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Violencia en Argentina (XXXIV): Como hongos en la oscuridad

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Política y barbarie no se excluyen en Argentina, un país rico que se permite el lujo de tener pobres y chicos que mueren por desnutrición, y donde simultáneamente se tiran a la basura toneladas de comida por día. Si algo caracteriza a los sucesivos gobiernos que asolan el país, sean de facto o democráticos, es la inoperancia a la hora de frenar la marginación y constituir, de una vez y para siempre y en la práctica, no sólo en los papeles, una república.

Violencia en Argentina (XXXIV):

Como hongos en la oscuridad

Política y barbarie no se excluyen en Argentina, un país rico que se permite el lujo de tener pobres y chicos que mueren por desnutrición, y donde simultáneamente se tiran a la basura toneladas de comida por día. Si algo caracteriza a los sucesivos gobiernos que asolan el país, sean de facto o democráticos, es la inoperancia a la hora de frenar la marginación y constituir, de una vez y para siempre y en la práctica, no sólo en los papeles, una república.

A Raúl Alfonsín no le alcanzó la voluntad para «levantar las persianas de las fábricas». No es cierto que con la democracia se come, educa y trabaja. No, en todo caso, por el simple deseo de que así sea. Para que la democracia sirva a esos fines hay que implementar otras cosas y no sólo proferirlas como arengas en una campaña. Los demás presidentes de la democracia ni siquiera barruntaron la posibilidad de la inclusión, aunque gastaron las palabras a fuerza de repetirlas como mantras. Fetichistas, demagogos, fervorosamente incultos y prepotentes, supieron alimentar la maquinaria de la prebenda y las necesidades insatisfechas logrando un amplio cinturón de villas y pobreza que contrasta con esa «pizza con champán» con que Carlos Menem se regodeó durante una década.

Estos señores pululan a lo largo y ancho del país. Son nuestros y se postulan y son votados. Son lo que supimos conseguir. Tránsfugas con el desparpajo de payasos sin albayalde.

La sombra de Cromagnón

El Presidente Néstor Kirchner se propuso modificar el paupérrimo 20 % de adhesiones que obtuvo contra Menem una vez que éste le retaceara el apoyo de la compulsa. En estos dos años y pico lo consiguió. Su logro más alto fue posicionar a su esposa Cristina como senadora con un colchón de puntos a favor sobre Hilda “Chiche” Duhalde. El peronismo, habituado a olfatear dónde está la mano del amo, luego de las elecciones comenzaron a pasarse de fila. También algunos políticos de otros partidos. Todo vale a la hora de mantenerse un poco más en el pináculo de la ola. Cuestiones como ética, honorabilidad, rectitud, dignidad, coherencia, no vienen a cuenta; eso es para los mediocres que nunca van a prosperar.

El alma páter de los últimos días es el jefe de Gabinete, Alberto “Chirolita” Fernández, y la orquestación del “pase” del doctor Eduardo Lorenzo Borocotó, que fue seducido por el Gobierno para obtener el voto necesario y no avalar el juicio político a Aníbal Ibarra. Pero Kirchner consiguió exactamente lo contrario. Dos votos fueron definitorios: el de Borocotó, que luego del escándalo no podía hacer otra cosa, y el del músico “Chango” Farías Gómez, quien votó de acuerdo a su conciencia y no por lealtad a Kirchner. Ibarra, irremediablemente, será enjuiciado.

El camino ha sido tortuoso pero previsible. Primero, Ibarra se equivocó cuando en lugar de presentarse voluntariamente a la justicia procuró zafar convocando a un plebiscito que con los meses se diluyó por inviable. Por otro lado, la vulgaridad con que el Gobierno lo apañó y con la que luego se manejó en el caso Borocotó fue tan evidente que la sociedad, hastiada, insistió en el reclamo. Si no se alcanzaban los votos suficientes para el juicio, esa misma sociedad saldría a provocar desmanes. No quizá como los perpetrados por adolescentes díscolos en Francia, pero sí los suficientes como para jaquear al Gobierno, ya preocupado por los descalabros en Haedo y la Cumbre.

Pero enjuiciar a Ibarra no modificará estructuralmente un problema que tiene que ver con nuestra idiosincrasia. Como Chabán, Ibarra tiene características de chivo expiatorio. No es que ambos no tengan parte de la responsabilidad por República Cromagnon. Es que no son los únicos y, quizá, tampoco los más importantes. La Hidra tiene múltiples cabezas, y se ramifica en el subsuelo. Como argumenté en su momento (Del Homo Sapiens al Cromagnon. Castellanos, 14/01/05; El Santotomesino, enero 2005), hay múltiples responsables, comenzando por los padres que llevaron a sus hijos al reducto, y siguiendo por la banda Callejeros, que propiciaba el uso de bengalas para festejar sus recitales, y por el imbécil que, pese a que Chabán acababa de decir que no arrojaran bengalas, la arrojó. Hay que agregar, además, las leyes perniciosas que en lugar de disuadir amparan y hasta fomentan el delito, y luego, sí, un conato de funcionarios venales que sólo procuran engrosar su capital antes que cumplir su trabajo con responsabilidad.

El 30/10/05 hubo un incendio en el sector de juegos para niños en Unicenter, el shopping más importante de la Argentina. 45.000 personas fueron evacuadas en 20 minutos. Sólo hubo 15 heridos leves. Las salidas de emergencia funcionaron como tales, las circulaciones eran las correctas, los dispositivos de seguridad también. Estas cosas fallaron en República Cromagnon, y aunque sólo había 3000 personas, hubo un saldo de 200 muertos. ¿Cuántos podría haber habido en Unicenter si la empresa se manejaba como República Cromagnon?

Hace pocos días, también, adolescentes que no deseaban hacer una prueba arrojaron bengalas dentro del aula, consiguiendo que dos alumnos sufrieran principio de asfixia y que se terminaran las clases, al menos por ese día. Aún no se ha cumplido un año de Cromagnón, pero se siguen usando bengalas en espacios cerrados. Ni Chabán ni Ibarra son culpables de esta estupidez.

Corrimientos hipócritas

El Gobierno ha hecho de la jactancia una bandera y una afrenta. Con el mismo descaro con que Alberto “Chirolita” Fernández salió a criticar a la oposición como «una máquina de obstruir» por promulgar una ley que ampara a los deudores hipotecarios, para sólo pocos días después embanderarse en una ley similar como si nada hubiera ocurrido, el Gobierno compra voluntades como si se tratara de verdura en la feria: sin que el más ligero rubor tiña sus mejillas.

El dato no es menor, pues Borocotó fue votado por opositores al Gobierno, y sólo dos semanas después de las elecciones y antes de asumir se pasa a las filas oficialistas. ¿Qué pueden pensar los electores, que de pronto ven que su voto opositor ahora pasa a engrosar las huestes de Kirchner? ¿Qué pueden pensar los votantes más jóvenes, que ya de por sí se muestran renuentes al sufragio y la participación democrática, ante este bochorno orquestado desde el Gobierno? ¿Qué queda del proyecto de Kirchner, que anunció hasta el cansancio su nueva política y la renovación? ¿Es esta maniobra corporativa y de tinte marcadamente fascistoide lo que él considera “nueva política”? La foto que la misma Presidencia de la Nación entregó al periodismo, con un Kirchner exultante y con los brazos en alto, y un Borocotó feliz a su lado, es el símbolo del peronismo clásico. Nada de nuevo hay en la petulancia de un Presidente que en su momento habló de tener un as en la manga y se equiparó a Gardel por su estrategia con los chinos. ¿Alguien recuerda que los chinos incluso podrían pagar la deuda externa? ¿Qué quedó de esa escueta y ambigua “carta de intención”? ¿Alguien ha visto algo más?

Mención aparte, pero no por tratarse de un aspecto diferente sino porque encuadra en la obscena mediocridad de un palafrenero alcahuete, es la frase que “Chirolita” Fernández habría dicho a sus allegados, recordándoles que él había prometido cuatro diputados en las últimas elecciones, y que con el “pase” de Borocotó se llegaba a ese número.

Responsabilidades compartidas

El juicio a Ibarra es un golpe para Kirchner, que acusó recibo demorando un día más el regreso de su descanso en Calafate. Desconcertado, “Chirolita” Fernández procura enmendar su desatino con Borocotó. Pero hay cosas que no se corrigen. Quien debería revisar su estrategia a la hora de elegir candidatos es Macri. Obnubilado por las marquesinas, Macri suele manejarse más con la farándula que con la política, y sólo así se puede entender que entre tantos candidatos potables haya ungido a un tránsfuga. Dicho en otras palabras: al elegir a Borocotó, Macri puso en bandeja la posibilidad de que el Gobierno lo captara. Sabemos cómo se manejan Kirchner y su séquito de mercenarios; ¿no lo sabía acaso Macri?

Estos señores proliferan en las sombras, se amparan mutuamente, reptan y crecen y se expanden como los hongos. Surgen de la misma sociedad argentina, no de algún platillo volador o de alguna potencia extranjera deseosa de amargarnos la existencia. Están acá, entre nosotros. Si a ellos les cabe el estigma de la componenda facciosa, a los demás argentinos, en general, les cabe la abulia y el dejar hacer. La renovación de la política es una tarea de todos. El tema es demasiado importante para dejarlo sólo en manos de los políticos.

Como broche de oro de una semana agitada, el domingo 13/11/05 Hugo Chávez dio a conocer en su programa una filmación del debate en la Cumbre de las Américas, que expresamente fue a puertas cerradas. Con su habitual incontinencia, Chávez ha sentado un precedente de riesgo. Y, por si fuera poco, las miradas se dirigen a la Argentina como responsable de haber entregado las cintas. Kirchner ignoró el pedido de México de sumarse al Mercosur, y evalúa ir a Venezuela. Van quedando de lado los países líderes de Suramérica: Chile, Brasil, México.

Los parientes son imposiciones, pero los amigos, como las relaciones, se eligen. También nos cabe, entonces, esa responsabilidad.

© Carlos O. Antognazzi.

Escritor.

Santo Tomé, noviembre de 2005.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 18/11/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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