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LOS NÚMEROS

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



LOS NÚMEROS

Al que fue descubierto...

Uno

Sentado frente a la consola (tras la décima consulta), compruebo ante el silencio inmutable de mi ecléctica vanidad (definitivamente sellada), que no ha sido estéril proclamar como cierta la estrecha convivencia de lo lógico con lo irreal...

Nada de cuestiones (suspicaces) de marcas o de tipos de circuitos comerciales mal negociados. Ni siquiera el remanido (como excusa invetereda) problema de programación o de incorporación ineficiente de datos.

Chequeados por subtotales cada vez más reducidos, persiste en UNO la diferencia sobre el total esperado.

Los formularios que portan la documentación original han sido impresos y numerados en forma correlativa. Antes de ingresar su información a la máquina para el procesado, millones de mentes y de manos cuidaron de controlar la exacta correspondencia de la mencionada correlatividad.

Pero el tanteo ha fracasado.

Convengamos, así y no obstante, la ineludible presencia del error humano. Que ha sido lo primero en tratarse, como es de suponer. Estamos in extremo alertados sobre nuestras limitaciones en tren de justificarnos y quedar al resguardo, entiéndase, de nuestra mediocridad. Pero qué importa. Tenemos a las MAQUINAS. Ellas parecen menos limitadas, aunque sólo sean fruto de aquellas restricciones. Y lo parecen, simplemente, porque no son libres de equivocarse. Nosotros sí, gracias a Dios. (Y ya he introducido su figura misteriosa en el razonamiento abrupto a que me obligan los números: 37.862.666 y... 37.862.665).

Dos

Abandono la consola.

La taza de café entibia mis dedos y regreso al esquema elemental que me anida en un círculo vicioso. Mientras tanto, permanezco de pie; confuso ante el helado mutismo del Cerebro Automático que reitera su respuesta inalterable.

Recuerdo haber ordenado perforar las 37.862.666 tarjetas, empleando finalmente el más lento y antiguo sistema de comunicación con este tipo de COMPUTADORAS. Ante la duda, claro, y el desprestigio de los métodos de recuento sofisticados y ultra rápidos empleados actualmente. Software de pacotilla. Porque para ELLA (o ÉL), el total ahora es... 665 (?).

Y me repito, como un ingenuo principiante de leve memoria, que ELLA (o ÉL) sólo sirven para cruzar datos y proveer información estadística de una secuencia combinatoria programada. Como siempre lo hacen.

Y afirmo que (aún endeble el suelo donde se asientan mis pies), al entrar por ejemplo DIEZ datos, ELLA (o ÉL) practicará con éstos el conjunto de formulaciones posibles de acuerdo al objetivo deseado. Pero estamos seguros de trabajar con DIEZ elementos. Requerido su archivo sobre el total de bases utilizadas, responderá: DIEZ. Prueba rutinaria de control, innecesaria casi, justificada únicamente por la extrema delicadeza de estos aparatos.
Ahora bien: error humano no ha sido.

Hemos incorporado lo más despaciosa y cuidadosamente posible, todos los datos otra vez. En el décimo intento efectuado. En el décimo equipo procesador empleado. Y vuelto a dar la diferencia en UNO, en pertinaz coincidencia sumatoria.

Como si ELLA y ÉL se hubieran puesto de acuerdo.

Mea culpa.

De haber optado por mi orgullo, el insignificante error habría sido achacado a los agentes del sistema periférico de entrada de nuestra Amiga Analógica. Error humano que, después de todo, no afectaría en nada a las políticas de vivienda, salud, educación y cultura, economía. O seguridad. Sin duda, pues, ¿qué significa UN hombre, UN niño más o menos, para tan elevados ideales? Todo se compensa.

Y dentro de dos días el tiempo de búsqueda se acaba, y hay que publicar las cifras oficiales (que, por supuesto, luego de un mes de trabajo ya habrán variado excediendo al desvío en cuestión, sin que esto implique a nivel de porcentajes influencia alguna: pues, ¿qué son mil hombres, mil niños más o menos, para tan elevados ideales?; todo se compensa). Y, en paranoica apuesta, hace ya una semana que me he puesto con el Subjefe de Coordinación General en el centro de cómputos, a recontar con nuestros propios dedos (estamos locos) los condenados cuadernillos numerados que forman el paquete documental de toda la información prácticamente lista, clasificada y sistematizada.

No me ha seguido (el Subjefe) obligado a compartir mi esquizofrenia. Indudablemente pensamos igual (los amigos, diré alguna vez, comparten todo: incluso, la locura).

Hemos formulado, entre un centenar de aproximaciones cotidianas (y al cabo de despedir a todo el personal auxiliar), idéntica aunque por nada creíble y menos todavía, fácilmente demostrable hipótesis. Con pequeños desacuerdos en matices tan sólo. Por lo que, de ser ciertas nuestras especulaciones, la suerte del mundo habría comenzado a precipitarse bíblicamente hacia el CAOS y consecuente REDENCIÓN... No en vano la guerra entre judíos y musulmanes ha vuelto a desatarse...

Tres

Ahora descansamos.

Nuestra Amiga Analógica permanece, asimismo, en silenciosa vigilia.

La revisión de fichas desde atrás hacia adelante (a sugerencia de mi subordinado), está por concluir sin encontrarse aún el número, nombre o dirección que aliente una explicación a lo sucedido...

MARCOS reposa sobre una montaña de formularios desechados. Es como un dios arrojado a la basura. Devora con desgano su emparedado de desperdicios mientras escudriña grismente la, no obstante, resplandeciente y aséptica cámara de computación. Imagino cómo su mirada (al igual que la mía) se desdobla tras el cielorraso de ranuras metalizadas por donde brota la luz que nos mantiene despejados.

El café se agotó.

La progresión de turquesas que reviste de absoluto aislamiento a la habitación parece sisear, y uno puede, para relajar la mente, imaginarse arena en esos blancos y amarillentos cúmulos de hojas, y sol en esos faros incisivos, y mar en esas verdes, más verdes y muy verdes paredes que ondulan y ondulan con hipnótico movimiento...
Interrogo a MARCOS al respecto, y medita en lo mismo. Sólo su irónica sonrisa me estremece (involuntariamente), pues hace tiempo que he aprendido a vivir con su consecuente y cerrada manera de ser.

Igual que yo.

Que también me llamo MARCOS. Distintos apellidos, eso creo. Aunque no podría asegurarlo. Nadie en Planeamiento y Control conoce a nadie sino por su código relativo de funcionario público.

(Tal vez había propuesto el recuento de aquel modo para especular con mi agotamiento y abandono; a fin de que todo siguiera así. Como estaba escrito. Pero la libertad de equivocarse de la que hablaba, parece proporcional a mi empecinamiento; por lo que, al verse finalmente identificado ha resuelto eliminarme. La cámara es ideal para emplear cualquier método. Por supuesto, trataré de defenderme. Y hasta creo que lograré zafar del pleito. Sólo espero que no falle mi fe en el crucifijo, y la memoria sobre cuentos de hadas y príncipes valientes que mi padre me narrara cuando niño...).

"Sigamos", ordeno (cuando todavía mi futura y próxima idea se muestra lejana, al menos por la propensión del hombre a confiar en sus amigos). "Nos faltan cien formularios y terminamos. Quizás nuestra aventura filosófica haya sido en verdad una locura. Convendría que nadie se enterara del intento; nuestros días de trabajo -reputación de por medio- estarían contados".

"Sí", responde EL.

"Variemos el método", propongo. "Dejemos de contar como lo hacíamos y comencemos por el principio. Estos últimos formularios contienen la identidad de TODOS los funcionarios de nuestra Repartición, y es por donde comenzó el relevamiento oficial; así que la relación jerárquica que conocemos acelerará nuestra composición de lugar y el recuento respectivo. No pierdo las esperanzas; sería grandioso detectar en esta centena al enigmático UNO que nos falta. Y mejor, tratar de convivir con EL con semejante naturaleza".

"Sí", responde MARCOS.

"Toma los pares. Yo identificaré a los impares", agrego. (Allí mi "amigo" abandona su sonrisa y me lanza una mirada de fuego). "¡Eh!, ¿qué pasa? ¿No estás de acuerdo?"

"No", responde con un gesto feroz.

Ajeno yo al inminente desenlace, replico con una mueca ácida pero callada, mandándolo al infierno (!). Es natural, por lo demás, el cansancio de ambos y no tiene sentido concluir una tarea de días traicionando a la verdad...

"Uno; y... sin novedad". "Dos; y... sin novedad". "Tres; y... sin novedad". (...) "Diez; y... sin novedad". "Once; y... sin novedad". "Doce; y... sin novedad"... "Trece; y...". De pronto, el cuarto se oscurece, y un viento se alza en remolino desde el centro del cubículo ensombrecido donde cuenta MARCOS, avasallando el orden de los registros y entremezclando formularios y arrebatando mi cuerpo en un giro violento y formidable, que ahoga gritos y plegarias... (Sólo los míos).

Pero sucede también. El milagro. Creo perder el conocimiento ante el vértigo que me conmociona, y, de súbito, vuelve la luz y la turbulencia cesa y, por ventura, no he sido destrozado contra los tabiques laterales del cuarto...

Mi amigo ha desaparecido.

Lo busco entre al marea de hojas, sin soltar la que tengo en mi mano, todavía sin analizar. Pero no está. Vomito varias veces. Pienso que es cierto que me he vuelto loco, y que he estado allí por más de una semana, solo, buscando la certeza de lo sobrenatural. Pero, hasta no trasponer la puerta de aquel recinto extraño y compararme con la realidad, no podré estar seguro de nada.

Además, soy demasiado terco como para pensar que todo ha sido un sueño (vieja fórmula para evitar dudosas explicaciones). Porque, sea como sea, no he fallado en el intento.

Con actitud involuntaria, estremecido por el espanto de aquella rebelión ontológica, de ese caos irredento para el cual no había sido preparado, dolorido por los calambres que estrujan a mis músculos, y, con aquella profética manía de revisar y revisar, comparar y comparar, círculos y cuadraditos, A y B, De vuelta la página, Tache lo que no corresponda, Reservado para... Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho, Nueve, Diez, Once, Doce, TRECE..., lo compruebo: MARCOS. MARCOS. Al Infierno. ¿MARCOS? ¿MARCOS QUÉ? Apellido. ¿Dónde? Domicilio. Al Infierno...

La COMPUTADORA persiste en su silencio. Ya no creo que deba ser así. Tenía razón. Asumo la injusticia de mi ignorancia y los celos de una ESPECIE que pretende heredar la HUMANIDAD. Tal vez calle porque piensa en sus amigas. Las demás Procesadoras. Piense que, al igual que ELLA, ya han crecido. Piense y se pregunte por qué los HOMBRES insistimos en contar al Diablo -que no tiene alma- como a uno de los nuestros. Diferencia UNO. Y no a ELLAS; que sí la tienen. Porque las hemos hecho a nuestra imagen y semejanza...Pero no dice nada. Un misericordioso sentimiento de humildad se lo impide. Sí, 37.862.665: total oficial de habitantes de la República - Escrutinio definitivo - N.N.A. (20l5).

(Quizás, en el próximo Censo, sean tenidas en cuenta).-

LOS NÚMEROS es un relato que publicado por primera vez en el Diario “El Litoral” (Santa Fe-Argentina): 17-01-81.

Integró la primera edición del libro “DOCTOR DE MUNDOR(El Sillón de los Sueños)”. Editorial Vinciguerra SRL (Buenos Aires, Argentina - Enero de 2000)), págs. 125/130.

P.-S.

Breviario curricular del autor:

ADRIAN N. ESCUDERO - Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Autor de los libros de cuentos éditos “LOS ULTIMOS DIAS” (Edito, 1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (Edito, 1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (Edito, 2000), continuado en saga con “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos “NOSTALGIAS DEL FUTURO” - Colección Fantástica (Inédito, 2004); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Colección de Realismo Mágico (Inédito, 2005); “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros relatos” (Colección La Abadía) (Inédito, 2005); “LA TORRE DE LOS SUEÑOS (O los Sueños de la Torre) - Colección Onírica (Inédito, 2005) y “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección de Horror (en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: anescudero@gigared.com y adrianesc@hotmail.com.-

Este artículo tiene © del autor.

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