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Desde la mesa

Ironía erótica

Ángeles Charlyne

Argentina



Hacía demasiado frío. La ciudad buscaba saco prestado, un abrigo de más para entibiarse.
Me detuve frente al bar, persuadido que el trago fuerte -que busqué necesario- me reanimaría. 
Las luces dentro, rojas, amarillas, azules se presentaban como si un arco iris se hubiera quedado suspendido del techo.
En el fondo de la sala las dicroicas verdes, amuradas a la pared,  iluminaban tenuemente la barra.
En la puerta,  la recepcionista  gentil, haciendo mohines -levantó una mano para retirar la hebra de cabello que fugó cubriéndole los ojos-  me condujo hasta el centro del lugar; luego, dudando preguntó  - Mesa... ¿para cuántos?
Le respondí que no esperaba a nadie. Me señaló una, ubicada en la hilera derecha del salón.
Tomé asiento, aguardando otra visita, la que seguramente provendría de la rubia que, en dirección recta y anotador en mano, estaba llegando.
La figura menuda de la camarera, inició la marcha, altiva y segura de sí, supuse que con la misma predisposición de todos los días.
Llevaba diminuta y ajustada pollera negra y una remera roja  -donde estaba impreso el nombre del bar  “Macondo” -, ceñida al cuerpo. Como si Macondo,  árbol, estampado en su cuerpo debiera sostener, amorosamente, abriendo en ramas, sus grandes senos.
Creo que reparó en mi persistente mirada, ya que enrojeció como la prenda que llevaba puesta.
De inmediato, saliendo del paso y yo del trance, me preguntó:
-¿Señor... qué desea beber?
Solicité whisky para festejar la templanza y el albergue.
Pensé en la otra  y en la frase de Borges cuando dijo “Una mujer me duele en todo el cuerpo”, -a lo que, agregué- “en  sus silencios, en la voz queda, en la piel de la indiferencia”.
Supe que el cristal del amor se había rajado; que la copa no era la misma y que yo era como una gaviota luchando contra vientos implacables.
Recordé mis rabias, mis frustraciones, mis dudas, mi amor; y mi corazón vacío y comprendí que el amor, es un bolsillo lleno de dinero con un gran agujero, y que, de nosotros depende la importancia del remiendo.
Me pregunté como podría librarme de su recuerdo, aunque los sentidos me dijeran lo contrario, sabiendo que significaba para mí  un instrumento único e indispensable.
La música hablaba desde los parlantes, la delicada voz de la mesera sonó como red arrojada sobre el mar tormentoso... ¡un rescate! 
Me detuve abstrayéndome de mis pensamientos para poder volver entero.
El mar convocaba con fuerza arrolladora, pero era sitio inseguro.
La red aunque averiada... era soga para la salvación.
La chica depositó la bebida sobre la mesa. Imaginé el giro de un trompo, cuando de un trago, el alcohol pasó de la garganta dando volteretas  rebotando en las paredes del esófago. El incendio en el estomago se detuvo sólo un instante para luego subir a la cabeza  y quedarse llameante en la mirada.
La mujer seguía de pie.  Me apoderé jalando sus piernas. La geometría pareció vacilar cuando decidí devorarla. El tiburón, ahora hambriento de su cuerpo, comenzó a entregarse sin oponer resistencia, abriendo todas sus bocas.
Los oídos se expandieron, recibiéndome como si fueran profundas canaletas por donde el agua fluye sin pausa.
Las axilas extendidas abrieron senderos para que la lengua lujuriosa jugara dejando surcos de baba.
Los orificios nasales, perezosos, musitaban  melodías entrecortadas.
El ombligo sacudía espasmos.
El sexo, desde su casa abierta y lluviosa, sudaba paredes húmedas.
La espesura del camino me cegó, maravillándome con su oscuridad provocativa.
Abrí los ojos.  La vereda... refugio de borrachos me saludó desde el cordón.
El agente, insistente, palmeándome la espalda, me pidió documentos...
Pensé en todas las mujeres que a mi mesa, todas las noches se fueron sentando...
Por ellas  y mi fracasada fantasía... pedí otra vuelta...

 

Este artículo tiene © del autor.

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