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Instrucciones para un juego de recortables

Carlos Cedril

Dinamarca



Para disfrutar un constructivo entretenimiento alejado de las prácticas pueriles, pruebe a dibujar un entorno apacible, como un río, y adórnelo después con matrices de colores. Recuerde: las aguas serán blancas y las piedras negras, los garabatos de los peces serán descoloridos, fragmentados en escamas pálidas y las palomas volarán sobre un compacto oscuro. Se realizará conforme a lo dicho, puesto que la realidad se compone en bicromía. En el lenguaje quimerino, usted podrá utilizar cuantos colores quiera, pero en su río sólo deberán existir dos tonos ideales: la fe y la negación. El resto lo matizará siguiendo los caprichos de la creatividad.

Ahora imagine que a aquel río lo remonta un puente, envuelto en una luminosa lámina de líquen -preferentemente, gris-. En el caminillo del puente, usted dibujará un recortable con una meritoria apariencia de hombre. Repare en su rostro, en sus facciones; que no parezca incomodado por el fluir monótono de unas aguas invariablemente uniformes. Trace en sus extremidades cuatro dedos en vez de cinco. Para ser prácticos -y ahorrar una cantidad notable de tiempo- omitiremos el dedo corazón, que en los parámetros de la poesía constituye una redundancia inútil. Invierta la tinta sobrante en dotar a nuestro recortable de sueños, anhelos, proyectos, amores y otras afecciones variadas. A su lado, allá donde la mano palpe el vacío, dibuje otro recortable, aunque esta vez con una meritoria forma de mujer -el orden de la asignación de sexos podrá variarse sin diferencias sustanciales en el resultado, así como la propia composición genérica-. En la mujer, donde habría de dibujar un pecho, trace usted un poblado ramillete de orquídeas. Es obvio que el amor no puede verse, pero no olvide que en los juegos todas las pasiones desaforadas son traducibles al lenguaje de la sencillez. En estas simplificaciones se sustentan gran parte de nuestras aspiraciones cognoscitivas. Piense en qué significado le asignamos a la caricia, o al sexo.

El tiempo se habrá marchitado, como las páginas de un libro cuyo desenlace, manido y reconocible, ya conocemos y que no nos merece mayor concesión que la de dejarlo postergado en la estantería: así dibujará usted la muerte, entre nuestros recortables, con los trazos quebradizos de una tormenta que a lo lejos espanta las bandadas de los torcaces, lejos de nuestra pareja de monigotes, lejos de la crisálida del río. Y muchas espumas nacerán del bullicio de las aguas revueltas.

Ahora haga que la tormenta se acerque, que descubra con violencia a nuestros recortables. Las nubes anunciarán la turbulencia del cauce. El recial se encrespará, las aguas colmarán las lindes del río, hasta que quede oculta la boca del puente. Después, despegue con suavidad el recortable con meritoria forma de mujer. Intente desincrustar cuidadosamente los dos cuerpos, el del él y el de ella. Esconda aquel jirón de mujer desvanecida, intente hacer con ella una pelotita de papel arrugado o, simplemente, llévesela, a donde él no pueda acompañarla.

Mire su río. Si el puente quedó solitario, si en el lugar en que se encontraba el recortable con meritoria forma de hombre halla un áspero vacío, es que algo salió mal. Es posible que su torpeza le haya sorprendido. Las manos de los recortables se enlazaron quizá, los cuerpos se conjugaron hasta perder la noción de sí, o quizá él se negó a abrir la mano, a ser condescendiente con la tormenta. Despiece la pelotita de papel y verá que él se aferró al haz de orquídeas. Usted comprenderá que nuestro recortable se equivocó, que se adhirió allá donde sólo había de asir. La cerrazón de nubes partirá y el puente volverá a encontrarse deshabitado. El temporal remitirá.

Recuerde: las aguas serán blancas; las piedras, negras.

Este artículo tiene © del autor.

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