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BORDERLINE

Lylián Rodríguez Méndez

Uruguay



Este cuento ha sido publicado recientemente en la antología argentina de autores internacionales "La nueva literatura de habla hispana", selección en el "IX Certamen Internacional de Poesía y Narrativa breve" de Editorial Nuevo Ser.

 La bestia ha entrado en un profundo sueño. Los ojos cerrados denotan dolor. Acepta el destino, rendido ante el momento final...
 El recuerdo de su infancia era borroso. Todo llegaba en oleadas. Las incursiones por los bosques de la Amazonia, los mangles donde disfrutaba de hermosos baños aferrado a sus raíces... Había nacido en las afueras de Porto Velho, capital de Rondonia. No conoció a su padre. La madre le había dicho que estaba en alguna parte del noroeste de Brasil: -Talvez, nâo muito longe de aqui.
 A muy temprana edad comenzó a trabajar; ayudaba a la florista del barrio a llevar los fardos al centro de la ciudad pero al regreso, en cada esquina lo esperaban con maconha. Las pandillas de dependientes lo enrolaron a los siete años y a los quince no le permitieron seguir concurriendo a la escuela, le dijeron: -Você tem que cursar noturno.
 El mercado lo tentó y cada día caminó alegre una hora para llegar. Al regreso siempre lo envolvía la rabia. Las extensas jornadas eran compensadas la mayoría de las veces con verduras machacadas, patas de puerco y menudos de pollo. Rara vez le pagaban con dinero que siempre prometían. Desde que tuvo uso de razón fue explotado de diferentes formas.
 Al principio, entraba por lapsos muy cortos pues nunca lo atrapaban con los objetos robados. Apenas sustraía el producto de los bolsos y carteras, se deshacía de la prueba tirándola a los tachos de basura. Varias veces allanaron su casa. En cuanto veía llegar a los paramilitares huía por la puerta trasera del rancho. Después, el padrastro le propinaba una golpiza: -Você devia pedir ajuda pra sumir da policia. Isso nâo lhe custaria mais do que cinqüenta por cento.
 Eustaquio comenzó a ser apresado por períodos más prolongados y cuando lo llevaban muy seguido, a la salida se iba a los montes ralos de la sabana y allí pasaba trepado en los troncos gruesos o bajo alguna arboleda quitasol hasta que llegaba el aburrimiento. Luego, una existencia miserable lo hizo terminar en una de esas celdas inmundas y oscuras. El resultado fue una larga condena... Allí, más mil presos se apretujaban en jaulas con espacio para cuatrocientos. La sarna, tuberculosis y sida  proliferaba con poco o ningún tratamiento médico. Cazados, con un trato altamente discriminatorio desde la captura, a muchos los tenían por culpables sin proceso, no llegaban a conocer el abogado que la justicia debía asignarles. Otros, debían esperar bastante para recibir asistencia jurídica.
 Él negaba la condición humana, despojado de todos sus valores, había aprendido el arte de sobrevivir pese a la soledad..., los castigos corporales, el tráfico  sexual, el  aniquilamiento y exterminio de las bandas rivales de la prisión.  
 Durante los primeros tiempos, su madre que había superado el alcoholismo acudía a verlo, pero no soportó las humillaciones de que era objeto y dijo: -Nâo penso voltar a este lugar de pobres, negros e prostitutas, onde me manuseiam pra permitir a visita.
 Él no tuvo descendencia, fue lo único que aprendió, decía: -Nâo vou trazer filhos  ao mundo pra que eles roubem, matem ou virem putos maconheiros.
 Totalmente abandonado vivía soñando con salir. Muy atrás en el tiempo había quedado un mal recuerdo, su violación a los cuatro años y los golpes de su progenitora por inventar esa hazaña del concubino.
 A cada revuelta encontraban una nueva boca de escape. Eustaquio, como todos, quería irse de allí, pero para eso debía pasar por la autorización de los jefes de las bandas y no lo toleraba. Él excavaba doble turno pero luego era relegado a los últimos lugares de la larga lista de quienes esperaban fugarse. No soportaba más.
 El instinto lo sublevaba después de tantas agresiones, lo empujaba a la rebelión diaria. Las revueltas eran fruto del hambre y de la corrupción de sus guardianes. La tortura los esperaba en cualquier lugar. La desesperación se volcaba en ese grito de libertad porque no los consideraban personas.
El abuso le hizo brotar ideas y decidió apartarse de las reglas. Buscó aliados  para liderar, nuevas pautas de conducta con reparto igualitario de actividades. Trazó un plan: habría que cubrir rondas, campanear los desplazamientos de los otros, los ajenos a su grupo. También tendrían que fabricar sus propias herramientas. En su cronograma entraban las horas de descanso de los principales matones, los relevamientos de los carceleros y comidas que debían sacrificar ante los supuestos malestares pasajeros. No había mucho para sustituir los alimentos perdidos por esa estratagema a pesar de las variadas alimañas existentes, así que se conformaban con cucarachas y ciempiés, porque con los ratones no podían, aunque había un compañero de capacidad disminuida  que en más de una ocasión los había comido disecados.
Los intentos de los reclusos por huir eran insólitos e igualmente previstos, tan solo quedaba probar lo más obvio y por eso descuidado, eso sí, al encargado de cocina debían sortearlo entre todos, tenían que tener colmadas sus apetencias.
Les llevó una quincena reunir herramientas y materiales necesarios. A cada avance de obra, las revueltas postergaban sus trabajos y no podían dejar de cumplir con sus tareas en el túnel de la pandilla regente, no obstante, se habían acercado bastante a la meta proyectada. No podían implicar a quien les proporcionaría el pase hacia la libertad, debería parecer un descuido del guardia controlador de deshechos.
Al fin llegó el día señalado. Todo estaba previsto para el anochecer, el grupo se creía unido y fiel, pero la inseguridad y el miedo imperó en uno de ellos y atrajo la traición. Antes de deslizarse por la galería debían eliminar tres guardias, en especial el que vigilaba el extremo oeste del techo del establecimiento carcelario y hacia allá se dirigió Eustaquio con cinco de sus colegas. Las características de los centinelas habían sido estudiadas desde hacía mucho tiempo; jugaban con esa ventaja. Después de llegar a la parte superior y en el momento en que le asestaban un golpe al policía, los rodearon los cabecillas principales de la prisión armados con barras de hierro y cuchillos. La alarma sonó y la revuelta fue general. La trifulca más sangrienta fue arriba.
 Fuera de todo cálculo, más allá del instinto feroz de la civilización más salvaje, sin la justificación del animal que ataca para sobrevivir, mata y destroza para comer, existen y están allá, en Urso Branco. Allí llegan por máxima seguridad para impedir las fugas, consigna obligada de todo el que ingresa al penal.
 A pesar de todo el entramado de historias personales mezcladas con los desordenes psicológicos más graves y severos, nada explica la conducta de esas mentes ausentes, de esas personalidades escindidas del respeto por la vida humana, sin límites, borderline...
 Eustaquio fue desmembrado, decapitado y  su cabeza tirada extramuros.
 Los ojos cerrados denotan dolor...

Este artículo tiene © del autor.

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