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Antes y después de la libertad

Rubén Patrizi

Venezuela



Antes y después de la libertad

Llora el niño con lágrimas que le deshacen la ilusión de vivir.
Lagrimas que van lavando en su paso a los labios, la sonrisa infantil
Lagrimas con sabor de sal y vinagre, amargas
Lagrimas que le cierran la innata alegría y en sus ojos dulces de niño, se graban imágenes para toda su vida.

Ve a su madre partir, que a la fuerza se lo arrancan, le abandona, ve a su padre llorar con los ojos cerrados, ve las cicatrices que le doman el espíritu.

El látigo cubre la piel de trozos sanguinolentos, ningún grito, el músculo de su faz, se convierte en piedra, no demuestra ningún gesto, es impasible y sus ojos llenos de odio y rencor están cerrados y debajo de sus parpados hay dos carbones que brillan, pero el amo los quiere adormecer.

Oye los tambores que le anuncian un nuevo día y un despertar con miles de aromas que vienen a su mente. Ve el campo y los árboles, huele la tierra recién mojada, recién arada, mira al buey que arrastra la yunta. Ve el río que se interna en la selva. Imágenes de sus padres de sus amigos de sus hermanos de su gente, se agolpa en sus ojos y allá lejos esta él, con los brazos abiertos queriéndolos abrazar. Ve la libertad y los caminos que conducen a ninguna parte y que van a todas. Siente el sol que le calienta su cuerpo y observa las estrellas que le señalan un camino. Mira a las grandes manadas de animales, los elefantes que relinchan libres por la pampa. Oye al león que ruge hambriento entre la maleza y que acecha al antílope. Lo ve brincar, correr en libertad.

Las manos aprietan la cuerda que lo ata que rompe sus muñecas.

La mujer en su vientre una vida nueva.

El niño cubre sus ojos con las manos

Un sonido silbante hace eco en sus oídos, el chocar del odio en la piel del padre.

La voluntad que se vence que se quiebra.

Las voces llenas de odio las burlas y las risas le queman muy dentro
El sudor corre por su cuerpo

La noche oscura, sin brillo de luna, sin estrellas que palpiten como su corazón. Sin brisa y el calor que hace que el sudor se empape en las ropas.

Corre la sangre agolpándose en las sienes, que quieren estallar.

Ella se aleja, el corre detrás, su llanto y sus gritos

El caballo cabrita.

Las ruedas del coche son un enorme molino.

Se va, adiós madre. Ninguna palabra.

No hay despedidas, solo lágrimas sabor de sal, sabor de vinagre.

Lagrimas que se van amargando, como su vida.

Unos brazos los sostienen, lo aprisionan, no puede correr ni huir. El quiere esconderse en la selva cubrirse de ella consustanciarse con la naturaleza y poder llorar y gritar.

Adiós madre. Un grito silenciosos

Y padre observa.

Abre sus ojos y mira hacia la mujer y hacia el hijo.

Un grito brutal sale de sus labios, un grito en una lengua diferente, ininteligible, extraña; es un último suspiro para caer rendido.

Es un te amo, un hasta nunca y hasta siempre, un grito que hace eco y se pierde entre la selva.

Adiós madre, adiós padre me llevan.

Rubén Patrizi.

Este artículo tiene © del autor.

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