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Edgar A. Poe: el terror poético

Daniel Alejandro Gomez

Argentina



 Nuestros misterios y terrores más o menos actuales, tanto en historias literarias como cinematográficas, tienden quizá no a la violencia simplemente- si no se saldrían con toda plenitud del género-, pero sí a la violencia terrorífica, al golpe por el golpe y el terror por el terror.
Pero Freddy no es Roderick Usher, ni un monstruo mutante es El cuervo sobre el busto sereno, clásico, de Palas Atenea sobre el dintel de la puerta. Edgar Allan Poe publicó primero, todavía muy joven, su poesía, pero siempre se expresa, además de escritor, poeta. Poemas-furtivos- seguirían siendo, claro, ciertas características de la mayoría de sus narraciones.
        En La caída de la Casa Usher, cuando el narrador llega a la mansión hidalga, no hay truenos, ni lluvia, ni un peligro manifiesto- el sentimiento lírico no es manifiesto- lo que agobia a la ominosa receptividad del visitante de la Casa. Es la naturaleza metafóricamente orgánica de la mansión y su ambiente, de sus ventanas como ojos y el vívido lago, aspectos que refieren más a la contemplación poética (expresa) que a una simple descripción. La cosa poética no es fácilmente aparecible, debe buscarse, recrearse y complicarse en la palabra.
El cuervo que decía “nunca más”, iba a ser, según el plan previo de la obra de Poe, un loro, colorinche y chillón, más sensato según las características de su función; pero no tan lírico, tan horroroso y triste, como un melancólico y negro cuervo- y menos sobre el dintel de la puerta, el dintel de la puerta del busto de Palas, diciendo: “Nunca más”. Palabras de un escritor que no obsesiona ni repite; que reitera, que afirma y se reafirma.
        No hacen falta los pájaros que comen la carne o que atacan, el arma de miedo del poeta misterioso es la palabra, la palabra que con su solo sonido hiere al pie de cada estrofa del poema:
        “Nunca más”, por supuesto, Roderick Usher, el gentilhombre del más famoso cuento del autor bostoniano, vería restituida ni su razón ni su salud, que son una y la misma acaso; su mente cae, como caen él mismo y su Casa, de ojos y árboles que se desmayan; su mansión vitalizada por el lirismo terrible de Poe. No hay una tempestad a secas en la Casa Usher. Poe no es tan desnudo y plano como nuestros bestselleristas.
        Vemos que en un momento, recuerdo, hay en efecto una tempestad. Roderick Usher, pues, abre las ventanas hacia aquella inolvidable y sugerente atmósfera creada en nuestra mente por el relato; entonces el busto de Palas y el cuervo se reúnen, el cadavérico Usher y el delicado misterio del lago son lo mismo, cuando el narrador de Poe hace resumir al mismo Poe, al final de una frase, con dos palabras reveladoras y conexas, como enquistadas en la propia tempestad:
        “Era una noche de tormenta horriblemente bella...” 

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