Portada del sitio > LITERATURA > Relatos > BIFURCACIONES
{id_article} Imprimir este artículo Enviar este artículo a un amigo

BIFURCACIONES

Marcelo D. Ferrer

Argentina



¡Es tan viva y persistente su mirada!
¡Es tan profundo el misterio que desencadenó! 
Que a menudo, gobierna mis actos.

  
 
Ocurrió cuando tenía dieciocho años, en 1975, en el quinto subsuelo de la Facultad de Ciencias Económicas de la ciudad de La Plata. Yo había ingresado ese año. Era octubre. En mí sonaba la chicharra que me espabilaba del letargo invernal. 

En la ciudad de La Plata la primavera suele ser impredecible. Te levantás de la cama con la promesa de un sol quemante, salís con una remera de jeroglíficos y sandalias, y regresás por la noche muerto de frío y haciendo el ridículo. Lo que seduce es la promesa; octubre es como tirarse por un tobogán al aletargado sopor del verano. Así me sentía aquella tarde dentro de una remera colorinche, un vaquero Levis Strauss Clasic y un par de sandalias de cuero. Recuérdese que toda la movida del hipismo y la new age estaba recién en sus comienzos.

Como otras tardes desde que frecuentaba la facultad, libraba una batalla contra la claustrofobia que me provocaba sentirme sepultado a veinte metros de profundidad. El quinto subsuelo era -y sigue siendo en la actualidad- una catacumba húmeda y mal oliente. Al frente, uno de los tantos profesores que jamás volví a ver. Nuca supe que facción lo asesinó, si los ultras de derecha, o los ultras de izquierda. Recuérdese también los penosos años que siguieron.

De súbito se hizo un silencio extraño. Me senté sobre el respaldo desvencijado de mi asiento para ver bien al sujeto que empuñaba el revolver. El tipo comenzó un discurso admonitorio de una revolución que sería a sangre y fuego. El profesor, mientras tanto, detrás de su escritorio, juntaba sus pertenencias y las iba guardando prolijamente en su maltrecho portafolios. Echó una airada mirada al que ahora ocupaba el centro del tablado, y se marchó.

El hombrecillo al frente aunaba frases hechas que parecían extraídas de aquel largometraje de Omar Shariff y la hermosa Julie Christie: “Dr. zhivago”; cuya trama amorosa era sesgada por la revolución bolchevike. El color lo ponían dos hermosas chicas de boina negra y pañuelo rojo al cuello repartiendo panfletos con el rostro del che Guevara. El melenudo al frente era apenas mayor que yo. Hablaba y gesticulaba moviendo los brazos y revoleando con ellos el arma que pasaba de una mano a la otra como si estuviese familiarizado con ese tipo de acrobacias; hacía gala de una desaprensión que deseaba disfrazar de profesionalismo. Cada vez que el caño del revolver apuntaba a la clase, las cabezas se hundían más y más entre los hombros. Me asaltó una premonición.

Éramos una cincuentena de estudiantes para todos los cultivos. Al frente, junto al sujeto, los más aplicados, buscaban la manera de escabullirse sin que fueren señalados por su indiferencia o desapego a los ideales revolucionarios. Los había que aplaudían y vitoreaban, e incluso se ofrecían a distribuir los panfletos. Aquellos que guardaban una mirada recelosa y hasta indignada; y los que, como si estuviesen en una sala de teatro o conferencias, presenciaban los hechos sin ningún apasionamiento. A este último grupo pertenecía yo.

Al fin me llegó el panfleto. Decía: E.R.P. (Ejercito Revolucionario del Pueblo). Primera vez que leía esa sigla y su significado. Me lo entregó una hermosa morocha que se detuvo por unos instantes al dármelo; me miró a los ojos y se quedó estática como leyendo mi catálogo de fabricación. Luego continúo con su tarea mientras yo me esmeraba -sin éxito- por ponerle atención al panfleto y dejar de ver cómo su mirada centellaba entre las letras.

Me importaba nada la política. Hacía algo más de un año que había muerto Perón, y había quedado al frente del gobierno “la perona”; como peyorativamente la llamaba mi abuela Rosario. Creo que mi antipatía por la política se había consolidado con la muerte del general. ¡Qué invierno por Dios! En cama, con los 40º de temperatura que me provocaba una soberana gripe, me había pasado cuatro días junto al féretro de “don Juan Domingo”, único programa que transmitía la cadena nacional de radio difusión. Decían que estaba embalsamado; yo qué sé... igual sentía olor a podrido. En mi casa eran radicales de Irigoyen; papá tenía una foto para nada carismática del "peludo" con cara de ultratumba.

La economía sí me importaba. Hacía poco había comenzado a trabajar en la Municipalidad con un sueldo que la inflación erosionaba todos los meses. Además, algún día sería contador, y me tenía que interesar.

Finalmente, habiendo dicho lo que vino a decir, el tipo se fue junto con sus dos parteners.  Antes de salir, aquel ángel que me entregara el panfleto, se paró en la puerta, dio media vuelta, y me miró nuevamente. Se quedó allí por unos instantes y luego se fue. Había algo especial en aquellos ojos; una súplica tal vez. Tuve el impulso de llamarla..., preguntarle una tontería..., entablar un diálogo. Mis dieciocho eran muy inseguros, entonces. Dejé que se fuera. 

La clase había terminado. Me quedé no obstante unos momentos sobre el respaldo de mi asiento observando la reacción de mis compañeros hasta que recordé la claustrofobia y tuve irrefrenables ansias de irme. En el aula contigua comenzaba la alharaca del melenudo; pude oírlo decir las mismas gansadas de hacía un rato. Inmediatamente la imagen de una de sus acompañantes volvió a mi mente.

"Entonces fue que la llamé... Breves pasos nos distanciaban; traduje en predisposición que diera algunos hacia mí mientras mis torpes ansias, y un ensimismarme en qué decir, esfumaban de los míos cualquier obstáculo. Balbuceé un nombre y sonrió. --No -dijo por detrás de su sonrisa, y mucho más tras el achinamiento de sus párpados. Entonces supe que sin haber ganado yo, o haberse entregado ella, teníamos un diálogo. Le dije mi nombre; le hablé de mi sorpresa ante sus ojos que parecían suplicantes. Luego escalamos hacia la superficie del mundo y de las cosas. Me habló de mitos e ideales. Le dije que nada sabía de revoluciones ni de oligarcas. Sobre el borde de la tierra se quitó la boina. Nos sentamos contra el invencible muro de la Universidad. Un tilo alternaba sobras por delante de un sol tibio. Cada tanto alguien que pasaba se agachaba junto a ella, y sin interrumpir nuestra conversación, ella le entregaba un panfleto del che, y seguía enfatizando de ademanes su adoctrinamiento. Maravillado y extraviado; sorprendido de que la bruma de mis ojos se disipara ante el romanticismo de sus convicciones, el sol se adormeció a occidente; y el tilo, inútil ahora, siempre mudo, fijo y solo, se abandonó a otra noche irremediable. Volvió a calzarse su boina. Nos pusimos de pie. Unos pocos panfletos en sus manos simbolizaban el torbellino juvenil de la época. Entre 'Confesiones de Invierno' y 'Aprendizaje', la búsqueda era un cambio, un alumbrar a sociedades más justas. Caminamos por la calle 48 hacia 1. La primavera traía reminiscencias de un invierno todavía perdurable. Se paró frente a una puerta y se frotó los brazos; sus poros estaban encrespados por el frío y me pareció tan real ¡tan llena de vida! Sonrió por enésima vez, y entró. La vi de nuevo al día siguiente y al rato y después ... A su través marché por el boleto estudiantil y amanecí de 'la noche de los lápices'. Conocí la intolerancia: cuerpo en tierra!! Con las manos sobre la nuca!! Dormí con ella al amparo de un techo al son de las balas y las bombas... Supe de equívocos e irracionales; de caminos sin horizonte que a tiempo elegimos no transitar. Alejados pues de aquellos mecenas del infierno traficando la épica juvenil de los setenta, sobrevivimos los dos."

Estaba juntando mis cosas cuando oí el disparo. El sonido fue ensordecedor. En los pasillos hubo corridas y algunos gritos de pánico. Había sido un único tiro, con lo cual, podía descartarse una balacera. Me acerqué. Imposible ver nada entre tanto tumulto. ¡Hay una chica herida! -alcancé a escuchar- ¡Una de las que venían con él! ¡El revolver se disparó accidentalmente!. Me abrí paso como pude deseando que mi premonición fuera equivocada... Pero no. Era ella la que yacía tendida en el suelo. Estaba consciente y con sus ojos abiertos. Había cierta paz en su mirada cuando la dirigió hacia mí dejándola estática mientras su luz se iba apagando... Yo también la miré; estoy seguro que expresándole mi impotencia. En torno a su cuerpo, una fenomenal isla de sangre también rodeaba mis pies.  Su piel estaba erizada y supe que tenía frío. Froté sus brazos.

"Fue así que volví sobre mis pasos hasta el respaldo de mi asiento. El melenudo hablaba sin ser escuchado. Ella venía hacia mí mirándome fijamente; traía en su boca una sonrisa afable. Contuve el impulso de sostener esa mano que me entregaba el panfleto. Un segundo; un sólo segundo. Una palabra que la hiciera trastabillar un paso y volverse hacia mí y pensar que lo mío era una incoherencia tonta y sin sentido. Pasó junto a mí por enésima vez y por enésima vez paralicé mis pulmones para no dejar escapar su brisa o hacerle una muesca a mis sentidos. Entre las letras estaban sus ojos vivases, interrogativos... suplicando por ese segundo capaz de cambiar su destino. Siguió por detrás de mí y me volví para verla. El cabello ondulado caía por debajo de su boina con mágica gracia. No pertenecía ella a la corte del sonso al frente; sus adolescentes dieciocho la arrastraban a un romanticismo utópico que luego traicionaría a tantos otros como ella. Yo tampoco sabía de eso ni me importaba. Siguió hacia el fondo del salón y regresó sin que dejara de mirarla; ella también me vio. Cuando retomó su ubicación junto a aquel que hablaba y se agachó apenas esquivando el ademán ostentoso del arma, tuve la premonición del accidente. Corrí al frente con la respiración entrecortada y salté sobre el sonso para sacudirlo... Ella se iba y mientras se iba me miraba. En la puerta se detuvo. Giró sobre sus pies. Puso ternura en sus ojos y dijo: gracias."

Le quité la boina y toqué su frente; sé que lloré. Al cabo de... segundos, fallecía. Habiendo expirado, sus ojos vidriosamente y desenfocados seguían pétreos en dirección a los míos.

--¿Es tu amiga? -me preguntaron-

--Si -respondí luego de pensarlo-.

Siquiera oí su voz... A veces me desvelo, contengo la respiración, y ruego por recordar su perfume. Entonces ella me mira, simplemente, y me dice -gracias.

Dieciocho años tenía Marina aquella primavera de 1975. Ella bifurcó mi vida al apagarse misteriosamente la suya. Fui lo último que miró..., tal vez su último pensamiento. Cuando desmenuzo los breves instantes de nuestra comunicación carente de sonidos, me sumerjo en un bullicioso diálogo en el que siento conocerla desde siempre... De pronto sus ojos se achinan y suelta la risa; entonces, yo también río... con ella.

Frecuentemente me interrogo si pudiera haber evitado su muerte; si hubiera podido ser yo el que bifurcara su existencia con una actitud resuelta que quebrara la fatal cadena de acontecimientos de aquel día. Esa milimétrica secuencia de espacio-tiempo en que la muerte cumple su cometido.

Este artículo tiene © del autor.

284

Comentar este artículo

   © 2003- 2018 Mundo Cultural Hispano

 


Mundo Cultural Hispano es un medio plural, democrático y abierto. No comparte, forzosamente, las opiniones vertidas en los artículos publicados y/o reproducidos en este portal y no se hace responsable de las mismas ni de sus consecuencias.

Visiteurs connectés : 9

Por motivos técnicos, reiniciamos el contador en 2011: 3711904 visitas desde el 16/01/2011, lo que representa una media de 361 / día | El día que registró el mayor número de visitas fue el 25/10/2011 con 5342 visitas.


SPIP | esqueleto | | Mapa del sitio | Seguir la vida del sitio RSS 2.0