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NUEVA YORK, LA CAPITAL DEL MUNDO

Valentín Justel Tejedor

España



Al acercarnos al helicóptero el ruido producido por los rotores era francamente ensordecedor, las fuertes turbulencias levantadas por sus grandes aspas en continuo movimiento, nos impedían avanzar hacia él, a pesar del gran esfuerzo realizado; así una vez que superamos la fuerza de la corriente de aire producida dentro de su radio de acción, y nos encaramamos en su interior, aquel aparato se elevó rápidamente sobre el cielo de la gran manzana, algo que hoy a tenor de las extremas medidas de seguridad estaría prohibidísimo, la sensación producida era lo más parecido a volar en un pequeño insecto, revoloteando entre los afilados dientes de las fauces de un félido; aquellos prominentes rascacielos de hormigón, acero y cristal mostraban con orgullo sus lineales estructuras dispuestas en un plano vertiginosamente vertical, rivalizando en un minúsculo espacio por coronar el techo del mundo, y ofreciendo una de las imágenes más singulares y características de la América cosmopolita, vanguardista, y universal. Aquel arriesgado vuelo proporcionó una primera toma de contacto, de lo que más tarde tendríamos ocasión de saborear en cada rincón, en cada calle, en cada avenida, en cada bulevar de aquella excitante, y arrebatadora metrópoli, que siendo considerada como la capital del mundo, paradójicamente no es la capital de su propio estado.
En efecto, pasear por sus avenidas es como estar a la vez en todas partes, europeos, hispanos, africanos, japoneses, y otros individuos de mil nacionalidades diferentes recorren sus aceras dejando entrever los rasgos propios de cada una de sus culturas, es una ciudad tan anónima, que cualquier cosa por esperpéntica y extravagante que parezca, pasa realmente inadvertida a los ojos de propios y extraños.

El paseo por la Quinta Avenida observando los lujosos establecimientos de las más renombradas firmas, y marcas internacionales, nos hace olvidar rápidamente las excelencias de otros emblemáticos y glamurosos bulevares mundialmente conocidos, como la Vía Veneto en Roma, los Campos Elíseos en París, o la Maximilianne Strasse en Munich.
Tras tomar un cab amarillo nos dirigimos hacia South Central Park, situado entre la Quinta y la Octava avenida, allí se alza majestuosa la estructura con reminiscencias francesas del mítico Hotel Plaza, y enfrente observamos una interminable ringlera de carruajes tirados por caballos unos trisalbos, y otros pardos bellamente enjaezados, que aguardan a los visitantes para ofrecerles un romántico paseo por las calles de esta ciudad.
Este cuadrilongo oasis de verdor enclavado en el mismísimo corazón de Manhattan, nos muestra sin reservas sus inmensas praderas de césped, sus lagos, sus estatuas de bronce como la de Alicia en el País de las maravillas, donde juegan incansablemente los niños neoyorquinos durante buena parte del día, sus caminos y circuitos como el “big loop” que hacen las delicias de los residentes que practican allí running, cicling, o skating; verdaderamente es un pulmón de oxígeno para esta bulliciosa ciudad, donde se puede olvidar fácilmente el estrés, y los ruidos, fragores y estridencias propias de una urbe frenética, impetuosa y apasionante; después de visitar aquel espacio rebosante de naturaleza, nos ilustran señalándonos algunos de los edificios que circundan este corazón verde de Manhattan, donde viven personajes mundialmente conocidos del  mundo del arte, del cine, o de las finanzas.
En días sucesivos, nos elevamos entre esa jungla de rascacielos subiendo al Empire State Building, durante muchos años el edificio más alto del mundo, emblemático por la cinematográfica escena de King Kong, con ese impresionantemente hall decorado en mármol y ese interiorismo en art - decó, con sus ascensores decorados al detalle; también al edificio Chrysler Building con sus alveólos y la imagen mítica del radiador del citado vehículo años atrás, coronando esa estructura de estilo barroco, desde esta torre recordaba unos versos surrealistas del poeta Federico García Lorca, pertenecientes a su obra Poeta en Nueva York, que fueron escritos o inspirados en este mismo lugar:

“Manzanas levemente heridas
por finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego...” .

No muy lejos de allí, en First Avenue con la calle cuarenta y seis se alza el impresionante edificio de las Naciones Unidas, con sus características banderas multicolores que representan a los estados miembros de la Organización internacional. Después también nos trasladamos al Rokefeller Center con esa figura del atlas sosteniendo entre sus brazos una gran esfera del mundo, y justo enfrente se encuentra situada la catedral de St. Patrick, considerada como una de las catedrales más grandes del mundo con esa gran pureza de estilo neogótico. 

Desde Battery Island nos dirigimos en  un transbordador hasta Liberty Island, una isla que curiosamente no se encuentra dentro del territorio del estado de Nueva York, sino en el de New Jersey, allí se encuentra la joya del sueño americano, que recibe al viajero o inmigrante en la bocana de su puerto “La Gran Estatua de la Libertad” con esa corona de siete puntas y esa antorcha que según dicen ilumina el mundo, nada tiene que ver con su réplica a menor escala ubicada en una de las islas del Sena, en la parisina ciudad de la luz.

La visita al Word Trade Center, o Twins Towers fue realmente impresionante, en no menos de un minuto un vertiginoso elevador nos situaba en su planta ciento siete, desde allí las vistas eran espectaculares.
La visión de los barrios de Nueva York se presentaba desigual: la miseria y la pobreza frente al lujo y la ostentación.
La ciudad de Nueva York es el símbolo de la América de las oportunidades, de la América del progreso, de la América de las libertades.

Este artículo tiene © del autor.

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