprochara. “No se invade la privacidad de los clientes” era su advertencia favorita. Border, haciendo caso omiso de los recelos del chico, pidió con un gesto, la bebida salvadora para que sintiera escasamente, la igualdad imposible. “Una vueltita más”, se dijo, antes de pedir la suya. No se hablaron, Gonzalo era capaz de respetar los códigos impunes de la buena voluntad. El silencio revoloteaba a su alrededor, implacable como hijo de los silencios. Viajaba travieso, seguro que las cosas serían resueltas por la eternidad, la mejor manera de endosar el futuro de los sueños.
Border, remoloneó -tiempo tenía- y volvió a su laboratorio para revelar. Llevaba dos años esperando que el mar le devolviera a Sandy, la mujer que amó, la única mujer que amó, se corrigió mentalmente. Cuando la tormenta feroz se llevó hasta la esperanza. Nadie lo sabía, ni siquiera le preguntaban, la gente era discreta, porque permanecía allí, en esa especie de atalaya personal. El, por supuesto, les agradecía tanta cortesía indiferente, la más urbana de las cortesías. Esa media mañana cuando caminó rumbo a la costa se dejó ganar por la morosa sensación de hormigueo expectante, “vamos a ver que se ve” -fue su promesa posible para una vida previsible, casi trazada.
La luz roja del laboratorio personal, se encendió para propios y extraños. “Pobrecita mi nostalgia”, se consoló.
Las imágenes fueron deslizando probables destinos. “Esta vale para el Geographic”, “esta otra para los australianos”, se dijo, “de algo hay que vivir” se consoló. Una última lo detuvo. La sombra proyectada sobre la arena no llegaba de ninguna figura humana. Es más, la arena registraba, en esa imagen una huella. Una pisada, apuntada a la orilla del mar. Buscó la mesa de vidrio con luz que permitiera ver mejor, conectó la ampliadora. Cuando tuvo a su alcance los apoyos necesarios, la figura cobró precisiones. La mujer escapaba rauda hacia el mar. “¿Por qué escapaba?”, se preguntó. Algo no estaba claro. ¿Quién proyectaba esa sombra, si cuando hizo la toma detrás de Gonzalo no había nadie?
Un sudor frío se deslizó por su espalda. Decidió volver a la playa. Ya no quedaba nadie. Calculó la distancia y recorrió minuciosamente cada centímetro de la playa. La arena parecía más gastada que de costumbre, los tonos no eran enteramente amarillos, parecían sucios. Luego de un rato y cuando dudaba de la frontera de la piel, descubrió la huella a punto de que el viento vengador se llevara la prueba. Se dijo que podía ser igual a otra pisada pero él tomó la seguridad que esa huella le pertenecía por derecho de aguardo, por constancia amorosa, por soledad saqueada. No tenía manera de comprobar nada y la luz amenazaba con marcharse. La vegetación resistió, una vez más, al viento que trabaja el flujo y reflujo.
Giró su cabeza buscando alguien capaz de responderle. Nadie. Nada . Sólo el silencio cómplice. Regresaba cuando se detuvo junto a un abeto perdido, por el extravío del sembrador ausente. Sentía el peso de la pregunta y la angustia de no saber. En realidad nunca supo. Creyó que nunca estuvo tan cerca de poder formular la pregunta que atoraba su garganta. Un gemido gutural se le escapó, para perderse, cuando la leve caricia de una brisa inesperada le pareció se convertía en sonido. Volvió sobre sus pasos. Agudizó los sentidos. Comprendió que sólo en la arena estaría la respuesta y la sombra apareció.
La voz casi inaudible, susurró -Vine porque me buscabas, siempre estaré contigo...
No quiso volver la cabeza. Era inútil. La arena es tiempo y el suyo en cuanto a la espera había concluido.

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