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Libertad

Ángeles Charlyne

Argentina



La mujer de la foto, parecía decir algo. Sus grandes ojos verdes, manifestaban cierto descontento, como si alguien por alguna extraña razón la hubiera obligado a retratarse, para quedarse ahí por siempre.
El negro de la película fotográfica, dominaba la escena, confundiendo a la protagonista con el fondo lóbrego y encerado.
Detrás de ella, se alcanzaba divisar una puerta entreabierta, la que, supongo gemía ordinarieces desde sus bisagras resecas y abandonadas. El marco desvencijado, caía a uno de los lados, dejando firmes certezas.
Manuela se colocó a mi izquierda y tocándome suavemente el hombro, murmuró -¿Es misteriosa verdad?, ¿Sabes? -agregó- desde siempre, ese retrato estuvo ahí colgado, la abuela Josefa, ¡esa! ¿la ves? -preguntó escrutadora señalando el otro retrato-, nunca me quiso. Herminia me confesó que mi abuela detestaba a mi padre. Por esa razón mi madre fue sentenciada a padecer sus continuos desplantes y reproches.
Yo le tomé la mano y su dedo índice acusador bajó doblándose para aferrarse al apretón que le brindaba mi mano; luego me volví, regresando por fin celosamente a la joven mujer que me subyugaba.
Manuela se marchó, silenciosa, por el amplio corredor dispuesta a recorrer otras habitaciones. La casa era grande, pero vieja, tan vieja y ruinosa como la anciana antes señalada, que, desde la foto controlaba. Ella, estaba sentada con los brazos cruzados sobre su regazo, su rostro oval, el cabello blanco y tirante, sujeto atrás por una peineta que asomaba en lo alto del rodete.
Los ojos siniestramente oscuros y penetrantes como una daga, parecían perforar los míos. Su atuendo chispeaba brillante, como si miles de dragones se hubieran dado asilo por debajo de la falda.
La figura, imponente y descolorida por el tiempo, se perdía entre los sepias y los rojos, parecía no rendirse ante la muerte,-pero calculo que alguna vez tuvo que hacerlo.
Detrás de la anciana también coincidentemente con el retrato de la mujer joven, había una puerta, pero, a diferencia de esta última, permanecía cerrada.
Sentí cierto escozor dentro del alma, un vacío inmenso que se internó y provocó mi retirada.
La casa había sido propiedad de antepasados parientes de Manuela, según me enteré y a pesar del resto que aún vivía, se libró un testamento que la hizo acreedora de la misma.
Nunca comprendimos tamaña decisión, ya que habíamos permanecido alejados de la familia por influencias de la funesta y desamorada abuela. A nuestro pesar, sentíamos que habíamos sido causa de evidentes conflictos entre los familiares, que ofuscados se fueron del pueblo.
Nos quedamos solos, en un lugar inquietante, hostil, donde la gente caminaba cabizbaja y de espaldas encorvadas, hasta los niños parecían inocentes criaturas envejecidas, sollozando uniformados, cierta formalidad.
Las calles respiraban aires grises y mustios, producto del polvo levantado por idas y venidas. Todos eran presos de su propia cárcel, perseguidores de la nada, que sin lugar a dudas respondía a esa huida temeraria y temerosa que se resistían abandonar.
Sus casas “sus prisiones”, como la nuestra, estaban deterioradas, con paredes rasgadas por entretejidas y tupidas enredaderas, que se prendían a los muros como chupadoras de energía.
El verde lo ocupaba todo, para extrañeza, era lo único bello del lugar, savia y vida regurgitada dentro del abismo reinante.
Las miradas, perdidas de los habitantes, calcinaban la tierra, horadando, buscando en los fondos el refugio.
Yo sentía el murmullo de esa caída golpeando las entrañas de la muerte, yo entendía que no entendían y yo tampoco, por eso debía esperar, ¿Esperar? Tal vez el milagro -me respondí ante la pregunta que batallaba insistente en mis sienes.
Carmelo, el panadero llegó con su carro; encorvado como los demás, bajó del mismo, golpeó la puerta y dejó las bolsas de harina.
Herminia, la mujer que había criado a Manuela, desde que su madre decidió poner fin a sus días, tomó la pesada carga y la arrastró hasta la cocina, desató los nudos y volcó en un recipiente la porción necesaria para amasar el pan del día. Todo era rutinario y organizado, un ritual que yo observaba desde la ventana de mi taller de carpintería, mientras la madera se despojaba aserrinada en gritos. El colchón amarronado que se formaba desafiaba a las nubes blancas que bailaban en la cocina. La voz de Manuela llamándome quebró la magia pronta a ser vencidas por el agua que Herminia colocaba en el tazón.
El serrucho se deslizó de mi mano para caer sobre el tablón, lineal, y sin argumento se calló lo que duró el instante, cuando sentí perder a Manuela.
De su boca apenas entreabierta se escuchaba un frágil silbido, como si sus pulmones se hubieran adueñado de todo el aire si dejarlo regresar.
La tomé entre mis brazos y corrí desesperado al cuarto, la arrojé en la cama; la criada lloraba, frotándose el rostro con las manos flamantes de masa.
Miré buscando a Dios en algún sitio: En su lugar sólo paréntesis encerrando pesadillas...
La mujer anciana sonreía ahora, desde la foto, parecía haber logrado su cometido.
La otra, la joven, misteriosamente había escapado por la puerta abierta. Comprendí entonces mi embelesamiento por esa joven de la foto y la relación que nos unía
- seguramente de alguna otra vida-, un “dejá vu” -pensé- cuando Manuela, cerró sus ojos verdes... también para marcharse.
Me asomé a la ventana. La gente estaba erguida, libre, despreocupada, parada junto al portal, con flores frescas en las manos...

Este artículo tiene © del autor.

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