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Las vacaciones de la muerte

Ángeles Charlyne

Argentina



La noche me miraba con ojo avizor oscuro y negro, dispuesta a disparar, entre otras cosas, traiciones. Yo tenía las mías, agazapadas dentro, aunque listas para desentrañar la piel y huir en el momento menos esperado.
Había parido el cielo imprevistamente y algunas estrellas se asomaron como diamantes, peregrinando brillos y anunciando vida, como una mentira más. Cansada, apuré el paso rumbo al aeropuerto. La valija no pesaba, era yo con mi bagaje interno, abrumándome.
Decidida, esperé el avión para abordarlo Cuando se elevó,  pensé que las cosas podrían resultar más livianas, como las decisiones.
La azafata, diligente, disolvió alguna duda impertinente. Pedí un Absolut con hielo granizado, como viera en una película donde el asesino serial incomodaba a Nueva York, por tratarse de “gente como uno”. Lo hice sin medir la expectativa. Ya había quedado lejos ese leve estremecimiento, casi un pellizco, en los sentidos.
El pasajero alineado a mi diestra, me midió como una pieza exótica que va a adquirir; nada nuevo. Sin embargo me debí conceder que era una buena postal de paisaje prometedor.
La voz del comandante sonó grave en los parlantes para anunciar la tormenta que se desplomaba sobre nosotros casi en mitad del Atlántico y coincidiendo con el regreso de la azafata  que sonreía a destiempo y dejaba intacto el contenido transparente. Brindé en silencio por mis equipajes morales olvidados en Buenos Aires.
La garganta me dio señales de vida y el súbito calor tiñó de rojo mis mejillas, casi rosadas de habitual tono, motivo de ironías por parte de Cristina, “mi amiga del alma”.
 El pasajero de grave perfil, según acabara de advertir, pareció sentirse estimulado y requirió un JB amarronado, que llegó más rápido de lo debido. Supuse que se trataba de un intento galante de acompañar a la bebedora solitaria y me imaginé parecida a la tempestad que encrespaba el mar diez mil metros debajo nuestro.
Los relámpagos, como una formación en banda, anticiparon rayos que mutilaban el fuselaje de la nave, granizo y agua se sucedieron, como si se tratara de un recital con figuras invitadas. Noté que el silencio y el bullicio, propios del terror creciente, se turnaban junto con los movimientos. Los extremos, en la vida, contrastan ferozmente cuando la muerte merodea.
El trajinar del pasillo disminuía y aumentaba, según las instrucciones que desde la cabina llegaban asordinadas y retransmitidas por las asistentes, quienes parecían haber cancelado los servicios menos una, la que nos atendía, y que llegaba en su penúltimo giro, con la segunda ronda, que no pedí, pero sí el pasajero de mi diestra, de mirada ausente y gestos gentiles.
Entrecerré los ojos para dejarme ganar por el calor que administraba el licor y utilizar la imaginación, me acurruqué en el asiento como recurso de amparo para salirme y buscar la cuota necesaria capaz de oxigenar el alma. Un buen par de brazos. Un pecho sólido para reposar. Dos manos solícitas, tibias y oportunas para rescatarme. Una buena oportunidad para mecerme golosamente.
Todo iba bien hasta que la voz grave y de miel, a mi derecha, sonó alta y dominante.  Me sobresalté. Levanté la vista para tropezar con sus ojos caramelo y el gesto que, sin variar el tono, me notificó
-Mirá que cuando miro humillo -, para mis adentros agradecí a Perogrullo su enseñanza y a cubierto de obviedades, tal vez por el alcohol ingerido, no mostré mayor cambio en mi actitud. Reparé eso sí en el arma oscura y la mano enguantada, ahora, que ordenaba con firmeza a los pasajeros quedarse quietos en sus asientos, puesto que estaban secuestrando el avión.
Para mi desazón, la diligente azafata, resultó ser una prolongación del servicio, aunque estaba bien dispuesta, pero para reprimir según el arma larga que partía desde su cadera sugerente. Me sentí divertida a pesar del terror que nos rodeaba, ya que sospeché entre sueños una aventura posible.
Los acontecimientos se precipitaron. Hubo réplicas, otros desde distintos sitios, parecieron poco dispuestos a aceptar las órdenes. Un sonido como a madera aserrada, esa que suelo oír cuando hago escultura, resultó el amortiguado eco de los disparos con armas silenciadas; el festival que tiñó de rojo varias chaquetas. Me produjo la sensación de un ballet, a causa de los movimientos, en un avión que tosía espasmódico; en ese carrusel de gritos estaba cuando la mano izquierda de él, se cerró sobre mi boca anunciando mi captura para trabajar de escudo.
Las ordenes y el momento para el aterrizaje, después del tiempo indomable, surgieron a consecuencia de acuerdos que no recuerdo. Sólo sé que la fuerza de su cuerpo era una marca de fuego, casi placentera. El momento central llegó con el rescate del aeropuerto.
Errar es humano. Acertar también.
Los pasajeros fueron marionetas de un carnaval siniestro donde el fuego cruzado llenó de oro y espanto el lugar. Otras manos urgentes me arrebataron luego de sentir mi carne chamuscada. El pasajero arrancado de mí y el resto de sus compañeros, detenidos. Lo gracioso. Lo trágico. Los pasajeros, muertos, salvo yo.
Cuando descendí, una sombra oscura se deslizó por la pista hacia la cabecera. Volví a pensar en mi hombre y en aquella tarde noche para no olvidar, cuando me susurró -Sí... la vida ocurre mientras la muerte toma vacaciones.
Luego la ambulancia decidió por mí.    

Este artículo tiene © del autor.

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