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NAVEGANDO EN ALGUN LUGAR DEL SUR

Valentín Justel Tejedor

España



Aquella mañana de Semana Santa el viento de levante era intenso, duro, e impetuoso, realmente era un verdadero temporal, recuerdo como todo volaba por la fuerza del aire en aquella playa semidesierta.
Así, a pesar de las adversas condiciones climatológicas seguíamos aparejando el equipo de windsurf, mientras escuchábamos con atención las previsiones meteorológicas para las próximas horas, en la vieja radio de la escuela de vela, desde donde habitualmente nos hacíamos a la mar. Recuerdo la cara de asombro de aquellos muchachos principiantes de no más de once años que seguían con interés las labores de aparejo.
El cielo estaba impregnado de un color ceniciento, y las nubes propias de tormenta eran oscuras, y densas; a escasa distancia de la orilla las aguas se teñían de un color garzo, y azulino intenso, y detrás de ellas se levantaba una imponente barrera de olas, que al romper batían con fuerza el agua formando grandes cantidades de espuma blanca y anacarada, que llegaba con todo su ímpetu casi hasta donde nos encontrábamos; en la lejanía del mar el color predominante era un poderoso azul, salpicado por el níveo de las crestas de las olas de altura.
De este modo, continuábamos aparejando aquellas velas de apenas tres con cinco metros cuadrados de superficie, ajustando bien las botavaras, apretando con fuerza los ballestrinques para que la seguridad fuera máxima, tirando fuertemente del cabo que pasaba por las guías de una pequeña polea con driza de seguridad anclada al ojete del puño de escota, por si en algún momento se soltaba la garrucha de inox, por la fuerza del viento quedando el trapo flameando en libertad como una bandera, una vez estaba la vela tensa como un espejo introducimos los sables, ya solo quedaba ensamblar el mástil al pie de la tabla de windsurf. Todavía recuerdo el paso de los voluntarios de la Cruz Roja del Mar, tomando nota del número de personas que nos íbamos a hacer a la mar, únicamente para tener una mera referencia, pues en caso de riesgo vital era imposible el rescate a través de zodiacs, para los turistas en aquel ventoso día sin sol, y con mal tiempo, aquello suponía todo un espectáculo, recuerdo como tocaban los trajes de neopreno para conocer con más exactitud su grosor, y sus reiteradas preguntas al observar como coloreábamos nuestras mejillas con pinturas de protección anaranjadas, para evitar las quemaduras, así tras este ritual decidimos que había llegado el momento de hacerse a la mar para sentir fuertes sensaciones.
Arrastramos la tabla hacia la orilla cogiendo con una mano los footstraps y con la otra mano la botavara, una vez la tabla estaba en el agua las rachas de aire soplaban a sobrevienta, sin avisar, solo daba tiempo a enganchar el arnés y tirar rápidamente de la vela hacia uno mismo; una vez superada con cierta dificultad la barrera de olas existente junto a la orilla, la travesía tomaba el rumbo marcado, al navegar en través el ruido provocado por las olas sobre la carena de la embarcación era impresionante, fruto de una velocidad de más de treinta nudos, los aparejos se tensaban con fuerza cada vez que alguna de aquellas rachas superaba en picos la fuerza siete, según la escala de Beaufort, pero la sensación era indescriptible, las trasluchadas por avante, se repetían a la vez que los saltos espectaculares entre aquellas voraces olas se convertían en nuestra mayor diversión, la navegación en aquellas condiciones extremas duraba cortos periodos de tiempo pues el desgaste era considerable, siendo necesario descansar de vez en cuando durante unos minutos para volverse a hacerse a la mar; varias horas después la intensidad del viento había bajado hasta fuerza cinco, la emoción desaparecía por momentos, la sensación de riesgo decrecía, y los niveles de adrenalina descendían rápidamente.
A última hora de la tarde con la caída del sol finalizaba aquella agotadora, pero fascinante jornada de viento, agua, y sal.

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