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El Chilango

Sinaloa

Harel Farfan Mejia

México



AQUELLA MAÑANA ODILON SE ENCONTRO FRENTE A ÉL Y NO ENTENDIA, AUN, LA RAZON DE TANTO DESMADRE POR LA MUERTE DE AQUELLA MUJER

EL CHILANGO

- ¡Ya llegó!- Gritó intempestivamente a los demás “el George”.
Odilón venía al frente de la flamante camioneta negra recién adquirida. Macías, su secretario, dobló en el blv. Zapata y estacionando la troca en el sitio acostumbrado, cogió el R15 al bajar. Odilon abrió la puerta y las gafas Ray-Ban escondieron su mirada. Vestía de vaqueros, camisa a rayas, botas de avestruz y en la cintura portaba la placa que lo identificaba como miembro de la Policía Judicial de Sinaloa. Tiró el cigarro de mota en cuanto puso un pie en el suelo.
- ¡Y ora! ¿Qué chingaos está pasando aquí?- Preguntó en cuanto vio a su gente aguardando en la entrada de la Procuraduría. Se apoyó en el cofre de su Lobo y escuchó pacientemente los reclamos, una y otra vez.
- ¡Hay que torcerlo!—Gritaban unos—¡Este bato ya sacó boleto! —Decían otros—¡Yo digo que lo tiremos al canal!- Al final lo aturdieron tanto que terminó por hacerle una seña con la mano derecha “al tuerto” para que se acercara.
Aparte de Macías, no había persona más confiable para él que aquél bato que perdió un ojo, de un tiro de veintidós, al tener que pagar una apuesta de cartas que su mujer no quiso cumplir”. En cuestión de minutos el comandante Odilón estaba al tanto de la situación que se vivía y, tomando del hombro al “tuerto”, dirigió sus pasos al interior del edificio.
- ¿Y, a qué hora metieron a los separados al compita esté?- Odilón desesperado por el tartamudeo del “tuerto” adelantó la respuesta -¿Cómo qué no sabes? “Po’s” ve y pregunta.
Desde que era un crío, en su casa, le enseñaron las obligaciones que un hombre tenía al formar una familia: con los hijos, con la mujer y por qué no decirlo, con la amante. Odilón sin duda cumplía, y con creces, aquel perfil: cinco Odiloncitos, una niña recién nacida, una esposa servicial que cuidaba bien de él y dos amantes de turno, lo avalaban.
Caminó entre los pasillos de la Procuraduría que lo conduciría hasta su oficina y sintió, en cada paso que daba, la mirada inquisidora y callada de la gente. Uno que otro visitante furtivo se preguntaba ¿Quién será aquel hombre de enorme abdomen y andar campirano, que puso a temblar a los ahí presentes en cuanto lo vieron llegar?. Siempre con Macías cuidándole la espalda y el dedo en el gatillo del cuerno de chivo, no le fuera a pasar como a su antecesor, que de tres tiros en el pecho lo dejaron tirado a escasos metros de la puerta principal.
Alzó la vista y miró el letrero grabado en la puerta “Policía Judicial”. Abrió de golpe y recorrió fugazmente con la mirada el interior -ahí estaba- la saludó con disimulo y buscó encontrar en su cara algún vestigio de satisfacción.
- ¡Laurita! Venga pa’ca un momento, necesito que me diga cómo están las cosas- intentó disimular como cada mañana.
En cuanto ella cerró la puerta de su oficina, se le abalanzó y empezó a besarle sus tetas por encima de la blusa.
- Tos’que mi alma, ¿Le gustó anoche?.
Laura, con el sexto sentido que todas las mujeres tienen, lo cogió del tiro con la mano derecha mientras desabrochaba su pantalón con la otra.
- Pos sabe que sí, pa’que me pregunta- las palabras se transformaron en un eco incesante al irse alejando de su cara.
Empezaba Laurita a tomar posición cuando se escuchó el timbre del teléfono, Odilón intentó estirarse y coger el teléfono, pero entre el pantalón a media rodilla y la ansiedad de su amante por m... no alcanzó a contestar. Sabía que no tardaría en interrumpirlos nuevamente aquella vieja decrépita de doña Rosa. Desde que la nombraron jefa de personal, le bastaba con ver entrar a su despacho a Laura para empezar a joder con el teléfono. Odilón una noche le dijo a Macías —¡Esa pinche vieja! Lo que necesita para quitarle esa cara de mal cogida “Es que pase armas con todos los muchachos”.— Macías no le contestó nada, pero pensó, que su jefe tenía razón.
Odilón se acomodó el pantalón y metió sus manos por debajo de la falda de Laurita, agarrándole las nalgas antes de dejarla salir. Caminó de regreso a su silla, abrió el cajón derecho de su escritorio y cogió uno de los rollos de billetes que correspondía a la cuenta de anoche: Macías nunca le fallaba en cosas de reportarle dinero y, como en la madrugada realizaron un operativo en la Chapule, la cuenta era grande y en dólares.
Se acicaló en su baño privado y regresó a mirar aquel informe médico encima de su escritorio, no encontró algo que justificara la actitud de todos sus elementos, se trataba de un simple homicidio culposo con agravantes. Se levantó de la silla y se dirigió a los separos, aún no entendía porqué tanto desmadre por la muerte de una mujer en manos de su amante —¡Si apenas ayer hubo otra muertita y no se hizo este desmadre!- Se preguntaba extrañado- ¡Hasta “él compa” salió bajo fianza!.
Al medio día Odilón superviso el área de celdas y notó que el inculpado no se encontraba en ninguna de ellas, estaba por gritarle al Tuerto cuando el instinto de policía que había cultivado a lo largo de diez años le hizo bajar al sótano “que no existe”, según informe de la Procuraduría de Sinaloa á la Comisión de los Derechos Humanos, y en donde suelen “platicar” con los detenidos especiales antes de subirlos a firmar su declaración ante el Ministerio Público.
- ¿Y qué chingaos pasa aquí?—Le preguntó a los cuatro elementos reunidos alrededor
de una silla— ¿Qué pendejada están haciendo? -Miró un rostro ensangrentado, los brazos colgando del respaldo y el charco de sangre por debajo de los pies.
Rubén, su tercero al mando, caminó a paso lento y se colocó enfrente de Odilón.
- Qué pasó jefe ¿Qué hoy no desayunó? ¿O qué? ¿Le duele él estómago?- Sin contestar aquella pregunta estúpida, caminó con cierta somnolencia hasta colocarse a un costado del cuerpo. Lo tomó de los pelos y jalo de su cabeza -Odilón retrocedió perturbado- en cuánto se percató que el rostro de aquel hombre semimuerto, era el del “fayucas”. Así le decíamos ya que siempre que iba con nosotros a la cantina empezaba a joder, ya borracho, conque ahora que juntara lana mandaría trailers llenos de fayuca china para un lugar llamado Tepito, allá en la capital.
- Pero ¡Cómo son tan pendejos! ¿Qué no saben que esté cabrón es Ministerio Público
Federal?- el sudor apareció de la nada y bañó su frente.
Odilón mandó a traer al médico legista inmediatamente para que curara las heridas provocadas por sus agentes y, Macías, desató al “fayucas” acostándolo en el suelo. La sangre en su camisa aún estaba fresca y uno de sus ojos completamente cerrado.
- ¡Ahora! ¿Cómo jijos de puta, voy a justificar ante el fiscal esta pendejada?- Caminaba de un lado para otro mientras encendía un bazuco y extendía el monólogo.
Uno de sus hombres, ahí presentes, intentó acercarse y explicarle la situación, pero Macías, colocando la mano derecha en la cacha de su pistola, lo hizo retroceder. Después de algunos minutos, se escuchó el sonido de la puerta y unos pasos que iban bajando las escaleras.
- ¿Qué pasó mi “Chaca” pa’que puedo servirle?- Exclamó Curie medico de la institución.
- Pásele doc- señalando en dirección a la silla -necesito que me cure a este bato, aquí estos cabrones se pasaron de culeros.
El doctor miraba el charco de sangre que aquel hombre había dejado en el suelo con cierta repugnancia, y pensó en la golpiza que los cuatro hombres que ahora lo franqueaban le habían propiciado.
- ¡Déjenme pasar! ¡Déjenme pasar! Necesito ver cómo lo dejaron- gritó el doctor al percatarse que no lo dejaban avanzar aquellos hombres que rodeaban el cuerpo del “fayucas”. Odilón miró auscultar el cuerpo y sin ninguna importancia, terminó de fumar.
- No, pos sí ¡Le rompieron la madre!- Exclamó el Curie al dar su diagnostico médico.
Tardó en curarle las heridas al “fayucas”, cerca de dos horas: entre la zurcida de la ceja derecha, el hielo en los pómulos y la crema de belladona en los huevos por los toques eléctricos que le aplicaron.

A las cinco de la tarde fue que despertó y le avisaron inmediatamente al comandante, como lo había ordenado. Para la buena suerte del “fayucas”, Odilón se encontraba dentro de las instalaciones de la procuraduría, evitándole una posible golpiza por parte de los municipales que lo detuvieron y exigían, azuzados por el soborno dado por los familiares de la víctima, la puesta a disposición del inculpado a su cargo.
- ¡A ver güero! Siéntame al licenciado en el sillón que está allá... ¡Ahí! En el fondo del
cuarto, necesito hablar con él- le ordenó el comandante en cuanto llegó.
Aquel hombre de un metro noventa y cinco de estatura, tomó al pequeño hombre de apenas uno cincuenta y cinco de estatura y lo arrastró sin ningún cuidado hasta el borde del sillón en donde lo aventó sin ningún tipo de consideración; el rostro sombrío por las curaciones y el maltrato proporcionado, le daba al “fayucas” el aspecto de un trampa .
- A ver güey, pasa saliva y ¿Dime qué chingaos pasó contigo y la morra?- La mirada de González fue de pánico al descubrir que Odilón, aun, no estaba enterado de los detalles del asesinato.
- ¡Ándale cabrón! O empiezas a soltar todo, o te dejo en manos de mi gente- en ese instante en que el rostro aún guarda la serenidad de la duda, el “fayucas” estalló en llanto.
- ¡Neta que fue un accidente mí comanche! Yo sólo quería matarle su osito Bimbo a
puñaladas de despedida- las lágrimas empezaron a mojar las gasas de las curaciones.
Odilón sacó la cuarenta y cinco comando de la funda y la paseó por su rostro, buscó disimular esta actitud intimidatoria colocando el arma a un costado de su codo izquierdo, se había sentado en una de las coderas del sillón, a menos de dos metros del “fayucas”, intentando tener una visión más amplia de sus ojos.
- ¡Pos ya canta cabrón! Y nos vamos de una vez al Cherocke- buscó provocar en él cierto lazo afectivo en medio de la situación.
- Le digo que la quería, pero... ¡Pinche vieja se pasó de culera y que me traiciona!- Apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y gimió como mujer, actitud que molesto a los ahí presente.
Deja de llorar cabrón y cuéntame de una vez que pendejada hiciste— colocó una copa de whisky en su mano temblorosa para que se calmara.
“El fayucas” en forma desesperada consumió de un solo trago el contenido y miró de reojo las armas que colgaban en los hombros de los agentes.
- Le decía, ayer después de la chamba, que me lanzo al cantón de mi ruca ¡Si usted la
conoce mi comanche! Es la grandota que está bien bizcocho y luego pasa por mi al
Quijote ¿la recuerda no?- Odilon alzó su vista en dirección al techo y recordó vagamente el cuerpo de aquella mujer: senos medianos pero bien formados, cintura estrecha y caderas anchas. La típica mujer sinaloense que al caminar levanta suspiros.
- Al llegar a su chante, que me saco de la guantera, el anillo de compromiso que le
compre por la mañana, ahí, en la joyería del gran forum, Pensaba pedirle que se
casara conmigo durante la cena no- el ruido de la puerta los hizo saltar involuntariamente ,no esperaban visitas, y los cuatro agentes apuntaron instintivamente en dirección a la escalera. Odilón dejando la codera y el sillón, tomó su pistola y se acercó unos pasos, para tener mejor ángulo, en caso que tuviera que disparar.
- ¿Qué dice mi Chaca, qué pasa por acá?- Se escuchó de pronto la voz del licenciado Trujillo fiscal especial y jefe del licenciado González, o como lo conocemos “el fayucas”, quien irrumpió en el escenario.
El comandante sintió cómo la adrenalina le subía en cada paso que daba el licenciado Trujillo en dirección a donde él se encontraba parado.
- Pues, solucionando una bronca con mi gente y con alguien de su equipo mi Lic.- los ojos se le tornaron de un extraño color rojo amarillento, un tanto por la droga y otro tanto por los efectos de la hipertensión que padecía y nunca se trato.
- ¡Puta madre comandante! ¿Qué chingaos le está pasando?- Lo encaró Trujillo en cuanto reconoció al “fayucas” en el sillón todo madreado.
- Cálmese Lic. En eso estoy, intento averiguar cómo es que su elemento llegó aquí.
Trujillo se acercó a revisar con más detenimiento los golpes que González presentaba y meneó la cabeza en ambas direcciones en señal de desaprobación. Pensó en subir y levantar una acta por secuestro, lesiones, o lo que sea, en contra de los que ahí se encontraban, pero la actitud pasiva de González le hizo detenerse y averiguar qué estaba mal.
- Pues vamos a hablar con este cabrón de una vez mi Chaca- giró su cuerpo y caminó un par de metros.
Odilón regresó a la codera del sillón mientras Trujillo tomaba una de las sillas y se sentaba frente al “fayucas”.
- A ver “fayucas” ¿en qué te quedaste? ¡Ah sí! Que ibas a pedirle a tu novia, ahora la muertita, que se casara contigo durante la cena. Y ¿Qué paso entonces compa?.
Trujillo supo al escuchar la palabra muerte la razón para tener detenido a González, que no era por los huevos del comandante, el que estuviera ahí todo madreado. Hubiera sido presuntuoso de su parte haber levantado cargos contra los elementos o el mismo Odilón, pensó.
- Yo me quería ver acá con ella y pues, que la llevo al Hotel Executivo a cenar, pensé
“Es la primera vez que le pido a una vieja que se case conmigo y tiene que ser
especial”. Así que reserve una mesa a orillas de la pista de baile, champañe y toda la
cosa.
Odilón se sirvió más whisky y le pasó un vaso a Trujillo para que se sirviera. Pensó en ofrecerle a sus hombres y al doctor un trago, pero al voltear a donde se encontraban, vio a uno de ellos inhalar dos líneas de cocaína y esa fue la razón para no hacerlo.
- Ya sentados y ordenados, la Sara que me pide un poco del champañe, pa mí que ya
se las olía, hasta de los nervios, tiró la bruta su copa- el doctor se acercó y cambió, sin interrumpir, las gasas mojadas que ya empezaban a caerse del rostro del “fayucas”.
- Durante la cena le pedí al rascatripas del hotel que se tocara algo suave no: un
bolero o un vals, algo pa mover el bote ya sabe. Pero me tuve que chingar oyendo un
tango, tanga, o algo así.
- ¡Y por qué te la metiste cabrón! ¡Ya dilo y déjate de pendejadas, se hombre!- Gritó Rubén por encima del comandante, quien girando el cuello, plantó su mirada en los ojos de Rubén desaprobó aquel arranque de ira.
El “fayucas” estaba por reanudar su plática cuando se escuchó nuevamente el ruido de la puerta y unos zapatos bajando las escaleras. Esta vez no hubo sorpresa y esperaron a que apareciera el rostro del nuevo visitante.
- Aquíquí titienee mii chachaca, lala copipipiaa queque meme pipididió- Odilón estiró su brazo y recogió el expediente que le llevaba el “tuerto”. Miró la carátula y descubrió el nombre del “fayucas” impreso en el fólder “Gerbacio González Pérez”. Pasó las primeras hojas rápidamente y se dirigió sin más demora a la parte en donde iniciaba su declaración:

“México, Sinaloa Culiacán, treinta de febrero de mil novecientos noventa y nueve. Siendo las dos de la mañana del año en curso, fue presentado por parte de los agentes municipales, Alejandro días y Humberto navarro, ante esta mesa de trámite número uno de la agencia diez del ministerio público, el señor Gervacio González Pérez, de treinta años de edad, quien declara, sin ningún tipo de presión, que estando en el salón del hotel Executivo cenando con su novia de nombre Sara, alrededor de las ocho treinta de la noche, ella de una manera inesperada se levantó de su asiento y se retiró del lugar sin darle ningún tipo de explicación, quedando él liquidando la cuenta del lugar. Pidió su camioneta al valet y salió en dirección de la casa de su novia ya que le preocupaba, por la hora, que ella llegara con bien”.
La voz del licenciado Trujillo lo interrumpió en su lectura -le preguntó si González podía continuar— Odilón con un movimiento de cabeza le respondió y el “fayucas” empezó a cantar nuevamente.
- Le decía, ahí estaba yo, igualito al Cristóbal: con media rodilla en el suelo y el culo al
aire. Cuando la Sara, que se me para de la mesa y se me sale como pedo del lugar.
Yo pos con la pena de que todos me vieran, que me lanzo en fa tras ella, pero entre
pagar la cuenta, dar la propina y recoger mi chamarra, se alcanzó a trepar en uno
de los taxis del hotel- en ese momento realizó una pausa y dirigió su vista a la botella de Buchanas.
- ¡Qué cabrón! ¿Quieres otro trago?- Tomaba el comandante la botella cuando Trujillo sé lo impidió.
González pasó saliva y sin cambiar la vista decidió seguir con su relato de los hechos.
- A pesar que le metí la chancla al acelerador, los alcancé hasta su cantón de la Sara,
pinche taxista en cuanto ella se bajo se arranco en chinga, ni tiempo me dio de
meterle unos madrazos al puto. Ya con la camioneta encima de la banqueta me baje
y toque, toque y toque su puerta hasta que por fin me abrió.
Tal vez aquella mirada insistente a la botella o el temor de que le cayera mal de ojo por parte de aquel güey, llevó a Odilón a servirle whisky al “fayucas” en su vaso vació. Levantó el expediente y continuó leyendo, le interesaba más saber cuál había sido su declaración al llegar, no aquel cuento, ya pensado, que ahora les narraba:
“Toqué su timbre hasta que salió, ya tenía puesta su pijama y el pelo sujetado con una pinza. Discutimos durante un momento sobre la forma en que me había abandonado en el hotel, parados en la entrada de su casa; pero como los vecinos se asomaron al escuchar nuestros gritos, me dejó entrar a su sala” -el sonido del celular de Trujillo le hizo levantar la mirada y ver al fayucas hablando sin parar.
- Que me calmo luego luego que me senté en su sala, y pos yo como en verdad quería
casarme con ella, que me le lanzo, la neta mí comanche nunca pensé que me fuera a
rechazar y menos tan gacho como lo hizo- Trujillo terminó su llamada y una sonrisa se le formó en el rostro.
En un par de horas llevarían detenido al “J.R. para la Procu. Un buchón de Tierra Blanca y, eso sin duda, le haría ganar unos doscientos mil dólares para dejarlo ir.
Odilón disimulando su falta de atención continuó con la lectura del expediente.
“Aprovechando que no estaba su hermano nos gritamos un rato hasta que cansado y desesperado por que las cosas no salieron como yo quería, saqué de la bolsa de mi saco el anillo de compromiso que le había comprado y se lo aventé a sus pies; ella sólo me dio la espalda y no me contestó nada. Después de unos minutos y varias rondas alrededor de su sala, por fin me dijo que quería terminar conmigo” —¡Puta madre! Me imagino lo que sintió el pobre bato, con razón la mató pensó Odilón.
Las vibraciones de un golpe en el sillón lo regresó al cuarto y a la voz del “fayucas” en su oído.
- ¡Como pendejo! Así me dejó, a media sala oyendo cómo se burlaba de mí. Y yo, con la
calentura de que se casaría conmigo. Como tomé mucho champañe me dieron
ganas de ir al baño, así que pasé al meadero- Trujillo y el comandante se vieron con esa mirada conspiradora que los hombres suelen regalarse al mostrar su complicidad.
Sin duda este bato tenía el motivo y la razón para haber matado a su novia, tratarlo de esa manera, ella no merecía menos, pero... Odilón estuvo a punto de olvidar todo y dejar ir al “fayucas” pero aún no entendía la molestia de sus agentes. Se preguntó —¿Por qué golpear de esa manera tan sanguinaria al fayucas? ¿de que no estaba enterado?. Tomó nuevamente la declaración de González y decidió terminar de leerla, esperaba encontrar una justificación en ella.
“Me quedé shockeado al escucharla y sólo se me ocurrió pedirle permiso de pasar a su baño antes de irme, ella de mala gana aceptó, pero entré a mear. Estando adentro algo en mi cabeza sonó y vi todo claro, seguramente ella me engañaba con alguien más; salí y le hice ver que la había descubierto, la tome del brazo y por un minuto forcejeamos antes que me confesó que salía con su vecina. Sorprendido por aquella confesión, solté su brazo y, no sé la forma en que llegué a su cocina y tomé una cerveza del refrigerador; ahí me quedé parado mirando el techo hasta que terminé la fría y regresé nuevamente a la sala. Ella ya no se encontraba ahí, se había metido al baño por lo que le pedí que saliera, necesitábamos hablar. Al principio no quería pero después de hacerle ver que por lo menos merecía una explicación de su parte, recargado en la puerta del baño, me confesó que pos ella nunca buscó matrimoniarse conmigo, que para un free estaba bien, pero que tenía otras aspiraciones y además le molestaba mí estatura de gente del sur ¡Ahí! Fue que algo en mí exploto y rompí la puerta del baño(...)”

- Ya con el diablo en mí, la puerta no me sirvió ni para el arranque, y de dos pinches
patadas la rompí y entré al baño...- el comandante ya no escuchaba la declaración por propia voz del “fayucas”. Fijó sus sentidos sólo en el expediente.
“De dos patadas fue que rompí la puerta y a golpes la callé al entrar, pero la terca siguió gritándome que era un puto chilango impotente, que no era hombre y que mi verga sólo servía para mear. Y pos eso me calentó más, así que decidí callarla y busqué como otras veces, hacer feliz a esta perra Culichi. Ella gritó y pataleó como una zorra mientras le desnudaba, pero sabía que eso quería de mí, así que de un golpe de su cabeza contra el inodoro la aquieté, bueno, igual fueron más, pero cómo sea se calló. Pasaron algo así como cinco minutos mientras terminaba y esto me sirvió para calmarme, me acosté a su lado y cuando por fin volví la mirada a su rostro, noté que estaba sumergida en el agua meada de la tasa, me incorporé y jalándola del cabello la saqué, quise animarla dándole unas cachetadas en su rostro pero yo creo que tomó mucha agua y sin que yo pudiera ayudarla, la excitación nos ganó, y pos se ahogó la bruta ”-La furia surgió dentro de Odilón y levantó la vista buscando al fayucas- quiso golpearlo.
El comandante supo al fin la molestia de sus agentes “Cómo podía creer este chilango que podía venir a matar a una mujer de esta tierra y pensara, que nada pasaría”. Si fuera un compa de acá, pos, un jale no se le niega ha nadie, ya que así nos pone a veces el calor; pero en este caso no encontró más razón que la prepotencia con la que los capitalinos llegan a estas tierras del compa Malverde,
- Me cae mi jefecito, le juro por la virgencita, que ella se ahogó sola, yo nomás me la
estaba cogiendo, cuando por caliente, pos que mete la cara al water y se trago mis
meados sin querer... -el “fayucas” buscaba convencer a su jefe de que no era culpable y lo mejor era archivar aquella averiguación previa que sostenía en sus manos el comandante Odilón. De cualquier forma, de un plumazo él la borraría en cuanto las cosas se calmaran y regresara a su puesto.
- ¡Pinche chilango de mierda! —Se escuchó a lo largo y ancho del sótano, mientras un golpe certero animaba la reunión— el comandante le había roto la nariz al “fayucas” que sangraba en exceso- Trujillo intentó irse y encaminó sus pasos con dirección a las escaleras.
Dos agentes federales (el güero y el Rober), se lo impidieron y, contrario a lo que Odilón esperaría, lo golpearon un par de veces antes de obedecer al comandante, a pesar de que les apuntaba con su pistola.
El doctor Curie intervino oportunamente y logró poner en un lugar seguro a Trujillo, mientras el “fayucas”, en un intento de supervivencia, aprovechó aquel desmadre y buscó escapar por una de las puertas que llevan a las viejas bodegas de aquel edificio.
- ¡Quieto cabrón!- Se escuchó mientras dos balas pasaban por un costado del cuerpo del comandante- te dije que quieto ¡Con una chingada!- Macías mantenía la pistola en alto y el “fayucas” sangraba de una pierna.
- ¡No dispares! ¡No dispares! Me rindo- gritó el licenciado González espantado por el dolor- no te muevas y camina de regreso al sillón ¡Y apúrate puto que mi dedo se cansa!- Gritó Macías mientras su jefe regresaba a la codera del sillón.
Odilón, tal vez más o tal vez menos que los ahí presentes, sabía que no podía dejarlo salir de ahí con vida; era demasiado el riesgo para todos con el cargo que ostenta y porque, sin duda, no callaría lo ocurrido. Cortó cartucho y pasó su vista por la habitación hasta encontrarlo ¡ahí estaba! Sentado en la silla con una copa de whisky en la mano y seguramente, esperando que todo aquello terminara para tomar de los huevos a cada uno de ellos “¡Bang! ¡Bang!”. Dos disparos se escucharon en el aire y tres balas impactaron el cuerpo de Trujillo. El silencio duró solo unos segundos, Odilón levanto su vaso y de un trago le dio fin al whisky.
Ya más dueño de la situación, y con el licenciado Trujillo fuera de combate, se tranquilizaron. El doctor era un incondicional así que por hoy no habría más muertos en aquel sótano.
- ¡Macías! Macías, véngase pa’ca y llévate al doctor pa’ rriba, a su oficina, checa que
te haga el certificado de defunción del Lic. Trujillo. Mientras, tu “tuerto”, súbete a
González con el ministerio público y que firmé su declaración e infórmame en cuanto
lo manden a la Peni de Aguaruto- gritó el comandante con tono firme, dándoles la seguridad a sus muchachos de que ya todo estaba bien,.
Odilón vio al güero guardar, en la bolsa de su camisa, el silenciador de su pistola y pensó en promoverlo a jefe de grupo.
- ¡Oooigaga jejefe! Y bajojo que cacargo consisiggnanamos a estete cacabróon ¿aasesisinato? o ¿quéqué chingaos?- Preguntó el “tuerto”, parado en el segundo peldaño de la escalera, sujetando al fayucas por el cincho del pantalón.
- Que otra cosa, pues... ¡Asesinato! Y múltiple. Por haberse quebrado a su vieja y al
licenciado Trujillo, quien era amante de la novia de este bato, y como ella se iba ir
a vivir con él, pos este puto los mató. “Primero a ella en su casa y después vino a
buscar al Lic. en la misma Procuraduría en donde de tres tiros lo dejo tieso”. Y sí eso
no basta ¡Pos que lo consignen por ser chilango!.

Este artículo tiene © del autor.

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