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CUENTO PARA DESPUÉS DE NAVIDAD

Mercé Sànchiz i Baell

ESPAÑA



CUENTO PARA DESPUÉS DE NAVIDAD

 

Érase una vez...

 

“Llegaban a la aldea escondida entre montañas, muertos de frío y de miedo. Sólo hacía unos kilómetros que habían logrado despistar a los representantes del Gobierno que les perseguían desde que escaparon del hospital. La hora de Mei-li estaba cercana y necesitaban un refugio. A la entrada de la aldea, algo alejada de miradas indiscretas, divisaron lo que en otros tiempos fue una cabaña, ahora sólo unos restos de cañas y ladrillos que habían sobrevivido al abandono de sus dueños.

 

Qing-chu, el marido de Mei-li, tuvo que adecentar el lugar como pudo. Sacó unas mantas del coche y ayudó a su mujer a tumbarse sobre ellas. Echó fuera los excrementos de animales que se extendían como una alfombra por el suelo del chamizo, ahuyentó a algunas gallinas que se habían adueñado del lugar, y encendió una hoguera para calentar el agua que necesitaría su mujer y para preparar unas tazas de té, por si la espera se hacía larga.

 

Los viajeros habían recorrido un largo camino para llegar hasta aquí. Su mayor ilusión era tener un hijo, y cuando supieron, después de años de esperar en vano el fruto de su amor, que Qing-chu era estéril, buscaron incansablemente un remedio para su pena. Pero todo lo que la ciencia ofrecía resultaba muy caro para su miserable economía de simples obreros del textil. Trabajaban de sol a sol, pero regresaban a casa con algo menos de lo necesario para comer. Nunca tendrían los yens que se necesitaban para que el milagro de la concepción se realizara. Desesperados, y después de orar profundamente y de besarse con pasión, pues se amaban tiernamente, decidieron que Mei-li buscaría un hombre limpio y honrado que dejara en su vientre la semilla de futuro que Confucio le había negado a Qing-chu, en su inexcrutable sabiduría.

 

Así se hizo y, transcurridas unas lunas, comprobaron que Mei-li estaba preñada y su felicidad no tuvo límites.

 

Cuando en el gran hospital les dijeron que lo que esperaban con tanto ahínco era una niña no les importó; les daba igual que fuera hembra o varón, era su preciado retoño e iban a dedicar su vida entera a cuidarlo. Pero al Gobierno no le daba igual. Había prohibido que nacieran niñas, había demasiadas, y era necesario romper la cadena de la reproducción; el país no podía soportar la superpoblación que amenazaba con arruinar la economía. Mei-li debía abortar. Su horror ante la orden no tenía límites. Lloraron hasta que la fuente de las lágrimas se les secó y rezaron día y noche al altísimo para que les hiciera saber cómo podían salvar a su hija.

 

Al no obtener respuesta, decidieron huir. Caminar hasta donde las fuerzas les llegaran y esconderse en algún lugar remoto, donde poder parir a su hija. No les importó perderlo todo, ni ser perseguidos a través del país. Vivieron de la caridad de los lugareños que lloraban con ellos cuando les contaban su historia. Rechazaron ofertas de traficantes sin escrúpulos que les ofrecían comprar a la niña para los burdeles de la gran ciudad. Viajaron y viajaron sin detenerse, con tal de salvar a su pequeña. Y por dónde pasaban, al verlos tan decididos y valientes, las gentes iban comprendiendo que si esa niña se salvaba, ellos también serían salvos.

 

Llegó el momento, y cuando la recién nacida ya reposaba sobre el pecho de su madre y el aire de la pobre cabaña se llenó del aliento de la vida que resplandecía en las caras de los amantes padres, aparecieron tres aldeanas, a las que había sido revelado el secreto de aquel parto por las noticias que de aldea en aldea iban transmitiendo los campesinos que les habían ayudado. Les ofrecieron tres presentes: no tener más miedo, cuidar de ellos como espejo en el que todos debían mirarse, y viajar por el mundo a dar la buena noticia de que había nacido una niña que anunciaba una nueva era.”

 

Miles de niñas recién nacidas

resultan muertas o abandonadas cada año

como consecuencia de la política del gobierno chino:

el aborto selectivo y el límite de dos niños por familia.

 

 

¡Pásalo!

 

Mercé Sànchiz i Baell

 

 

Este artículo tiene © del autor.

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