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ERG CHEBBI, LA PUERTA DEL SAHARA

Valentín Justel Tejedor

España



Después de un largo recorrido por pistas arenosas y pedregosas en muy malas condiciones, llegamos a la puerta del Sahara, allí columbramos un paisaje que se mostraba con todo su verismo, siendo paradójicamente este  su mayor encanto y atractivo; recuerdo la densa y polvorienta nube de arena, que dejaba tras de sí nuestro todoterreno, como si se tratara de una misteriosa y mágica estela amarillenta, que según avanzábamos se iba difuminando, y desvaneciendo, hasta desaparecer por completo, sin dejar rastro alguno de su efímera existencia.
La panorámica que nos ofrecía aquel tapiz dorado, con sus figuradas olas onduladas en forma de dunas, era verdaderamente estremecedora; recuerdo como la tenue luz vesperal iluminaba dócilmente de color bermejo, corinto, lívido, y encardenado, aquellos heteróclitos y sinuosos careados de poniente, con sus vetas arenosas a modo de lineales estrías modeladas espontáneamente, por el fragoroso susurro de un céfiro, suave y fresco de atardecer; por el contrario, los tenebrosos veriles de levante, oscuros, fríos, e inertes, parecían cubiertos por un fosco, fuliginoso, y aterciopelado manto de arenisca, que les resguardaba del constante azote de unas ráfagas invisibles, y rumorosas, que recorrían la superficie de estos sedosos médanos, ocasionando el permanente desplazamiento de miles de partículas de ínfimas dimensiones, que a merced de las corrientes parecían navegar a la deriva, en este sabuloso océano.
La perspectiva del lejano horizonte era extremadamente llana, rasa, y monótona; uniformidad que tan sólo era quebrada por las despuntadas crestas arenosas de las miles de dunas, que emergían y asomaban tímidamente como queriendo huir de aquel mar de soledad y silencio perpetuos.
A la mañana siguiente, una pista secundaria parcialmente cubierta de arena,  nos condujo hasta el mismo corazón del Sahara, en aquellos sedantes bajíos arenosos no se escuchaba ni el tráfago que febriliza las ciudades, ni el cíclico y acompasado romper de las olas del mar. En estos médanos tan sólo se escuchaba un respetuoso y permanente silencio, fruto de la categórica quietud, y de la absoluta y voluntaria calma que impregna estos áridos, severos, y destocados territorios. Sobre aquel cielo nítido y diáfano, brillaba un refulgente, y fulgurante sol que abrasaba los ilimitados confines de aquel desnudo desierto.
Así, tras recorrer varias decenas de kilómetros en los que las dunas alcanzaban una altura ciertamente arbolada, proseguimos viaje hasta un pequeño y alejado oasis; nuestro guía nos indicó que observáramos como en la lontananza del horizonte un grupo de nómadas con sus meharis o camellos aparecían reflejados en un lineal lago de aguas transparentes, el efecto visual era realmente sorprendente, estabamos ante un auténtico espejismo, minutos más tarde esta imagen se desvaneció, desapareció de nuestras retinas, quedando en su lugar únicamente el paisaje característico áspero y estéril de estas latitudes; el guía nos explicó que este fenómeno se produce porque las distintas corrientes de aire caliente y frío hacen las veces de espejo y de lentes, produciendo este efecto óptico, existiendo las imágenes que se reflejan pero nunca las aguas, o lagunas donde se reflejan.
Así tras recorrer varias decenas de kilómetros más, al fin pudimos llegar a nuestro destino, recuerdo su visión como si se tratara de una verdadera isla en medio de la inmensidad del mar, con su intenso color verdusco, irradiando vida en contraste con el ictérico y ambarino pálido de las inertes arenas circundantes, en sus proximidades se hallaba una pequeña aldea o poblado deshabitado, con sus casas de adobe, sus solanas y resolanas, bañadas por un sol que cegaba y abrasaba sus derruidos lienzos y cornijales; muchas de estas construcciones estaban semienterradas por el imparable avance de las dunas; sus estancias y patios, se hallaban completamente desbordados por las ingentes cantidades del amarillento silicato, que escapaba por los grandes huecos dejados por las mutiladas puertas y ventanas, sin portones, ni cuarterones; en la parte posterior de esta aldea se erigía un montículo agrisado y pedregoso, lleno de angulosos guijos y cascajos, entre los que sobresalían pequeñas plantas y hierbajos de escasa altura, y muy resistentes al sofocante y asfixiante calor.
En aquel oasis tuvimos ocasión de contemplar de cerca la caravana de unos nómadas, que habíamos visto anteriormente, así mientras el guía hablaba con ellos, tuvimos tiempo de observar sus polvorientos y fatigados rumiantes, dotados de grandes pezuñas, y piel áspera, que se encontraban bebiendo abundantes cantidades de agua.
El día paulatinamente daba paso al crepúsculo, abriéndose una noche azul, transparente, y metálica, cubierta por un cielo raso, onírico, y estrellado.
A la mañana siguiente tras recoger nuestro improvisado campamento, emprendimos viaje de regreso hacía el Norte del Sahara, en nuestro camino de vuelta fuimos sorprendidos por un bimotor que destacaba sobre un cielo límpido y zarco, sobrevolando a escasa altura esta zona del desierto; recuerdo como la vívida y resplandeciente luz proyectaba la oscura silueta del aparato sobre las onduladas y yermas arenas, y el fugaz y transitorio deslumbramiento que producía el observar su rectilíneo planeo.
La experiencia en el Sahara es única, embriagadora, y fascinante, tanto que quien es atraído por su influjo, y su magia siempre deseará regresar allí.

Este artículo tiene © del autor.

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