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SUCEDIÓ EN GRAY TOWN

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



SUCEDIÓ EN GRAY TOWN

A la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE)

Uno

Cuando Mr. Clapton miró afuera desde la ventana de su casa en Gray Town, la lluvia desgranaba los objetos comunes que solía encontrar deambulando sus calles. Autos, vecinos, empalizadas, cobradores y moscas, eran un difuso mundo que tornaba a aclararse cuando la fuerza del vendaval dejaba por momentos de arreciar.

Aún así, ni el huracán más violento, ni la escarcha más helada, ni el granizo más persistente, habrían de detenerlo.

Estaba dispuesto a cumplir consigo mismo, y el hecho de que la naturaleza compitiera con él o ahogara su ánimo con malos presagios, sólo aumentaba la fuerza de su rebeldía. Y la intensidad de sus pensamientos pudo apreciarse en la velocidad con que saltó de su cama, se vistió, desayunó y abandonó -íntegramente encapotado- su ajustado departamento de soltero.

Ni siquiera, en su vehemencia, había notado el familiar zumbido que escapaba siseante de la consola de su aparato postal y que, en rojo, titilaba sus luces en las tinieblas...

Mr. Clapton caminaba a paso apresurado. De vez en cuando miraba hacia arriba pero el puente no aparecía. Enfundado en aquella capa gris, sólo el pelaje de los bigotes lograba emerger de entre la oscuridad cavernosa de unos ojos furtivos y escudriñantes.

Mr. Clapton no estaba loco.

Sin embargo...

Dos

El pueblo había crecido. Sin lugar a dudas, en veinte años se había puesto a la altura del progreso alcanzado por las grandes ciudades. En realidad, no había sitio alguno con el que uno no pudiera comunicarse desde él, y toda esa importancia material había trastrocado la conducta de sus gentes.

Los corazones, forrados con la alegría del oro, se endurecieron, pero con gozo. Nadie podía decir en Gray Town que no era feliz, excepto Mr. Clapton y algunos otros que siempre habían mirado con recelo a aquellas ostentaciones del consumo. Por ende, su corazón no estaba endurecido por el oro, pero tampoco podía decirse que hubiera encontrado algún material -o inmaterial- elemento con qué forrarse para ser feliz.

Mr. Clapton en ningún momento había abandonado su carácter hosco, retorcido y hasta delirante. Incluso, hasta se había propuesto organizar un Club donde sus socios sólo vivieran de la caza y de la pesca, anduvieran todo el día semidesnudos -como si fueran libres-, sin mirar video ni escuchar radio. Una vez, hace cuarenta años casi, había sabido de la existencia de un singular personaje: Robinson Crusoe. Y desde dicha ocasión, su vida había sido un continuo peregrinar por el bajel del tiempo, tratando de naufragar con éxito en algún sitio paradisíaco donde sentirse hombre, lejos de sus tontos vecinos, de sus alienados guardias civiles, de sus calles con limpieza electromagnética, de sus casas con frentes intercambiables, de sus troles, automóviles y, sobre todas las cosas, de aquella bendita máquina acechante y lógica que todo lo sabía o adivinaba...

Tres

Mr. Clapton pagaba sus cuentas, compraba su ropa, hacía su comida y visitaba a los que eran como él: meditabundos y ermitaños. Es decir, Mr. Clapton era un excéntrico; pero si bueno o malo, ¿quién lo juzgaría?

Por supuesto, era muy raro verle obedecer alguna orden picoteada por la máquina postal, una especie de simple marioneta conectada al sistema de programación inglés. De todos modos, nadie podría aseverar que, en aquella época, existiera, si se quiere, una pizca de “incomunicación”.

Mas esa tarde, Mr. Clapton no tuvo más remedio que enterarse de un nuevo fruto del progreso. Entonces, la piel se le erizó de terror en principio y de odio después.

Mil veces maldijo el instante en que pasara por delante de aquel tonto vecino. Mil veces el momento en que le saludara -pues nunca lo había hecho-. Y mil veces más haberse detenido a escucharlo...

Mr. Clapton sabía ahora la fecha de su muerte.

Él se lo había comentado. Le había aclarado que se trataba del último descubrimiento. Que el Ordenador Mayor lo había logrado. Que los científicos estaban entre eufóricos por el éxito y melancólicos por sus posibles consecuencias. Que todo ese tiempo en que había venido preparándose a la gente para un acontecimiento similar, podía haber resultado escaso para borrar al miedo de la lista de prejuicios ancestrales de los hombres. Que, de todos modos, el asunto era inevitable y que, el hecho de conocerlo, podía tener sus ventajas desde muchos puntos de vista. Que, al fin y al cabo, hacía tiempo que los hombres deberían haberse acostumbrados a ser dioses y no ídolos. Que había llegado la hora de programar en función de esto una nueva sociedad. Que...

Mr. Clapton ya no estaba.

Con los puños crispados se había ido maldiciendo a los que malgastaban su tiempo buscando cosas que acortaran o ensuciaran el de los demás...

Sin embargo, no estaba loco.

Cuando esa tarde penetró en su apretado cubículo derribando a puntapiés muebles y artefactos, destrozando vajillas e implementos, y mirando con odio asesino a una máquina tan gris como él que también lo miraba -pero con una especie de lástima en el discontinuo palpitar azul de su señal del “todo okey”-, uno podría haber pensado -sin temor a equivocarse- que un incendio sería declarado en Gray Town...

Pero Mr. Clapton, de pronto inmóvil, con una suerte de maza tremenda blandida y amenazante sobre la indefensa criatura electrónica, dudaba en asestar el golpe mortal. “Un error de estos podría costarme la cárcel”, meditó. Y las cárceles eran sin duda más oscuras que toda la particular visión del mundo que lo destruía día a día...

Cuatro

El puente estaba ahora a la vista.

Era majestuoso.

No obstante, se negó a reconocer la habilidad del millón de arañas que, con gran paciencia, lo habían tejido...

El puente estaba levantado y los buques entraban al puerto, y, la niebla, esfumada con la noche, ocultaba sus vapores clandestinos en los acezantes muelles, mientras una gélida llovizna arrancaba a pálidas narices los primeros estornudos de resfrío.

Mr. Clapton sabía que, aquel puente, era una hermosa y pequeña réplica que él mismo, en su juventud, había ayudado orgulloso a construir tomando como referencia al magnífico ejemplar tendido en Londres sobre el Támesis. Pero la hiel que llevaba acumulada en la suela de sus botas, no permitió a su ego contagiar la tierra con un sesgo de alegría...

Si debía morir, lo haría como siempre había sido: circunspecto, idealista y empleado.

Las aguas plomizas lo recibirían con su danza macabra y turbulenta, porque, las nubes, movedizas y chispeantes, asentadas en tenues reflejos, transformaban al río en un tenebroso tembladeral donde el barro y el musgo esperaban hambrientos alguna ofrenda...

Mr. Clapton se turbó.

“Aquello” era, en verdad, muy difícil.

Pensó, entonces, por un momento (por eso creí que no estaba loco) en que, si moría, lo que había venido combatido lograría sobre él su mayor victoria. Despacio, sin prisa, le había ido avejentando. Le había ido nublando los cabellos y el alma hasta volverlos mustios como la niebla de su pueblo. Le había ido rodeando de enemigos y, ahora, ¡la estocada final! Ni siquiera esperaría a que su hora llegara por el carril más cómodo o lento de su infancia. No, Mr. Clapton se autoeliminaría, y los diarios, el video y la radio, todos cantarían con sus voces, sus letras, sus dibujos y su malgastada verborragia, la victoria sobre e infiel...

Pero Mr. Clapton (en cierto modo esto también, aunque resultara contradictorio, me probó que no estaba loco) perseguía un gran triunfo. Un triunfo que la arrogante sociedad no percibiría sino demasiado tarde. Y “aquello” era demostrar a todos, simplemente, que no sería un 20 de marzo del año venidero el día de su muerte (como lo había asegurado la máquina infalible), sino este día: un 25 de diciembre de 2100... Demostrarle, pues, a todos, que uno podía ser libre hasta de elegir cuándo volver al polvo... Demostrarles que, Navidad, era un buen tiempo para morir.

Cinco

Por eso me negué a creerlo cuando lo supe.

Por eso me golpeé las sienes y se estremeció mi alma en aquel mediodía escabroso.

Mr. Clapton, que no estaba loco y que era mi mejor amigo, había olvidado su cita en ese día. Pero yo no.

Y pasé a buscarlo.

Y allí estaban los vecinos apretujados contra la puerta de su vivienda unimodular, parloteando y haciendo gestos. Gritando que llamaran a un técnico pues la máquina postal estaba humeando de tanto titilar en rojo sin ser detenida.

Y entre esa marea susurrante y agorera hube de abrirme paso, observar el espectáculo de centelleantes látigos azules que castigaban las paredes y comenzaban a teñir de amaranto las cortinas y muebles de la casa, hasta arrancar una faja de papel blanco impresa que emergía, asustada, de la boca de la consola, y que anunciaba, con claridad: “ESTIMADO MR. CLAPTON H. SMITH: RECTIFICAMOS FECHA DE SU MUERTE. ESTA SE PRODUCIRA EN EL DIA DE HOY A LAS 11HS. 30’, 16’’. CON PESAR SALUDA A UD., SU COMPUTADORA PERSONAL”.

El fuego envolvió la casa y ni siquiera la lluvia pudo impedir que su color, celeste y amarillo, se tiznara de fantasmas crujientes y dolorosos en los últimos bloques de piedra renegrida, que terminaron de sepultar para siempre entre sus brumas, la existencia de un amigo...

Texto ajustado al 24-06-04. Su versión original (05-01-76) integró la primera edición de “Los Últimos Días” (Ediciones Colmegna S.A., Santa Fe-Argentina, mayo de 1977, págs. 47/52. Primer Premio Concurso Literario para Escritores Jóvenes “Mateo Booz” Año 1976 - Asociación Santafesina de Escritores (ASDE).

P.-S.

Breviario curricular del autor: ADRIAN N. ESCUDERO. Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Autor de los libros de cuentos éditos “LOS ULTIMOS DIAS” (Edito, 1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (Edito, 1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000), continuado en saga con “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos “NOSTALGIAS DEL FUTURO” - Colección Fantástica (Inédito, 2004); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Colección de Realismo Mágico (Inédito, 2005); “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros relatos” (Colección La Abadía) (Inédito, 2005); “LA TORRE DE LOS SUEÑOS (O los Sueños de la Torre) - Colección Onírica (Inédito, 2005) y “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección de Horror (en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: anescudero@gigared.com y adrianesc@hotmail.com.-

Este artículo tiene © del autor.

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