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Violencia en Argentina (XXXVI): Afianzamiento de la corporación K

Carlos O. Antognazzi

Argentina



¿Es Kirchner un Presidente creíble? La pregunta no es arbitraria: para ser creíble hay que actuar con un mínimo de seriedad. Kirchner, en cambio, parece congraciarse con los entuertos y las discusiones bizantinas, en ocasiones inventadas para tapar algún chanchullo.

Violencia en Argentina (XXXVI):

Afianzamiento de la corporación K

¿Es Kirchner un Presidente creíble? La pregunta no es arbitraria: para ser creíble hay que actuar con un mínimo de seriedad. Kirchner, en cambio, parece congraciarse con los entuertos y las discusiones bizantinas, en ocasiones inventadas para tapar algún chanchullo.

Cuando asumió la presidencia se pensó que esos chisporroteos se pulirían durante el ejercicio del cargo. Pero el tiempo mostró que sus arengas a diestra y siniestra son un rasgo de su personalidad. Sin llegar a la bipolaridad, nos Gobierna una persona que oscila entre el agua y el aceite, que parece regocijarse con la afrenta permanente y que, además, no mide las consecuencias de sus actos.

La sombra de Vandor

La ideología setentista mostró en los mismos candentes setenta que era una falacia. ¿Qué puede mostrar ahora de diferente? Sólo evidencia que la falacia de otrora sigue siendo un yerro imperdonable. Si hoy, seriamente y desde la presidencia, se pretende invocar beatíficamente aquel período, o bien se cae en el cinismo o bien se ha vivido encerrado a espaldas del país. Comenzamos a sospechar que Santa Cruz, al margen de sus bellezas naturales, ha sido un lugar demasiado alejado de la realidad política, que ha llevado a Néstor “Avestruz” Kirchner a lo que es hoy: un chico caprichoso, que se enfurruña cuando no llega a Gardel o se desdibuja el pregonado «as en la manga» con China.

La defensa que hizo del impresentable Eduardo Lorenzo Borocotó cuando desde el mismo Gobierno se orquestó su cooptación; la pelea con la Iglesia, que al repetir un discurso similar desde la época de Raúl Alfonsín no está criticando a una gestión sino a una idiosincrasia cultural; los entredichos con el ahora ex ministro de Economía, Roberto Lavagna; la ostensible debilidad ante presiones groseras y patoteriles, como las de Hugo Moyano y piqueteros adictos como Luis D’Elía; el apoyo irrestricto a Aníbal Ibarra hasta que la sociedad dijo basta, para entonces darle la espalda; los coqueteos impúdicos con Cuba y Venezuela mientras simultáneamente se afrenta a México y Estados Unidos y se pretende el apoyo de Bush para que interceda ante el FMI. Estos hechos pendulares muestran una constante poco ética que emparienta al Presidente con el cínico que sólo aspira a sumar poder sin otra finalidad que seguir sumándolo.

Kirchner no se maneja con la sensatez de un mandatario sino con la impulsividad de un estudiante de polimodal. El desorden, transmitido a sus allegados, hace que el Gobierno deambule sin rumbo fijo y que la ciudadanía asista, azorada, a una carrera hacia ningún lado, salvo la de llegar sin muchos rasguños al final del mandato. ¿Y entonces qué? ¿Para qué tanto alboroto y defensa de burócratas y tránsfugas? Sin darse cuenta Kirchner opaca con el brazo lo que supo delinear con la mano: la transparencia para la elección de los miembros de la Corte Suprema, por ejemplo. O haber apoyado a Lavagna, sobre cuyas espaldas recaen el éxito del crecimiento económico del país y del canje sin precedentes de la deuda. Atender ahora a los reclamos sindicales sin ubicarlos en su lugar es contradictorio.

Moyano no puede impartir lecciones de economía y D’Elía debería estar purgando su delito por la toma de la Comisaría 24 de La Boca si sus pares en el Congreso no le hubieran mantenido los fueros. Moyano ni siquiera es capaz de articular con decoro la línea de pensamiento elemental que lo moviliza: manejar el país. O, como se jacta entre sus allegados, «poner y sacar presidentes» a su antojo. Que para ello no haga falta preparación sino saber golpear primero, como hacía Augusto Vandor, es sólo un detalle. El vandorismo hizo escuela en la Argentina y no hay Presidente democrático que no haya percibido su resuello.

El infierno tan temido

Todo presidente en algún momento ha tenido que lidiar con el fantasma de la inflación. La confianza en el Gobierno terminó con las elecciones del 23 de octubre. La ciudadanía no está dispuesta a seguir otorgando un cheque en blanco sin algo que lo justifique. El affaire de Borocotó y la sombra de la inflación son temas que el Gobierno debería encarar con seriedad.

Mauricio Macri publicó una carta abierta a Kirchner en donde lo manifiesta con cristalina firmeza: el Presidente no necesita un cuarto diputado para gobernar, pero la ciudadanía sí necesita un gesto político que le permita volver a creer en las instituciones y, en especial, en quien dirige al país (cfr. La Nación, 24/11/05, tapa y p. 08). El dictamen de la jueza Servini de Cubría (la misma que en 14 años no resolvió el tema de los guardapolvos de Bauzá, y quien se ganó la “canción” de Tato Bores «La jueza Buruburubundía es lo mejor que hay») fue favorable a Borocotó argumentando que no hay razones para sospechar de un engaño. ¿Ignora la jueza la jactancia de Alberto Fernández? ¿Ignora la manifestación del mismo Borocotó y la foto que la Presidencia de la Nación entregó a la prensa? Ciertamente, hay fotos que dicen más que mil palabras, así como no hay mejor sordo que quien no quiere oír. Resta ahora, entonces, y al margen de las nuevas presentaciones judiciales que hará PRO, esperar un gesto de Kirchner. La confianza en las instituciones es algo que se gana día a día con actos, no palabras. Y hoy en Argentina las palabras sobran, se gastan por irresponsable repetición, se manipulan.

El lenguaje de la política debería acercarse al lenguaje forense, en donde precisión y rigor conceptual, sumados a una argumentación equilibrada, iluminan el campo de las ideas. En la medida en que el discurso político se acerca a la ficción literaria no gana la ficción, sino que se empobrece la política. Salvo excepciones, el pase de un discurso a otro es lícito en literatura, justamente por ser un género artístico. En la política, en cambio, pasa al terreno de la retórica para endulzar los oídos de una población de rebaño, dadivosa y servil. ¿Alguien recuerda alguna idea central en los discursos de los postulados para las últimas elecciones?

La trenza

Roberto Lavagna cometió un error imperdonable: al señalar los sobreprecios de algunas contrataciones de Vialidad Nacional sugirió que Julio De Vido, ministro de Planificación, alentaba la corrupción. Pagó el error con el puesto. Lavagna debió dudar entre la conveniencia y la ética, y terminó aceptando el destino de los que se oponen a ciertas personas que son intocables dentro de la “corporación K”. De Vido es uno de ellos. Recordemos que el periodista Julio Nudler fue censurado en Página/12 por un artículo en donde lo denunciaba por manejos espurios (De títeres y titiriteros, publicado finalmente en Castellanos el 29/10/04). Isabel Carrió hace tiempo que señala a De Vido como corrupto. Pero a Carrió, que no pertenece al Gobierno, no se la puede echar (aunque sí restarle votos con una operación de la SIDE y el dinero de los contribuyentes). Es probable, también, que Lavagna haya buscado la expulsión sabiendo de las dificultades que se avecinan en su cartera, y con el honor intacto para postularse, eventualmente, en 2007.

Estos manejos, y los ocasionales escándalos que suscitan, tienen la virtud de señalar dónde recala el poder real en el país. Moyano, apoyado por Barrionuevo, parece otro intocable. No por él, sino porque el puesto que ocupa es, desde el advenimiento de Perón a la vida política argentina, un lugar inaccesible para cualquiera que no pacte con un sistema mafioso. Desde la CGT se ha hecho y deshecho según el antojo de quien la dirige, y Moyano es un eslabón más en esta cadena de iniquidades. El camionero desvaría contra los supermercados como agentes inflacionarios, pero no dice que su gremio exige un 30 % de aumento de los sueldos, considerando un 15 % de inflación en 2005 y otro tanto en 2006. Los supermercados apenas han estimado el 12 %, y eso tomando datos oficiales. ¿Es Alfredo Coto culpable por repetir algo que el Gobierno reconoce abiertamente? ¿El “pedido” de Moyano no alienta la inflación? Criticar a los supermercados como actores inflacionarios es utilizar la estrategia del tero: chilla en un lado, pero pone los huevos en otro. Quizá la reprimenda a Coto fue para tapar que los índices de inflación han escapado a lo que había prometido el Gobierno. Atribuirle la culpa a otro en lugar de asumirla como propia es una estrategia de vieja data. No mencionar a Moyano en esta coyuntura supone ya otra cosa: apañarlo, protegerlo, darle ínfulas para que continúe creciendo.

Luis D’Elía se ubica en el mismo bando corporativo. Hace pocos días pidió públicamente la cabeza de Lavagna. ¿Kirchner le hizo caso, o ya D’Elía conocía una sentencia que la sociedad aún ignoraba? Moyano tuvo una sola frase realista: «nadie es irreemplazable». Pero nadie en su sano juicio cambia de caballo en medio de la carrera. Pareciera que una vez más Kirchner se dejó llevar por la bronca antes que por la razón. Lo único “a favor” que tiene la nueva ministra de Economía, Felisa Miceli, es que no se opone a Kirchner. ¿La obsecuencia disminuirá la inflación?

Hace unos meses se hablaba de un acuerdo entre el Presidente y Lavagna para llegar hasta las elecciones de octubre. La idea, incluso, era realizar el cambio en 2006. Los tiempos, no obstante, se acortaron con la última estocada de Lavagna al corazón corporativo. Resta saber si este afianzamiento del poder presidencial tendrá un correlato favorable para el país, o sólo se trata de avalar la impunidad de su grupo de amigos.

© Carlos O. Antognazzi.

Escritor.

Santo Tomé, noviembre de 2005.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 02/12/2005. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2005.

Este artículo tiene © del autor.

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1 Mensaje

  • El Miedo enquistado en la Intelectualidad Argentina

    por Eduardo R. Saguier
    Investigador del CONICET
    http://www.er-saguier.org

    ¿A que hondas razones culturales, políticas, sociológicas y psicológicas
    obedece el miedo enquistado en la opinión pública intelectual argentina?,
    ¿a qué obedece la autocensura, conformidad o resistencia a opinar
    críticamente sobre cuestiones que hacen a la democratización de la ciencia,
    el arte y la cultura?, ¿por qué motivos numerosos y consagrados
    intelectuales vienen callando la dominación autoritaria y facciosa que
    prevalece en las estructuras de los organismos de cultura argentinos?, ¿por
    qué motivo el Instituto Gino Germani (IGG) no encaró este drama, y por el
    contrario en la investigación de Naishtat y Toer (2005), las preguntas
    formuladas en las encuestas practicadas —a los miembros de los Consejos
    Directivos de la UBA— se redujeron a problemáticas de muy relativa
    relevancia (la representatividad formal)?

    Difícil es contestar estos interrogantes y aproximar un diagnóstico y una
    evaluación del trauma sufrido, dada la escasez de pruebas, testigos e
    investigaciones a las que se pueda recurrir (la mayor parte de los
    expedientes de estos casos no están al alcance de una investigación pues
    son confidenciales). Incluso, internacionalmente, los trabajos al respecto
    — aparte de los clásicos como los de Gouldner (1980) y Collins (1979)— se
    focalizan exclusivamente en la clase profesional (Martin, 1991; y Schmidt,
    2000). Sin embargo, pese a esta exigüidad, es nuestra obligación intentar
    ensayar una respuesta que indague en la desidia de la ciencia y la cultura
    argentina y en la negligente omisión de sus actores, que arroje algo de luz
    en la crisis que padecemos.

    Tradicionalmente, la ciencia política ha probado que el miedo es un
    ingrediente propio de los regímenes fascistas y dictatoriales, donde la
    principal víctima es el intelectual independiente; y que por el contrario,
    en los regímenes democráticos, dicho miedo se va extinguiendo a medida que
    las libertades democráticas se consolidan. No obstante, la actualidad
    presente en los medios culturales argentinos permite verificar una realidad
    de signo adverso, pues aunque las instituciones democráticas se han
    restaurado y el modelo neoliberal fue derrotado, el miedo al poder persiste
    entre los intelectuales, artistas y científicos, de las ciencias duras y
    blandas, jóvenes y viejos, y a una escala e intensidad cada vez más
    crecientes.

    Una explicación de estas dolorosas supervivencias sería que frente al
    inconcluso intento de restauración democrática y la parcial derrota
    experimentada por el neoliberalismo, al no haberse erradicado de cuajo
    dicha doble herencia -que quedó plasmada en actores cómplices de esas
    épocas y en prácticas, legislaciones, regulaciones y reglamentaciones
    antidemocráticas aún vigentes— no se habría podido afianzar la
    participación y la confianza mutua de la comunidad intelectual. Una
    democracia inconclusa sería aquella que preserva escrupulosamente las
    formalidades y el protocolo, pero donde la transparencia y la sustancia
    deliberativa, meritocrática, competitiva y exogámica del ejercicio
    democrático está críticamente ausente, por la falta de voluntad política
    para oxigenar las instituciones culturales, las que se perpetúan sin
    autocrítica, y en condiciones herméticas, desjerarquizadas y fragmentadas.
    Su nocivo ejemplo se derrama a los niveles laterales correspondientes a las
    profesiones liberales, y a las escalas inferiores de las instituciones
    educativas, no bastando por ello con modificar sólo la Ley de Educación
    Superior, sino producir una democratización profunda de todas las
    instituciones de la cultura, incluidas las referidas a los medios de
    comunicación masiva.

    Es decir, una comunidad donde los intelectuales no son físicamente
    perseguidos por sus opiniones, y donde no existe censura, cárcel ni
    patíbulo por el "pecado" de disentir; pero donde sin embargo el miedo a
    "descolocarse" o desu

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